domingo, 17 de enero de 2010

El fantasma de la ópera (1925)

No hay nada como ser un criajo para ver el cine clásico con la misma (o al menos parecida) perspectiva que cualquier espectador de los años 20 o 30. Dicen que el recuerdo cinematográfico más temprano que tenía Gregory Peck era el de quedarse aterrorizado en el cine tras ver El fantasma de la ópera. Yo tengo un recuerdo parecido, aunque no exactamente por la película. Fue por un puñado de comics que me trajo mi madre, con toda la buena intención del mundo, aunque desde luego luego no tenía el mejor ojo del mundo para las viñetas. No sé si totalmente, pero sí que habían varios números de una colección de terror en blanco y negro, imagino que alguna especie de copia de Tales of the Crypt. Lo cierto es que en la contrapartada de los mismos venían como a modo de publicidad varias imágenes y dibujos terribles. Cabezas cortadas, la clásica foto del fantasma vintage que baja unas escaleras... y una foto de Lon Chaney maquillado como el temible Erik, el Fantasma de la Ópera de París. El fantasma me acongojaba, pero ver el deformado rostro calavérico de Chaney directamente me provocaba pesadillas, hasta el punto que cada vez que ojeaba los comics trataba de no atisbar su rostro en la contraportada, con aquellos ojos terribles... aunque, por supuesto, por dentro corría la voluntad de mirarlo, aunque fuera entre una rendija de los dedos. Era el viejo placer que provoca el terror como forma de entretenimiento. Son felices (a pesar del miedo) acontecimientos como ése los que le llevan a uno, con el tiempo, a apreciar en su justa medida una película como El fantasma de la ópera.

El fantasma de la ópera forma parte de una nueva etapa en los estudios Universal, que puso un nuevo enfásis en las grandes producciones como cebo para atraer al público. A pesar de los desmanes económicos de directores como Eric Von Stroheim, el estudio logró varios éxitos adaptando relatos clásicos bajo la sabia mano del mítico productor Irving Thalberg. Los viejos relatos europeos de terror gótico pronto fueron considerados como un importante filón que aportaba tanto entretenimiento como buenas historias que arrastraban además el buen sabor del clasicismo. Carl Laemmle, al igual que haría su hijo algunos años después, se dispuso a hacer de la Universal unos estudios que ofrecieran historias de calidad, poniendo a disposición de las mismas altos presupuestos. Y tras el éxito de El jorobado de Notre Dame no cabía sino repetir la fórmula con su misma estrella, el camaleónico Lon Chaney.

Convertido ya en una estrella y en la gran sensación hollywoodiense del terror, Laemmle le dio a Chaney total libertada para fabricar sus propios personajes. Fue así como Chaney nos regaló caracterizaciones increíbles, entre las cuales probablemente sea el espantoso Erik la caracterización más famosa. Usando un complicado entramado de alambres para levantar su nariz, sombras aquí y allá e inverosímiles productos que aplicaba a sus ojos, Chaney se transformó de forma asombrosa ante la cámara en un rostro apenas humano que recordaba más a una calavera que a un ser viviente. Como solía hacer por el bien de su personaje, Chaney asumió muchos riesgos, y en cierta ocasión uno de los alambres le rajó la nariz, con el consiguiente sangrado abundante. Pero así era Lon Chaney, y gracias a sus esfuerzos y su mágico arte, más de ochenta años después su deformado Erik sigue siendo impresionante.

El rodaje de El fantasma de la ópera fue una pesadilla constante. El dictatorial director Rupert Julian sacó de sus casillas a todo el mundo, y Lon Chaney se comunicó con él durante casi todo el rodaje utilizando a uno de los cámaras como intermediario. Chaney trabajó además bajo presión, pendiente del delicado estado de salud de su padre. Cuando el fatal deselance se acercaba Julian y Laemmle le denegaron el permiso para dejar el rodaje, de tal modo que Chaney no tuvo la ocasión de despedirse de su padre. No fue casual seguramente que a partir de entonces decidiera trabajar para la Metro. Además, la película pasó por varios montajes debido a varias causas: la espantada final de Rupert Julian, que dio oportunidad a Edward Sedgwick, Ernst Laemmle y el propio Chaney de rodar ciertas escenas, o varios preestrenos que no gustaron ni al público ni a Carl Laemmle. En 1929, tras el éxito del sonoro, Laemmle aun decidió añadir más escenas con sonido para aprovechar la moda del nuevo invento.

A pesar de todos los problemas El fantasma de la ópera se convirtió por derecho propio en un clásico del terror y del cine de todos los tiempos. Su primera mitad es un crescendo emocional en el que el personaje de Chaney apenas es una sombra entre bastidores, dando así paso al gran clímax de su desenmascaramiento en una grandiosa escena que pasó a ser uno de los grandes iconos de la historia del cine. Las audiencias debieron quedarse patidifusas contemplando el increíble rostro que se ocultaba tras la máscara del Fantasma. A pesar de que el Fantasma fue reencarnado luego por otros grandes actores como Claude Reins o Herbert Lom, ningún maquillaje ha logrado igualar la calidad del maestro Lon Chaney. Sin desmerecer a los otros grandes Fantasmas, para mí desde luego el Fantasma de Chaney siempre será el mejor y el más impresionante.

Grandiosos decorados, maravilloso vestuario (el disfraz de la mascarada del Fantasma... increíble, majestuoso... ¡eso sí que sería un gran disfraz de Halloween, y no las cutreces que se ven por ahí!), y más terror que romanticismo... no hay sitio aquí para los pastelosos pentagramas de Andrew Lloyd Webber. En el país de los mudos, Lon Chaney es el rey. Antes que relacionar la grandiosa obra de Gaston Leroux con un musical de ascensor me meto alambres en la nariz.

7 comentarios:

Crowley (www.tengobocaynopuedogritar.blogspot.com) dijo...

Pues qué se puede decir que no haya dicho usted ya... Una maravilla más del genial Lon Chaney, que está impresionante, como siempre. A ver si algún día de estos me animo y me monto un ciclo con los amigos de clásicos del cine mudo.
Saludos

manurhill dijo...

La mejor caracterización de Lon Chaney, estupendas escenas como el descenso de las escalinatas de la Ópera de París, envuelto en una túnica roja durante la fiesta de disfraces. Y tienes razón se alteró el primer final rodado que terminaba en el interior del edificio sobre un órgano por el que actualmet conocemos.

Saludos

isobel dijo...

que lujazo, siempre me encanto y eso que soy una miedosa empedernida, besitos y feliz semana

TSI-NA-PAH dijo...

Lon Chaney ,unico, inrepetible maestro.
Un abrazo

GINEBRA dijo...

Me gustó esa versión y otras más modernas, en realidad porque la historia siempre me atrajo. Lo que se me escapó fue lo de los cómic, pobre mamá,jajajajaja, qué poco ojo con las viñetas... me hizo gracia.
Besos

paulamule dijo...

Absolutamente magistral. Hace tiempo que no veo clásicos de este género y la verdad es que me encantan. Lon Chaney es único e irrepetible y su actuación es simplemente soberbia. Qué pena me daba siempre este hombre con todas sus desgracias.
Salud.

Möbius el Crononauta dijo...

Crowley: los ciclos con amigos son un gran invento, ciertamente

manurhill: esas escenas son grandiosas, vaya que sí. Enorme vestuario

isobel: pasar miedo es divertido siempre que sea con el amigo Chaney

Tsinapah: nunca hubo nadie como él, ni siquiera su hijo

Ginebra: las mamás no pueden saber de todo, supongo

paulamule: la leyenda de Chaney era proporcional a su talento. Lástima que se fuera tan pronto de este mundo