sábado, 30 de enero de 2010

Esos huesos

En la Iglesia de Santa María, en Wamba, provincia de Valladolid, se encuentra el que dicen es el único osario medieval de España, el osario de la Orden de San Juan, oculto tras la puerta del claustro. Allí unas mórbidas letras dan que pensar a los peregrinos y turistas: "Como te ves, yo me vi; como me ves, te verás". Y dicen que la frase se completa con una conminación a no pecar. Sin embargo, Makinavaja nos ganó jugando a los chinos la vida eterna para todos los pecadores lectores de El Jueves.



Al fin y al cabo, I believe them bones are me.

viernes, 29 de enero de 2010

Los cuatro mosqueteros (1974)

Los cuatro mosqueteros forma parte de la trilogía que Richard Lester dedicó a D'Artagnan y la obra de Dumas, y al igual que su predecesora fue una película bastante fiel a la novela original, entretenida, de humor bonachón y sin grandes alardes, buscando el simple y puro entretenimiento. El problema radicó en que los actores demandaron a Lester por esta segunda, y sorpresiva, parte. Fuera intencionadamente, o no, lo cierto es que el director, tras rodar Los tres mosqueteros, se quedó con tanto metraje en sus manos que llegó a la conclusión de que bien podía estrenar dos películas partiendo del argumento del primer libro del escritor francés. Los actores interpusieron una demanda y ganaron, dando lugar a una nueva cláusula tipo en los gremios de actores y demás.

Fuera o no una treta, lo importante de Los cuatro mosqueteros radica en su sencillez y poca ambición, sin alterar en demasía el texto original en cuanto a la trama se refiere, cuidando tan solo una estupenda ambientación (que nuestros paisajes y monumentos patrios ayudaron a crear) y un guión cargado de humor simplón y de aventuras, pero al mismo tiempo, que no engaña a nadie, ni trata de disfrazar a la película con tramas que no vienen al caso.

Junto con la versión de los años 40 de George Sidney, dudo que se puedan encontrar mejores versiones de la obra de Dumas. Por otro lado, los mosqueteros de Lester eran más sucios y realistas, dentro de sus novelescos arquetipos, y al director no le dolieron prendas en llevar la trama de Constance, la novia de D'Artagnan, hasta el final, tal y como se describe en la novela del señor Dumas.

Y es que esta segunda entrega giraba alrededor de la costurera de la reina y de la pérfida Milady, mientras entre medio se cruzan los habituales tejemanejes del cardenal Richelieu y los amoríos de la reina francesa con el guapetón Duque de Buckhingham.

De nuevo, como en toda la trilogía, la otra gran baza de Los cuatro mosqueteros, junto a su cuidada ambientación y su refrescante y bonachona simpleza, es el gran y acertado reparto que logró reunir el director para la ocasión. Michael York no es Gene Kelly pero es un buen D'Artagnan, mientras que el aristocrático Richard Chamberlain encaja como guante de seda en el papel del religioso Aramis. El forajido Oliver Reed es el mejor Atos de la historia, y el tipo que hace de Portos se convierte, como en toda la trilogía, en el bufón oficial junto al buen Planchet. Sin olvidar al gran Vincent Price, el carismático Charlton Heston es, sino el mejor, sí el más mimético Richelieu de la historia del cine, mientras que otro grande, Christopher Lee, logra hacer de su Rochefort una mezcla de temible y cómico espadachín. Faye Danaway está increíble como la pérfida Milady, y Rachel Welch pocas veces ha dado mejores interpretaciones que haciendo de Constance. Por decirlo dentro del espíritu de la película, ciertamente su Constance da el do de pecho.

En fin, a Los cuatro mosqueteros no la nominaron a decenas de Globos de Oro ni Oscars, ni se habló de que hubiera cambiado la historia del cine, pero no le faltaba ni le sobraba nada. Ahí teniamos las peleas de espada llenas de patadas y golpes bajos, las maquinaciones de Richelieu, al rey de tensión baja y a la reina de enaguas sueltas; a los mosqueteros fieles, leales, pendencieros y borrachuzos; a Rochefort, sicario del cardenal y dogo de Milady, a la propia Milady que con sus encantos y su pintalabios habría derribado las murallas de Jericó; el escote de Constance, más poderoso que la armada inglesa...

jueves, 28 de enero de 2010

El reinado de Elvis: 1958

La multidud se agolpaba entorno al edificio M&M, en el 198 de la calle South Main, donde se encontraba el Memphis Draft Board, la Oficina de Reclutamiento de la ciudad. El coronel repartía globos publicitarios del film que su pupilo había rodado a principios de año, King Creole, para el cual había dejado también grabada la banda sonora. Un agobiado Elvis llegó acompañado por sus padres, algunos de sus amigos y su novia de entonces, Anita Wood. Delante de la prensa Elvis pasó las pruebas pertinentes, y fue declarado apto para servir en el Ejército de los Estados Unidos. Le dieron una sandwichera con algo de comida y leche, que devoró sin pensarlo. No había pegado ojo en toda la noche, ni había probado bocado. En cuanto pudo se echó una corta siesta en un sillón. A partir de entonces sería el recluta Presley, número 53310761. Se despidió de su madre y de Anita y se subió en un autobús junto a otros reclutas, dispuesto a partir hacia Fort Chaffee, donde le equiparían y le harían un nuevo peinado. Durante dos largos años Elvis estaría alejado de su querida Memphis, de los conciertos, Hollywood y muchos de sus amigos. Durante dos largos años el mundo del rock perdería a su más imponente estrella.

El joven Elvis, a medio camino entre la satisfacción por cumplir con su deber y el miedo a lo desconocido y a la soledad del recluta novato, había comenzado el año rodando a las órdenes de Michael Curtiz y grabando bajo la batuta de Leiber y Stoller. Fiel a su convicción de dar a la RCA sólo las canciones necesarias para tener una posición de ventaja a la hora de negociar, el coronel Parker, aparte de la banda sonora de la película, tan sólo concedió una sesión a Steve Sholes para que Elvis grabara algo de material para ser usado durante su larga ausencia. En aquellas sesiones, cercanas ya a la fecha de reclutamiento, el dúo mágico de Leiber y Stoller ya no participó. Decidieron desentenderse de Elvis cuando el coronel les envió un contrato en blanco, instándoles a que lo firmaran. Sencillamente los métodos de Tom Parker no iban con ellos.

El traslado de Elvis desde Memphis hasta su nuevo destino se convirtió, como era habitual, en un circo ambulante de fans y periodistas. El Ejército colaboró ampliamente, y dejaron que los periodistas asistieran a la primera paga (7 dólares) del recluta más famoso de la historia del país y a su primer corte de pelo militar, que provocó muchos desmayos e histerias entre sus fans, pero que fue bastante generoso. Sin cámaras delante le raparon aun más. Ya con su nuevo uniforme y su corte de pelo marcial, Elvis fue destinado a Fort Hood, en Texas, donde realizaría la instrucción durante los seis meses siguientes. Allí los periodistas tuvieron acceso el primer día. Después las puertas quedaron cerradas para los curiosos.

Si la mayoría de reclutas se sentían solos las primeras semanas en el ejército, Elvis se sintió aun más. Contó con el apoyo del coronel Parker, de algún que otro recluta como Rex Mansfield, y de su sargento de instrucción, que le abrió de par en par las puertas de su casa y su familia. La estrella de rock tuvo que afrontar bromas y burlas, y tratar de encajar y que le consideraran uno más. El proceso fue lento, pero poco a poco comenzó a ser uno más, y se acostumbró a los horarios militares y sus madrugones. Cuando los otros reclutas vieron que Elvis se comía guardias como cualquier otro, todo empezó a ir bien. El 31 de mayo consiguió su primer permiso, que pasó grabando en Nueva York (temas como "I Got Stung" o "A Big Hunk O' Love") sin contar, por vez primera, con Scotty y Bill, asistiendo a una sesión privada de King Creole con su familia y juntándose cuanto pudo con sus amigotes y con Anita.

Cuando Elvis regresó a Fort Hood lo hizo con mejores perspectivas. El coronel leyó de cabo a rabo el reglamento militar, y notificó a los superiores de Elvis que una vez acabada la instrucción básica un recluta podía vivir fuera del cuartel si tenía familiares a su cargo que vivieran cerca. Ése era el caso de Elvis, pues sus padres eran legalmente dependientes de Elvis, con lo que él, Vernon y Gladys pudieron irse a vivir juntos a una casa alquilada cerca del cuartel. Amigos y pedigüeños, y un reguero interminable de fans, no tardaron en llamar a la puerta de la casa. Gladys siempre tenía una palabra amable para ellos, limonada, y cualquier cosa que se les pudiera ofrecer.

La, por así decirlo, relativa calma, llegó a su fin durante el verano, cuando Gladys comenzó a sentirse mal del estómago. El 8 de agosto Vernon y Gladys partieron hacia Memphis para ver a su médico de cabecera, e inmediatamente la madre de Elvis fue hospitalizada. Le diagnosticaron una extraña suerte de hepatitis que le afectaba al hígado y le causaba coagulaciones. Elvis llegó el día 12, después de que le fuera concedido a regañadientes un permiso que el médico tuvo que arrancar a las autoridades militares. Fue directamente al hospital, y allí pasó varias horas junto a su madre, al igual que hizo al día siguiente. El día 14 le despertó el teléfono en Graceland. Su madre había muerto.

Se han escrito páginas y páginas sobre lo muchó que afectó la muerte de su madre a Elvis. Siempre habían tenido una relación muy especial, y nadie quiso más el cantante y nadie supo entenderle mejor que su madre. Un incosolable Elvis no hizo sino derramar lágrimas, ya fuera junto a su padre o amigos, durante los siguientes días. Muchas cámaras y periodistas fueron testigos públicos de ello. El cantante estuvo horas junto al cadáver de su madre, de una forma casi enfermiza, y en el sepelio tuvieron que arrancarle prácticamente de su lado. Según muchos que le conocieron, y según opinan muchos biógrafos, tras el fallecimiento de Gladys algo se rompió dentro de él. Quizás lo que le restaba de inocencia quedó hecho añicos, y se vio solo en un mundo al que, tal vez por primera vez, viera enteramente como algo hostil.


Elvis y Vernon lloran a Gladys

Hasta entonces el chaval que sólo bebía CocaCola y batidos y comía hamburguesas y sandwiches de plátano, y cuyo únicos vicios eran unos ocasionales puritos que fumaba a escondidas y las chicas, había llevado el peso de una carrera meteórica y encajado una fama indescriptible de nivel de una forma bastante saludable. Siguió siendo un chico educado y todo lo humilde que se podía ser en una situación así. Todos sus amigos sabían que sus decisiones eran inapelables, y que llevarle la contraria podía llevar a rabietas y enfados súbitos. Pero desde luego no era la peor de las estrellas. Si fue la muerte de Gladys, el ejército, o un destino inevitable, lo que llevó a Elvis a recorrer, muy poco a poco pero de forma inexorable, un camino de gloria pero también de excesos, que finalmente se lo llevó a antes que muchos otros, es una cuestión sobre la que cada fan tiene su propia opinión. De lo que no cabe duda es de que el Elvis que partió en septiembre desde el puerto de Nueva York hacia Alemania no parecía ser exactamente el mismo que regresaría casi dos años después.

Mientras una banda militar tocaba "All Shook Up", "Hound Dog" y otros de sus éxitos, Elvis dejaba a su país y sus éxitos detrás, poniendo rumbo hacia Friedburg, Alemania, donde estaría destinado los siguientes dieciocho meses agregado a la Tercera División Acorazada. Mientras se perdía de vista el puerto de Nueva York, Elvis llevaba, junto a su petate, la agridulce nostalgia de los recuerdos de su madre, y una creciente duda: ¿le esperaría alguien a su regreso? ¿se acordarían sus fans de él? ¿se seguirían vendiendo sus discos? Esos y muchos otros pensamientos se agolpaban, sin duda alguna, impresos entre las páginas de su mente.

martes, 26 de enero de 2010

El océano

Tercer año con el blog y contando. Como pequeña celebración y agradecimiento a vosotros, océano de lectores, os dejo con un tema de Led Zeppelin, cuya música había estado extrañamente ausente en este locuelo blog. Y ya de paso, a modo de salutación para las lectoras más rockeras, una fotillo del señor Plantas cuando todavía estaba tocado por Heraclio Fournier.



Y así va la cosa...

We've done four already but now we're steady
And then they went: One, two, three, four

lunes, 25 de enero de 2010

Hitchcock salpimenta a Anny Ondra

Como complemento a La muchacha de Londres os dejo con esta prueba de sonido con Anny Ondra, en la cual Hitchcock hace gala de su pícaro sentido del humor poniendo en un aprieto a la actriz alemana. La prueba acaba con una explosión de risas por parte del equipo técnico, mientras Anny trata de que se la trague la tierra.

Hitchcock: Now, uh, Miss Ondra. You asked me to let you hear
your voice on the talking picture.
Ondra: Ha, ha. But, Hitch, you mustn't do that.
Hitchcock: Why not?
Ondra: Well, because... I can't speak well.
Hitchcock: Do you realise the squad van will be here any moment?
Ondra: No, really? Oh, my god. I'm terribly frightened.
Hitchcock: Why? Have you been a bad woman or something?
Ondra: Well, not just bad, but... uh.
Hitchcock: But you've slept with men.
Ondra: Oh, no! [turns away from camera to hide her laugh]
Hitchcock: You have not? Come here. Stand in your place, otherwise
it will not come out right, as the girl said to the
soldier.

[Ondra turns away from camera, unable to stop laughing]

Hitchcock: [to the crew] That's enough.


La muchacha de Londres (1929)

La muchacha de Londres (Blackmail) fue un proyecto para la British International Pictures del productor John Maxwell, quien compró los derechos de una exitosa obra de teatro para que fuera dirigida específicamente por Alfred Hitchcock, quien ya había demostrado para entonces, tras rodar cerca de una docena de películas, que no sólo era un director muy competente sino que además era capaz de rodar films de éxito.

La trama giraba alrededor de un asesinato cometido en defensa propia por una chica que sale con un policía de Scotland Yard, a quien encargan el caso. El sentimiento de culpa, el secretismo y el miedo dominan la historia, alcanzando el clímax cuando aparece un testigo inesperado.

El guión, aunque sencillo, era un vehículo perfecto para Hitchcock, quien tuvo la oportunidad de demostrar su gran imaginación y talento y su particular olfato para manejar cámara e imagen a su antojo, haciendo ya gala del buen hacer que le daba la experiencia. A modo de ejemplo basta con ver las secuencias iniciales, en las cuales Hitch nos describe el día a día de un agente de Scotland Yard, mostrando todo el proceso policial que lleva desde la localización del sospecho hasta su puesta en custodia. Durante prácticamente ocho minutos Hitchcock, sin mediar rótulo alguno, y usando apenas como recurso unos apuntes en una libreta y una placa en la pared, nos lleva de un lado a otro de Londres, siguiendo cada paso de la policía en busca de su criminal. Esas primeras escenas son buena prueba de lo rápido que el director aprendía, y del salto cualitativo que había dado en apenas año y medio desde su primer gran film, El enemigo de las rubias. Lo cierto es que el ritmo de la historia apenas decae durante la primera parte de la película, y de vez en cuando Hitchcock nos sorprende con algún recurso visual de los suyos, jugando con sombras y objetos tal como hiciera el resto de su carrera.

Una de las marcas de la casa que el director introdujo en esta película (aparte de continuar con sus tradición de cameos, de entre los cuales el de este film es de los más divertidos y notorios de la época) fue el utilizar un gran espacio famoso para las secuencias finales. El futuro director Michael Powell afirma que fue idea suya usar interiores del British Museum como escenario para una persecución final. Fuera hallazgo suyo o no, la secuencia en el famoso museo londinense recuerdan ya a otros famosos finales del director con los cuales siempre se le ha identificado.

A la hora de rodar en el museo la iluminación resultó demasiado oscura, con lo que Hitch usó el llamado 'método Shuftan', consistente en usar espejos, colocados en cierto ángulo, en los cuales se reflejan transparencias con imágenes del interior del museo, que pueden ser fácilmente iluminadas desde detrás. Hitchcock filmó estas escenas en secreto, según su versión, pues temía que los productores no acabaran de entender esa técnica, que el director había aprendido en sus rodajes en Alemania. Por otro lado, afirmó también que se adelantó a las ideas de los productores rodando algunas escenas habladas, ya que el éxito del sonoro llegó a Inglaterra a mitad de rodaje. Al orondo director no le parecía una gran idea, pero se prestó a volver a rodar unas cuantas escenas con sonido.

Al rodar las escenas sonoras el equipo se encontró con un problema: el fuerte acento alemán de la protagonista, Anny Ondra. La solución que se encontró fue tan artesanal como todo lo que se hacía en los platós de la época. Se eligió a una actriz inglesa, Joan Barry, para que doblara a la estrella. Pero el problema era que no existía técnica de doblaje alguno todavía, con lo que se optó por grabar a la actriz fuera de cámara mientras recitaba el texto, al tiempo que se filmaba a la Ondra mientras abría y cerraba la boca, en plan Cantando bajo la lluvia. Aún esas pocas escenas habladas La muchacha de Londres pasa por ser el primer film hablado del cine británico.

La muchacha de Londres, sin dejar de ser un sencillo film, tuvo a un Hitch bastante inspirado y a unos buenos intérpretes, y no sólo significó la transición del mudo al sonoro del director británico, sino que se convirtió en el que quizás sea su mejor film de su bastante desconocida primera etapa, hasta su genial explosión de mediados los años 30. La muchacha de Londres es, por supuesto, un título imprescindible para todo aquél que quiera conocer a fondo la etapa británica del genial maestro del suspense.

domingo, 24 de enero de 2010

Droides en Barrio Sésamo

En plena fiebre de Star Wars el brillante C3PO y su sosias R2D2 se pasaron por Barrio Sésamo para hablarnos del amor y el mobiliario urbano. Como dicen en Mos Eisley, es mejor enamorarse de una boca de incendios que no enamorarse nunca de nadie.

sábado, 23 de enero de 2010

El reinado de Elvis: 1957

En 1956 el rock había explotado en todo Estados Unidos, ya fuera en la cara de la América puritana o en las entrañas de miles de adolescentes de todo el país. Antes de que Rosa Parks se sentara en aquel asiento reservado para blancos, las barreras raciales ya habían comenzado a caer en el mundo de la música, aunque no así en el negocio. Veteranos como Fats Domino, Carl Perkins o Bill Haley llevaban tocando desde la década de los 40, mezclando estilos e influencias. La música negra ya había llegado antes a las audiencias blancas, en los lejanos años de la Prohibición y el jazz, y ahora, de nuevo, un nuevo estilo pugnaba por salir de la etiqueta de "música racial" y llegar a una audiencia más masiva, lo cual equivalía decir a una aduencia blanca. Tal vez Ray Charles lo hubiera logrado solo; talento, personalidad y ambición no le faltaban, y en 1953 ya había debutado en el sello Atlantic con su "Mess Around". Haley fue el primer blanco en lograr un número uno con aquel rhythm & blues contenido en su sencillo "Shake, Rattle & Roll", un año más tarde. La explosión de la carrera del joven camionero de Tupelo no tardaría en llegar, al mismo tiempo que un hombre de color llamado Chuck Berry comenzaba a apuntalar el rock con su primer éxito, "Maybellene", al tiempo que Little Richard dinamitaba los estudios de grabación con su energía. Y decenas de blancos disjockeys inquietos, como Dewey Phillips en Memphis, ya llevaban tiempo rebuscando entusiásticamente nuevas sensaciones en los sellos de música negra. Sí, en 1956 el tren del rock se había puesto en marcha con los éxitos de los Elvis, Berry, Perkins y Charles, y había visto el debut o primeros éxitos de nuevos talentos como Buddy Holly, Jerry Lee Lewis, Roy Orbison, Gene Vincent o Johnny Cash. Pero había sido Elvis, con su increíble mezcla de talento y carisma, el que había llevado el rock and roll a todas partes de forma masiva, revolucionando no sólo a sus fans, sino a la propia industria musical, todo ello con la inestimable colaboración del 'coronel' Tom Parker, que se convirtió en el Elvis de los mánagers musicales. El rock había plantado su semilla, y su máxima referencia, Elvis, continuaba con su carrera abriendo el año con "Too Much", editada el 4 de enero, poco antes de que el cantante regresara a Hollywood para rodar un nuevo film.

La película se titulaba Loving You, siguiendo, de nuevo, la estela de sencillo estrella de la banda sonora, una canción compuesta por Leiber y Stoller, un dúo que le había dado a Elvis su éxito más rotundo hasta la fecha, "Hound Dog", aunque irónicamente la pareja no quedó demasiado contenta del resultado, preferían la versión original de Big Mama Thornton. Aunque como confesó Jerry Leiber más tarde, cuando comenzaron a llover los royalties, la versión de Elvis les empezó a sonar mejor. Tras la insistencia de Steve Sholes el coronel permitió a Elvis acudir a los estudios de la RCA dos fines de semanas para grabar un nuevo sencillo y varios temas que, en principio, iban a ser un álbum religioso. Varios de los temas de aquellas sesiones acabarían conformando lo que al final fue un disco navideño,

Durante las pruebas de vestuario y maquillaje para la película, que sería en color, Elvis, que consideraba que a los actores morenos se les tomaba más en serio, se tiñó el pelo de oscuro. A Hal Wallis le gustó la idea, y pidió que se lo oscurecieran aun más. Desde entonces Elvis le cogió el gusto a aquel color caoba, y, salvo excepciones, a partir de entonces el Rey del Rock nunca dejó de teñirse el pelo de negro.

A lo largo del rodaje Elvis pasaba el rato con sus colegas y primos, tocaba entre escenas con unos solitarios Scotty y Bill, y recibió la visita de sus padres. Acabado el rodaje, Elvis regresó a Memphis. Una vez allí visitó junto con sus padres una mansión de estilo colonial a la que le habían echado el ojo, y que había sido levantada dieciocho años atrás. Un impaciente Elvis apenas dejó regatear a su padre Vernon, y el precio total ascendio a 102.500 dólares. La mansión, por supuesto, era Graceland, y se convertiría el hogar de los Presley y de Elvis y en un símbolo de su vida y su carrera.

Tras descansar en Memphis y una rápida gira por diez grandes ciudades a finales de abril Elvis regresó a California para grabar más temas en unas sesiones que contarían con la presencia del dúo mágico Leiber-Stoller, que desdeñaban a Elvis como una estrella presumida. Pero en cuanto vieron que el cantante entendía de música negra tanto como ellos y se marcaron algún que otro blues al piano, las reticencias se disiparon. El discurrir de las sesiones corrió a cargo del dúo compositor, desplazándose así un más la autoridad de Steve Sholes en el estudio.

Si no hubo demasiados problemas entre los compositores y Elvis, sí que los hubo, y bastante serios, entre Elvis por un lado y Scotty y Bill por otro. Bill ya estalló en una de las sesiones de grabación al tener dificultades con el bajo eléctrico, al que no estaba acostumbrado. Pero aquella explosión de ira (tiró el bajo al suelo y salió del estudio) era sólo la punta del iceberg. Scotty y Bill habían estado allí desde los inicios, desde el primer sencillo, desde las primeras giras, pero la inocencia y camaradería de aquellos tiempos había desaparecido. Mientras Elvis se embolsaba un tercio por derechos autor de cada canción que grababa, aunque apenas sí había compuesto, y se llenaba los bolsillos con el contrato de la RCA y sus películas, Scotty y Bill seguían como músicos asalariados cobrando 100 dólares a la semana, y 200 en las semanas de gira. Pero las giras se habían reducido al mínimo, y no sólo era cuestión de dinero. El guitarrista y el contrabajista se sentían desplazados; mientras Elvis se lo pasaba en grande con sus primos y amigos, salía con chicas y rodaba películas, Scotty y Bill se aburrían y esperaban sentados a que sonara el teléfono.

La situación no parecía mejorar, y habían recibido alguna propuesta de un promotor canadiense para ser su mánager y volar en solitario. La ruptura definitiva llegó en agosto, tras el rodaje de Jailhouse Rock. Elvis tenía concertada una sesión de tres días de grabación en el estudio, y a Scotty y Bill les habían prometido que podrían algunos temas instrumentales que habían estado preparando durante el tiempo que restara de las grabaciones. Pero el tiempo pasó y al final les dijeron que no grabarían aquella vez, quizás en el futuro. Scotty y Bill protestaron, pero Elvis no dijo esta boca es mía. Indignados, dejaron el estudio. Una vez en el hotel los antiguos compañeros de Elvis descargaron toda su frustración acumulada en una carta destinada al cantante, que firmaron sin dudar. Cuando le pidieron a D.J. Fontana que firmara también, éste se negó. Siempre había sido un músico de sesión, y consideraba que le trataban bien y su paga siempre llegaba a tiempo. No firmaría aquella carta.

Cuando Elvis leyó la carta no pudo creer lo que veían sus ojos. Saltó hecho una furia, dolido y sintiéndose traicionado porque no hubieran acudido a él, en vez de descargar su ira mediante una carta. Se acabó, que se las apañaran solos. A ver como les iría sin él.

Cuando Elvis regresó en septiembre a Memphis, la ruptura llegó a la prensa mediante unas desafortunadas declaraciones de Scotty. Aquello sólo empeoró las cosas. Elvis se refugió en sus amigos y en su media novia, la actriz Anita Wood, y mandó al diablo a Scotty y Bill. No fue su única ruptura en aquellos días: Elvis también se había peleado con el discjockey Dewey Phillips, con quien siempre se había sentido en deuda, después de que el locutor se llevara una de las copias del single "Teddy Bear", que Elvis le había dejado escuchar, y la pusiera en su programa de radio. El cantante se preguntaba por qué de repente todos parecían fallarle.

El desacuerdo entre Elvis y Scotty y Bill no tardó mucho en llegar a su fin. Elvis no dejaba de sentirse melancólico, mientras que el dúo había dado unos cuantos conciertos que resultaron un fracaso. Al final todos se tragaron el orgullo y Scotty y Bill volvieron al redil, sin más remedio que aceptar que la estrella era Elvis, les gustara o no.

En octubre Elvis regresó a Hollywood, donde dio un concierto ante nueve mil personas donde se juntaron celebridades y público fiel. Quien seguramente no debió estar allí fue Frank Sinatra, quien no hacía mucho había declarado públicamente su desprecio por el rock and roll. No así Sammy Davis Jr., que no tenía problemas con el rock y que además se iba de fiesta con Elvis de vez en cuando.

Pasó casi todo noviembre en Hollywood, yendo de fiesta en fiesta, y de cara a las Navidades regresó a Memphis para pasar las fiestas en familia. Allí vio a los viejos amigos, se pasó por los estudios Sun, y se dedicó a sus pensamientos. Tenía razones para reflexionar. El Ejército había llamado a su puerta, y la llamada a filas era inminente. Elvis no quería un trato especial, si tenía que ir, lo haría como cualquier otro. El coronel estuvo de acuerdo; hacer otra cosa sería atraerse mala publicidad. La Paramount, con quienes estaba a punto de rodar una película, contactó con la Oficina de Reclutamiento para obtener una prórroga de dos meses, y poder acabar así el rodaje. La prórroga fue aceptada, pero tarde o temprano llegaría el momento de servir a la patria. Mientrastanto, Elvis recibió toda clase de ofertas de las tres ramas del ejército. Si así lo deseaba, podía pasarse la mili actuando. Por supuesto, el coronel se opuso, y Elvis también. De momento, rodaría esa película, y luego haría lo que tuviera que hacer. Con todo, no dejaba de albergar temores sobre la llamada del Ejército.



viernes, 22 de enero de 2010

Todos estos mundos...

Vaya, si ya estamos en el 2010. Y no sólo no hay nuevos mundos en nuestra galaxia, sino que además han quitado uno. Si es que este Arthur no daba una... claro que al año no ha acabado aún.

En fin, ahí van las últimas y bonitas escenas de 2010: Odisea dos, una peli que aunque obviamente está a una altura abismal de su predecesora, está bien rodada y entretiene. ¡Ah! SPOILERAZO, por supuesto.

jueves, 21 de enero de 2010

Homer Evolution

2009 ha sido un año de celebraciones para Los Simpson. Se cumplieron veintidos años desde su primera aparición en The Tracy Ullman Show, y veinte desde su nacimiento como la mejor serie de animación de todos los tiempos. Bueno, y algunos se preguntarán por qué no hubo un merecido homenaje en este blog. Pues, cosas que pasan. Además a Los Simpson les podría dedicar un blog entero, maldita sea.



De momento, vaya este video por delante como pequeña conmemoración de esa maravilla amarilla llamada Los Simpson. Y, por supuesto, esa ya mítica portada del Playboy.

miércoles, 20 de enero de 2010

Duro de pelar (1978)

Hoy en día Clint Eastwood debe uno de los autores más respetados, y nunca ha sido más fácil ser fan suyo. No ocurría lo mismo en tiempos pretéritos, anteriores a Sin perdón, cuando no todo el mundo se habría declarado fan de una película como Duro de pelar. No sé si todavía hoy habrá gente que se lleve las manos a la cabeza ante la idea de ver a Eastwood compartiendo escenas con un orangután, como ocurrió en el 78 cuando, ante el espanto de muchos ejecutivos, decidió apropiarse de un guión pensado para Burt Reynolds y sacarlo adelante mal que pesara a muchos. Si Burt Reynolds tenía éxito rodando comedias paletas, ¿por qué no iba a tenerlo él? Si amigos, por ponerlo en plan elitista infantil: si no disfrutas con Duro de pelar, es que no eres tan fan de Clint como creías.

En Duro de pelar Eastwood interpretaba a Philo Beddoe, el personaje con el nombre más ridículo y molón de la historia del cine. El amigo Philo es un camionero cervecero sencillo y sin muchas dotes intelectuales, pero honrado y trabajador, que se saca un sobresueldo participando en peleas ilegales. Su mejor amigo es Clyde, un orangután tan cervecero y pendenciero como Philo, y juntos hacen una pareja muy entrañable. En sus aventuras le acompaña su especie de amigo-hermanastro Orville (interpretado por un amiguete de Eastwood, el eternísimo secundario Geoffrey Lewis), y todos juntos viven bajo la escrutadora mirada de la vieja Ma (una, como siempre, brillante Ruth Gordon). También aparece por allí Sondra Locke, pero para ser sinceros, el mono Clyde la eclipsa fácilmente. Y los ojos de Beverly D'Angelo están tan bellos com siempre en la peli.

La verdad es que Clyde tiene verdadero carisma, y todos los problemas que dio en el rodaje con sus simias improvisaciones del Monkey's Studio acabaron conformando una actuación brillante, mucho mejor que la muchas supuestas estrellas que hoy en día cobran millonadas. Basta con ver la película para ver que Eastwood se lo pasó en grande rodando con el mono y parodiando su imagen de tipo duro a la miníma ocasión (el momento Tarzán... no hay palabras, amigos). Por supuesto, no todo el mundo sabrá calibrar una película como ésta en su justa medida, pero da igual, peor para ellos. Clyde se ríe de ellos desde su montaña, mientras come plátanos y canturrea "Sweet Home Alabama".

Como bien habréis podido deducir, Duro de pelar no es una película de Visconti, pero todo tiene su contexto y su momento. En una tarde resacosa de domingo ya podéis ofrecerme espejos y oropeles, mirra y Ciudadano Kane, que lo rechazaré displicentemente. Llega un momento en la vida, ladrones, en que las joyas dejan de brillar, el oro pierde su lustre, el trono deviene en prisión, y todo lo que queda es el amor de un camionero por su mono. El buen rey Osric sabía esta gran verdad, yo la sé, y vosotros deberiaís saberlo también. Duro de pelar no es una gran película, pero tampoco engaña a nadie. Lo que ves es lo que hay. Cosa que no se puede decir de otros guiones estúpidos envueltos en grandes efectos y supuestos mensajes adventistas.

Y por increíble que parezca, Duro de pelar se convirtió en el segundo film más taquillero de 1978, y en uno de los éxitos por excelencia de Eastwood. Y, sí, Clyde volvió y hubo una secuela que, fíjense ustedes, era todavía mejor que la original. Y contaba de nuevo con los tronchantes Viudas Negras, la panda de moteros más ridícula que el cine haya visto, liderados, con resignación, por el gran John Quade, quien, por cierto, se fue hace unos meses de este mundo sin hacer ruido. Desde aquí un saludo para su memoria.

Y además, no todo en Duro de pelar eran bromas de mono y peleas. Bueno, sí, pero también tenía sus momentos de drama. Y no me refiero a toda la historia con Sondra Locke, sino a un momento especial como la pelea de Philo contra Tank Murdock, una secuencia que, dentro de su desbordante 'redneckdosidad' (toma palabro), tiene ese toque del gran Eastwood director, aunque la dirigiera su amiguete James Fargo. Pero ya sabéis, película de Malpaso es película de...

Peleas, mesas de billar, un orangután, cerveza, country barato y rubias rompecorazones. Eso es lo que Duro de pelar ofreció al mundo. Para todo lo demás, lentejas.

martes, 19 de enero de 2010

Albert Popwell y las seis balas del Magnum

Neoyorquino de pura cepa, Albert Popwell, nacido en 1926 y fallecido un 9 de abril de 1999 en Los Angeles, fue un carismático secundario que se dejó ver en multitud de series televisivas y en pequeños papeles en films como Cleopatra Jones, El dormilón, The Buddy Holly Story, ¿Quién es esa chica? o Corazón salvaje. Pero su mayor reconocimiento a nivel popular le vino al cruzar su camino con el de Clint Eastwood, con quien coincidió por primera vez en La jungla humana. Cuando Eastwood y Don Siegel se dispusieron a rodar Harry el sucio, se acordaron de él y le ofrecieron un papel breve pero muy jugoso: el de un atracador atrapado entre una Magnum y la pared, en la que fue y sigue siendo una de las escenas más famosas de la película y del cine de acción.
Fue así como Popwell quedó irremediablemente unido a la memoria de la saga del expeditivo policía de San Francisco, apareciendo en el resto de títulos de la saga, salvo en La lista negra, donde lamentablemente no contaron con sus servicios. En cada entrega Albert interpretaba a un personaje distinto, salvo en Harry el ejecutor, donde se da a entender que el militante Ed Mustapha es el ratero del primer film, ascendido en la escala social del crimen.

Albert Popwell interpretó su último papel en 1995.


lunes, 18 de enero de 2010

Fawlty Towers

Bastaron dos temporadas para que la serie se convirtiera en toda una referencia de la comedia británica. Tras la insana e increíble locura de la etapa televisiva con los Monty Python, John Cleese, que había abandonado el barco antes de que éste llegara a puerto, volvió años después con otra comedia, aunque en esta ocasión no era una locura sin reglas, sino una sitcom más tradicional, aunque de excepcional calidad.

No es de extrañar que Cleese nos regalara tan sólo dos temporadas que nos dejan con ganas de mucho más. Realizadas y emitidas espaciadamente en 1975 y 1979, y escrita por Cleese junto a la que era por entonces su mujer, Connie Booth, las dos temporadas fueron cuidadas al extremo por la pareja. Cada guión era trabajado extensamente, y aunque reconozco que los dos primeros episodios me dejaron algo frío, no eran desde luego malos, y la serie cuenta con buenos capítulos, episodios muy buenos y auténticas obras magistrales del humor en dosis de media hora.

El ritmo de trabajo era agotador. Se dedicaba una semana de rodaje a cada episodio, y con el guión ya listo (aunque siempre susceptible a últimos retoques, improvisaciones y demás), se ensayaban las frases y las situaciones una y otra vez hasta lograr un cronometraje perfecto. La razón era que Fawlty Towers no consistía sólo en los dobles sentidos, la farsa y los típicos giros lingüísticos de los sketches de John Cleese (sin desdeñar las contribuciones de Connie), sino que además los episodios solían tener un ritmo endiablado y salvaje cercano al screwball que se combinaba perfectamente con puras situaciones del viejo slapstick del cine mudo, loq ue convertía cada historia de media hora en un complejo entramado de planos y secuencias que iban subiendo el ritmo y el paroxismo cómico hasta alcanzar un clímax humorístico al final de cada episodio realmente fuera de lo común, al menos en los mejores capítulos de cada temporada. El último día de la semana se dedicaba a rodar cada capítulo, y el lunes se volvía a empezar con los largos ensayos que duraban prácticamente todo el día.

Cada episodio se solía ensayar y rodar con público, lo que permitía a Cleese y Booth calibrar el alcance de cada gag, lo que a veces podía ser desesperante, como cuando la BBC llevó a un grupo de islandeses de visita por las instalaciones, para luego instalarlos de público. Imaginad la desesperación de Cleese al ver que ese día no había ni una risa y reinaba un completo silencio en el plató. Obviamente los islandeses no entendían una palabra, y se quedaron allí tan felices viendo un rodaje sin enterarse de nada.

El reparto de Fawlty Towers fue tan extraordinario y acertado como requerían los textos de la pareja Cleese-Booth. Cleese interpretaba a Basil Fawlty, el maleducado y roñoso dueño del hotel, temeroso de su mujer, despreciativo con las clases bajas y adulador hasta el vómito con los clientes de bolsillos repletos. El personaje de Basil nació de un personaje real, un hotelero de Torquay donde se alojaron los Monty Python en una de sus escapadas para rodar alguns exteriores. John Cleese asegura que aquel tipo fue el hotelero más grosero que haya conocido jamás.
La mujer de Cleese, Connie, interpretaba a la camarera, chica para todo y mano derecha de Basil, mientras que Prunella Scales estaba magnífica como la dominante e indolente esposa de Basil (en palabras de éste, su little nest of vipers), y co-propietaria del hotel. Junto al propio Cleese el personaje más genial de la serie era Manuel, un camarero emigrado desde España con un rudimentario conocimiento del inglés, y que protagoniza junto a Basil muchos de los mejores sketches de la serie. Manuel fue magníficamente interpretado por Andrew Sachs, un actor de origen alemán cuyo mejor talento no fue una correcta imitación del acento español, sino una expresividad y vis cómica alucinante. No hay más que ver cualquier entrevista suya para ver que el tipo es pura expresividad, parece un Mel Brooks británico. Bueno en realidad es mejor. Curiosamente al estrenarse en España Manuel se transformó en un camarero italiano. Supongo que nos gusta reirnos de nosotros mismos, pero no que lo hagan los ingleses. Más curiosamente aún, en su emisión en Cataluña Manuel también era italiano, pero en Euskadi Manuel se quedó en español. Lo cual creo que es bastante expresivo por sí mismo. Por último cabría citar a Ballard Berkeley que también está muy bien como un chocho ex-militar que reside permanentemente en el hotel. Además de todos estos habituales en cada episodio van pasando distintos personajes, unos más memorables que otros, que sirven para animar el cotarro.


Basil en un clásico "diálogo" con Manuel

Por supuesto, es obligado el visionado en versión original. Ni siquiera sé la calidad del doblaje en español, pero a John Cleese es imprescindible escucharle en su particular inglés, por no hablar de las bromas con Manuel, en su mayoría intraducibles. Así que buscad la serie, compráosla o lo que queráis, y no saldréis defraudados. De hecho os aseguro que los escasos 12 capítulos (sí, así de cruel es John Cleese) os sabrán a poco. Y buscad por Youtube entrevistas con el elenco, especialmente con John Cleese, cuyas apreciaciones sobre gags, humor, escenas de la serie y demás son auténticos tratados de buena comedia. Y es que Cleese era un monstruo, en esta serie está brutal.

No he logrado dar con ninguna escena subtitulada de la serie, pero os dejo con uno de los mejores momentos del segundo capítulo de la primera temporada, "Un toque de clase". Confusión de palabras con on those trays (Basil se refiere a las bandejas) y un dos tres. Simple, pero efectivo. Y este sketch no es nada amigos, hay más, mucho más.

domingo, 17 de enero de 2010

El fantasma de la ópera (1925)

No hay nada como ser un criajo para ver el cine clásico con la misma (o al menos parecida) perspectiva que cualquier espectador de los años 20 o 30. Dicen que el recuerdo cinematográfico más temprano que tenía Gregory Peck era el de quedarse aterrorizado en el cine tras ver El fantasma de la ópera. Yo tengo un recuerdo parecido, aunque no exactamente por la película. Fue por un puñado de comics que me trajo mi madre, con toda la buena intención del mundo, aunque desde luego luego no tenía el mejor ojo del mundo para las viñetas. No sé si totalmente, pero sí que habían varios números de una colección de terror en blanco y negro, imagino que alguna especie de copia de Tales of the Crypt. Lo cierto es que en la contrapartada de los mismos venían como a modo de publicidad varias imágenes y dibujos terribles. Cabezas cortadas, la clásica foto del fantasma vintage que baja unas escaleras... y una foto de Lon Chaney maquillado como el temible Erik, el Fantasma de la Ópera de París. El fantasma me acongojaba, pero ver el deformado rostro calavérico de Chaney directamente me provocaba pesadillas, hasta el punto que cada vez que ojeaba los comics trataba de no atisbar su rostro en la contraportada, con aquellos ojos terribles... aunque, por supuesto, por dentro corría la voluntad de mirarlo, aunque fuera entre una rendija de los dedos. Era el viejo placer que provoca el terror como forma de entretenimiento. Son felices (a pesar del miedo) acontecimientos como ése los que le llevan a uno, con el tiempo, a apreciar en su justa medida una película como El fantasma de la ópera.

El fantasma de la ópera forma parte de una nueva etapa en los estudios Universal, que puso un nuevo enfásis en las grandes producciones como cebo para atraer al público. A pesar de los desmanes económicos de directores como Eric Von Stroheim, el estudio logró varios éxitos adaptando relatos clásicos bajo la sabia mano del mítico productor Irving Thalberg. Los viejos relatos europeos de terror gótico pronto fueron considerados como un importante filón que aportaba tanto entretenimiento como buenas historias que arrastraban además el buen sabor del clasicismo. Carl Laemmle, al igual que haría su hijo algunos años después, se dispuso a hacer de la Universal unos estudios que ofrecieran historias de calidad, poniendo a disposición de las mismas altos presupuestos. Y tras el éxito de El jorobado de Notre Dame no cabía sino repetir la fórmula con su misma estrella, el camaleónico Lon Chaney.

Convertido ya en una estrella y en la gran sensación hollywoodiense del terror, Laemmle le dio a Chaney total libertada para fabricar sus propios personajes. Fue así como Chaney nos regaló caracterizaciones increíbles, entre las cuales probablemente sea el espantoso Erik la caracterización más famosa. Usando un complicado entramado de alambres para levantar su nariz, sombras aquí y allá e inverosímiles productos que aplicaba a sus ojos, Chaney se transformó de forma asombrosa ante la cámara en un rostro apenas humano que recordaba más a una calavera que a un ser viviente. Como solía hacer por el bien de su personaje, Chaney asumió muchos riesgos, y en cierta ocasión uno de los alambres le rajó la nariz, con el consiguiente sangrado abundante. Pero así era Lon Chaney, y gracias a sus esfuerzos y su mágico arte, más de ochenta años después su deformado Erik sigue siendo impresionante.

El rodaje de El fantasma de la ópera fue una pesadilla constante. El dictatorial director Rupert Julian sacó de sus casillas a todo el mundo, y Lon Chaney se comunicó con él durante casi todo el rodaje utilizando a uno de los cámaras como intermediario. Chaney trabajó además bajo presión, pendiente del delicado estado de salud de su padre. Cuando el fatal deselance se acercaba Julian y Laemmle le denegaron el permiso para dejar el rodaje, de tal modo que Chaney no tuvo la ocasión de despedirse de su padre. No fue casual seguramente que a partir de entonces decidiera trabajar para la Metro. Además, la película pasó por varios montajes debido a varias causas: la espantada final de Rupert Julian, que dio oportunidad a Edward Sedgwick, Ernst Laemmle y el propio Chaney de rodar ciertas escenas, o varios preestrenos que no gustaron ni al público ni a Carl Laemmle. En 1929, tras el éxito del sonoro, Laemmle aun decidió añadir más escenas con sonido para aprovechar la moda del nuevo invento.

A pesar de todos los problemas El fantasma de la ópera se convirtió por derecho propio en un clásico del terror y del cine de todos los tiempos. Su primera mitad es un crescendo emocional en el que el personaje de Chaney apenas es una sombra entre bastidores, dando así paso al gran clímax de su desenmascaramiento en una grandiosa escena que pasó a ser uno de los grandes iconos de la historia del cine. Las audiencias debieron quedarse patidifusas contemplando el increíble rostro que se ocultaba tras la máscara del Fantasma. A pesar de que el Fantasma fue reencarnado luego por otros grandes actores como Claude Reins o Herbert Lom, ningún maquillaje ha logrado igualar la calidad del maestro Lon Chaney. Sin desmerecer a los otros grandes Fantasmas, para mí desde luego el Fantasma de Chaney siempre será el mejor y el más impresionante.

Grandiosos decorados, maravilloso vestuario (el disfraz de la mascarada del Fantasma... increíble, majestuoso... ¡eso sí que sería un gran disfraz de Halloween, y no las cutreces que se ven por ahí!), y más terror que romanticismo... no hay sitio aquí para los pastelosos pentagramas de Andrew Lloyd Webber. En el país de los mudos, Lon Chaney es el rey. Antes que relacionar la grandiosa obra de Gaston Leroux con un musical de ascensor me meto alambres en la nariz.

viernes, 15 de enero de 2010

El reinado de Elvis: 1956

Quizás no lo sepan, pero los estudiantes que hoy en día realicen sus prácticas de televisión en el Baruch College de Nashville están pisando el antiguo estudio B de la RCA, donde se grabaron auténticos clásicos del rock and roll. En ese estudio Elvis grabó sus primeras sesiones para la RCA, cantando temas como “I Got A Woman” de Ray Charles, “Heartbreak Hotel” o “Money Honey”. Sin embargo las primeras tomas impresionaron poco a un Steve Sholes, jefe del departamento de sencillos de rhythm & blues, que había jugado el cuello con la millonaria contratación del joven talento, y a los capos de la RCA, que se preguntaron si no sería mejor dejarlo estar. Pero Elvis confiaba en sí mismo, y también lo hacía el Coronel Parker, decidido a lanzar a su joven mina de oro a nivel nacional de la forma más rápida y efectiva posible; es decir, a través de la televisión.

Ya a finales de enero Elvis aparecía en el programa de Tommy Dorsey, y de paso grabaron algunas sesiones en los estudios de la RCA de Nueva York, de mejor calidad que los de Nashville. En esas sesiones Elvis grabó su versión del “Blue Suede Shoes” de Carl Perkins, que por entonces estaba subiendo como la espuma en las listas. En una segunda aparición en el Dorsey Show Elvis cantó “Tutti Frutti” y “Baby, Let’s Play House”. Tras finalizar sus compromisos con Tommy Dorsey la joven estrella y su grupo se embarcaron en una nueva gira. El ritmo infernal de grabaciones y actuaciones pasó su factura, y a finales de febrero Elvis se colapsó sobre el escenario. El médico le recomendó reposo, pero, ¿quién podía descansar cuando estaba montado sobre un corcho de champaña?

El 23 de marzo la RCA publicaba el primer largo de Elvis, tratando de aprovechar sus aparaciones televisivas y el éxito de "Heartbreak Hotel". Con una sencilla foto y espectacular foto como portada, tomada en una actuación en Tampa, unas letras en colores y ningún crédito por explícito mandato del Coronel, el álbum, compuesto de nuevos temas y revisiones de algunos sencillos de la Sun, estaba destinado a mantenerse diez semanas en el número uno. Fue por esa época cuando Elvis se pasó por Delaware para visitar a Carl Perkins, que había sufrido un accidente automovilístico mientras viajaba hacia Nueva York para aparecer en el programa de Perry Como. Fue un ejemplo de lo diferentes que eran las estrellas de Presley y Perkins. Mientras a Elvis todo parecía irle bien, Carl, la nueva promesa de la Sun Records, tenía que quedarse en un hospital mientras su “Blue Suede Shoes” pegaba fuerte en las listas, compitiendo con el sencillo de “Heartbreak Hotel”. Y en el mundo del espectáculo aprovechar el momento es esencial. Para cuando salió del hospital “Blue Suede Shoes” comenzaba a ser un recuerdo lejano, para pasar a ser totalmente olvidado cuando Elvis (o más bien Steve Sholes, que incumplió su promesa a Sam Phillips de que no editaría la versión de Elvis) sacó su propia versión de “Blue Suede Shoes”. Poco importaba que el tema hubiera llevado muchas tomas, llevando a Elvis a decir que era imposible superar la versión de Carl. El público hizo su elección, y el pobre Carl Perkins vio como su tren a la fama salía de la estación sin él. Y no habría un segundo.

El millón de copias que se vendió del single de “Heartbreak Hotel” seguro que debió despejar cualquier duda en Steve Sholes y en los jefazos de la RCA. En plena fiebre del tema Elvis realizó una serie de apariciones en el programa de Milton Berle, la primera gran superestrella de la televisión. Berle le recibió encantado, y Elvis se lo pasó muy bien en su programa. Aprovechando su paso por la Costa Oeste, Tom Parker le facilitó una prueba de cámara con el productor Hal Wallis (entre sus producciones había toda una Casablanca, por ejemplo). Una de las razones por las que Elvis había considerado que estaría mejor a la sombra del Coronel fue por sus contactos en Hollywood. Elvis siempre había soñado con ser una estrella de cine (quizás tanto o más que ser un cantante famoso), y como tantos otros chicos de su edad, desde luego había fantaseado con ser un nuevo Brando o un nuevo James Dean. Desde luego lo que se negaba era a ser otro “cantante-actor más”, de esos que más que actuar se dedica a cantar canciones a la mínima oportunidad. Con la perspectiva histórica que tenemos, desde luego no deja de resultar irónico. La prueba no fue mal: cantó un par de temas suyos, instándole a que se imitara a sí mismo, y recitó unas cuantas frases de una escena de El farsante, una comedia ligera. No sabemos que tenía Hal Wallis en la cabeza, si aceptó formalizar un trato con el Coronel por la prueba, o por todo el dinero que estaba comenzando a generar todo lo que tocaba Elvis. Pero a la semana siguiente Parker ya había cumplido su promesa metiendo a Elvis en Hollywood.

En abril Elvis se despedía del Hayride para siempre, el primer gran escenario que le había visto crecer, mientras seguía grabando y girando. Por entonces Elvis y la banda se subieron en un avión cochambroso que les llevó de Nashville a Memphis, lo cual no debió ayudar al recelo que tenía Elvis de los aviones, uno de los motivos (aparte del Coronel Parker, claro) por los que Elvis nunca actuó fuera de los Estados Unidos. Por el momento, se acabaron las avionetas y los aviones dudosos. Sólo vuelos comerciales.

Poco después Elvis sufrió una de las grandes decepciones de su carrera al tocar en Las Vegas. Quien lo diría veinte años después, pero en el 56 Las Vegas era el reino de los crooners, y el público que vio actuar a Elvis no quedó demasiado entusiasmado. La banda no sólo se enfrentó a un público de cuarentones y a su primera audiencia sentada, sino que, por primera vez en mucho tiempo, “podíamos oírnos cuando desafinábamos”, como comentó Bill Black, el contrabajista. El resumen de la revista Newsweek del periplo de Elvis en Las Vegas fue el siguiente: “como una jarra de licor de maíz en un cóctel”.

El 22 de mayo Elvis volvía triunfante a Memphis. Y en unos meses lo haría a Tupelo. La actuación en Memphis fue éxito completo, y antes de que acabara el concierto Elvis ya había dejado el recinto, una treta que se estaba convirtiendo en norma, debido a toda la locura de fans que Elvis comenzaba a arrastrar tras de sí. Tras su visita a Memphis Elvis volvió al programa de Berle, mientras el Coronel se deshacía de su “socio” Hank Snow como un exceso de grasa (“tú no tienes ningún contrato con Elvis Presley” fueron sus palabras. Durante su estancia en Memphis Elvis se topó con June Juanico, una belleza sureña de piernas torneadas que había conocido el año anterior en una actuación en una base militar en Biloxi. June tenía personalidad y no era de las que dejaban que Elvis le tirara sus celos encima. Al acabar su semana de vacaciones Elvis le prometió que pasaría con ella sus vacaciones de verano.


Elvis reina en Tupelo

El trato que Elvis recibió en sus apariciones junto a Milton Berle cambió radicalmente cuando fue a la NBC para aparecer en el programa de Steve Allen. Para entonces, la sempiterna Liga Católica, y muchos padres a los que no había hecho gracia que sus hijitas gritaran frente al televisor viendo como movía las caderas un tipo que gritaba en vez de cantar, ya habían elevado sus protestas y habían declarado a Elvis como la nueva amenaza nacional, el gran Moloch corruptor de menores. Allen y la productora obligaron a Elvis a llevar corbata y frac, y le dejaron claro que no podía mover un músculo. A diferencia del caluroso recibimiento de Berle, Steve Allen recibió a Elvis con condescendencia y bromitas irónicas. Sin embargo al espiritual Elvis le dolieron más las críticas de la Iglesia que las chanzas de Allen. El cantante se dedicó a salir y hacerlo lo mejor que podía sin intentar moverse demasiado, mientras le cantaba “Hound Dog” a una perra basset en lo que se convertiría en una de las imágenes más famosas del Rey del rock. Elvis cantó, participó en las tontas bromas de Allen, y se marchó triunfante sin haber tenido que menear la pelvis. Cuando días después el cantante fue a los estudios de la RCA se encontró con un grupo de fans que llevaban carteles reclamando al “Elvis auténtico” y al “Elvis que se menea”. En esas sesiones Elvis grabó “Hound Dog”, “Don’t Be Cruel” y “Anyway You Want Me”.

Aquel verano Elvis cumplió su promesa, y pasó un par de meses en compañía de June Juanico, su novia para el verano. Elvis iba camino de ser una estrella del rock, y, en realidad, ya era como un marinero, con una novia en cada puerto. Mientrastanto, en Hollywood, Wallis aguardó a que Elvis debutara en la Paramount cediendo a Elvis a la Twentieth Century Fox para rodar un western que iba a titularse The Reno Brothers. En agosto Elvis se separó de June para una gira por Florida, y cuando volvió, lo hizo acompañado de sus colegas Red West y Arthur y su primo Junior, lo que desde luego no colmó de felicidad a June. Como muchos jóvenes antes y después que él, Elvis se transformaba en un Danny Zucco cualquiera frente a sus amigotes, haciéndose el duro frente a su novia, escondiendo su lado más tierno, lo que sacaba de sus casillas a June. Además June tuvo que aguantar los desprecios del Coronel Parker, siempre preocupado por las mujeres que se acercaban a su protegido. Parker siempre se lo recordaba a Elvis: si dejaba embarazada a una chica ya podía despedirse de su carrera. El 17 de agosto Elvis partió hacia Hollywood, y June poco a poco acabaría siendo un rostro del pasado, como le acabaría ocurriendo a millones de chicas que intimaron con el Rey. Y la causa no fue ciertamente el Coronel Parker.

Elvis tenía buena memoria, y no le costaba aprenderse sus frases. De hecho se aprendía las suyas y la de todos los demás. Tampoco tomó demasiadas clases de interpretación. Algún compañero de reparto le comentó que su naturalidad era su mejor presentación. Scotty Moore, Bill y D.J. Fontana se cruzaron medio país en coche para realizar una prueba y aparecer tocando en la película. Sin embargo el director musical de la película les dijo que eran demasiado hoscos y muy poco hillbilly, lo que enfureció a Scotty, quien se quejó arguyendo que si les hubieran avisado que querían música hillbilly, les habrían tocado hillbilly, con la que habían crecido, en vez de rock. Pero el pobre trío no recibió demasiado apoyo de un Coronel Parker a quien no gustaban y un Elvis que estaba demasiado ocupado ensayando los temas que debía cantar en la película y asediando (infructuosamente) a su compañera de reparto Debra Paget. El trío tuvo que volverse por donde habían venido, con la premisa de Elvis de que se aseguraría de que aparecieran en su próximo film.

Elvis combinó el rodaje con la grabación de nuevos temas. Junto a Sholes comenzó a asentarse el ‘modus operandi’ para elegir los temas que debían grabarse. A veces Elvis proponía algún tema, y en muchas ocasiones Sholes le proponía temas de una editora con la que la RCA y Parker tenían un contrato. Elvis tenía un tocadiscos portátil, para escuchar en cualquier parte decenas y decenas de discos, que le pasaba Sholes, buscando algo que le gustase. También escuchaban canciones en el mismo estudio, pinchándole temas a Elvis a través de los cascos. Si el tema le gustaba a Elvis se tocaba la cabeza, lo que significaba que quería volver a escucharlo. Si no le gustaba, Elvis se pasaba el dedo por la garganta. Poniendo en práctica lo que había aprendido junto a Sam Phillips, muchas veces Elvis y la banda sacaban una versión de un tema ‘in situ’, en un proceso en el que era Elvis, y no Steve Sholes, quien llevaba la voz cantante. En ocasiones Elvis escuchaba repetidamente un tema para aprenderse la letra, para después buscar arreglos a la guitarra o el piano, que finalmente ensayaba con el resto de la banda. Entonces atacaban el tema, y tal vez lo sacaban a la primera toma (como ocurrió con “Old Shep”, cosa que no es de extrañar, pues era una canción que Elvis se sabía desde niño y había tocado y cantado millones de veces), mientras que en otras ocasiones les llevaba cerca de veinte o treinta tomas redondear un tema. A las nuevas grabaciones de la RCA se añadió el grupo vocal los Jordanaires, a quien Elvis y la banda habían conocido tiempo atrás. El tema más importante que surgió de aquellas sesiones fue “Love Me Tender”, una canción destinada a ser parte de la banda sonora de la película, y que constituyó la primera balada que grabó Elvis. La emoción que desprendía su versión sorprendió a muchos, pero como no dejaba de afirmar el propio Elvis, al fin y al cabo toda su vida había cantado gospel y baladas; desde luego no había crecido cantando furioso rock.


Elvis y June

Durante su estancia en Hollywood Elvis hizo migas con Nick Adams, un amiguete del difunto Jimmy Dean. Obviamente esa conexión captó de inmediato la atención de Elvis, y Adams le presentó a la “banda” de Dean, incluyendo a Dennis Hopper y Natalie Wood, con quien pronto iniciaría un breve romance.

A principios de septiembre Elvis regresaba a la Gran Manzana para aparecer en el programa de Ed Sullivan, quien había jurado y perjurado que nunca llevaría al zarrapastroso Elvis a su programa. Pero las audiencias increíbles que habían obtenido Berle y Allen se llevaron las palabras de Sullivan volando, y por tanto Elvis se plantó en Nueva York, donde se encontró en la Penn Station con Gene Vincent, en uno de esos encuentros casuales que a uno le habría gustado presenciar. Dicen que Vincent se disculpó con Elvis asegurándole que no le imitaba, a lo que Elvis respondió que estaba claro, que naturalmente ése era su modo natural de cantar. Evidentemente era cierto, simplemente Elvis y Gene Vincent tenía un background musical similar. En el programa de Ed Sullivan Elvis no pudo tontear con Irish McCalla como en el programa de Berle o con Debra Paget en el show de Allen; ya sabéis, si alguna vez ha habido un tipo serio en este mundo, ése fue Ed Sullivan. Elvis llegó y venció, a pesar de las estrictas órdenes de enfocar al cantante sólo de cintura para arriba.

En realidad Ed Sullivan no se encontraba allí. En aquella ocasión el programa lo presentaba
Charles Laughton (¡me habría encantado ver eso!), sustituyendo a Sullivan, que se recuperaba de un accidente. Elvis cantó “Don’t Be Cruel”, y junto a los Jordanaires, presentó “Love Me Tender” al mundo. Para acabar atacó con el “Ready Teddy” de Little Richard y “Hound Dog”. El público adolescente en el estudio se volvió loco, lo que divirtió a Laughton. Tras aparecer en el programa Elvis partió hacia Tupelo, donde fue recibido como un dios viviente entre tumultos y cordones policiales, para luego regresar a Hollywood para acabar de rodar su primera película, que pasó a llamarse, por “sugerencia” del Coronel Parker, Love Me Tender. Al final de la misma, se suponía que el personaje de Elvis debía morir, pero cuando sus fans se enteraron hubo una ola de indignación que obligó a grabar rápidamente una escena alternativa, cuando el film ya estaba a punto de estrenarse. La premier de Love Me Tender tuvo lugar en el Paramount Theater de Times Square, y el film se convirtió en la sensación de la temporada, convirtiéndose en un éxito arrollador. Todo lo que rodeaba a Elvis se salía de madre, y cuando el cantante se acabó pegando con el dueño de una gasolinera, los titulares fueron jugosos y abundantes, en lo que fue una tonta pelea que avergonzó mucho al joven rockero.

En octubre de 1956 América respiraba no sólo aire, también Elvis Presley. Su película era un
gran éxito; su nuevo sencillo, “Love Me Tender”, era un éxito. Su nuevo y flamante merchandising en forma de decenas de productos con su nombre impreso era un éxito. Frente a la nueva y lujosa casa de Elvis en un barrio bien siempre se congregaban ansiosas fans, y difícilmente el cantante podía pisar la calle sin que acabara rodeado de adolescentes, a quienes, al parecer, nunca les negaba un autógrafo. Sus conciertos se contaban por chillidos y decibelios, y, si tenían ocasión, sus fans trataban de arrancarle la ropa. Las barreras policiales y las espantadas mientras tocaba la banda ya eran algo usual en sus conciertos. Elvis trataba de llevar su éxito de la forma más natural posible. De todas formas, su éxito también tenía su lado bueno. Sus padres vivían bien y tenían la vida resuelta. Y Elvis comenzaba a coleccionar relojes, Harleys y Cadillacs. Y comenzaba a cogerles el gusto a las bailarinas de Hollywood. Aparte de sus diferentes novias en cada ciudad, claro. Sí, la vida podía ser bella.

En diciembre, de vuelta a Memphis, Elvis se pasó por la Sun, como solía hacer cada vez que volvía a la ciudad. Se reunió con Phillips, que se encontraba en plena sesión de grabación con Carl Perkins y sus hermanos, y un joven pianista llamado Jerry Lee Lewis. También andaba por allí la nueva sensación country Johnny Cash, quien tuvo que irse de compras con su mujer. Jerry Lee, Carl y Elvis se quedaron, e improvisaron una curiosa (y mítica) jam que, por supuesto, el avispado Phillips grabó de principio a fin. La grabación vería la luz, con el tiempo, bajo el nombre de The Million Dollar Quartet. Elvis también conocería, días después, a otros artistas míticos, al ir como invitado a un festival radiofónico donde actuaban gente como Ray Charles o BB King. Por estricta prohibición de Parker, Elvis no podía actuar, pero presenció las actuaciones de casi todos y al final se le anunció para que dijera unas palabras a su público.

Elvis acabó el año en una aparición estelar en el Hayride, y tras pasar las Navidades con sus padres, se dispuso a hacer las maletas para regresar a Hollywood. Un nuevo rodaje le esperaba.