viernes, 30 de enero de 2009

Esperando al sol

Pues eso, que en eso andamos, esperando que venga el sol y se vaya el general invierno a incomodar a otra parte.

The Doors, "Waiting for the Sun".

EDITADO: como diría Abraracurcix, "a veces me siento tan cansado..." Espero que esto dure más que el jodido video.


miércoles, 28 de enero de 2009

Norte y Sur

Siendo un crío trataba de no perderme un sólo capítulo del culebrón de época norteamericano Norte y Sur, basada en una trilogía de novelas ambientadas en la Guerra de Secesión escritas por un tal John Jakes. Hoy no sé si volvería a disfrutar de un teledrama tan lacrimoso, pero por entonces era una serie con la que disfrutaba mucho.
Aparte de las ocasionales escenas de batallas, seguía con fruición la difícil amistad del sureño Orry al que daba vida Patrick Swayze y el norteño George (James Read). Temía al psicópata Bent (Philip Casnoff), y me sacaba de quicio la maldad de la caprichosa Ashton. Me desesperaba la eterna e imposible historia de amor entre Orry y la preciosa Lesley Ann-Down, que le hacía a uno sacar el caballero sureño que lleva dentro, tratando, impotente, de protegerla de quien era sin duda el personaje más carismático de la serie, y uno de los villanos más cabrones de la historia de la televisión: Justin LaMotte, el despiadado dueño de una plantación de algodón que hace la vida imposible a la pobre Lesley Ann-Down. El personaje de Justin fue una buena demostración de que David Carradine podía ser un gran maluto, cosa de la que Quentin Tarantino también se dio cuenta, ofreciéndole un jugoso papel en la bilogía de Kill Bill.


Justin LaMotte, hombre malo

Años más tarde descubrí (o más bien redescurí) el drama sureño definitivo, Lo que el viento se llevó, pero de eso ya hablaré en otra ocasión. Hoy simplemente me apetecía recordar una serie que me proporcionó en su día un buen puñado de horas entretenidas. Aparte de hacerme intuir que el corsé era un gran invento para realzar ciertas cosas. Pero esa, también, es otra historia.

Julie Newmar, la primera Catwoman

La angelina Julie Newmar vino a este mundo un 16 de agosto de 1933. Criada en una familia de clase media donde se respiraba mucha cultura, la futura actriz estudió desde pequeña ballet, piano y canto. Tras graduarse en el instituto estudió música, filosofía y francés en la universidad, trabajando como bailarina para la ópera de Los Angeles. Su camino hacia la interpretación la llevó a Broadway, donde trabajó como bailarina y actriz. Julie buscó siempre que se valorara su vis cómica y su talento, pero como suele suceder su imponente físico se lo ponía difícil; por otra parte, también le proporcionaba unos ingresos extra trabajando como modelo. A principios de los 50 probó suerte en Hollywood, trabajando de figurante y en pequeños papeles hasta que logró un papel más jugoso como una de las novias de Siete novias para siete hermanos. Su carrera pronto derivó hacia la televisión, donde apareció en diversas series como La dimensión desconocida o Star Trek. Ya en los 60 protagonizó junto a Robert Cummings una efímera serie, My Living Doll.

Fue en 1967 cuando le llegó el papel por el que pasaría a la posteridad: el de Catwoman en la adaptación televisiva pop de Batman, el mítico cómic de Bob Kane. Aunque fue la actriz Lee Meriwether quien primero encarnó a la mujer gato en la adaptación para el cine de 1966, fue Julie quien quedó en el recuerdo del público, aunque en la última temporada de la serie tuvo que ser sustituida por estar rodando El oro de McKenna. Y es que, hasta que Michelle Pfeiffer no encarnó a la mujer gato en Batman vuelve, el mundo pareció no conocer a otra Catwoman que la bellísima Julie Newmar.


It's... Julie Newmar's Flying Circus!

martes, 27 de enero de 2009

Cab Calloway

Este último sábado el pub habitual cerró con "Minnie The Moocher", el clásico por excelencia de Cab Calloway, el renombrado y añorado cantante de jazz cuya orquesta fue realmente popular durante los años 30 y 40, manteniendo una intensa rivalidad en el Cotton Club con la orquesta de Duke Ellington.

Calloway se mantuvo activo hasta que su salud se lo permitió, y en los 80, cuando ya parecía relegado a los circuitos nostálgicos, John Belushi y Dan Aykroyd le recordaron al mundo su existencia gracias a un papel secundario en Granujas a todo ritmo, donde volvió a deleitar al público con su clásico "Minnie The Moocher".

Para introducirse en el mundo del gran Cab basta con cualquier recopilatorio que incluya "Minnie The Moocher" y alguna de sus películas de los 30, como Hi de Ho.

lunes, 26 de enero de 2009

Cómete al blog

Ya son dos las vueltas que este blog ha dado alrededor del Sol, y espero que la cosa siga (veremos si mantiene el ritmo, que vienen curvas) más o menos como hasta ahora. Y ahora, si no les importa, me pondré en plan abuelo con manta de cuadros en la mecedora y les contaré una historia. Si gustan, pueden ponerle la voz de Aquellos maravillosos años.

Debí imaginar que aquel verano iba a ser distinto cuando la Unión Soviética se vino abajo. Cuando las compañeras de clase ya no eran motivo de asco, sino de curiosa curiosidad y atracción fatal. Cuando en apenas un año iba a dejar un centro escolar por otro (cosa que entonces no sabía, pero así fue). Cuando le cambia a uno la voz, y, en fin, las cosas que han de cambiar. Pero no lo imaginé. Como cualquier púber, estaba algo confuso, y aunque me no parara de gastar una cinta de los Rolling escuchando "Shattered", me hicieran gracia los Toreros Muertos, Siniestro Total fueran como de la familia y me supiera el Salve de La Polla Records de pe a pa, no dejaba de ser un criajo al que los discos de Led Zep y Hendrix (salvo por la portada del Axis: Bold As Love) de su hermano mayor nada decían. ¿Quién sabe si no habría acabado en las garras de las radiofórmulas? O lo que es peor, ¡de Erasure! Pero yo creo firmemente que de lo que se come se cría, y por suerte en casa no se escuchaba a Zapato Veloz y sí a grandes compositores clásicos. Todo lo que hacía falta era una chispa.

Cualquier rockero de pro probablemente recordará el momento, grupo y canción en que la música del diablo dejó fluir su veneno por las venas de uno, infestándolo para siempre. En mi caso fue ese verano, viendo un programa de videoclips del que me gustaría poder recordar el nombre (era uno bastante raro, desde luego, para rellenar tiempo en Tve2. En plena canícula, me encontré con aquello, algo que no se parecía a nada que hubiera escuchado. En unos segundos que parecieron siglos me quedé atónito, hasta que reaccioné y busqué desesperadamente no a Susan, sino una cinta de vídeo donde grabar aquella monstruosidad. Viéndolo ahora en Youtube, creo que me dio llevar cerca de 1:25 segundos encontrar una cinta, introducirla en el reproductor y ponerlo a grabar. Todavía hoy conservo esa cinta como oro en paño, con el videoclip comenzado. Luego siguieron otros videoclips, y más cintas de VHS. Aquellas Navidades en vez de comprarme muñecajos usé la paga para comprarme mi primer vinilo, el 1916 de Motörhead.
Porque Motörhead fue el grupo que cambió mi vida, y porque aquella canción era "Eat The Rich". Sin ellos no sé si estaría o no escribiendo en este blog. Lo que desde luego es cierto es que sería muy distinto.

Y si algún día tengo nietos, me gustaría contarles todo esto, pero, ¿quedará algún VHS en activo? Porque para entonces Youtube ya será como el Londres del Gran Hermano. Y además, el encanto no es el mismo... En fin, ¡Ave, lectores, legeri te saluto! (espero que no haya ningún latinista por ahí...)


domingo, 25 de enero de 2009

El viejo guerrero indio

El siguiente relato es una historia que solía contarme mi padre de pequeño. Digo solía aunque quizás mienta; tal vez sólo la relatara una vez, pero desde luego se me quedó grabada en la mente. No sé si es algún viejo cuento, una invención suya, un hecho real, o qué. Pero tal como me la relató, o más bien tal como la recuerdo, yo os la cuento.

Principios del siglo XX. Aunque no ha pasado tanto tiempo, las viejas Guerras Indias entre el hombre blanco y los otrora orgullosos guerreros indios parecen hechos de un pasado muy lejano. Montado probablemente en algún raqueteante Ford-T, un periodista blanco de la gran ciudad se dirige a una reserva india para escribir un artículo sobre la vida de los nativos en esas tierras pobres que son el único lugar donde el gran jefe de Washington permite vivir a los restos de las tribus indias que han sobrevivido a las guerras en la pradera.

El periodista pasea por el poblado. Nadie se lo impide. ¿Podrían acaso hacerlo? Entrevista a tal o cual miembro del poblado. Pide verse con el jefe de la tribu. Caras sombrías le dicen que el viejo jefe está enfermo. Es probable que el Gran Espíritu pronto se lo lleve a algún otro lugar. Aun así, el periodista obtiene permiso para verle. Postrado en su cama, el hombre blanco saluda a los familiares que rodean al gran jefe. Con la poca delicadeza habitual de muchos hombres de su profesión, coge su bloc de notas y comienza a lanzar una pregunta tras otra, como esa ametralladora Gatling que diezmó a tantos guerreros indios. Sin embargo, las viejas historias del jefe tocan alguna fibra en el corazón de periodista del hombre-que-pregunta, y promete volver otro día para hablar más tranquilamente.

Efectivamente, así lo hace. Un par de días después el periodista vuelve, y el jefe indio está mucho peor. El periodista se sienta en un rincón, cerca de la cama del viejo jefe. Charlan de vez en cuando, mientras los familiares y otros miembros de la tribu entran y salen, interesándose por salud, atendiendo cualquier necesidad. El periodista comenta al jefe lo bien que le tratan todos. Es en ése momento cuando, por primera vez, el jefe se derrumba y comienza a llorar.

- ¿Por qué llora? -le pregunta el periodista- Su familia le quiere, su tribu le respeta. Todos están pendientes de su bienestar. ¿Acaso no está contento?

- Lloro -dijo el jefe- porque, aunque yo era demasiado joven como para recordarlo, sí recuerdo cómo mi padre me contó cómo un día en que la tribu marchaba, dejó a su padre, demasiado enfermo para viajar, en su tipi, junto a una pequeña hoguera y unos pocos víveres., marchando sin mirar atrás, mientras las lágrimas acudían a sus ojos. Lloro porque recuerdo cómo un día en que mi tribu, acosada por el hombre blanco, viajando ya durante muchas lunas con la nieve cayendo sin cesar, mi padre se derrumbó, incapaz de seguir la marcha. Entonces fui yo quién le dejó atrás, dejándole morir con dignidad, sin ser un estorbo para la tribu. Lloro porque mis hijos parecen haber olvidado, porque ya no comprenden nuestras tradiciones. Lloro porque no me dejan morir con dignidad, como lo hizo mi padre, y su padre antes que él.
Habiendo pronunciado lo que a la postre serían sus últimas palabras, el viejo jefe comenzó a toser, y su estado empeoró visiblemente. Cuando el periodista le dejó al cuidado de sus familiares, el jefe tenía la muerte en los ojos.

El periodista partió, feliz por su artículo terminado, pero meditabundo por las palabras del viejo jefe, que no estaba seguro de comprender. Pero esa historia no vería la luz en los periódicos. El por qué, quedó atrás en el tiempo. Como los viejos guerreros de las praderas.

viernes, 23 de enero de 2009

Primavera en otoño (1973)

Si alguna vez se han sorprendido mirando a una jovencita que camino de la mano de un hombre que podría ser su padre, o a la inversa, que suele estar peor visto, podría decirse que forman ustedes parte de esta película. Película que, por otra parte, no dudaría en señalar como la más desconocida de la carrera de Clint Eastwood (o, al menos, de su carrera como director) desde que pisara por primera vez el desierto de Almería.

Aunque dejara sin habla a propios y extraños con el estreno de Primavera en otoño, visto en retrospectiva quizás no resulte tan raro que Eastwood se decidiera a romper con su imagen y escoger para su Malpaso una película romántica que habría hecho a Carl Wislow desear volver al Nakatomi Plaza.
Situándonos un poco, tenemos a un Eastwood que, salvo alguna excepción, cuenta sus películas por grandes éxitos de taquilla. Un actor inquieto que debutó como director con un film de suspense, que buscaba ser independiente con su propia compañía y que tras la insatisfacción de Joe Kidd decidió dirigir él mismo su western crepuscular Infierno de cobardes. Un actor que llevaba ya veinte años de casado, pero en el que las continuas infidelidades de él habían llevado a que ella decidiera no sentarse a esperar por las noches. Un actor cuarentón pero en estupenda forma, que salía con actrices a quienes en muchas ocasiones doblaba la edad. Tal vez seguro de su estatus e interesado por la historia de Breezy, escrita por Jo Heims (quien ya le había dado a Clint el motivo para su primer film como director), Eastwood no lo dudó y se sacó de la manga una película romántica que bien podría haber encajado en la parrilla de tarde de algún canal televisivo. Y esto no es necesariamente una crítica negativa.

El título original se refiere a Breezy, una joven jipi que todavía no es mayor de edad y a la que en la primera escena descubrimos despidiéndose de un tipo con el que se ha acostado y que conoció la noche anterior. Apenas sí tienen tiempo para presentarse antes de que ella salga por la puerta. Así queda retratada Breezy en un par de minutos, como una chica alegre que parece navegar con la corriente, y que no parece atarse a nada, salvo a su continuo optimismo y fe en la humanidad, a pesar de algún indeseado encontronazo con un viejo verde (Norman Bartold, un tipo que debió nacer con cara de viejo verde; al menos casi siempre le he visto en ese papel) que la recoge mientras ella hace autopista.
En el otro lado está Frank, un próspero agente inmobiliario divorciado de mediana edad que parece amar la soledad, y que trata de deshacerse de los ligues ocasionales lo más pronto posible. Tuvo a su lado a una mujer que bebía los vientos por él, mientras los dos supuestamente disfrutaban de una relación abierta. Pero la mujer se cansó, y el viejo y cínico Frank descubre un buen día que ella tiene unos planes que descolocan a Frank. Más o menos por entonces es cuando Breezy irrumpe en su vida más que como una brisa, como un huracán, y aunque trata de mostrarse huraño, no puede (o tal vez no quiere) echarla de su vida. ¿Y quién podría echar a la preciosa Kay Lenz de su casa, se tenga veinte años o sea uno Matusalén? Es así como surge entre esos dos seres dispares una extraña relación que une a una joven idealista con un maduro descreído.

Primavera en otoño se apoya sobretodo en su pareja protagonista: una Kay al que el papel de Breezy le viene como un guante (me alegro de que Eastwood no metiera a la sempiterna Sondra Locke por en medio) y un William Holden que hace gala de su saber hacer interpretando sobriamente a un cínico cincuentón. El trabajo de Clint como director es competente, pero en su tercer largo el resultado pareció absorver la sobriedad del personaje de Frank. Desde luego en un doble cartel (hablando de cartel, ¿adivinan qué película van a ver Breezy y Frank) junto a Infierno de cobardes esta película sabría a muy poco. En definitiva, Primavera en otoño es un film correcto que probablemente sólo apasione a los, valga la redundancia, apasionados del cine romántico.

Primavera en otoño se estrelló al estrenarse, y la crítica tampoco pareció muy entusiasmada. Fuera consecuencia de ello o no, llama la atención de que durante el resto de los años 70 Eastwood sólo se dedicara a los films de acción, arriesgándose tan sólo con algún western, y no volviendo a rodar otro film romántico hasta los años 90, lo que, siendo sinceros, desde luego agradecemos Carl Wislow y el resto de fans cazurros del viejo "Hombre Sin Nombre".

Leer critica Primavera en otoño en Muchocine.net

jueves, 22 de enero de 2009

Tarzán, Jane y un tijeretazo

Es sin duda una de las escenas censuradas más famosas del cine. Miles han sido las escenas que una tijera ha borrado de la historia de Hollywood para siempre, pero pocas han sido las que se han podido recuperar para la posteridad. Por suerte, el polémico desnudo de Jane, la compañera del rey mono en Tarzán y su compañera, fue encontrado almacenado en los enormes almacenes de la gran Turner Entertainment. Aunque la protagonista del film era Maureen O'Sullivan, la escena del desnudo acuático fue rodada por la nadadora olímpica Josephine McKim, que obviamente para las cabriolas marinas tenía más soltura. El coñazo que dio la Catholic Legion of Decency privó al mundo durante décadas de una bonita escena nudie, pero gracias a algún buen samaritano que guardó una copia hoy en día cualquier versión decente (aunque no todo lo decente que querrían algunos mojigatos) de Tarzán y su compañera cuenta con la escena eliminada de Jane refrescándose como Jengu la trajo al mundo.

miércoles, 21 de enero de 2009

Edwin Starr

Edwin Starr, nacido en Nashville y criado en Ohio, comenzó su carrera como cantante a finales de los 50 formando parte de un grupo de doo-wop. Viviendo en Detroit firmó para el sello Ric-Tic, que a finales de los 60 fue absorvido por la todopoderosa Motown. Fue entonces cuando la carrera de Starr comenzó discurrir por el buen sendero. Sin olvidar las enseñanzas del gran Padrino del Soul, Starr trabajó sumergido en la marisma de artistas que inundaban la Motown hasta que por fin en 1968 logró su primer éxito, "25 Miles".
Ese sencillo fue su piedra de toque para poder grabar el tema que le inmortalizaría. The Tempations habían grabado un polémico tema antibelicista, "War", al que se le veía difícil salida. Publicar el tema como sencillo era quizás un movimiento demasiado arriesgado para los exitosos Temptations, pero no para un cantante apenas conocido del sello. Starr vio su oportunidad y se ofreció para regrabar la canción. Con la ayuda del productor Norman Whitfield el cantante se sacó de la manga una versión de tal fuerza que superaba ampliamente a la de los Temptations. El "War" de Starr (quien dicen grabó las partes vocales en una sola toma) quedó como referencia, eclipsando al original, convirtiéndose además en un éxito inmediato.
"War" se convirtió en la oliva del martini para Starr, quien, a pesar de seguir grabando sencillos y discos en las décadas siguientes, nunca pudo igualar el impacto que causó su gran éxito.E n los 80 Bruce Springsteen cerraba sus conciertos con una excelente versión de "War" mientras Starr apenas lograba salir de los circuitos nostálgicos. Edwin Starr fallecía en el 2003 en su hogar, en la británica Nottingham.

El gran público ha olvidado el nombre de Edwin Starr, pero su voz logró apropiarse de "War" y convertirlo en suyo, permaneciendo como un himno contra la sinrazón y las muertes inútiles. Visto el panorama, está claro que muchos dirigentes deberían escuchar esta canción.


Publicidad soprana

Me pregunto si los actores que se han dado a conocer gracias a Los Soprano podrán escapar al icono permanente que han dejado sus personajes en nuestras retinas. Tal vez sí, tal vez no, quien sabe. De momento tienen trabajo y algunos se sacan un sobresueldo rodando anuncios, como es el caso de James Gandolfini y Tony Sirico.


lunes, 19 de enero de 2009

Buenos tiempos

Este finde ha sido uno de esos para enmarcar, disfrutando con los amigos, de una cenita a pesar de lo ajusto del presupuesto, y luego de marcha con rock and roll y unas cervecillas. Desde luego estoy acumulando muchas deudas con ellos, espero que pronto lleguen las vacas gordas para comenzar el payback. Tan alto como nos dejen, tan fuerte como podamos, que decía la canción.Cría amigos, y te sacarán los ojos... pero son un tesoro.

The Easybeats, "Good Times". Ideal para ser lo último que se escuche antes de salir por la puerta un sábado noche.


domingo, 18 de enero de 2009

Un día

El anuncio este lo vi el otro día y me encantó. Como diría Homer, "es gracioso porque es verdad". Es pegadiza la tonadilla, parece una canción de esas que se cantan en las excursiones.

Estos argentinos, siempre apuntando donde más duele...

Alicia ya no vive aquí (1974)

Me gustaría pensar que alguien con un talento increíble como el de Martin Scorsese habría llegado a la cima de una forma u otra, pero hablando de un sitio tan ingrato a veces como Hollywood, ¿quién pondría la mano en el fuego? De todas formas a todo director con algo de talento le llega un día la oportunidad de dar un paso definitivo en su carrera, una oportunidad que bien aprovechada bien puede abrirle las puertas del Olimpo de Tinseltown (lo cual no implica una total independencia creativa, pero sí al menos el poder sacar tu opinión adelante de vez en cuando). El tren del reconocimiento comenzó a rodar para Scorsese cuando la actriz del momento, Ellen Burstyn (la sufrida madre de El exorcista), se fijó en él y le escogió (a pesar de unas iniciales reticencias) para rodar su historia sobre una mujer normal que trataba de superar sus problemas cotidianos. Scorsese consiguió su empujón, Burstyn consiguió un Oscar, y nosotros conseguimos una película lleno de bellos momentos y grandes interpretaciones. Creo que todos salimos ganando.

Alice Hyatt era, años atrás, una cantante de bares en el circuito californiano, que un día conoció a un hombre, de quien se enamoró, y a quien siguió, dejándolo todo atrás para formar con él una familia en Nuevo México. Tuvieron un hijo, hubo peleas, llegó la rutina, y ella se convirtió en otra ama de casa más, atrapada en una rutina que nunca imaginó. Su hijo creció, y cierto día una llamada de teléfono cambió su vida: su marido había fallecido en un accidente automovilístico. Alice, una esposa que se había acostumbrado a vivir protegida por su marido, se ve de repente sola, con un futuro incierto, y un hijo en una edad difícil del que cuidar. Habiéndole prometido que algún día le llevaría a Monterey, donde Alice había cantado en su juventud, decide venderlo todo y llevarlo a un viaje tanto físico como emocional en el que el objetivo final es la felicidad.

Además de la excelente interpretación de la Burstyn, destacan el por entonces protégé y mano derecha Harvey Keitel, Kris Kristofferson, Diane Ladd y un pequeño papel para una infantil Jodie Foster. Y ahora, voy a realizar un pequeño apunte al creo que es importante colocarle el siguiente cartelito:

*Atención: Un Spoiler*
La verdad es que hay veces en que ciertas secuencias o escenas debería revisarlas detalladamente, porque por ejemplo no sé como se lo hacen Harvey Keitel y Scorsese para de una forma totalmente imperceptible, avisar a las neuronas de que el personaje de Keitel, cuando se sienta a hablar con Alice, no augura nada bueno, a pesar de que haya sólamente sonrisas de por medio.
*Fin del Spoiler*

En fin, creo que hoy debo estar más espeso de lo normal. Se me hace difícil seguir hablando de la película sin revelar cosas que no debo. Así que si no habéis visto esta película, haceos un favor y echadle un vistazo; y si la habéis visto, ya comentaremos la jugada en algún bareto con unas cervezas delante.

Alicia ya no vive aquí está totalmente carente de la testosterona de un Malas calles o Uno de los nuestros, pero es una nueva maestra de lo fascinante que es siempre (añádanle si quieren, o no, el "casi") el cine de Martin Scorsese. Director cuyo siguiente proyecto sería todo un Taxi Driver. El resto, como suele decirse, es historia.

viernes, 16 de enero de 2009

Diabolus in musica: El trino del Diablo




Pirano, República de Venecia. En dicha localidad (hoy parte de Eslovenia) venía al mundo un 8 de abril de 1692 Giuseppe Tartini, hijo de un comerciante de éxito y una dama cuya ascendencia era de racio abolengo. Sus padres planeaban para él una vida monástica como franciscano, y ya desde joven comenzaron a impartirle ciertas nociones de música. Cuando tuvo la edad suficiente acudió a la Universidad de Padua, donde estudió leyes, amén de practicar la esgrima (no sólo como deporte) e ir detrás de diversas faldas. Su vocación de bon vivant no gustó a su padre, aunque éste no tuvo demasiado tiempo para lamentarse. El padre de Giuseppe fallecía en 1710, tras lo cual el díscolo hijo aprovechó para casarse con una tal Elisabetta, una chica de clase social baja que habría hecho revolverse al difunto padre en su tumba. Sin embargo, la felicidad conyugal no pareció durar mucho. La tal Elisabetta resultó ser la amante del poderoso cardenal Giorgio Cornaro, con lo que Tartini enseguida se ganó la enemistad de éste, habiendo de abandonar Pádua. Comenzaba así una fructífera carrera como compositor y violinista que quedaría teñida para la posteridad con el añil de la leyenda.

El fantástico relato que hizo de Tartini una de las figuras más fascinantes de la música barroca nos lleva a algunos años después, cuando Tartini ya era Maestro de Capilla y regentaba una de las escuelas de violín más prestigiosas de Europa. Como la gran mayoría de los compositores clásicos que han hecho historia, Tartini era un perfeccionista que buscaba llevar su música siempre más allá. Se obsesionó cada vez más con componer la pieza perfecta, en la cual todas las notas encajarían como en un puzzle.

Fue durante esta época de obsesión cuando todo ocurrió, como, asegura la leyenda, el mismo Tartini le relató a su amigo el astrónomo Jérôme Lalande. Cierta noche el compositor y violinista Tartini se hallaba en sueño profundo. Fue entonces cuando el mismísimo Diablo se le apareció, sentado al borde de su cama, pidiéndole una lección de violín. El compositor accedió, y tras la lección el Señor del Averno tomó el violín y comenzó a tocar. La maestría con la que tocó el Diablo era increíble, y la sonata que interpretó era de una hermosura y perfección tales que Tartini quedó, al parecer, sin respiración.

Cogí mi violín, esperando recordar algún trozo de lo que acababa de oir, pero en vano. La pieza que compuse entonces es sin duda la mejor [de mi repertorio], la Sonata del Diablo, pero se aleja tanto de la que me dejó atónito que habría destrozado mi violín y dejado la música para siempre si pudiera poseerla.

Cuentan que, al despertar, aparte de caer en una gran desesperación, Tartini vio en su habitación algo que nunca había estado antes: un precioso violín de color caoba. ¿Un regalo de Lucifer quizás?
Aunque tras levantarse de su cama el compositor trató de trasladar al papel la maravillosa sonata que le había sido revelada en sueños, al parecer Tartini sólo fue capaz de recordar unos cuantos detalles. ¿Cómo de maravillosa fue la pieza diabólica que escuchó en sueños? Nunca lo sabremos, pero su Sonata per violino in sol minore, popularmente conocida como "El Trino del Diablo", fue a la postre su pieza más famosa de entre el extenso centenar de conciertos para violín que dejó compuestos tras su muerte, acaecida en 1770.

miércoles, 14 de enero de 2009

Las aventuras del Barón Munchausen (1988)

Recuerdo a Terry Gilliam en una rueda de prensa (creo que fue en Cannes) ofreciéndose para trabajar como director para cualquier proyecto minímamente interesante que no fuera una gran subnormalidad. Creo que llegué a leer algo de que publicó un anuncio en un periódico. Esto último no sé si será cierto, y esa petición pública de trabajo seguramente no fue más que un toque de atención hacia su difícil situación como artista, pero era una buena muestra de lo fuera de sitio que parece estar Terry en el cine actual. No es sólo que su visión personal del cine tenga cada vez menos sitio en los circuitos del cine A; sus problemáticos y costosos rodajes le han convertido en un director peligroso para cualquier productor. Tal vez Terry haya tenido mucha mala suerte, o tal vez necesite un contable. Quién sabe. Lo único cierto para mí es que su cine me parece no sólo contingente sino necesario. Su querencia por la fantasía y por una suerte de realismo mágico le han convertido en un paria de Hollywood con maravillosas historias para contar. En cierto modo une la magia especial del cine europeo con la grandilocuencia de ese Hollywood del que siempre ha afirmado desmarcarse. Por ello, ahora que parece que va a intentar, por segunda vez, rodar su ansiada y particular adaptación del Quijote de Cervantes, quisiera recordar uno de sus films, a modo de afirmación, la cual sería: el mundo necesita a Terry Gilliam.

Y si había una historia que pareciera diseñada especialmente para Gillliam esa es la del Barón Munchausen, un personaje histórico del siglo XVIII quien al parecer gustaba de narrar increíbles historias acerca de sus aventuras y sus campañas contra los turcos. Munchausen debió de resultar muy inspirador para un director que hizo de la mezcla de realidad y fantasía su corolario cinematográfico.
Las aventuras del Barón Munchausen es todo un despliegue visual de imaginería dieciochesca; un magnífico tour de force grandilocuente como jamás ha vuelto a rodar Gilliam. El otrora norteamericano director puso toda la carne en el asador para lograr visualizar su versión del fantasioso aristócrata alemán, pero para ello sacrificó su crédito ante los estudios, tras un más que problemático rodaje que acabó en un gran fiasco financiero que, a fecha de hoy, le sigue marcando como director peligroso. Tras esta película rodó otros grandes films como El rey pescador o Miedo y asco en Las Vegas, pero desde luego ninguna historia tan ambiciosa. Hoy en día una película así habría costado mucho menos usando las nuevas tecnologías, pero de todas formas Terry Gilliam siempre parece haber sentido más querencia por los efectos tradicionales, y el uso del CGI en sus películas nunca ha sido demasiado extenso.

Con un pie en el siglo XVIII y otro en el mundo de Munchausen, Gilliam nos lleva de aventura en aventura tras los pasos del Barón, quien ha jurado buscar a sus viejos ayudantes para salvar a una ciudad asediada por los turcos, afirmando por lo demás que él es la causa de la guerra ya que le ganó una apuesta al Sultán. Será así como Munchausen salga en busca de Berthold, quien camina arrastrando cadenas y bolas de hierro para no salir disparado, ya que es increíblemente veloz; de Adolphus, a quien describen como alguien de acertar con su carabina a un objetivo al otro lado del mundo; de Gustavus, una mole de increíble fuerza, y de Gustavus, un enano de fino oído y capaz de soplar vientos huracanados. En su viaje, en el que le acompañará, a su pesar, una pequeña niña llamada Sally, el Barón viajará a la Luna, será engullido por un gigantesco pez, visitará el reino del dios Vulcano, y vivirá las más extrañas situaciones.

Para encarnar al Barón Gilliam eligió al que parecía el vivo retrato del Munchausen que imaginara Gustave Doré, el actor John Neville. A pesar del parecido que pudiera haber, su trabajo fue excelente. Al moverse entre realidad y ficción, algunos actores, como Eric Idle, Valentina Cortese o Uma Thurman interpretaron dos papeles distintos. La Thurman no podía estar más esplendorosa emergiendo como la gran diosa Venus, cautivando los sentidos del Barón. Como cualquier fan de Monty Python sabrá, Gilliam no podía sino inspirarse en El nacimiento de Venus de Botticelli para rodar la emersión de la divina (valga la redundancia) Venus. Otros intérpretes a destacar son el histriónico Robin Williams ejerciendo de cabeza voladora y un magnífico Oliver Reed dando vida al dios Vulcano. El cantante Sting tenía un pequeño cameo al principio del film.

Cuando era niño, ver una película como Las aventuras del Barón Munchausen era todo un acontecimiento, y poco más se podía pedir a la vida. Hoy, muchos años después, la verdad es que más o menos sigo pensando lo mismo. Para todo aquel que haya hecho de la folie su razón de ser en algún momento de su vida, esta película es imprescindible.

Las patatas de Lemmy

I know it's only a stupid commercial, but I like it!

martes, 13 de enero de 2009

Rebelión en la granja (1954)

El cuento Animal Farm y, en general, la gran obra de George Orwell daría para muchas entradas, pero en esta ocasión me centraré en Rebelión en la granja, una estupenda y bastante fidedigna adaptación del libro realizada en Gran Bretaña, casualmente (o quizás no) poco después de la muerte de José Stalin.

Vaya por delante una opinión algo paradójica quizás, pero que desde luego es lo que pienso. Rebelión en la granja, a pesar de ser una película de animación, no es realidad una película para niños, y sin embargo creo que cualquier chaval de cierta edad debería verla. Las sutilezas de la historia quizás no lleguen hasta años después, pero la moraleja me parece importante. Yo la vi por primera vez siendo un crío, y desde luego el impacto fue tremendo. No es que entendiera de que iba la cosa, pero creo que percibí que aquello era totalmente diferente a las otras "pelis de dibujos" que había visto. Supongo que demasiados personajes morían como para ser una de Disney.

Y eso que, vista hoy en día, parece claro que los directores-productores estaban irremediablemente imbuídos por el espíritu de tío Walt, y que, salvo por la notable ausencia de canciones (salvo el himno de los animales), podría haber sido quizás una producción menor de Disney. Aunque si tío Walt hubiera hecho una adaptación de Animal Farm, desde luego habría tenido más mala leche.

Creo que la trama es de sobras conocida: los animales de una granja inglesa malviven bajo la tiránica y desastrosa administración del granjero Jones, hasta que un viejo y gran cerdo, el Mayor, incita al resto de seres de cuatro patas (o dos patas y dos alas) a la revolución. Poco después fallece, y los animales unidos expulsan al granjero, haciéndose con el control de la Granja Manor, a la que rebautizan como Granja Animal, instaurando un nuevo orden de igualdad y justicia. Sólo que un despiadado y ambicioso cerdo, Napoleón, tiene otros planes.

A pesar de que hay algunos guiños para los pequeños espectadores (sobretodo en la figura de un patito que anda dando tumbos de acá para allá), la historia es bastante más oscura de lo habitual en una película de animación infantil. Como la mayoría sabréis ya, Animal Farm desde luego no e sólo un cuento sobre animales. George Orwell simplemente hizo una increíble adaptación de ciertos hechos en forma de cuento, teniendo sobretodo a un tipo con un gran bigote en mente, siendo todo (o principalmente) fruto de su amarga experiencia con los agentes comunistas durante la Guerra Civil española.

Por tanto, quien guste de la novela de Orwell apreciará seguramente esta Rebelión en la granja. Sigue bastante fielmente la historia, salvo por algunos pequeños cambios, y un final distinto que sin embargo no empaña al resto. Evidentemente muchos detalles del cuento se pierden en el proceso, pero lo principal está ahí. Así pues, como nos ocurría en el colegio: si no tienen ganas de leer, ¡vean la película!

lunes, 12 de enero de 2009

Frío luterano

El que ha estado haciendo estos días. Parece mentira que cada vez que cae nieve de la buena se paralice medio país. Desde luego no somos país de nieves, pero sí que aprovechamos cualquier excusa para ahorrarnos unas horas de trabajo. Lo cual me parece perfecto. Aunque si siguieran nuestro ejemplo los países escandinavos acabarían en un caos anárquico de agárrate y no te menees. ¿Qué truco emplearán allí? Quizás mejor no saberlo. O ya no habrían excusas con los jefes.

Como parece que hay problemas con el gas allá en el Este, y por aquí anda algo caro, para combatir el frío estos días he tenido que recurrir a Debra Paget. Muslo... ¡mano! de santero (hindú), oigan.

sábado, 10 de enero de 2009

Cinemanía (1932)

Un equívoco que lleva a otro equívoco; así podría resumirse Cinemanía, una película de la estrella del mudo Harold Lloyd que trataba de adaptarse al sonoro. La trama del film gira entorno a Harold Hall, un patoso aspirante a estrella del cine que se verá colocado en un entorno al que no pertenece, provocando diferentes situaciones cómicas que convierten a Cinemanía en una especie de El guateque de los años 30.

La historia de Harold es un contínuo equívoco que, mientras el personaje siembra el caos allá donde va, le va sumergiendo en una especie de historia de amor a tres bandas, en la que, además de él, encontramos a una bella primera actriz que se encariñará con Harold, y la clásica figura del primer actor egomaníaco, egoísta y hostil, que parece mantener una turbia relación con la actriz y a la que considera como su posesión.
Cinemanía fue dirigida por Clyde Bruckman, director y guionista que había trabajado con casi todas las grandes estrellas cómicas del mudo, salvo Chaplin. Sin embargo su carrera como director estaba destinada a ser muy corta debido al alcoholismo de Bruckman. De hecho cuentan que Cinemanía es más una película de Harold Lloyd que de Bruckman.

Reconozco que Cinemanía me causó una mejor impresión la primera vez que la vi, ya hace muchos años, pero no es una mala película ni mucho menos. Su humor inocente y su intrascendente trama la convierten en un vehículo perfecto para olvidarse del turbio presente y empaparse de esa magia especial que desprenden esas viejas películas, que realmente le convencen a uno de que una actriz como Constance Cummings podría fijarse en un tipo sencillo de la calle.

Cinemanía
constituyó en su día el primer proyecto de Harold Lloyd directamente preparado para el cine sonoro. La transición del mudo al sonoro fue dura para muchos artistas de Hollywood, pero en un principio parecía que Lloyd iba a lograr sobrevivir en esa nueva etapa, como por ejemplo hizo Chaplin. Pero Cinemanía es también un ejemplo del por qué la carrera cinematográfica de Lloyd fue diluyéndose hasta prácticamente desaparecer en los años 40. El futuro de la comedia norteamericana se encontraba en el screwball y en el humor basado principalmente en los diálogos, mientras que Cinemanía, a pesar de ser un film hablado, seguía basando sus gags principalmente en el recurso visual y el clásico género del slapstick. Al público de entonces, sumergido en la Gran Depresión, las caídas, golpes y tortazos se le antojaban cada vez más como algo desfasado. Vista hoy en día, con más perspectiva, Cinemanía es una entretenida comedia que cumple su función, amén de constituir un curioso ejemplo de slapstick sonoro que la emparenta directamente con la obra de Blake Edwards.

viernes, 9 de enero de 2009

Aparta tus manos de mi chica

Como diría Jimmy Swaggart cuando hablaba de cierto sector de la sociedad, para aquellos que insisten en que los labios de Angelina Jolie son operados, tengo dos respuestas: ¡mi rifle de dos cañones! Iconoclastas, si no tenéis bastante prueba con el jeto de su señor padre, buscad fotos de la actriz niña o adolescente, y veréis que siempre ha sido una chica morruda.
Hubo un tiempo en que Angelina aparte de ser muy sexy, parecía ciertamente distinta a las demás actrices. Una estrella que de pequeña prefería los cuchillos a las muñecas y que de adolescente se había convertido en una suicide girl que bailoteaba vestida de negro con Alice Cooper y los Clash desde luego tenía poco que ver con Sandra Bullock. Sí, la hija del vaquero nocturno seguro que tenía algo especial.

Es curioso. Hubo una época en que Billy Bob Thornton no me caía demasiado bien. la verdad, no sé cual sería la razón... pero de un tiempo a esta parte me parece un tío bastante majo. Vale, está bien, sí recuerdo la razón. Varias amigas que conozco me lo han dicho siempre: los tíos maduritos, inteligentes, con un punto salvaje suelen ser mucho más interesantes que los imberbes musculados. Supongo que no le puedo reprochar a Angelina que prefiriera estar con un interesante DILF al que no le importaba dejarse llevar en la limo de camino a unos premios a un tipo como yo, sin limusina y sin... bueno, sin limo. De todas formas al final la cordura se impuso y Angelina se tuvo que borrar tatuajes. Todo parecía ir bien. ¿Y qué pasó entonces? ¡La dama de la oscuridad se volatilizó! No sé si fue a un psicólogo o qué, pero de repente llegaron los vestidos de colores, los críos, y lo que es peor, ¡va y se junta con Mr. Natural, el señorito Pitt!

Justo cuando empezaba a caerme bien y a recuperarme de traumas como Leyendas de pasión, va y me apuñalan por la espalda. Sí, luego Brad Pitt ha intentado congraciarse conmigo colaborando con los Coen y tal, pero no cuela. Señor Pitt, sólo tengo una cosa que decirle: get your hands off my woman, you cuuuuuuuunt!

jueves, 8 de enero de 2009

Doce hombres sin piedad (1957)

Hay modas pasajeras, éxitos pasajeros, trabajos intrascedentes. Hay grupos de una sola canción, y grupos de vastas discografías. En el cine ocurre lo mismo. Hay, por ejemplo, directores que por una sola película merecen un lugar en la mesa de los grandes del cine. No es exactamente el caso de Sidney Lumet, director que tiene en su haber excelentes films, pero también tropezones que le han apartado del grupo de los pezzonovantes. Pero aunque Lumet hubiera desaparecido de la faz de la Tierra tras haber rodado Doce hombres sin piedad, sólo por esta película merecería ser recordado.

Doce hombres sin piedad fue, además, uno de esos formidables debuts (tanto por cuestiones artísticas como por notoriedad) que pocas veces se dan en el cine. Evidentemente no surgió todo de la nada, y Lumet ya llevaba casi diez años dirigiendo en la televisión. De hecho fue para uno de los programas en los que trabajó, Studio One, que el escritor Reginald Rose escribió 12 Angry Men, emitida en septiembre del 54. De la televisión pasó al teatro con notable éxito. El lógico siguiente paso era el cine.

El propio Rose se encargó de la producción, en la cual participó también Henry Fonda, a quien la United Artists quería también como actor principal. Sin embargo el actor no quedaría contento con la experiencia y no volvería a producir ningún otro film.
Para el resto de los once miembros del jurado se escogió a actores de carácter del cine y la televisión. De la grabación televisiva sólo repitió George Voskovec como el jurado número 11, el extranjero nacionalizado. Aparte de Fonda destacan nombres de grandes secundarios como como el de Martin Balsam, Ed Begley (que parece que sirviera de inspiración para el personaje de Los teleñecos Sam the Eagle), Jack Warden o Jack Klugman, quien por cierto es el único miembro del jurado que sigue entre nosotros. Como el jurado número 3, en cierta manera el oponente de Fonda, fue elegido Lee J. Cobb, lo que a la postre fue uno de sus trabajos más recordados.

La trama de Doce hombres sin piedad no podía ser más simple: doce miembros de un jurado se encierran en una sala para decidir la culpabilidad o inocencia de un joven de los suburbios al que se acusa de haber apuñalado a su padre. Todos son hombres distintos, con distintos trabajos y de distintas procedencias. Pocas cosas tienen en común, salvo, quizás, cierta susceptibilidad, y la convicción de que el chico es culpable. Tan sólo uno de ellos, el jurado número 8 (por supuesto, Fonda), decide dar un voto de confianza al chico, alegando que tiene dudas razonables sobre su culpabilidad. Comienza así una larga pugna verbal entre cuatro paredes buscando dilucidar la verdad.

La película iba a tener mucho de teatral. Se rodaría todo en un mismo interior, y Lumet pensaba utilizar largos planos en los que los actores debían aprenderse largas líneas de diálogo. Por tanto Lumet hizo mucho hincapié en los ensayos, que solían durar casi todo el día. Fue agotador pero sin duda debió de ayudar a los actores a meterse en sus papeles. En comparación, el rodaje fue rápido e indoloro.

Aunque se ha acusado (probablemente con razón) al guión de emplear algún que otro truco para ayudar al personaje de Fonda, el resultado es escandalosamente óptimo. La estupenda materia prima no fue desaprovechada y Lumet logró extraer de sus actores excelentes interpretaciones y dotar al film de un ritmo que, una vez pasados unos 20 minutos que sirven como introducción a los personajes, acelera la marcha con la precisión de un deportivo, una vez que el jurado número 8 saca de su bolsillo una navaja. La película le mantiene a uno pegado a la pantalla hasta el final, y el resultado es tan bueno que Doce hombres sin piedad permite múltiples revisiones sin problemas. Esto es material del bueno, amigos. Y si no me creen... juzguen ustedes mismos.

Martin Scorsese, l'émotion par la musique


De entre los directores de cine que han mostrado un especial talento para combinar música ya existente e imágenes en sus películas, destaca sin lugar a dudas Martin Scorsese. La mayoría de sus películas cuentan con excelentes bandas sonoras, que suelen estar hechas a base de retales sacados de la música popular y de la música clásica. El documental francés Martin Scorsese, l'émotion par la musique nos acerca a la visión del director sobre el cine a través de la música.

En una interesante entrevista Scorsese comienza narrando cómo suele preparar las escenas de sus películas mientras trabaja sobre el guión, partiendo normalmente de una pieza musical que selecciona de un montón de discos de la época en que tiene lugar el film hasta dar con la que cree más acertada. En cierto modo, es la canción la que determina la escena, y no al revés.
Cuenta Scorsese que su apego a la música popular y clásica se debe a su infancia en un barrio italiano de Nueva York, el cual solía observar desde la ventana de su piso. Con el buen tiempo las ventanas de los edificios quedaban abiertas, y mientras la vida transcurría en la calle, con escenas cómicas, dramáticas o violentas, cuenta Scorsese que en muchas ocasiones sonaba algún disco o alguna radio, con lo que su visión del mundo tuvo mucho que ver con el modo en que sus películas se convierten en nuestra particular ventana al mundo.

Entre otras cosas Scorsese comenta también el apego que siente hacia la ópera Cavalleria Rusticana, y la influencia que tuvo en él La Pasión según San Mateo de Bach. También cuenta cómo. en sus comienzos como director durante su etapa universitaria, fue Anton LaVey quien le convenció para que usara canciones en la banda sonora sin preocuparse demasiado por los derechos de autor, y el impacto que tuvo sobre él la película de LaVey Scorpio Rising, y como el satanista le puso en el camino de Bernard Herrman, con quien colaboraría en Taxi Driver, una película que Scorsese no podía concebir con música popular. El director también puntualiza el uso de algunas piezas en películas como Toro Salvaje, Malas Calles, El aviador o Gangs de Nueva York, donde confiesa que por primera vez tuvo problemas para combinar la música de la época con la banda sonora compuesta expresamente para el film.
Por último Scorsese nos habla de algunos de sus compositores cinematográficos preferidos (Max Steiner, Herrman, Bernstein) y de El último Vals y otros de sus documentales sobre música.

martes, 6 de enero de 2009

Ashes to Asheton

De su guitarra salieron sonidos y acordes sin los cuales hoy el rock sería sin lugar a dudas distinto. Tras la separación de The Stooges no tuvo la misma suerte que su amigo Iggy, y su carrera en solitario siempre ha parecido un coto reservado para unos cuantos connoisseurs. Tuvo una vida complicada, como muchos otros músicos, pero siguió adelante, y en los últimos años, pese a las protestas de algunos puristas, nos hizo felices a muchos de nosotros al reunirse de nuevo con su vieja banda y poder disfrutar de su característico sonido sobre un escenario.

Hoy, a los 60 años, Ron Asheton nos ha dejado para siempre. Descanse en paz.

El perdido arte de guardar un secreto

Imagino que debió ser en el verano del 2000. Me encontraba en tierras catalanas, en las fiestas del pueblo de los primos de un compañero de universidad, cercano a Vilanova i La Geltrú. Se aproximaba la hora de comer, y nos encontrábamos en el salón de la casa haciendo tiempo, con la televisión encendida, sin sonido, hablando de cualquier cosa. Estaba puesta la MTV. Un videoclip llamó mi atención. Subí el volumen. Aquello sonaba muy bien. "The Lost Art of Keeping a Secret". Asi fue como entré en contacto con The Queens of Stone Age. En un principio no reconocí a Josh Homme. Cuando me hice fan de Kyuss el grupo ya no existía. Y ahora me encontré con esto, que sonaba tan distinto de aquel magnífico grupo. Pero al mismo tiempo había algo familiar. Quien iba a pensar entonces que los QOTSA iban a hacerse tan populares. Si hubo alguna vez un atisbo de posibilidad de que se reformara Kyuss, me temo que murió con el éxito en solitario de Homme.

Hoy los Reyes no me han traído nada. Así que os dejo con las Reinas.



Cargado por QOTSA

lunes, 5 de enero de 2009

Los Jueves, milagro (1957)

Creo que deberíamos estar agradecidos de que los censores franquistas fueran por lo general bastante cortos de miras, y que directores como el genial Luis García Berlanga fueran capaces de colarles muchos goles a aquellos señores de negro. Como le sucedió en la época a cualquier director mínimamente inquieto, Berlanga vio muchas de sus escenas borradas para siempre, pero aun así siempre logró, mediante tretas, engaños o simple miopía mental de los censores, salir adelante y dejar retratada en sus películas la España pacata, atrasada y represiva de aquellos días, siempre con mucho humor e ironía. En la película que nos ocupa el director se valió de un final a gusto de las autoridades (y de dejar a la Iglesia fuera del asunto, a menos directamente) para señalar el uso poco cristiano que se daba en quizás demasiadas ocasiones a la religión.

Los Jueves, milagro comienza con la historia de Fuentecilla, un pueblo que vivió tiempos mejores durante el auge de su balneario, y que hoy sobrevive del campo y un raquitísimo turismo. Su degradación es tal que ya ni el tren para en la estación. La máxima actividad que hay en el apeadero del pueblo, aparte del fugaz paso del expreso, son los ronquidos de Mauro, un inocente mendigo que vive en un vagón abandonado.
El dueño del balneario, Don Ramón, harto de una escasa clientela que poco tiene de aristocrática, urde un plan con las fuerzas vivas del lugar (el alcalde y mercero, el maestro, el barbero, el dueño de un hotel y un acaudalado del lugar, Don José) para montar una aparición mariana como la de Lourdes que atraiga al turismo y a los devotos, llenen el balneario y, en definitiva, se dejen el dinero en el pueblo. Tras mucho cabilar notan el extraordinario parecido entre una olvidada talla de San Dimas, el buen ladrón, y Don José, con lo que se ponen manos a la obra para montar cada jueves noche el supuesto milagro con Don José haciendo de San Dimas. No tardará en llegar al pueblo un extraño personaje que se hace llamar Martino, y que llevará la estafa a otro nivel.

Los Jueves, milagro es una coproducción italoespañola, dirigida y escrita por Luis García Berlanga (con la colaboración de Jose Luis Colina en el guión) y protagonizada por el norteamericano Richard Basehart (Moby Dick, La Strada), por entonces casado con una actriz italiana. Tanto el reparto como el equipo técnico es mayoritariamente español, aunque destacan algunos nombres italianos como el de Paolo Stoppa, magnífico en su papel de profesor de escuela de mano larga. Otro gran actor es el gran José Isbert, que interpreta a Don José, y aparece también el habitual aristocrático de la época, Alberto Romea, haciendo de Don Ramón. En papeles secundarios hay que nombrar a dos grandísimos actores que entonces se labraban su ascensión en los créditos. Manuel Alexandre, que interpreta al vagabundo Mauro, y Jose Luis Lopez Vázquez, que interpreta al cura, aunque por desgracia su característica voz fue doblada por otro actor. Un infantil Luis Varela (al que los habituales de Camera Café probablemente conocerán) aparece en unas contadas escenas como el inquieto Luisito.

En una magnífica primera parte Los Jueves, milagro plantea una mordaz acusación contra el aprovechamiento crematístico de las apariciones, milagros y demás acontecimientos relacionados con la religión por parte de empresarios, alcaldes y demás autoridades con el fin de ver sus negocios o sus pueblos revitalizados y con la saca bien llena. Por supuesto Berlanga dejó a la Iglesia (en la figura del cura) fuera del chanchullo milagrero, salvo por la habitual, simpática y permitida preocupación del sacerdote por las cuantías semanales del cepillo. Con todo, la crítica del abuso que se hacía (y por desgracia, se sigue haciendo) de los inocentes creyentes, enfermos y demás por parte de un grupo de desaprensivos quedó hecha. Sin embargo, la fuerza y el humor de la primera parte se van desvaneciendo en la segunda, pensando quizás en conducir el peliagudo tema hacia un final que contentara a las autoridades.

De todas formas Los Jueves, milagro forma parte del mayor período creativo de Berlanga (y del cine español en general) y aunque no esté a la altura de un Bienvenido Mister Marshall o El verdugo, es una magnífica película que da sopas con ondas a la inmensa mayoría del panorama cinematográfico actual, al menos en cuanto a grandes nombres se refiere, con, por desgracia, contadísimas excepciones.

Territorio

Years of fighting/Teaching my son/To believe in that man/Racist human being/Racist ground will live.

Diríase que es una tierra maldita. Siglo tras siglo la sangre se derrama, los imperios se alzan y se derrumban, y se mata en nombre de la religión y de un dios. En estos últimos días las noticias han sido realmente espantosas, y lo peor es podrían ser las mismas de hace un año, diez, cincuenta o hace mil años. Dos bandos enfrentados, dos fuegos de fanatismo que alimentan a cada uno, mientras mueren inocentes, y se enseña a los hijos a odiar. ¿Siglo XXI, decís? ¿O siglo XI? A veces creo que por las facetas del ser humano no pasa el tiempo.

domingo, 4 de enero de 2009

Seré tu hermana

Sí, chicas, puedo ser vuestra hermana, vuestra amante, vuestra madre... If you need somebody, I'm your hand in glove! Dichas estas bonitas palabras a través de maese Lemmy, os dejo con él junto a los Foo Fighters interpretando el clásico de Motörhead "I'll Be Your Sister". Lo cierto es que Dave Grohl y Lemmy parecen compenetrarse muy bien. Sus colaboraciones siempre son interesantes. Por cierto, ¿alguien más piensa que Grohl está mejor aporreando baterías? Porque desde aquel primer disco de los Foo Fighters, no sé yo...

El ruiseñor quedó huérfano

Recientemente, el 20 de diciembre del pasado año, nos dejaba Robert Mulligan, un competente director que nos dejó interesantes títulos como Amores con un extraño o La noche de los gigantes, o el clásico de culto El otro; pero sobretodo Mulligan será recordado por esa maravilla llamada Matar a un ruiseñor. Como merecido homenaje quede este trailer de la película a cargo del mismo Gregory Peck.

sábado, 3 de enero de 2009

Lorraine Cugat

Desde luego Xavier Cugat era un tipo afortunado. Estoy seguro que durante los aproximadamente cinco años (creo que fueron cinco) que estuvo casado con su esposa Lorraine debió ser muy feliz. Salta a la vista que la señora Cugat era lo que entonces denominaban una chica bombshell.












Atlantis


El continente de la Atlántida fue una isla que existió antes de la gran inundación en el área que hoy llamamos Océano Atlántico. Tan grande era la extensión de tierra que de sus costas occidentales aquellos hermosos marineros viajaban al Sur y al Norte de América con facilidad en sus barcos de velas pintadas. Al Este África era un vecino, a través de un corto estrecho de millas marinas. La gran era egipcia es tan sólo un recuerdo del pasado de la cultura Atlante. Los reyes antediluvianos colonizaron el mundo. Todos los dioses que participan en los dramas mitológicos en todas las leyendas de todas las tierras provenían de la bella Atlántida. Sabedores de su destino, los Atlantes enviaron barcos a todos los rincones de la Tierra. A bordo se encontraban los Doce: el poeta, el físico, el granjero, el científico, el mago y el resto de los llamados Dioses de nuestras leyendas. Pues dioses eran, y como los ancianos de nuestro tiempo eligen permanecer ciegos, regocijémonos y cantemos y bailemos y reunámonos en la nueva... Hail Atlantis!

"Atlantis", de Donovan, es un tema que, especialmente en su segunda parte, siempre me ha parecido en cierto modo hipnótico. Creo que Paul McArtney anduvo por la grabación, y en cierta manera el espíritu de los cuatro de Liverpool planea durante toda la canción. "Atlantis" es, además, un tema que siempre asociaré a Uno de los nuestros, cuando Joe Pesci y De Niro le dan esa brutal paliza a Billy Batts (el gran Frank Vincent). Creo que a mí nunca se me habría ocurrido poner este tema para una escena tan violenta, pero ésa es una de las grandezas del cine de Scorsese. Esto me da para una pregunta rollo Un, dos, tres. Cosas que estaría bien hacer con "Atlantis" de fondo. Por ejemplo, dar una paliza a Billy Batts. Un dos tres...

viernes, 2 de enero de 2009

Autopista al infierno

Tal como entré en el 2009 retomo el blog donde lo dejé, y para empezar este año nada mejor que el megaclásico "Highway to Hell". No sé que año será en el calendario chino, pero en el mío es el año AC/DC.