domingo, 25 de enero de 2009

El viejo guerrero indio

El siguiente relato es una historia que solía contarme mi padre de pequeño. Digo solía aunque quizás mienta; tal vez sólo la relatara una vez, pero desde luego se me quedó grabada en la mente. No sé si es algún viejo cuento, una invención suya, un hecho real, o qué. Pero tal como me la relató, o más bien tal como la recuerdo, yo os la cuento.

Principios del siglo XX. Aunque no ha pasado tanto tiempo, las viejas Guerras Indias entre el hombre blanco y los otrora orgullosos guerreros indios parecen hechos de un pasado muy lejano. Montado probablemente en algún raqueteante Ford-T, un periodista blanco de la gran ciudad se dirige a una reserva india para escribir un artículo sobre la vida de los nativos en esas tierras pobres que son el único lugar donde el gran jefe de Washington permite vivir a los restos de las tribus indias que han sobrevivido a las guerras en la pradera.

El periodista pasea por el poblado. Nadie se lo impide. ¿Podrían acaso hacerlo? Entrevista a tal o cual miembro del poblado. Pide verse con el jefe de la tribu. Caras sombrías le dicen que el viejo jefe está enfermo. Es probable que el Gran Espíritu pronto se lo lleve a algún otro lugar. Aun así, el periodista obtiene permiso para verle. Postrado en su cama, el hombre blanco saluda a los familiares que rodean al gran jefe. Con la poca delicadeza habitual de muchos hombres de su profesión, coge su bloc de notas y comienza a lanzar una pregunta tras otra, como esa ametralladora Gatling que diezmó a tantos guerreros indios. Sin embargo, las viejas historias del jefe tocan alguna fibra en el corazón de periodista del hombre-que-pregunta, y promete volver otro día para hablar más tranquilamente.

Efectivamente, así lo hace. Un par de días después el periodista vuelve, y el jefe indio está mucho peor. El periodista se sienta en un rincón, cerca de la cama del viejo jefe. Charlan de vez en cuando, mientras los familiares y otros miembros de la tribu entran y salen, interesándose por salud, atendiendo cualquier necesidad. El periodista comenta al jefe lo bien que le tratan todos. Es en ése momento cuando, por primera vez, el jefe se derrumba y comienza a llorar.

- ¿Por qué llora? -le pregunta el periodista- Su familia le quiere, su tribu le respeta. Todos están pendientes de su bienestar. ¿Acaso no está contento?

- Lloro -dijo el jefe- porque, aunque yo era demasiado joven como para recordarlo, sí recuerdo cómo mi padre me contó cómo un día en que la tribu marchaba, dejó a su padre, demasiado enfermo para viajar, en su tipi, junto a una pequeña hoguera y unos pocos víveres., marchando sin mirar atrás, mientras las lágrimas acudían a sus ojos. Lloro porque recuerdo cómo un día en que mi tribu, acosada por el hombre blanco, viajando ya durante muchas lunas con la nieve cayendo sin cesar, mi padre se derrumbó, incapaz de seguir la marcha. Entonces fui yo quién le dejó atrás, dejándole morir con dignidad, sin ser un estorbo para la tribu. Lloro porque mis hijos parecen haber olvidado, porque ya no comprenden nuestras tradiciones. Lloro porque no me dejan morir con dignidad, como lo hizo mi padre, y su padre antes que él.
Habiendo pronunciado lo que a la postre serían sus últimas palabras, el viejo jefe comenzó a toser, y su estado empeoró visiblemente. Cuando el periodista le dejó al cuidado de sus familiares, el jefe tenía la muerte en los ojos.

El periodista partió, feliz por su artículo terminado, pero meditabundo por las palabras del viejo jefe, que no estaba seguro de comprender. Pero esa historia no vería la luz en los periódicos. El por qué, quedó atrás en el tiempo. Como los viejos guerreros de las praderas.

7 comentarios:

Una senderista. dijo...

Hermosa historia que todos deberíamos recordar

paulamule dijo...

Bonita y reveladora historia.
Salud.

Akeru dijo...

No creo que haya ninguna dignidad en la muerte, por mucho que intentemos vestirla y adornarla con actitudes valientes.

Besos... sangrientos.

Alí Reyes H. dijo...

Lo que dá significado a la vida presente, lo dá también a la muerte,

Gracias por este relato. Jack London tiene uno parecido, no recuerdo el título, pero lo tiene en su colección de cuntos de Alaska

Y en cuanto a la foto del tipi. Está genial

saroide dijo...

A mí me recuerda a La balada del Narayama; cuando los ancianos del pueblo subían a la montaña para morir sin suponer una carga para su gente. O las costumbres de algunos pueblos africanos, según las cuales los niños y ancianos, al no producir, tienen una ración más pequeña de comida que el resto. Como occidentales nos cuesta entender estas costumbres, pero al parecer han sido clave para la supervivencia de algunos pueblos. ¡Curioso! Besitos.

Möbius el Crononauta dijo...

Senderista: a mi también me lo ha parecido siempre. Me alegro que pienses igual.

Paulamule: gracias.

Akeru: yo, al menos, creo que sí que hay muertes indignas. Así que mes es difícil no creer en muertes dignas. Lo único cierto es que ahí está, pensemos lo que pensemos de ella.

Ali: tendré que echarle un vistazo. Jack London tenía algo especial.

Saroide: imagino que debe o debía ser una costumbre bastante común; por lo general el bien de la tribu siempre era lo primero.

sammy tylerose dijo...

Si el pobre hombre viera el estado en que viven sus descendientes... como decían Anthrax: "Cry for the Indians!!!"