Yo, Claudio fue tan especial porque fue uno de esos momentos en que todo parece conjuntarse para dar a luz a un gran clásico, una serie de esas que la gente sigue recordando muchos años después, como imagino ocurrirá con series actuales como
Los Soprano. Y ésta no es una comparación gratuita, pues en el enrevesado mundo de la familia Julia-Claudia los tejemanejes que se llevan y la doble moral recuerdan mucho al de una familia mafiosa.
El proyecto surgió en la BBC de la mano del experimentado productor televisivo
Martin Lisemore, quien ya tenía unos cuantos éxitos en su haber. Contactó con el director
Herbert Wise, quien también tenía experiencia televisiva, como casi todo el equipo que iba a formarse, y quien aceptó entusiasmado. No era el primer intento de llevar las novelas a la pantalla.
Lisemore hubo de luchar por derechos de
Yo, Claudio que estaban en posesión de la London Films, a consecuencia del fallido intento de
Josef Von Stenberg de adaptar la obra para la gran pantalla ya en los años 30 con
Charles Laughton como protagonista. Sin embargo el film nunca se acabó, así que
Lisemore tuvo que recomprar los derechos de filmación. Una vez conseguido se comenzó a pensar en un guionista quie adaptara la obra.
Aparte de los méritos del refinado material de
Graves, gran parte del mérito de la serie recae en la magnífica adaptación que de la obra hizo el guionista
Jack Pullman, no sólo al lograr condensar las dos novelas en trece episodios de cincuenta minutos, sino al implementar la obra con grandes diálogos, mucha ironía y estupendos momentos de humor que encajaban perfectamente dentro de los asesinatos, envenenamientos, adulterios y demás vilezas. Ese facilidad para alternar terror y humor queda bien ejemplificada en esos estupendos villanos que son Livia y Calígula.
Pullman fallecería poco después de que se acabara la serie, pero dejó para la historia un guión televisivo impepinable.
A la hora de buscar un protagonista, se barajaron muchos nombres, al principio desde la premisa de que habría dos Claudios, uno joven y otro más viejo. Cuando finalmente se decidieron por tener a un solo actor, y tras seguir descartando nombres,
Wise finalmente contactó con el agente de
Derek Jacobi, un joven actor teatral que ya había hecho sus pinitos televisivos junto al mismo
Wise en
Man of Straw. Por entonces sabían que
Jacobi andaba buscando más papeles en películas o televisión y dejar el teatro por un tiempo, pero justo entonces el actor había recibido una oferta para interpretar a Hamlet en el National Theatre, y estuvo a un paso de dejar de lado el papel de Claudio, pero por suerte su agente le convenció, y simplemente Jacobi ofreció una interpretación inolvidable. Trabajó distintos tipos de tartamudeo, copiando aun ayudante del director artístico que era tartamudo, y también los tics de Claudio que de todas formas abandonó pronto, así como una cojera
ad hoc a la hora de rodar. No cabe duda de que con su Claudio puso el listón muy alto.
Como se puede colegir al ver la serie, todos los intérpretes de la serie provenían del teatro y la televisión, y
Yo, Claudio era casi una obra de teatro filmada, en la que se sucedían a menudo largas escenas repletas de diálogo grabadas en una sola toma. Así se eligieron a actores y actrices experimentados en el medio, que ya habían participado en otras series, y que se habían formado en el teatro. Por ejemplo
Brian Blessed, quien en principio se veía mejor como Tiberio que como Augusto, a quien finalmente interpretaría. El Augusto de
Blessed es muy bonachón y vivaz, y de hecho
Herbert Wise le indicó que no actuara como un emperador, sino como alguien normal. Serían el resto de personajes quienes con sus actitudes y diálogos le harían verse como emperador.
Blessed, con todas sus gesticulaciones y sus divertidas rabietas, realmente hizo también un trabajo espléndido, y a él le debemos algunos de los momentos más entretenidos de la serie.
Seguramente el personaje más poderoso de toda la serie, un pilar central de los eventos y una fuente de ironías, sarcasmos y mala leche era Livia, la mujer de Augusto, una emperatriz maquiavélica que en la serie organiza complot tras complot para allanarle el camino a su hijo Tiberio, fruto de un matrimonio anterior. Livia es la maldad personificada en la primera parte de la serie, y al mismo tiempo una inteligente emperatriz que mediante subterfugios conduce a su marido por soluciones retorcidas, pero pacíficas, como alternativa a las guerras civiles que han azotado a Roma. Y toda esa ironía, mala leche e hijoputez ocultas tras un sereno y elegante rostre fue excelentemente interpretada por
Siân Phillips, una estupendísima actriz galesa que desde luego merecía ser la mujer de
Peter O'Toole. Su Livia fue, sin duda, una de las malvadas definitivas de la televisión, y el epítome de la mezcla de belleza y maldad, comedia y horror que buscaban para la serie
Wise y
Pullman.
Uno de los personajes cómicos por excelencia de la serie es el pobre Tiberio, un hombre débil totalmente dominado por su madre Livia, quien teje para él una telaraña que en realidad no desea para sí mismo. Interpretado por
George Baker, su Tiberio es desde luego de lo más gracioso que puede verse en la serie, buscando siempre un respeto y aprecio en los demás, y especialmente en su madre, que nunca consigue.
Baker, que ya era un cuarentón, tuvo que seguir una estricta dieta para parecer un Tiberio de veintitantos, para luego pasar por varios cambios físicos hasta llegar al pestilente Tiberio decrépito de la etapa de Capri.
Livia, master of evilY sin duda el gran momento estelar de la serie es el corto reinado de Calígula, durante el cual Claudio tendrá que componérselas para no acabar en el hoyo. Y quien le dio vida fue un estupendo
John Hurt, en su carrera pre-
Alien, que estableció todo un
world record en cuanto a la composición del emperador loco se refiere, y ni siquiera
Malcom McDowell logró igualarlo, aunque su Calígula fuera realmente oscuro. Pero el Calígula de
Hurt tiene esa mágica mezcla que impregna toda la serie, compuesto por escenas horribles y escenas graciosas a partes iguales. ¡Imposible olvidar el final del noveno capítulo! Y pensar que
John Hurt estuvo a punto de rechazar el papel. Que habría sido de la bizarra danza del sol sin él.
En fin, como véis, la serie es que simplemente tenía un reparto superduble, que diría Flanders. Había otras grandes o interesantes interpretaciones, como la de
Margaret Tyzack, quien en la serie era Antonia, la constantemente decepcionada y despreciativa madre de Claudio, que representaba a la Roma de la vieja República, y sus olvidados valores. O a un curioso
Patrick Stewart, conocido por el mundo como capitán Picard, y que en
Yo, Claudio interpreta a Sejano, el terrible segurata personal de Tiberio. O, por seguir citando,
Sheila White, poseedora de unos esplendorosos ojos grandes y fino talle y busto, que también sabe interpretar a Mesalina, la primero apocada y luego ninfómana mujer de Claudio.
Todo ese gran reparto se reunió durante dos intensivas semanas de ensayos donde el consejero de la serie
Robert Erskine les adoctrinó sobre lo cómo comportarse siendo romano, y hablándoles, por ejemplo de que debían tratar a los esclavos como objetos, nunca mirarles ni darles las gracias ni hablarles, ¡imaginad lo difícil que debió resultar para los educados actores ingleses comportarse como unos maleducados latinos como nosotros!
A los ensayos siguieron seis meses de rodaje, y un gran estreno en septiembre del 1976 que hizo historia,
Yo, Claudio triunfó en todo el mundo, censurándose en algunos países (España por ejemplo), debido a sus altas dosis de hijoputez, pero aun así la serie era tan buena que no importaba. Ya desde el mítico principio, con la serpiente recorriendo las teselas de Claudio y esa extraña y magnífica música sonando de fondo, uno se da cuenta de que la serie va a estar repleta de mala leche y fino humor británico. Ya véis, una serie como
Roma de la HBO está bien, pero lo que más le falta, a pesar de su violencia y su sexo, es eso:
bad milk a la británica.