Sterling Hayden, nacido en Nueva Jersey con un mundo en guerra, creció con los apellidos de su padrastro. Como muchos norteamericanos antes que él, sintió la llamada del mar y la libertad, lejos de un hogar que no le satisfacía. A los 17 años lo dejó todo para embarcarse en un carguero. Poco después sobrevivía como pescador en Terranova. Fue marinero y bombero en grandes buques, y a los 19 ya era el patrón de un barco que dio varias vueltas al mundo. La educación que abandonó pronto la concluyó en el mar. Los azotes de las tormentas y las aguas calmas, la vida, en definitiva, le instruyó, como le instruyeron los libros que devoraba en las horas muertas.
Pocos actores han sido más auténticos, más cercanos a sus personajes de tipo duro.
Hayden no era una bonita cara de facciones duras, no era un modelo de gimnasio. Sus condiciones atléticas las había adquirido entre el salitre y el sol; sabía de primera mano lo que eran las peleas y el trabajo duro. Se sabía diferente, y eso podía ser incómodo. Como cuando se puso nervioso rodeado de neoyorquinos ("verdaderos actores"), sintiéndose incapaz de actuar en la obra teatral televisada
A Sound of Different Drummers. Temía quedarse en blanco, como ya le ocurriera antes, en 1940, en un show radiofónico ante un público de dos mil personas.
De Nueva York a Los Angeles. Un viaje sin retorno. Bien sabía
Sterling Hayden qué era trabajar duro. Pocas cosas hay más difíciles que sacarle algo de provecho al mar. Sus amigos le aconsejaron que se olvidara de la radio y de la Costa Este, y se fuera a la moderna Babilonia. Su impresionante altura y físico pronto le consiguieron un trabajo como modelo fotográfico. De ahí a la Paramount via
Edward H. Griffith sólo hubo un paso. Le publicitaron como "el hombre más bello del cine". A
Sterling le pareció más bello los doscientos cincuenta dólares que iba a ganar a la semana, comparado con los 450 que ganaba al mes como patrón de barco. Debutó en 1941. Su primera película fue una producción al uso de
Griffith llamada
Virginia. Aparte del sueldo, lo único que sacó en claro
Hayden fue quedar deslumbrado por el suave tacto de satén que se respiraba en Hollywood, y por la actriz principal,
Madeleine Carroll, con quien no tardaría en casarse. El matrimonio apenas sobrevivió a la guerra.
Hayden sólo tendría tiempo para rodar una película más antes de que los Estados Unidos entraran de lleno en la Segunda Guerra Mundial. Poco antes de Pearl Harbor el actor, que tal vez ya oliera la pólvora, se enroló en el COI, germen de los futuros servicios secretos de la OSS, agencia hoy conocida como la CIA. Bajo seudónimo, y con la guerra ya en marcha, se presentó como voluntario en los Marines.
Hayden no iba a quedarse en casa con tanta marcha ahí fuera, y no siendo una estrella pudo disfrutar de la aventura sin tener que aguantar ser arropado por paños y favores. La guerra le devolvió al mar, sorteando el bloqueo alemán en el Adriático para llevar armas a los partisanos yugoslavos. Participó también en acciones de guerrilla en Croacia. Si en los 30 ya se había acercado al socialismo, en Yugoslavia se volvió comunista. Sus acciones le valieron condecoraciones y medallas y la simpatía del mariscal
Tito.
Hayden se afilió al Partido Comunista, el tiempo suficiente como para quedar marcado en unos pocos años.
Tras el divorcio
Hayden retomaba el oficio de actor. También retomó la vida matrimonial junto a una tal
Betty Ann de Noon. Tras unas pocas películas llegó su gran lanzamiento de la mano de
John Huston y
La jungla de asfalto, un clásico del cine negro donde el actor que no era actor dejó una impronta indeleble como el solitario perdedor Dix, un criminal maltratado por la vida pero que sigue descirniendo el bien del mal, y sigue valorando las palabras amistad y lealtad.
Sin embargo el actor no recordó esas palabras cuando el Comité de Actividades Antiamericanas le citó ante el tribunal acusador para saber si era comunista. El antiguo marinero aventurero, ahora casado y con hijos, y con barcos que mantener, cedió ante los buitres de
McArthy y se declaró comunista, al menos haberlo sido hace tiempo. De paso dio también unos cuantos nombres de compañeros afiliados al partido. Probablemente no hubo nada de lo que no se arrepintiera más
Hayden durante el resto de sus días. Pero para entonces ya era tarde. Ya como un chivato, el actor pudo seguir trabajando. Poco después trató de buscar la redención adheriéndose al Comité por la Primera Enmienda de
Lauren Bacall,
Bogart y otros actores y directores.
Sin embargo el empujó de
La jungla de asfalto no le sirvió para alcanzar el estrellato definitivo. Era un actor de carácter, un gran tipo duro, pero no encajaba como seductor, ni tenía la curiosa versatilidad de un
Bogart, ni su carisma. De los proyectos en que participó en los primeros 50 apenas ha quedado
El principe valiente de
Henry Hathaway en la memoria de los espectadores. Ese mismo año, sin embargo, llegaba otro suculento papel, el del pistolero guitarrista de
Johnny Guitar. Tras un
film noir menor participaba en la olvidada pero interesante
Suddenly, un pequeño film de culto protagonizado por
Frank Sinatra. En 1956 llegaba otro buen papel en otra gran película de cine negro,
Atraco perfecto, dirigida por un joven talento llamado
Stanley Kubrick. También tuvo el quizás dudoso honor de aparecer en
Zero Hour!, la película que inspiró
Aterriza como puedas.

En 1958, tras dos bodas y dos divorcios con
Betty Ann,
Sterling Hayden quedó arruinado y a cargo de sus cuatro hijos. Acosado por las deudas, rodó algunas películas más y apareció en unos cuantos programas de televisión, hasta que en 1960 se retiró con su familia yendo aquí y allá hasta que recaló en un apartamento del ferry Berkeley. Allí escribió su autobiografía,
Wanderer, donde dejó patente su pasión por el mar y su desprecio por el oficio de actor. Sin embargo, volvió a la interpretación de la mano de
Kubrick, interpretando al general Jack Ripper en T
eléfono rojo: volamos hacia Moscú. Poco después
Hayden se marchaba con sus hijos a Europa, recalando en Francia. Allí trabajó en algunos films europeos y en un par de proyectos hollywoodienses.
Cuando ya parecía que iba a tener que dedicarse a participar en extrañas coproducciones europeas y brasileñas,
Francis Ford Coppola le rescató del limbo de los secundarios olvidados otorgándole el papel del corrupto policía McCluskey de
El padrino, el que sería su último gran papel, aunque destacara también en
Un largo adiós de
Robert Altman. Con su carrera reflotada en los Estados Unidos, sus deudas le pusieron en problemas con el fisco yanqui, y
Hayden tuvo que regresar a Europa de nuevo, dejando atrás un posible papel en
Tiburón. En el viejo continente rodó allí su último gran proyecto,
Novecento.
Solucionados sus problemas fiscales
Hayden pudo regresar a los Estados Unidos, donde obtuvo pequeños papeles en películas de calidad cada vez más ínfima, como fue su último largo,
Veneno, una de tantas copias baratas de
Tiburón, en la que tuvo de compañeros de trabajo a otros descastados como
Klaus Kinski u
Oliver Reed.
Un cáncer se llevaba al actor trotamundos el 23 de mayo de 1986. Sin embargo, su poderosa personalidad sigue hoy dejando su impronta en un puñado de films inolvidables.