lunes, 25 de enero de 2010

La muchacha de Londres (1929)

La muchacha de Londres (Blackmail) fue un proyecto para la British International Pictures del productor John Maxwell, quien compró los derechos de una exitosa obra de teatro para que fuera dirigida específicamente por Alfred Hitchcock, quien ya había demostrado para entonces, tras rodar cerca de una docena de películas, que no sólo era un director muy competente sino que además era capaz de rodar films de éxito.

La trama giraba alrededor de un asesinato cometido en defensa propia por una chica que sale con un policía de Scotland Yard, a quien encargan el caso. El sentimiento de culpa, el secretismo y el miedo dominan la historia, alcanzando el clímax cuando aparece un testigo inesperado.

El guión, aunque sencillo, era un vehículo perfecto para Hitchcock, quien tuvo la oportunidad de demostrar su gran imaginación y talento y su particular olfato para manejar cámara e imagen a su antojo, haciendo ya gala del buen hacer que le daba la experiencia. A modo de ejemplo basta con ver las secuencias iniciales, en las cuales Hitch nos describe el día a día de un agente de Scotland Yard, mostrando todo el proceso policial que lleva desde la localización del sospecho hasta su puesta en custodia. Durante prácticamente ocho minutos Hitchcock, sin mediar rótulo alguno, y usando apenas como recurso unos apuntes en una libreta y una placa en la pared, nos lleva de un lado a otro de Londres, siguiendo cada paso de la policía en busca de su criminal. Esas primeras escenas son buena prueba de lo rápido que el director aprendía, y del salto cualitativo que había dado en apenas año y medio desde su primer gran film, El enemigo de las rubias. Lo cierto es que el ritmo de la historia apenas decae durante la primera parte de la película, y de vez en cuando Hitchcock nos sorprende con algún recurso visual de los suyos, jugando con sombras y objetos tal como hiciera el resto de su carrera.

Una de las marcas de la casa que el director introdujo en esta película (aparte de continuar con sus tradición de cameos, de entre los cuales el de este film es de los más divertidos y notorios de la época) fue el utilizar un gran espacio famoso para las secuencias finales. El futuro director Michael Powell afirma que fue idea suya usar interiores del British Museum como escenario para una persecución final. Fuera hallazgo suyo o no, la secuencia en el famoso museo londinense recuerdan ya a otros famosos finales del director con los cuales siempre se le ha identificado.

A la hora de rodar en el museo la iluminación resultó demasiado oscura, con lo que Hitch usó el llamado 'método Shuftan', consistente en usar espejos, colocados en cierto ángulo, en los cuales se reflejan transparencias con imágenes del interior del museo, que pueden ser fácilmente iluminadas desde detrás. Hitchcock filmó estas escenas en secreto, según su versión, pues temía que los productores no acabaran de entender esa técnica, que el director había aprendido en sus rodajes en Alemania. Por otro lado, afirmó también que se adelantó a las ideas de los productores rodando algunas escenas habladas, ya que el éxito del sonoro llegó a Inglaterra a mitad de rodaje. Al orondo director no le parecía una gran idea, pero se prestó a volver a rodar unas cuantas escenas con sonido.

Al rodar las escenas sonoras el equipo se encontró con un problema: el fuerte acento alemán de la protagonista, Anny Ondra. La solución que se encontró fue tan artesanal como todo lo que se hacía en los platós de la época. Se eligió a una actriz inglesa, Joan Barry, para que doblara a la estrella. Pero el problema era que no existía técnica de doblaje alguno todavía, con lo que se optó por grabar a la actriz fuera de cámara mientras recitaba el texto, al tiempo que se filmaba a la Ondra mientras abría y cerraba la boca, en plan Cantando bajo la lluvia. Aún esas pocas escenas habladas La muchacha de Londres pasa por ser el primer film hablado del cine británico.

La muchacha de Londres, sin dejar de ser un sencillo film, tuvo a un Hitch bastante inspirado y a unos buenos intérpretes, y no sólo significó la transición del mudo al sonoro del director británico, sino que se convirtió en el que quizás sea su mejor film de su bastante desconocida primera etapa, hasta su genial explosión de mediados los años 30. La muchacha de Londres es, por supuesto, un título imprescindible para todo aquél que quiera conocer a fondo la etapa británica del genial maestro del suspense.

2 comentarios:

GINEBRA dijo...

Pues no me suena haberla visto y eso que de Hitchcock ví muchas pelis . Tomo nota por si puedo verla, por lo que dices, no me defraudará. Parece muy interesante. Gracias, besos

Möbius el Crononauta dijo...

Dudo que te defraude. Hombre, Hitch hizo muchas pelis, siempre se pueden escapar unas cuantas