A la expectaviva
Hace 1 hora.

La angelina Julie Newmar vino a este mundo un 16 de agosto de 1933. Criada en una familia de clase media donde se respiraba mucha cultura, la futura actriz estudió desde pequeña ballet, piano y canto. Tras graduarse en el instituto estudió música, filosofía y francés en la universidad, trabajando como bailarina para la ópera de Los Angeles. Su camino hacia la interpretación la llevó a Broadway, donde trabajó como bailarina y actriz. Julie buscó siempre que se valorara su vis cómica y su talento, pero como suele suceder su imponente físico se lo ponía difícil; por otra parte, también le proporcionaba unos ingresos extra trabajando como modelo. A principios de los 50 probó suerte en Hollywood, trabajando de figurante y en pequeños papeles hasta que logró un papel más jugoso como una de las novias de Siete novias para siete hermanos. Su carrera pronto derivó hacia la televisión, donde apareció en diversas series como La dimensión desconocida o Star Trek. Ya en los 60 protagonizó junto a Robert Cummings una efímera serie, My Living Doll.
cia de Cab Calloway, el renombrado y añorado cantante de jazz cuya orquesta fue realmente popular durante los años 30 y 40, manteniendo una intensa rivalidad en el Cotton Club con la orquesta de Duke Ellington.
Ya son dos las vueltas que este blog ha dado alrededor del Sol, y espero que la cosa siga (veremos si mantiene el ritmo, que vienen curvas) más o menos como hasta ahora. Y ahora, si no les importa, me pondré en plan abuelo con manta de cuadros en la mecedora y les contaré una historia. Si gustan, pueden ponerle la voz de Aquellos maravillosos años.
El siguiente relato es una historia que solía contarme mi padre de pequeño. Digo solía aunque quizás mienta; tal vez sólo la relatara una vez, pero desde luego se me quedó grabada en la mente. No sé si es algún viejo cuento, una invención suya, un hecho real, o qué. Pero tal como me la relató, o más bien tal como la recuerdo, yo os la cuento.
Si alguna vez se han sorprendido mirando a una jovencita que camino de la mano de un hombre que podría ser su padre, o a la inversa, que suele estar peor visto, podría decirse que forman ustedes parte de esta película. Película que, por otra parte, no dudaría en señalar como la más desconocida de la carrera de Clint Eastwood (o, al menos, de su carrera como director) desde que pisara por primera vez el desierto de Almería.
Primavera en otoño se apoya sobretodo en su pareja protagonista: una Kay al que el papel de Breezy le viene como un guante (me alegro de que Eastwood no metiera a la sempiterna Sondra Locke por en medio) y un William Holden que hace gala de su saber hacer interpretando sobriamente a un cínico cincuentón. El trabajo de Clint como director es competente, pero en su tercer largo el resultado pareció absorver la sobriedad del personaje de Frank. Desde luego en un doble cartel (hablando de cartel, ¿adivinan qué película van a ver Breezy y Frank) junto a Infierno de cobardes esta película sabría a muy poco. En definitiva, Primavera en otoño es un film correcto que probablemente sólo apasione a los, valga la redundancia, apasionados del cine romántico.
Edwin Starr, nacido en Nashville y criado en Ohio, comenzó su carrera como cantante a finales de los 50 formando parte de un grupo de doo-wop. Viviendo en Detroit firmó para el sello Ric-Tic, que a finales de los 60 fue absorvido por la todopoderosa Motown. Fue entonces cuando la carrera de Starr comenzó discurrir por el buen sendero. Sin olvidar las enseñanzas del gran Padrino del Soul, Starr trabajó sumergido en la marisma de artistas que inundaban la Motown hasta que por fin en 1968 logró su primer éxito, "25 Miles".
Me gustaría pensar que alguien con un talento increíble como el de Martin Scorsese habría llegado a la cima de una forma u otra, pero hablando de un sitio tan ingrato a veces como Hollywood, ¿quién pondría la mano en el fuego? De todas formas a todo director con algo de talento le llega un día la oportunidad de dar un paso definitivo en su carrera, una oportunidad que bien aprovechada bien puede abrirle las puertas del Olimpo de Tinseltown (lo cual no implica una total independencia creativa, pero sí al menos el poder sacar tu opinión adelante de vez en cuando). El tren del reconocimiento comenzó a rodar para Scorsese cuando la actriz del momento, Ellen Burstyn (la sufrida madre de El exorcista), se fijó en él y le escogió (a pesar de unas iniciales reticencias) para rodar su historia sobre una mujer normal que trataba de superar sus problemas cotidianos. Scorsese consiguió su empujón, Burstyn consiguió un Oscar, y nosotros conseguimos una película lleno de bellos momentos y grandes interpretaciones. Creo que todos salimos ganando.
era de racio abolengo. Sus padres planeaban para él una vida monástica como franciscano, y ya desde joven comenzaron a impartirle ciertas nociones de música. Cuando tuvo la edad suficiente acudió a la Universidad de Padua, donde estudió leyes, amén de practicar la esgrima (no sólo como deporte) e ir detrás de diversas faldas. Su vocación de bon vivant no gustó a su padre, aunque éste no tuvo demasiado tiempo para lamentarse. El padre de Giuseppe fallecía en 1710, tras lo cual el díscolo hijo aprovechó para casarse con una tal Elisabetta, una chica de clase social baja que habría hecho revolverse al difunto padre en su tumba. Sin embargo, la felicidad conyugal no pareció durar mucho. La tal Elisabetta resultó ser la amante del poderoso cardenal Giorgio Cornaro, con lo que Tartini enseguida se ganó la enemistad de éste, habiendo de abandonar Pádua. Comenzaba así una fructífera carrera como compositor y violinista que quedaría teñida para la posteridad con el añil de la leyenda.
notas encajarían como en un puzzle.
Cuentan que, al despertar, aparte de caer en una gran desesperación, Tartini vio en su habitación algo que nunca había estado antes: un precioso violín de color caoba. ¿Un regalo de Lucifer quizás?
Recuerdo a Terry Gilliam en una rueda de prensa (creo que fue en Cannes) ofreciéndose para trabajar como director para cualquier proyecto minímamente interesante que no fuera una gran subnormalidad. Creo que llegué a leer algo de que publicó un anuncio en un periódico. Esto último no sé si será cierto, y esa petición pública de trabajo seguramente no fue más que un toque de atención hacia su difícil situación como artista, pero era una buena muestra de lo fuera de sitio que parece estar Terry en el cine actual. No es sólo que su visión personal del cine tenga cada vez menos sitio en los circuitos del cine A; sus problemáticos y costosos rodajes le han convertido en un director peligroso para cualquier productor. Tal vez Terry haya tenido mucha mala suerte, o tal vez necesite un contable. Quién sabe. Lo único cierto para mí es que su cine me parece no sólo contingente sino necesario. Su querencia por la fantasía y por una suerte de realismo mágico le han convertido en un paria de Hollywood con maravillosas historias para contar. En cierto modo une la magia especial del cine europeo con la grandilocuencia de ese Hollywood del que siempre ha afirmado desmarcarse. Por ello, ahora que parece que va a intentar, por segunda vez, rodar su ansiada y particular adaptación del Quijote de Cervantes, quisiera recordar uno de sus films, a modo de afirmación, la cual sería: el mundo necesita a Terry Gilliam.
imaginara Gustave Doré, el actor John Neville. A pesar del parecido que pudiera haber, su trabajo fue excelente. Al moverse entre realidad y ficción, algunos actores, como Eric Idle, Valentina Cortese o Uma Thurman interpretaron dos papeles distintos. La Thurman no podía estar más esplendorosa emergiendo como la gran diosa Venus, cautivando los sentidos del Barón. Como cualquier fan de Monty Python sabrá, Gilliam no podía sino inspirarse en El nacimiento de Venus de Botticelli para rodar la emersión de la divina (valga la redundancia) Venus. Otros intérpretes a destacar son el histriónico Robin Williams ejerciendo de cabeza voladora y un magnífico Oliver Reed dando vida al dios Vulcano. El cantante Sting tenía un pequeño cameo al principio del film.
El cuento Animal Farm y, en general, la gran obra de George Orwell daría para muchas entradas, pero en esta ocasión me centraré en Rebelión en la granja, una estupenda y bastante fidedigna adaptación del libro realizada en Gran Bretaña, casualmente (o quizás no) poco después de la muerte de José Stalin.
Un equívoco que lleva a otro equívoco; así podría resumirse Cinemanía, una película de la estrella del mudo Harold Lloyd que trataba de adaptarse al sonoro. La trama del film gira entorno a Harold Hall, un patoso aspirante a estrella del cine que se verá colocado en un entorno al que no pertenece, provocando diferentes situaciones cómicas que convierten a Cinemanía en una especie de El guateque de los años 30.
Como diría Jimmy Swaggart cuando hablaba de cierto sector de la sociedad, para aquellos que insisten en que los labios de Angelina Jolie son operados, tengo dos respuestas: ¡mi rifle de dos cañones! Iconoclastas, si no tenéis bastante prueba con el jeto de su señor padre, buscad fotos de la actriz niña o adolescente, y veréis que siempre ha sido una chica morruda.
Hay modas pasajeras, éxitos pasajeros, trabajos intrascedentes. Hay grupos de una sola canción, y grupos de vastas discografías. En el cine ocurre lo mismo. Hay, por ejemplo, directores que por una sola película merecen un lugar en la mesa de los grandes del cine. No es exactamente el caso de Sidney Lumet, director que tiene en su haber excelentes films, pero también tropezones que le han apartado del grupo de los pezzonovantes. Pero aunque Lumet hubiera desaparecido de la faz de la Tierra tras haber rodado Doce hombres sin piedad, sólo por esta película merecería ser recordado.
De su guitarra salieron sonidos y acordes sin los cuales hoy el rock sería sin lugar a dudas distinto. Tras la separación de The Stooges no tuvo la misma suerte que su amigo Iggy, y su carrera en solitario siempre ha parecido un coto reservado para unos cuantos connoisseurs. Tuvo una vida complicada, como muchos otros músicos, pero siguió adelante, y en los últimos años, pese a las protestas de algunos puristas, nos hizo felices a muchos de nosotros al reunirse de nuevo con su vieja banda y poder disfrutar de su característico sonido sobre un escenario.
Creo que deberíamos estar agradecidos de que los censores franquistas fueran por lo general bastante cortos de miras, y que directores como el genial Luis García Berlanga fueran capaces de colarles muchos goles a aquellos señores de negro. Como le sucedió en la época a cualquier director mínimamente inquieto, Berlanga vio muchas de sus escenas borradas para siempre, pero aun así siempre logró, mediante tretas, engaños o simple miopía mental de los censores, salir adelante y dejar retratada en sus películas la España pacata, atrasada y represiva de aquellos días, siempre con mucho humor e ironía. En la película que nos ocupa el director se valió de un final a gusto de las autoridades (y de dejar a la Iglesia fuera del asunto, a menos directamente) para señalar el uso poco cristiano que se daba en quizás demasiadas ocasiones a la religión.
Desde luego Xavier Cugat era un tipo afortunado. Estoy seguro que durante los aproximadamente cinco años (creo que fueron cinco) que estuvo casado con su esposa Lorraine debió ser muy feliz. Salta a la vista que la señora Cugat era lo que entonces denominaban una chica bombshell.