No es de extrañar que
John Huston viniera a este mundo con un espír

itu tan aventurero, pendenciero e individualista, sabiendo que sus abuelos habían llegado a conocer los últimos coletazos del "salvaje Oeste", y a algunos de sus personajes míticos. El abuelo materno de
John fue un tal
John Gore, un jovencito que había participado en la Guerra de Secesión y que pese a su espíritu de bala perdida había logrado contraer matrimonio con
Adelia Richardson, la hija de un importante coronel de la Unión.
John Gore era todo un personaje, un tipo con mil y un proyectos que desaparecía durante ciertos períodos de tiempo para correrse sus juergas alcohólicas tranquilamente, para luego reaparecer o llamar a su mujer o su hija para que fueran a buscarlo a algún decadente hotel de América. La hija del borrachuelo
John y
Adelia,
Reah, conoció a un tal
Walter Huston en St. Louis a principios de siglo, y pronto contrajeron matrimonio.
Walter descendía de una familia de irlandeses y escoceses, y durante un tiempo dejó su profesión, una de las peores vistas en aquellos tiempos, para conseguir un trabajo normal y cuidar de su familia. Fue en esa época cuando
John Huston vino al mundo, un 5 de agosto de 1906, en Nevada, una pequeña población de Misuri. Pero pronto su padre obtuvo un trabajo en una planta eléctrica de Weatherford, Tejas, y allí fue donde transcurrieron los primeros años del joven
John.
La felicidad del matrimonio entre
Walter y
Reah pronto llegó a su fin, y la convivencia terminó cuando
Walter decidió reactivar su carrera como actor. El joven
John se quedó con su madre, quien no tardó en volver a casarse. El futuro actor y director debutó como intérprete a los cuatro años recitando en un escenario delante del público. Durante muchos años
John padeció problemas de salud, debidos más a los malos consejos y dietas de los médicos que a la enfermedad en sí. Buscando mejores climas
Reah y
John se trasladaron a Arizona y más tarde a Los Ángeles. Al nuevo matrimonio no le quedaba mucho, y en California, una vez superada su anemia cuando un doctor lúcido detectó el problema, John comenzó a ir a un instituto y pasó a convertirse en un gran gamberrete vuela-edificios, y, de paso, en un atlético púgil. Su afición al boxeo le valió su característica nariz rota de boxeador. No tardó en dar con sus huesos en una academia militar, para ver si así le disciplinaban. Fue también en Los Ángeles donde
Huston conoció otra de sus pasiones, el arte y la pintura, que estuvo a punto de ser su vocación, y donde también conoció a una jovencita actriz aficionada del instituto que con los años sería su primera esposa. Durante cortas temporadas
John viajaba a Nueva York para ver a su padre y a pasar las vacaciones en casa de su tía
Margaret, una estrella de la ópera casada con un multimillonario. De paso,
John acudía cuando podía a los ensayos de la trupe teatral en la que estuviera su padre.
En una de esas ocasiones, en 1924,
John Huston debutó como actor teatral participando en un par de obras, en una de las cuales conoció a
Sam Jaffe, un actor y desde entonces amigo que participó en alguno de las posteriores clásicos de
Huston. Poco después, tras superar un período de convalencencia,
Huston viajó a Méjico, su segunda patria junto a Irlanda. En tierras mejicanas
Huston desarrolló su afición a los caballos y disfrutó del ambiente postrevolucionario, siendo retado a un duelo de pistolas (sin embargo al final el retador no acudió a la cita), y convirtiéndose en miembro honorario de la caballería militar, hasta que su preocupada madre le obligó a volver a California. Allí
Huston se prometió con la chica del teatro del instituto, y mientras ella acababa sus estudios
Huston volvió a Méjico, viajando en mulas por montañas infestadas de bandidos (¿os suena a cierta película suya?) y codeándose con oficiales mejicanos de caballería pendencieros y borrachos, de esos que a la mínima desenfundan y disparan al techo o a su contrincante de póquer. Cuando su futura esposa,
Dorothy, por fin estuvo lista,
Huston regresó a Los Angeles.
Walter y JohnCasado y sin un dólar en el bolsillo,
Huston buscó algo en lo que ganarse en la vida. Retomó el boxeo brevemente, pero tras recibir una soberana paliza comprendió que aquello no tenía futuro. Finalmente escribió un relato corto que envió a su padre, y éste lo pasó a un amigo hasta que finalmente acabó publicado en la revista 'The American Mercury". Animado por el éxito,
Huston y su esposa se trasladaron a Nueva York, donde el joven
John estaba decidido a convertirse en escritor. No le fue demasiado bien, y acabó como reportero en un pequeño periódico donde trabajaba también su madre. A finales de los 20 un amigo,
Herman Shulin, quien iba a trabajar junto a
Sam Jaffe en la obra teatral de
Grand Hotel, le pidió a
Huston que dirigiera la obra.
Huston aceptó y la obra fue un gran éxito.
Shulin no olvidó el favor, y cuando fue requerido en Hollywood, le habló a
Samuel Goldwyn del talento de escritor de
Huston, y así el hijo de actor regresó, una vez más, a la moderna Babilonia. Sin embargo las cosas con
Goldwyn no fueron bien, y
Huston, de la mano de su padre, acabó en la Universal, donde aportó ciertas ideas para un film de
William Wyler y el productor
Paul Kohner. Sus ideas calaron y pronto debutó como guionista para
Wyler con
La casa de la discordia, una producción, paradójicamente, de
Goldwyn, protagonizada por
Walter Huston. De paso,
John Huston debutó como actor cinematográfico en unos pocos cameos sin importancia.
Así durante gran parte de los 30
Huston trabajó como guionista, ya fuera aportando diálogos, una

trama o un guión completo, en films como
Murders in the Rue Morgue o
It Happened in Paris. También durante ese tiempo el matrimonio con
Dorothy se acabó, debido a varias infidelidades de
Huston que acabaron con el espíritu de
Dorothy quien, poco a poco, se hundió en el alcoholismo.
Huston volvería a coincidir con su ex-esposa en Inglaterra, en un desastroso periplo inglés del
Huston escritor para la Gaumont-British que acabó con
él y un amigo recaudando dinero por las calles para poder sobrevivir. En Inglaterra el guionista y futuro director se despidió de
Dorothy, quien finalmente sucumbió con una salud mermada por sus adicciones. De Inglaterra
Huston se llevó esa amarga despedida, unos cuantos amigos, un breve encuentro con
Hitchcock y una idea para el tratamiento de lo que sería
Three Strangers. De vuelta a Hollywood, en 1937,
Huston se casaba con una bella jovencita llamada
Lesley Black.
De nuevo en Tinseltown
Huston comenzó a trabajar para
Hal Wallis de la Warner Bros, empezando con un guión para su amigo
William Wyler, la prodigiosa
Jezabel. También escribió, según su propio relato, un excelente guión para el film biográfico
Juarez, que al parecer fue cercenado por las exigencias de la estrella protagonista,
Paul Muni. Tras perder a su madre,
Huston escribió otro guión y acudió a la llamada de su padre
Walter para que le dirigiera en una obra de teatro. A su regreso colaboró con
Howard Hawks en
El sargento York.
Bajo un nuevo contrato bajo el patrocinio de
Paul Kohner,
Huston retuvo una opción para poder dirigir un film para la Warner si el estudio adaptaba un nuevo guión suyo. Así sucedió con
El último refugio, un film que cambió para siempre la suerte de
Humphrey Bogart, y que efectivamente le valió a
Huston el derecho para dirigir su primer film. Y, de hecho, ese primer film iba a ser uno de los mejores debuts de todos los tiempos.
Huston eligió para su primer film lo que en realidad era un
remake. Ya existía al menos una adaptación previa de la obra de
Dashiell Hammett The Maltese Falcon, pero
Huston sentía que no se había adaptado fielmente. Fue así como nacía el
John Huston director de cine con esa maravilla titulada
El halcón maltés, un film que redefinió las pautas hollywoodienses para el cine negro y que significó la consagración de
Humphrey Bogart como estrella del cine e icono de la figura del duro detective privado. El rodaje fue como la seda, y tras cada día de rodaje
Huston,
Bogie,
Peter Lorre,
Ward Bond,
Mary Astor se iban de copas como si se conocieran de toda al vida. Cuando tras el preestreno
Huston le preguntó a
Hal Wallis que le parecía el film, y éste le dijo que era bueno, a lo que
Huston requirió: "¿Cómo de bueno?", contestando
Hal: "Bueno", supo que lo había conseguido. En su siguiente proyecto
Huston trabajó con su admirado escritor
Howard Koch, que había llegado a la Warner por recomendación del propio
John. Sin embargo el director aceptó el proyecto de
Como ella sola tan sólo por trabajar con
Koch, pero de hecho
Huston puso muy poco interés al rodar el film.
Tras escribir junto a
Koch una obra para Broadway,
Huston se metió en el rodaje de
Across The Pacific, una suerte de secuela de
El halcón maltés, con prácticamente el mismo reparto, pero cuya trama ya tenía de por medio a malvados japoneses de grandes dientes dispuestos a acabar con América, y es que para entonces la Segunda Guerra Mundial ya había llamado a la puerta de Hollywood. De hecho
Huston ni siquiera llegó a completar el film; en cuanto el Ejército requirió sus servicios el director partió hacia Washington, no sin antes dejarle un regalito a su sucesor. La última escena que rodó
Huston colocaba al protagonista (
Bogart) atado a una silla en una habitación rodeado de japoneses vigilantes armados con metralletas. La idea era dejar al siguiente director con el marrón de tener al protagonista en una situación tan imposible. Como bien imagináis, la solución para que
Bogey saliera del aprieto fue tan cogida por los pelos que
Huston se aseguró que
Across The Pacific no pudiera rivalizar en modo alguno con su predecesora.
La labor de
John Huston en el ejército fue la misma que la de otros directores, operadores de cámara, sonido, y demás: documentar los combates aliados y rodar con ellos films propagandísticos. En las primeras fases de la guerra
Huston sirvió en el Pacífico, y tras regresar durante un breve lapso de tiempo a los Estados Unidos para montar el film
Report from the Aleutians tuvo tiempo de intercambiar puñetazos pugilísticos con
Errol Flynn durante una fiesta hollywoodiense.
Huston fue derribado dos veces a las primeras de cambio, pero luego se repuso y ambos se intercambiaron golpes hasta que fueron separados por los invitados. No hubo ganador.
El siguiente destino del director fue el Norte de África, pero todo lo que rodó allí se perdió al hundirse el barco que transportaba el material grabado. Para salvar el culo él y su superior,
Frank Capra, viajaron al desierto del Mojave para recrear un falso desembarco norteamericano en África, lo que el propió
Huston calificó como una chapuza vergonzosa. Finalmente lograron salvar el pellejo recurriendo al material que los británicos habían rodado en África, que mezclaron con algunas escenas de su desembarco de pega. Posteriormente
Huston
cubrió el escenario italiano, viviendo de primera mano los duros combates de Nápoles, San Pietro y Cassino. Allí
Huston rodó alguna de las escenas más duras y violentas de la guerra, e incluso tras la autocensura y el montaje final el ejército descartó el film por considerarlo antibélico. Finalmente fue el propio general
George Marshall quien ordenó que la película debía estrenarse. En Nápoles
Huston se reencontró brevemente con
Bogart, quien había viajado allí para entretener a las tropas. Sin embargo la estancia de
Bogey duró poco, especialmente después de mandar a tomar por culo a un general que acudió a protestar por el ruido que generaba una fiesta en la suite del actor a la que habían acudido técnicos, soldados, enfermeras y cualquiera que pasara por allí. El último trabajo de
Huston para el ejército fue un documental sobre el tratamiento psiquiátrico que al regresar a casa recibían los veteranos que habían perdido el norte. Nuevamente el documental fue rechazado y no fue estrenado, yendo a parar a las cubetas de los archivos militares.
De vuelta en Hollywood,
Huston se preparó para rodar un nuevo film, ya libre del servicio militar. Y esa nueva película estaba destinada a convertirse en otro gran clásico de la historia del cine.