domingo, 31 de agosto de 2008

Kevin Spacey en Star Wars screen tests

No sé cuantos sabrán de la faceta de cómico del gran actor Kevin Spacey. Antes de labrarse una carrera como actor Spacey probó fortuna en los clubes de comedia, pero finalmente se decantó por el teatro. Pero su talento de imitador no le ha abandonado, y una de sus colaboraciones en el programa Saturday Night Live hizo gala de las mismas poniéndose en el papel de Christopher Walken, Jack Lemmon y Walter Matthau. Esta última es realmente espectacular, aunque son todas geniales. Otros actores del programa parodiaron a Burt Reynolds, que no se entera de nada, y a Barbra Streisand y Richard Dreyfus.

Star Wars Screen Test



En este enlace el resto: Reynolds, Streisand y de nuevo Spacey como un cabreado Jack Lemmon.

Trece días (2000)

Estupenda condensación de las fatídicas dos semanas en octubre de 1962 durante las cuales la crisis de los misiles cubanos estuvo a punto de llevar al mundo a la hecatombe. Tomando como base el libro The Kennedy Tapes - Inside the White House During the Cuban Missile Crisis la película ofrece un retrato bastante fiel de los hechos para los estándares de Hollywood. Uno de los autores del libro, Ernest May, acepta que la visión de los hechos se enfoque desde el punto de vista de un asesor que en realidad no tuvo demasiado peso en los acontecimientos, pero critíca duramente los desdibujados retratos de los asesores de John F. Kennedy (salvo su hermano Robert) y la imagen diabólica que se ofrece del estamento militar por medio de sus mandos.

Dirigida por el irregular Roger Donaldson, el director tuvo de nuevo como protagonista a Kevin Costner, a quien ya dirigiera en 1987 en el interesante thriller No hay salida. Donaldson logra que la trama de Trece días resulte ágil y fácil de comprender. Logra sacarle una interpretación correcta a Costner y reunir un reparto que más allá de parecidos fisícos no da una impresión pobre.
En ciertos momentos de la película la tensión está bien trabajada, algo difícil teniendo en cuenta que la mayoría de espectadores conocen el desenlace, aunque no el cómo se llegó a él. En cuanto al guión, y para una mejor perspectiva histórica, habría sido deseable conocer también los hechos en el bando soviético, pero condensar ambos frentes en apenas dos horas era imposible. De todas formas Trece días resulta una película entretenida que puede servir de piedra de toque (como debiera todo film histórico que se precie de tal) para acercarse por primera vez a los hechos narrados. Las omisiones y los inevitables errores seguramente no falten, pero el conjunto, como ya he dicho, es más que aceptable para lo que suele tenernos acostumbrados Hollywood. Y la verdad es que no llega a aburrir en ningún momento. Para todo lo demás, echen mano de libros y documentales, aunque sea vía Mastercard.

sábado, 30 de agosto de 2008

Electric Mud

Marshall Chess, capo del mítico sello discográfico que llevaba el nombre de su padre, le vino con la idea a Muddy Waters: modernizar su sonido, grabar un sólido disco de blues rock como hacían sus discípulos blancos, usar wah wahs como su discípulo negro y añadir saxofones y órganos. Tomar de un compañero de generación (Willie Dixon) y de sus alumnos aventajados (The Rolling Stones) y regrabar algunos de sus temas, como "I'm Your Hoochie Koochie Man" o ese "Mannish Boy" inspirado en otro discípulo, Bo Diddley.
Rodeado de músicos de sesión, Muddy Waters hizo poco más que poner su voz a unas bases al estilo de Hendrix o el Jeff Beck Group. El resultado del experimento fue un pedazo de dinamita que no gustó a los críticos, siempre tan cortos de miras, ni al propio Muddy, que en todo aquello no vio demasiado blues. El blues eléctrico era una cosa, y el rock psicodélico otra. Pero el álbum se vendió bien, y hoy en día es todo un placer escuchar ese rock granítico con la gran voz de Muddy. Escuchen si no la versión del "Let's Spend The Night Together"; vaya animalada.

En el Reino de Mondongo creo que aun está disponible.

Crimen y castigo

Probablemente ningún escritor se ha adentrado en la psique de sus personajes y nos ha ofrecido un retrato de nuestra alma pensante con tanto acierto como Fiódor Dostoievski. Raskolnikov, personaje principal, el estudiante asesino con sueños de grandeza, ha devenido en paradigma de la lucha interna del hombre entre el bien y el mal, del peso de la conciencia, de la singular locura del hombre brillante.
Rodeado de personajes singulares, a través de Raskolnikov casi podemos sentir en nuestra carne los estremecimientos y debates internos de un asesino, casual quizá, pero asesino a sangre fría. Por otro lado, a través de él, y de los citados personajes, enmarcados todos en un escenario vivído, podemos también, en determinados fragmentos, tratar de imaginar la vida en la San Petersburgo de mediados el XIX.

Tras el título de Crimen y castigo se esconde otro binomio, el de pecado y redención, en el que Dostoievski incide, en mayor o menor medida, en toda la novela. El destino de Raskolnikov es incierto, pues, a medio camino entre la cólera y la depresión, según avanzan las páginas su decisión última parece variar como una nave a la deriva mecida por el viento. Sólo el precioso pasaje final nos hablará, por fin, del futuro que le espera a Raskolnikov.

En realidad, todo esto es supérfluo cuando hablamos de una de las obras cumbre de la literatura universal. Crimen y castigo, una de las más grandes novelas psicológicas.

PD: hay que ver, debe haber cómics de cualquier cosa.

¿Klaatu? barada nikto

Hollywood va a seguir tirando de remakes, lo queramos o no, y veremos qué tanto por ciento no masacra la memoria de los clásicos. De momento aqui nos viene la nueva The Day The Earth Stood Still, con Keanu Reeves y la bella Jennifer Connely. ¿Keanu Reeves? ¡Deben estar de broma!

viernes, 29 de agosto de 2008

Rebecca De Mornay


De vez en cuando echo un vistazo en Internet a ver qué famoso cumple años, o pierdo algo de mi tiempo cotilleando en Who's Dated Who. A veces uno rescata de la memoria personajes que ya tenía totalmente olvidados, como es el caso de Rebecca De Mornay, a quién nunca habría relacionado con Leonard Cohen. Claro que la habría imaginado aún menos con el bueno de Harry Dean Stanton. Pero según la chorriweb si que estuvo saliendo con el cantautor a principios de los 90. Al menos avanzó algo desde Tom Cruise.

Pues yo, como supongo que mucho otros y otras, la primera vez que vi a la Mornay fue seduciendo al cienciólogo-to-be Cruise en Risky Business, para luego no saber nada de ella hasta La mano que mece la cuna, que yo sepa lo único aprovechable que tiene esta mujer en su carrera. Al parecer el tiempo no la ha tratado bien, y recientemente ha tenido algún encontronazo con la policía (en la mejor tradición hollywoodiense fue pillada al volante con unas copas de más). Bueno, desde luego no creo que estudien sus interpretaciones en el Actor's Studio, pero como granuloso adolescente (es un decir) no pude evitar quedar prendado por su esculpida figura (no sé si muy esculpida, pero algo creo que sí). Sople las velas, señorita De Mornay, sople, y si sopla otra cosa, ¡no conduzca!

Shaft vuelve a Harlem (1972)


Bueno, vayamos recuperando la normalidad de blog y dejemos Nueva York, aunque no del todo, para pasar un ratillo en las calles de la Gran Manzana de la mano del detective negro por excelencia, Shaft.

Shaft vuelve a Harlem constituyó la inevitable secuela de Las noches rojas de Harlem, una auténtica sorpresa en la taquilla que inauguró oficialmente el fenómeno blaxploitation. De nuevo con Richard Roundtree en el papel del duro detective seductor, repetían también Ernest Tidyman en el guión y Gordon Parks en la dirección. Parks se encargó además de la banda sonora, sin igualar los resultados del gran Isaac Hayes, que en esta segunda parte sólo contribuyó con una canción. Nada más aparecen los títulos de crédito uno ya echa de menos la clásica guitarra del "Theme from Shaft".

No es lo único que uno echa de menos en Shaft vuelve a Harlem. En conjunto, el resultado es inferior a la primera entrega. En plena fiebre blaxploitation aumentaron las escenas de sexo y un mayor presupuesto permitió rodar persecuciones en coche y hasta usar un helicóptero, pero la historia no tiene tanto gancho como en Las noches rojas de Harlem.
De todas formas uno puede encontrar todas las características del personaje del detective. Aunque menos inspiradas, siguen ahí sus ácidas respuestas; sigue desnudando mujeres casi sin pestañear, y poniendo a los blancos y a los negros malos en su sitio.

Para amantes de la blaxplotaition o quienes se quedaran con ganas de más John Shaft, Shaft vuelve a Harlem es una cinta interesante. Todavía no habían llegado el despropósito de Shaft en África y el innecesario remake del nuevo milenio, con lo que en esta época Shaft aun aguantaba el tipo. Todavía era un bad mother.. (Shut your mouth!)

Crónica de Nueva York VIII: De Grimaldi's a Little Korea

Como era de suponer tras la noche de fiesta nos levantamos tarde. Como la noche anterior se había hablado de las pizzas de Grimaldi's viajamos de nuevo a Brooklyn, acompañados de Carl, dispuestos esta vez a encontrar el sitio. La pizzería es una institución en Brooklyn y es famosa tanto por sus pizzas como por sus colas. El fundador, Patsy Grimaldi, aprendió a hacer pizzas con su tío Patsy Lancieri, fundador de Patsy's y aprendiz del gran maestro Lombardi. Como en todas las veteranas pizzerías de Nueva York su lema son pizzas enteras, nada de porciones, y un horno a carbón.

Tras comprar nuevas MetroCard cogimos el metro, hicimos el obligado transbordo hacia Brooklyn a través de la calle, aprovechando para fotografíar el Palacio de Justicia, otro icono cinematográfico de Nueva York. Si no me falla la memoria aparece en películas como El padrino, Carlito's Way y La costilla de Adán. En poco rato estaríamos al otro lado del East River.


Para el que esté alojado en Manhattan acudir a Grimaldi's significa tener que ir hasta Brooklyn y esperar durante media hora o más en unas largas colas donde ponen tanto a clientes de mesa como a gente que quiere pizza para llevar. Lo más probable es que a cualquier hora del día haya una gran cola en la puerta de Grimaldi's. Al menos en verano parece ser así.
No sé cuantos seran los neoyorquinos residentes en Manhattan que crucen el río para ir a comer a Grimaldi's. Carl, neoyorquino de adopción, esperaba que realmente mereciera la pena todo el trayecto y la larga espera. Así pues, ¿sale a cuenta perder tanto tiempo en la cola de Grimaldi's? Depende de la persona, supongo. En opinión de Carl, que ya había probado muchas pizzas neoyorquinas, la masa estaba muy buena. Saquen sus conclusiones.


Colas en Grimaldi's

Quién haya estado en Italia quizás tampoco desee perder tanto tiempo por una pizza de Brooklyn. Personalmente, que no he estado en Italia, diré que nunca había probado una pizza como la de Grimaldi's. La masa, su sabor, era casi como pan, como imagino que se supone debe ser. No sé, también se pierde mucho tiempo yendo en ferry hasta Liberty Island, aunque ya no se pueda uno meter en la Estatua, y la gente sigue yendo. Creo que tras probar las pizzas los tres coincidimos en una cosa que se podría resumir en el eslogan "venga por las pizzas, quédese por el señor Grimaldi".
En verdad no sé si se llamaba así, pero así fue como le bautizamos. Con un familiar acento italiano el señor G le recibe a uno en la cola y pregunta por el número de personas. Toma nota de la gente que espera, controla que todo esté en orden y se vuelve a la pizzería, donde se pasea por las mesas controlándolo todo, preguntando a los clientes por sus pizzas y bromeando con ellos. El señor G es todo un profesional en lo suyo. Nos preguntó si estaba todo bien, y de donde éramos. Al decirle que de España, preguntó si Madrid o Barcelona. Ninguna de las dos. Bueno, el señor G venía dispuesto a hablarnos de Gaudí y así lo hizo. "Era un genio, pero murió pobre, le atropelló un tranvía". "Por eso no quiero ser un genio", decía. Evidentemente es más que probable que el señor G tenga preparado un comentario o chiste por país. Si le hubiéramos dicho que éramos de Japón seguro que habría dicho "ah, Kurosawa, era un genio, murió pobre..."
Sï, aguantamos bastante tiempo en la cola bajo un sol que causaba estragos y provocó una lipotimia. Poco a poco, mientras se iba avanzando, uno deseaba llegar a los árboles que nos ocultaron Grimaldi's la otra vez para tener algo de sombra. Tras la lipotimia sacaron un bidón de agua y unos vasos de plástico para que no acabáramos todos por los suelos. ¡El señor G cuida de todo! Pasamos el tiempo hablando, por primera y única vez, con un compatriota quien, al igual que Carl, vivía en la ciudad y estaba llevando a sus amigos de excursión. Trabajaba como cámara para Antena 3, y nos relató cómo iba conociendo la ciudad gracias a las visitas.

A pesar de la simpatía del señor G, nos tocaron los camareros más lelos, y aunque pedimos agua tres veces ésta nunca llegó. Se lo ibamos a decir al señor G cuando exclamó, con su simpatía de restaurador italiano: "¡Eh Joey, dame la cuenta, que aquí hay unos chicos que quieren darme dinero y no saben cuanto!". Olvidamos el agua, el carisma del señor G era demasiado para nosotros.

Bajando por Old Fulton Street hay un pequeño muelle con magníficas vistas y una heladería al parecer bastante clásica también. Juraría que todos los que comíamos en Grimaldi's acabábamos allí. Otra larga cola. Al diablo, disfrutemos las vistas y volvamos a Manhattan. Con los viajes, colas y demás eran ya casi las siete. Cogimos el metro y nos dirigimos al Downtown, de vuelta a la zona universitaria, por donde se encontraba la amiga de la noche anterior. Sedientos, entramos en un pub al azar y pedimos tres vasos de agua y tres pintas. Cuando llega nuestra amiga de sus compras jugamos un par de partidas al billar. La acompañamos hacia el metro en Union Square, y allí nos despedimos de ella. Alucinamos con la rave que está teniendo lugar allí, donde la gente baila al ritmo de sus Ipods, y de vez en cuando se arrancan con gritos y demás. La discoteca silenciosa. Mientras Carl habla por teléfono nos dedicamos a ver como la muchachada baila. Como diría Homer, "esto se está volviendo demasiado abstracto". Unos negros que aparecen por allí también se quedan ojipláticos. What's going on here, man? ¡Ah, Nueva York! Veremos cuándo llega la moda aquí, si es que no lo ha hecho ya.


Silent Rave


JJOO en Times Square


La moderna Babilonia


Palace Theater, de Bob Fosse a Una rubia muy legal. ¡Broadway vive!


Batería callejero


La deuda nacional yanqui

En fin, cogemos dirección norte para volver al Flatiron y tomar alguna foto, y seguir hacia Times Square, de obligada visita nocturna. Me pregunto cuanto duraría un epiléptico sin sufrir un ataque en la luminosa nocturnidad de Times Square. Repleta de gente, mucho más que por la mañana, Times Square es una extraña mezcla de turistas, gente que pasea y vendedores callejeros al amparo de los anuncios luminosos. Observamos a un batería callejero armado con dos baquetas y un cubo de plástico, al estilo del brutal músico callejero de Matrimonio de conveniencia. Eso me recuerda que en el metro de Harlem vi a uno con un set de batería completo. Poco después nos quedamos anonadados con un tipo que en poco más de media hora pinta paisajes futuristas con sprays de colores y unos cuantros trozos de papel y cartón. Verle trabajar es hipnótico.
Nueva York por la noche es como una gran postal: Times Square, el Empire State iluminado con los colores de la bandera, los rascacielos, los semáforos...

Tras reunirnos finalmente con dos amigos franceses de Carl nos dirigimos hacia Little Korea, donde obviamente vamos a cenar en un restaurante coreano. No me encontraba demasiado hambriento, y tras intentar pedir sushi o alguna ensalada, diciéndome a todo que no podía ser, y mientras el resto pedían carne a la que acompañaban decenas de platitos con salsas verduras y no sé que más, me pido una especie de sopa. El camarero me avisa de que es picante, y le digo si muy picante o sólo un poco. "Just a little", dice, con su cerrado acento. Bien, cuando un coreano dice sólo un poquito quiere decir mucho. Menos mal que me gusta el picante. Y menos mal que el agua la sirven a tutiplén.

Tras dejar el restaurante coreano comenzamos a andar hacia la parada de metro. A los pocos pasos contemplamos unas persecuciones y como estalla una pelea entre algunos coreanos y unos latinos o afroamericanos, no estoy seguro. Parece como si los chicos se hubieran ido de algún sitio sin pagar. Por alguna razón todos están armados con periódicos o revistas. Deben ser los nuevos tiempos post Giulani de las peleas raciales. Al escuchar las sirenas de un coche policial el grupo se dispersó. Pero el único coche patrulla que apareció por allí ni siquiera paró. No habría escena de Canción triste en Hill Street.

A la entrada del metro nos despedimos de los frances y momentáneamente de Carl, quien acudirá después. Poco después aprovecho para tomar una foto de una estación de metro desierta, cosa que hasta entonces no habíamos visto, y en poco tiempo nos encontramos de nuevo en casa.

jueves, 28 de agosto de 2008

Sin excusas

Alice In Chains "No Excuses"

¡No, gracias!

¿Y qué tendría que hacer? Buscar un protector, tomar un amo, y como una hiedra oscura que rodea un tronco lamién­dole la corteza, subir con astucia en vez de elevarme por la fuerza. ¡No, gracias! ¿Dedicar, como todos hacen, versos a los financieros? ¿Convertirme en bufón con la vil esperanza de ver nacer una sonrisa amable en los labios de un ministro? ¡No gracias! ¿Desayunar todos los días con un sapo? ¿Tener el vientre desgastado de arrastrarme y la piel de las rodillas sucias de tanto arrodillarme? ¿Hacer genuflexiones de agili­dad dorsal? ¡No, gracias! ¿Tirar piedras con una mano y adu­lar con la otra? ¿Procurarme ganancias a cambio de tener siempre preparado el incensario? ¡No, gracias! ¿Subir de amo en amo, convertirme en un hombrecillo y navegar por la vida con madrigales por remos y por velas, suspiros de amores viejos? ¡No, gracias! ¿Conseguir que Servy edite mis versos, pagando? ¡No, gracias! ¿Trabajar por hacerme un nombre con un soneto, y no hacer otros? ¡No, gracias! ¿Hacerme nombrar papa por los cónclaves de imbéciles de los mesones? ¡No, gracias! ¿No descubrir el talento más que a los torpes, ser vapuleado por las gacetas y repetir sin cesar: « ¡Oh!, ¡a mí, a mí, que he sido elogiado por el Mercurio de Francia!»? ¡No, gracias! ¿Calcular, tener miedo, estar pálido, preferir hacer una visita antes que un poema, releer memoriales, hacerse presentar? ¡No, gracias! ¡No, gracias! ¡No, gracias!

Cantar, soñar, reír, caminar, estar solo, ser libre, saber que mis ojos ven bien, que mi voz vibra, ponerme al revés el sombrero cuando me plazca, batirme por un sí o por un no, hacer versos... trabajar sin inquietarme la fortuna o la gloria, pensar en un viaje a la Luna, no escribir nunca nada que no nazca de mí mismo y contentarme, modestamente, con lo que salga; decir­me: «Amigo mío, conténtate con flores, con frutos, o incluso con hojas, si en tu propio jardín las siembras y las recoges.» Y si, por casualidad llegara al triunfo, no verme obligado a devol­ver nada al César; guardar el mérito para mí mismo, y desde­ñar la parásita hiedra... O incluso, siendo encina o tilo, subir, subir... subir siempre solo, ¡aunque no alcance mucha altura!

"Cyrano de Bergerac", por Edmond Rostand

miércoles, 27 de agosto de 2008

Crónica de Nueva York VII: Let's Party


Cuando me despierto Rated R ya lleva un rato campando por la casa. Carl, que ha vuelto a pasar la noche fuera, debe unírsenos después. Yo desayuno ligero y me voy para la ducha pues hay que intentar salir con algo de tiempo para buscar un pub. ¿Y para qué buscar un pub a las diez de la mañana? Pues para vivir la experiencia de un baloncestístico España-USA rodeado de yanquis.
Una vez listos salimos en busca de pub pero aun en Nueva York no es tarea fácil. Girando la esquina hay uno que siempre parece estar abierto (según Carl es el centro de reunión de los borrachines del barrio) pero entre su ambiente de Bar de Moe y que están poniendo una película seguimos la búsqueda. Encontramos sitios como un Tin Lizzie y algún otro irlandés cerrados a cal y canto. Hay un bar restaurante con varias televisiones (pocos son los que no tengan al mínimo dos pantallas) que parece un buen sitio. Puesto que no hay pubs disponibles entramos en el sitio llamado Tequila.

Son las diez y pico, el primer cuarto del partido ya lleva un rato y nos recibe una camarera sexy que va vestida como si estuviéramos en un pub a las diez de la noche. Para no desentonar pedimos un par de Stellas y unas sweet potatoes. ¿Una pinta tan temprano?, se preguntarán ustedes. Bueno, ¿quién puede ver partido alguno bebiendo agua? ¡Todo sea por el deporte! En el primer descanso pregunto por un teléfono, sin el glamour de que me persiga un camionero loco o algo parecido. Intento contactar con Carl, lo que me llevará dos intentos. Juraría que hable el tiempo que hable la máquina siempre se traga todas las monedas.
La experiencia no resulta ser especialmente interesante. Los lugareños apenas sí prestan atención al partido. Un par de jóvenes que había sentados cerca dejan de seguirlo cuando llega una pareja con la que habían quedado. Llevan tantos siglos ganando medallas de oro en baloncesto que me parece que para ellos un partido es una mera rutina. Seguramente no se preguntan contra quién juegan, sino a quién van a ganar. Efectivamente, la paliza que nos meten es de órdago. Cuando llega Carl ya nos sacan veinte puntos. Tras otra ronda de pintas y patatas (que dejaban bastante que desear) volvemos a casa. Para no enardecer la furia de nuestro anfitrión el otro día habíamos dejado de lado el kosher y habíamos comprado espaguetis. Carl tiene que ir a atender unos asuntos, así que quedamos un par de horas más tarde en el piso y Rated R y yo partimos a echar un vistazo rápido a algún sitio con solera.

Tras abordar el metro nuestro destino es el edificio de las Naciones Unidas. Por suerte nos viene de paso la calle 46, donde no me quería perder la entrada de un steak house con solera, el Sparks. No, no vamos a comer allí. Es un sitio caro, creo que de esos que a uno le exigen chaqueta y corbata. Dicen que es el restaurante favorito de Woody Allen. Pero quien me ha traído a su puerta es Paul Castellano. Echen un vistazo a los hechos si quieren. En resumen, el capo mafioso Castellano, que cada vez gozaba de menos simpatías en la familia Gambino, fue asesinado en la puerta del Sparks por orden del último gran don, John Gotti.
Cerrado el apartado mafioso del día nos dirigimos al edificio de las Naciones Unidas. Aunque no llegamos a entrar en las dependencias si se permite cruzar la entrada a cualquiera. Evidentemente el sitio está lleno de turistas sacando fotos de todo. Me resulta gracioso pensar en lo difícil que se lo pusieron a Hitchcock para rodar siquiera unos exteriores del famoso edificio para Con la muerte en los talones. En fin, sacamos las fotos de rigor, y mientras observamos al otro lado de la calle una manifestación cuyo motivo ignoramos (en un cartel bien grande se avisa de que uno no se puede manifestar en el sacrosanto terreno internacional) volvemos andando hacia el metro. Es hora de comer. Al llegar a casa Carl ya está allí. No hay salsa de tomate. Así que improviso unos ligeros espaguetis con carne sin salsa alguna. En la sartén la carne suelta más agua que la presa Hoover. ¡Viva el clembuterol yanqui!

Tras comer, tomar alguna cerveza y tal salimos los tres a callejar un rato. La cámara se queda en casa. Para ir de bares quiero ir cómodo. Lo cual es una lástima porque Carl nos lleva a ver el Flatiron y algún que otro sitio. Bueno, antes de pasar a la escena nocturna me permitiré hacer un inciso para relatar brevemente la historia de uno de los edificios más bonitos y peculiares de Nueva York.

Situado en la Quinta con la 23, el Flatiron es uno de los primeros y más antiguos rascacielos de Nueva York. Fue completado en 1902, y obviamente en aquellos días era uno de los edificios más altos de Manhattan. Designado oficialmente como el Fuller Building, enseguida se ganó el apodo de 'Flat iron', por su forma de plancha. El arquitecto Daniel Burnham y sus jefes de la constructora Fuller eligieron un solar bastante inusual con forma triangular. Fue dicho solar lo que dio al Flatiron su aspecto tan único. Su elegante diseño, sus adornos barrocos, y una zona repleta de bares y teatros (el hoy llamado Flatiron District) prontó hizo del Flatiron uno de los edificios más populares de Nueva York.
Aunque quizás lo que más popularidad dio al Flatiron, en tiempos ya pasados, fueron las corrientes de aire que se formaban delante de la parte afilada del edificio. Pronto se corrió la voz de que dichas corrientes levantaban las faldas de las damas que deambulaban por delante del Flatiron, con lo que todos los pillos y voyeurs de la ciudad acudían a la 23 para deleitarse la vista con las piernas de las desventuradas señoras. La expresión neoyorquina 23 skidoo nació en esa esquina. Skidoo, algo parecido a "lárgate", era lo que gritaba la policía a la caterva de mirones para que se dispersaran.

Bajando por la Quinta (cruzando Broadway en la calle 20 se encuentra el lugar de nacimiento de Theodore Roosevelt) llegamos a Union Square, una bonita plaza rodeada de edificios que podrían haber servido para la apocalíptica venida de Gozer el Gozeriano cuyos árboles han visto durante dos siglos muchas manifestaciones políticas y congregaciones populares de todo tipo. Los fines de semana, como tuvimos oportunidad de ver, el lugar se convierte en un mercadillo donde se pueden comprar desde cuadros, objetos hechos a mano y demás a frutas y verduras orgánicas. Seguidamente Carl nos lleva por University Place para enseñarnos parte del ambiente universitario de la ciudad. El recinto francés (el más antiguo al parecer) cuenta con una residencia universitaria que es prácticamente un palacete. Así debe dar gusto estudiar, y más teniendo a dos pasos una biblioteca que debe ser la leche. Y si uno le tira más el estudio a lo Bluto Blutarsky por supuesto la zona está llena de pubs.
Llegamos finalmente a Washington Square, donde nos adentramos para ver lo que muy acertadamente Carl nos recuerda que aparecía en Buscando a Bobby Fischer: las mesas de ajedrez de piedra. Allí las partidas son rápidas, desde luego, y en cuanto uno se queda mirando más de un segundo le llueven las ofertas para jugar una partidita. Carl nos recuerda que esos tipos se ganan la vida jugándose el dinero en esas locas partidas de ajedrez. Como aprecio mi cada vez más menguante cantidad de dólares rechazo todas las invitaciones.

Como va siendo hora de una cerveza decidimos recurrir al Stoned Crow, donde apostamos por las Brooklyns, salvo Rated R a quien definitivamente no le entusiasma su sabor. Mientras charlamos comentamos las carreras de atletismo. Una pareja pincha de vez en cuando algunas canciones en el tocadiscos. En una tierna escena acaban bailando con un tema que desconozco, pero de todas formas no me parece gran cosa. La ternura desaparece cuando el tipo se levanta y cambia de canal para poner uno de los aburridos partidos de fútbol americano. Tras discutir un plan de acción decidimos contraatacar pinchando algunas canciones de rock. (dos dólares cinco canciones) Me tienta endosarles a la pareja el "Sabotage" de los Beastie Boys pero en el fondo tengo ganas de buen rollo y me decido pr los Grateful Dead. Vamos eligiendo cada uno una canción y como traca final aceptamos la sugerencia de Rated R y endosamos a la clientela los nueve minutazos de "November Rain". La pareja se acabará yendo dejándonos con el "fútbol" y nuestra selecta selección. Tal vez se fueran por otro motivo, pero me gusta pensar que no aguantaron el misil Guns 'n' Roses. En realidad no recuerdo si estaba sonando esa cuando se fueron, pero qué mas da. Axl rules!
Según comienzan a sacar platos en el Stoned Crow decidimos que ya es hora de cenar. Quizás deberíamos haber cenado allí mismo, porque tanto el Greenwich como Bleecker St un sábado por la noche están atestados de gente. Pasamos por delante del Wha? donde una larga fila de gente espera para entrar, mientras un tipo con una lista de nombres está apostado en la entrada. Sí que deben haber cambiado los tiempos desde que Dylan homenajeara a Woody Guthrie en ese local.

Deseoso de probar de una vez una buena hamburguesa yanqui, Carl nos lleva a un restaurante con una larguísima cola, que por suerte es para la actuación de los cómicos en el sótano. Aun así al entrar nos informan de que para coger mesa deberemos esperar un cuarto de hora. Carl nos comenta que la gente que va allí a cenar tiene que pasar por delante de un escenario para ir al baño, y que algunos son víctimas de las bromas del cómico de turno. Suena interesante, pero la perspectiva de esperar quince minutos me agobia. La verdad, igual deberíamos haber esperado.
En el sitio del rock clásico donde nos refugiamos de la lluvia pocos días antes piden cinco dólares solo por entrar. Aunque el tipo de la guitarra tenga que ganarse la vida desde luego no es Tom Petty así que seguimos buscando un maldito lugar para cenar. Rated R propone el Peculier Bar. Entramos y hay varias mesas libres. Nos ponemos al lado de la máquina de discos para disfrutar del a veces discutible gusto de la clientela que pone canciones (aunque fue total cenar al ritmo del "Don't Stop 'Til You Get Enough" de Michael Jackson) y pedimos unas hamburguesas acompañadas de las correspondientes pintas. Carl deja un dólar para la propina, y antes de que podamos avisarle de que está incluída en el precio la camarera coge el dinero y el dólar a la velocidad del rayo y se esfuma. Bitch!
La hamburguesa está buena; desde luego a años luz de cualquier McDonald's o similar. Pero cuando le pregunto a Rated R por la del Carnegie Deli me dice que está a años luz de la que estamos comiendo. Me quedé con la sensación de haber probado una correctita hamburguesa norteamericana. Apunte: Carl me dijo que en cualquier dinner o restaurante es bastante probable que haya hamburguesas más que buenas. De todas formas el Corner Bistro pasa por tener las mejores de la ciudad.

Tras acabar de cenar salimos en dirección al East Village, por donde vamos a salir esa noche. Decidimos probar el Bleecker Bar de noche. Como ya comenté, menos acogedor que por la tarde. La simpática madurita del ex-novio gallego no está. En su lugar hay unas maquinales jovencitas sirviendo. El lugar está lleno, como Carl nos debía algo nos invita a unas pintas con la tarjeta. Tenemos que quedarnos a dos rondas al menos porque la consumición mínima con tarjeta son 30 dólares. Carl nos cuenta una anécdota relacionada con lo de dejar una cuenta abierta con la tarjeta, poco antes de vivir nuestro momento Michael Phelps definitivo.
Una diferencia entre los Estados Unidos y España es que los sitios donde pinchan rock no son necesariamente reductos de melenudos y tipos tatuados. Allí es mucho más habitual encontrarse con una clientela de lo más normal mientras en el fondo suenan Black Sabbath, Stones, y demás. Aunque la música no estaba especialmente alta y había mucha gente, se podían apreciar por el fondo los distintos temas de rock que iban poniendo.
Decidimos quedarnos un poco más, sobretodo tras coger sitio, para ver la carrera de Phelps en la que iba a ganar su octava medalla. Si por la mañana el partido de baloncesto había provocado una indiferencia total en los norteamericanos, por la noche la actitud iba a ser toda la contraria. Cuando se acercaba el momento todo el bar se puso a mirar hacia los televisores. Los gritos de ánimo no se dejaron de escucharse en toda la carrera. Cuando por fin el cansino Phelps llegó primero, bueno... sólo diré que mis oídos no han estado tan cerca de sangrar ni en conciertos de Motörhead. Los parroquianos se volvieron locos literalmente, rugiendo y gritando los sempiternos 'yu-e-sei yu-e-sei', como en las películas. Indescriptible. Decidimos sumarnos a la fiesta cantando el himno norteamericano repitiendo todo el rato el nombre del nadador. Ante nuestra franca inferioridad fuimos bajando el tono, por si acaso. Pero fue divertido. Toda una experiencia, la de la octava medalla de Phelps. ¡Vindemor, nosotros te queremos igual!

Tras quedar con una amiga de mi frater que andaba por la ciudad fuimos al East Village, donde por consejo de Carl nos dirigimos a uno de esos sitios paradójicos que uno debe conocer para poder ir; ya sabéis, no es un lugar de esos que se encuentre en las guías o que se pueda localizar así como así. De todas formas tiene página web, pero... así ya no tiene tanto encanto lo que acabo de escribir.
El sitio en cuestión era un bar de sake llamado Decibel, un antro que ocupaba un subterráneo que parecía sacado de la peli Black Rain. Tras pedirnos las identificaciones nos adentramos en el sitio, iluminado aunque no demasiado, donde la gente se dedica a charlar, pues desde luego no hay música. Nos sentaron en una mesa con dos bancos a cada lado, formando casi un cubículo. Un extraño aparato colgaba sobre el centro de la mesa, en cuyo centro había un hueco, tal vez para poner brasas y calentar algo. En la carta hay de todo, pero sobretodo sake, decenas de marcas y tipos que me hicieron desear ser Champollion. Rated R y la amiga se pidieron unos combinados que resultaron ser horribles. Se lo tienen merecido por ir a un bar de sake y no pedir sake. Por unos 40 o 50 dólares uno puede pedir una gigantesca botella, o un vaso por unos 8 dólares. El mejor sake que he probado. Cuando te lo sirven el vaso está metido en una especie de cajita de madera, y el sake es derramado a propósito. Carl me explicó que cuando uno se acaba el vaso se bebe también lo que ha quedado en la cajita. Alguna costumbre japonesa supongo.

Sobre las cuatro o cuatro media nos indican que va siendo hora de cerrar. Carl y yo apuramos nuestros sakes mientras los cócteles se quedan allí, y comenzamos andar avenida arriba hacia el metro, por la Segunda o Tercera, no recuerdo. Haré un inciso para comentar lo mucho que me acordaba de Jack Lemmon cada vez que pasaba por la Segunda Avenida. Hace eones que no veo el clásico El prisionero de la Segunda Avenida, pero tal como lo recuerdo la Tercera me parecía más la Segunda de la película. Espero que me entiendan.

Cuando debían marcar las cinco de la mañana un par de hambrientos entre los que no me encontraba decidieron parar en un dinner para hacer el resopón. Donde yo vivo es imposible encontrar un sitio donde le sirvan a uno huevos con bacon como los que se pidió Carl. ¡Qué adelantados estos yanquis! Yo como no tenía demasiado jamacuco aproveché para probar otro de los platos típicos neoyorquinos, el bagel. Un bagel con queso, el más económico. Está rico.
Nada más llegar nos recibe un judío (no es que llevara ricitios pero seguro que lo era) algo viejuno que no sé qué hace allí a esas horas, pero bueno, el hombre está de encargado y nos da una mesa. Nos toma nota uno de los camareros más eléctricos que haya visto, que andaba como a saltitos de un lado para otro. Y son las cinco de la mañana. Las bromas sobre cocaína no se hacen esperar.
Mientras cenábamos el local se fue llenando de gente variopinta que venía de una noche de fiesta como nosotros. Nuestra amiga comenta los extraños (y por lo general mínimos) modelos de las chica de color, pero lo mejor de todo estaba por llegar. Un par de chicas monas (no lo eran especialmente, pero ustedes me entenderán) se sentaron en una mesa más o menos paralela a la nuestra. Dos típicas jóvenes americanas rubias, delgaditas y vestidas con sus trapitos de noche. Hasta ahí bien. Pero lo que se metió entre pecho y espalda una de ellas nos dejó asombrados. Esa chica habría podido zamparse dos o tres sandwiches Woody Allen sin inmutarse. O se mata a hacer ejercicio o tiene un metabolismo de otra galaxia, o, como una opinión que se barajó, tiene la ténia. No sólo compartió una ensaladera gigante con su amiga sino que se zampó una montaña de pancakes más una hamburguesa con patatas o algo así. Tener de novia a una chica así puede significar la ruina si uno la invita a cenar. ¡Vaya saque!

Llegamos cansados al metro, y al entrar descubrimos con horror Rated R y yo que nuestra MetroCard ya no servía. Efectivamente ya era domingo. Al no poder entrar perdimos un metro. Mientras intentábamos sacar de la máquina otro pase llegó otro. Carl tuvo buenos reflejos y nos dejó su tarjeta para que pasáramos los dos. Maldita sea, con tanta tecnología podrían tener en cuenta la hora en la que uno se compra las MetroCards.
Al cruzar la puerta de casa estamos francamente agotados. No tardamos en dormirnos.

Nuevo buscador interno

He reemplezado el buscador interno del blog por otro nuevo, a ver si éste va mejor. Si queréis lo probáis y ya me decís. Saludos

martes, 26 de agosto de 2008

Imperial March

Como diría Woody Allen, cuando escucho la marcha imperial me entran ganas de invadir Tatooine.

Denim & Leather

Nunca tendrán la fama de unos Iron Maiden, pero Saxon, tras sus crisis, sus litigios con Steve Dawson y demás, siguen al pie del cañon, rockeando y en sus trece, haciendo canciones sobre la caída de la Unión Soviética ("Red Star Falling", que no se diga) y llevando bien alto el estandarte del heavy metal.


Biff Byfford, the man, the legend

lunes, 25 de agosto de 2008

Crónica de Nueva York VI: Una histeria del Bronx, Harlem y un sandwich

Extrañados por la ausencia de Carl, hasta que bajamos y vimos un cartel en la puerta que imagino deberíamos haber visto la noche anterior, salimos de nuevo hacia el metro. Nuestro plan es ir hacia el norte y ver dos de los guetos más famosos de Nueva York: Harlem y el Bronx.

The Bronx is burning! En 1977, durante una retransmisión de las finales de las World Series de béisbol, el mítico periodista deportivo Howard Cosell pronunció esa mítica frase mientras el helicóptero de la cadena ABC sobrevolaba el estadio de los Yankees mientras el fuego consumía parte del Bronx. Aunque el barrio, como el resto de Nueva York, es un sitio más seguro (incluso dicen que el antaño temido South Bronx se está aburguesando) pronto descubrimos que todavía puede ser un sitio que impone.

Nuestro plan era visitar el barrio donde se crió Martin Scorsese, Belmont, y donde rodó Malas calles, y tal vez subir al norte para visitar el cementerio de Woodlawn, donde creíamos que tal vez podríamos encontrar la última morada de algunas leyendas del jazz. Tras hacer un lioso transbordo en la 161 y ver de refilón el estadio de los Yankees, bajamos en la 184 dispuestos a rendir tributo al barrio del gran cineasta. El primer problema que nos surgió fue que en nuestro mapa el Bronx apenas contaba con el nombre de las grandes avenidas, con lo que era algo confuso encontrar el camino hasta Belmont. Segundo, conforme dejamos atrás la gran avenida y nos fuimos adentrando en unas calles que cada vez tenían peor aspecto, nuestro aplomo fue, valga la redundancia, desplomándose. Es un momento en que uno maldice sus pintas de turista y el haber visto de pequeño Distrito Apache: el Bronx. No sé si existen todavía peligrosas gangs ni si se dejarían ver a las once de la mañana, pero divisamos a unos cuantos tipos que bien podrían serlo. Tras preguntar a un obrero por la avenida de Belmont nos dice que aún nos queda largo trecho. Toda la imaginería que a lo largo de los años le han llegado a uno del Bronx hace su efecto y decidimos que lo sentimos por Scorsese pero que será mejor volvernos, lo cual probablemente fue, como más tarde nos dijo Carl, una tontería. Pero me temo que no fuimos con la mentalidad correcta (es decir, olvidarse de lo que se ha visto en la tele y el cine); el Bronx todavía puede imponer bastante.


Dos símbolos yanquis

Aunque el béisbol no me importe demasiado, los Yankees son una institución de Nueva York, y toda una referencia cinematográfica, con lo que echar un vistazo a su estadio era parada obligada. Sin embargo no sé que metro cogimos que al parecer se saltó esa parada, y acabamos directamente en el barrio de Harlem.


A diferencia del Bronx, donde los únicos turistas que vi fue a mí y a Rated R, el Harlem desde luego ya no sólo no es sitio vedado para blancos sino que además está lleno de turistas. Parece un barrio en proyección, y aunque sobretodo la parte norte sigue siendo eminentemente negra, dicen las guías que ya cuenta con un gueto gay y unos cuantos habitantes blancos. Los lugareños no han perdido el tiempo y en las grandes calles y avenidas las aceras están llenas de puestos donde se vende de todo un poco. Hasta se ve a algún cachas de ébano haciendo demostraciones de flexiones y demás cosas musculares.

Evidentemente la prioridad número uno es acercarse hacia el templo negro llamado Apollo Theater, donde se grabó uno de los mejores directos de la historia a cargo de James Brown, donde debutó Ella Fitzgerald y tantos otros grandes nombres de la música negra se labraron su leyenda, y donde Buddy Holly actuó para un atónito público negro. En su marquesina se podía leer un emotivo recuerdo para el lamentablemente recién fallecido Isaac Hayes, así como el cómico Bernie Mac. Tiramos calle arriba por la 125 sorteando puestos callejeros y algún que otro sonado, mientras observamos la vida en Harlem. Viejos afroamericanos sentados contemplando el mundo me retrotraen a escenas de Haz lo que debas.
Tras intentar localizar un restaurante de Nathan's que juraría había por la zona, decidimos dejar el sinsentido y volver hasta la Quinta y bajar a la 124 para cruzar el Marcus Garvey Park. Como nos hizo saber un lugareño que pasaba por el lugar (dijo algo así como that was a great folk, player; si no me hubiera pillado echando una foto tal vez me hubiera dado tiempo a reaccionar para que nos contara su visión del gran hombre) la figura de Marcus Garvey es bastante respetada en Harlem, y lo cierto es que su historia es fascinante. Busquen información sobre él y no quedarán defraudados. Los títulos que se arrogó (emperador del Reino de África y Caballero Comandante de la Suprema Orden del Nilo entre otros) son una buena prueba de ello.


Striver's Row


En esta calle estaba el Cotton Club

Del parque nos dirigimos a la avenida de Lenox para subir hacia la scalles 138 y 139, zona conocida como Striver's Row, un conjunto de históricas viviendas de finales del XIX donde se instaló la élite negra de Harlem y que al parecer fue el núcleo del futuro gran barrio afroamericano. De camino vemos los grandes letreros del YMCA de Harlem que acogió a jóvenes afroamericanos recién llegados a la ciudad, como Malcom X. Tras pasar por una calle donde Rated R me comenta algo de Buddy Holly que pone en su guía llegamos a la 142 con Lenox donde se levantó en su día el Cotton Club. Hoy en día hay existe un nuevo Cotton Club abierto en otra parte de la ciudad, pero el original estuvo aquí hasta que cerró allá por la Segunda Guerra Mundial. Siendo ya las cuatro de la tarde dejamos atrás ese pedazo de historia negra para bajar al Midtown y comer algo.

Parece que existe una especie de leyenda urbana según la cual ningún mortal ha logrado acabarse un sandwich Woody Allen en el Carnegie Deli (Séptima con la 55). Decidido a comprobarlo fuimos allí para comer, y de paso echar una foto al Carnegie Hall, que siempre me trae recuerdos de la canción de los Who "Success Story". La historia tras el nombre del sandwich es sencilla: en ese restaurante se rodaron las escenas de los representantes artísticos de ese deliciosa película de Allen titulada Broadway Danny Rose. No las tengo todas conmigo si no sería también el restaurante favorito de Walter Matthau en La pareja chiflada. Evidentemente los dueños del local aprovecharon la publicidad extra de la peli de Woody con el sandwich y una referencia en la carta. Pero el Carnegie Deli es más que eso, y pasa por ser uno de los más clásicos y mejores delicatessen de Nueva York. Rated R prefirió una hamburguesa; yo (con mis ataques mitómanos enfermizos) fui a por el sandwich Woody Allen.
Antes de profundizar en el sandwich, el Carnegie Deli es uno de esos lugares donde a uno le sientan codo con codo con unos desconocidos, costumbre bastante habitual en los States. Lo cual da pie a algo de small talk como cuando una especie de ejecutivo contempló con algo de sombro como traían mi pantagruélico sandwich Woody Allen.


¡George 'Hannibal' Peppard comía en el Carnegie!

En fin, rodeado de retratos autografiados de famosos e instantáneas de la clientela célebre, puedo afirmar que yo, al menos, no pude acabarme el maldito sandwich Woody Allen. ¿Que en qué consiste? En una montaña de corned beef y pastrami con unas casi inexistentes capas de pan que sirven de excusa para tildar al plato de sandwich. La hamburguesa iba por el mismo camino. Creo que el truco para acabarse el Woody Allen está en no probar los pepinillos que sirven de aperitivo. Yo creo que me jalé cuatro. Delirios mitómanos aparte recomiendo totalmente el sitio para ir a comer una buena hamburguesa o bagel o intentar el reto del sandwich Woody Allen.


Sandwich Woody Allen

Tras pedir que me envueltan los restos de sandwich para llevar (si lo de la propina obligada es un signo bárbaro lo de pedir los restos sin que a uno le miren mal es signo ineludible de progreso; a ver cuando se instaura en España) salimos a dar un paseo sin rumbo fijo para rebajar los trozos de cemento que teníamos por estómago. Por el camino, en el Rockefeller, vemos el Radio City Music Hall.

John Jacob Astor IV era un rico heredero de la familia Astor que escribió alguna novela de ciencia ficción. William Waldorf Astor algo parecido pero sin historias futuristas de por medio. Ambos contruyeron dos hoteles y contribuyeron al primer hotel Waldorf-Astoria, que fue demolido para hacer sitio al Empire State. El segundo que abrieron más tarde sobrevive hoy en Park Avenue, donde nos hicimos alguna foto estúpida.
Mientras el cielo comienza a cubrirse de negras nubes nos dirigimos al 220 E de la 42 para ver el News Building, durante gran parte del siglo XX sede del Daily News, periódico sensacionalista que puso su granito de arena al film noir con sus fotografías en blanco y negro de crímenes de todo tipo, y cuyo edificio sirvió de inspiración para el Daily Planet de Supermán. En la película Richard Donner tuvo el buen gusto de seguir usándolo como las oficinas donde trabaja Clark Kent, con lo que cuando vi su fachada recordé a Christopher Reeve saliendo apresuradamente por la puerta giratoria mientras descubría la gran S en su pecho. Lástima que con las cabinas modernas lo tendría difícil para pasar inadvertido. A diferencia del Woolworth allí no parece haber porteros ni nadie que impida el paso, y entramos en el hall para echar alguna foto al gigantesco globo terráqueo que adorna la entrada.
Al salir el cielo está ennegrecido; Metropolis se está transformando en Gotham. Aún tenemos que ir al supermercado si queremos cenar y tener algo que desayunar, con lo que nos vamos apresuradamente hacia Grand Central para coger el metro de vuelta. El cielo nos dará tregua hasta que acabamos las compras. Al salir un torrente de lluvia cae en la ciudad. No hay más remedio, habrá que mojarse un poco.

Con una lluvia incesante poco nos queda por hacer salvo recluirnos en casa. Como suele pasar la programación es una porquería. Recurrimos a los Juegos Olímpicos donde vuelven a torturanos con Michael Phelps. Nuestro menú televisivo durante casi toda nuestra estancia en Nueva York era el jodido nadador: sus victorias, las repetición de sus victorias, lo que desayunada, los planos de su madre, entrevistas con sus primos, entrevistas con Michael Phelps, con el pobre Spitz (¿se está convirtiendo en Jodorowsky?) diciéndole lo genial que era que fuera a ganar ocho medallas. Para no agobiarnos con Phelps vamos zapeando con un concurso llamado Pussycat Dolls; al parecer es reality donde buscan a una nueva miembro de una especie de grupo de coristas o algo así. Todo indica que la más perraca es la que acabará ganando. Dejaré las moralinas aparte porque lo cierto es que lo vemos a gusto. Lo que me recuerda a los anuncios publicitarios de "la vuelta al cole" donde lo importante es cómo se va a vestir la muchachada para no quedar mal. Imagino que aquí debemos estar a un paso de eso.
Volviendo a los Juegos, un apunte: aunque participan en mil modalidades, la retransmisión de los Juegos en los USA se ciñe sólo a las pruebas donde hay norteamericanos. En los prolegómenos de alguna carrera de atletismo uno creía estar viendo una competición de salto porque sólo enfocaban al norteamericano. También era curioso ver en los saltos de trampolín cómo con una gran tecnología (no sé si habrá llegado aquí) se podían ver todas las etapas del salto de los estadounidenses. Da igual que luego quedaran cuartos o quintos; si uno quería ver el salto detallado del ganador, se chinchaba. En realidad, nada sorprendente. Si hubieran tenido televisión no me imagino a los romanos enfocando a los representates de Creta o algún sitio así en los antiguos Juegos.

Crónica de Nueva York V: No Sleep Til Brooklyn

Aschin Wildeboer, el nadador ¿español? que alcanzó la final de los 100 m de natación seguía siendo una broma recurrente entre los tres tras su espléndida actuación en dicha final. El pobre hombre pronto fue rebautizado como 'Vindemor', y así su apellido iba cambiando: 'Vandelor', 'Condemor', etc. En fin todo esto viene a que tras otra retransmisión de la enésima victoria de Michael Phelps a la hora del desayuno nos despedimos de Carl y partimos, bajo un día soleado, hacia el metro. Hoy pasaremos la mañana en Brooklyn.

El Lower East Side, el antiguo barrio de los tipos duros, barrio de clase obrera. Dicen que es el barrio preferido de Eddie Nichols, el cantante de los Royal Crown Review. No estoy demasiado familiarizado con su música, aunque quien le conozca se imaginará que clase de lugar es el Lower East Side.

La idea que le propuse a Rated R fue recorrer la orilla del East River Park y contemplar los tres puentes más famosos de Manhattan. Nos bajamos en Delancey Street y caminamos hacia la orilla. Las calles, las tiendas y el tráfico poco a poco van quedando atrás. Contemplamos la imponente estructura suspensoria del puente de Williamsburg, conocida antaño como "la pasarela de los judíos", pues muchos de ellos abandonaron Manhattan (el Lower East Side fue el primer gran barrio judío de Nueva York) en dirección al barrio de Williamsburg en Brooklyn. Ahora mismo el único nombre notable que me viene a la memoria es Barbra Streisand, que se crió en Williamsburg. En fin.
Los bloques de pisos que recuerdan a los que encontramos en cualquier ciudad española denotan una cosa: los projects que dicen aquí, es decir, vivienda gubernamental a bajo precio para las familias pobres. A los pies de los primeros tramos del puente la vista es solitaria, lo cual a mí me reconforta en cierta manera. Es fácil imaginarse lo que debía ser aquél lugar hace un par de décadas. Hoy por los parques se ve a alguna madre paseando a su hijo, algunos coches aparcados, y edificios altos y feos. Dudo que dos turistas como nosotros se hubieran aventurado en un barrio así en tiempos más duros.

Cruzando una pasarela llegamos al parque y a la orilla del East River. El puente de Williamsburg lo domina todo, mientras seguimos andando por un camino arcilloso donde la gente practica jogging y pasa algún coche de Parques y Jardines o algo similar. A nuestra izquierda se ven canchas de baloncesto, bancos, verdes arbustos, árboles. Según nos acercamos al puente de Manhattan el parque va desapareciendo. Aparecen los muelles, alguna que otra grúa, basura. El Nueva York más feo que pocos turistas ven. Situado entre el de Williamsburg y el de Brooklyn, el puente de Manhattan es el hermano pobre de los tres grandes puentes, aunque dejaría en pañales a cualquier puente español que haya visto.
La nueva atracción turística del Lower East Side y del puerto son las cascadas artificiales que algún lumbreras ha colocado en el río. A la altura del puente de Manhattan vemos la primera. Imagino que no están hechas para verse desde atrás, como la vemos nosotros viniendo desde el Williamsburg. Pero por delante no mejoran mucho más; lo cierto es que son bastante cutres.


Un tramo de calle en el Lower East Side

Intentamos olvidarnos de las pobres cascadas cuando nos vamos acercando al puente de Brooklyn, una belleza de piedra y acero a cuyos pies hay un paseo con bancos desde donde algunos orientales se dedican a pescar, mientras otros descansan o algún turista disfruta de las vistas comiendo un helado. No falta algún homeless que se eche una siesta aprovechando el buen día.
Llegados a los pies del puente surge una pregunta. ¿Por dónde diablos se sube? Entonces Rated R muestra su sorpresa pues creo que no había comprendido del todo mi plan: sí, vamos a cruzar el puente a pie. La caminata desde la parada de metro y a través de la orilla no está mal, pero la primera vez que se va a Brooklyn hay que cruzarlo por el puente. El metro está bien para regresar a Manhattan o volver una segunda vez. Las vistas desde el famoso puente merecen ser vistas.


La Nueva York menos turística

Subiendo por la cuesta calle arriba, hacia el interior de la isla, buscamos la entrada al puente. Un tipo con una cerveza en las manos y unos cascos me para por mi camiseta de los Allman Brothers. Resulta ser puertorriqueño y tras contarme que su madre le dio un disco de la gran banda sureña que no supo apreciar hasta tiempo después, de las matanzas de nuestros antepasados los conquistadores y demás, nos dice que sigamos unas manzanas más hacia el comienzo del puente. Inevitablemente nos pide una moneda. Con su desparpajo y tras haberle comentado a Rated R que tiene cara de conquistador se la ha ganado. Can you spare a dime?, la frase que soltaba Humphrey Bogart en El tesoro de Sierra Madre es bastante fácil que la oigáis en Nueva York. Bien, tras subir unas calles más, pasar por delante del Ayuntamiento y otros edificios gubernamentales y cruzar algún paso de peatones, nos adentramos en el puente de Brooklyn. El sol arde en lo alto, el paso está dividido entre peatones y ciclistas (y hay que tener cuidado si uno invade el carril ciclístico) y bajo, a los lados, los coches van de un lado a otro. El cemento deja paso a un suelo de madera por el que se deja ver el agua varios metros más abajo. No sé cada cuánto lo revisarán, pero si algún día la madera cede va a haber un par de turistas menos.
Entre oportunistas veniendo agua helada a un dólar seguimos el camino, echamos fotos de las maravillosas vistas y decidimos que cruzar a pie el puente desde luego ha sido una magnífica idea. En una curiosa yuxtaposición un monumento posa para su novio sobre otro monumento. Estuvimos a un paso de preguntar si podíamos echar unas fotos nosotros también. En fin, seguimos puente abajo para llegar, cansados y sedientos, al famoso barrio de Brooklyn. Uno de los primeros edificios que uno puede ver es el Watchtower, una gran mole sede mundial de los Testigos de Jehová.

Brooklyn es un barrio venerable y antiguo. Paseando por Henry Street y alrededores se pueden encontrar casas de madera y otros hogares conservados de la era anterior a la Guerra de Secesión. El que quizás sea el poemario más famoso de los Estados Unidos, Leaves of Grass, al parecer fue escrito por Walt Whitman en Brooklyn. Otro gran literato, Paul Auster, fue también residente de Brooklyn. La bella Clara Bow, el temible Al Capone, el bueno de Peter Criss o el malcarado Lou Reed son famosos hijos de Brooklyn. Bobby Fischer comenzó a aplastar ajedrecistas en Brooklyn. Sí, Brooklyn es un barrio venerable que ha dado grandes cosas al mundo. Y quizás la mayor de todas haya sido la Brooklyn Lager, creada por un periodista de Associated Press que aprendió a confeccionarse su propia cerveza en una bañera durante sus largas temporadas en Arabia Saudí, donde evidentemente el alcohol está prohibido. Al regresar a Nueva York en los 90 y enfretarse a las aquíferas Budweiser, Coors y demás, se decidió a montar una fábrica de cerveza. La Brooklyn Brewery es la única fábrica de cervezas en Brooklyn, un barrio que estuvo repleta de ellas en siglos anteriores gracias a los inmigrantes alemanes. La Brooklyn Lager es de sabor fuerte, "estilo anterior a la Prohibición" como reza su publicidad, y se ha convertido en la cerveza por antonomasia de Nueva York. Brooklyn, Yuengling, Stella o alguna otra de importación; ésas son las grandes cervezas que uno se puede tomar en la Gran Manzana. Porque si en algo hay en lo que Estados Unidos no son una potencia mundial es en cerveza y café. Creo que esto ya lo dije.


Manhattan desde el puente

Y precisamente una cerveza era lo que necesitábamos tras cruzar el puente. Pero en los (sorprendentemente tranquilos) barrios de Brooklyn Heights al parecer no es tan fácil encontrar un pub abierto al mediodía, con lo que tras pasear y buscar sin éxito decidimos que era hora de comer. Propuse ir a Grimaldi's, una veterana pizzería de Brooklyn famosa por sus largas colas, aunque no supimos localizarla, sobretodo porque yo creía que estaba más alejada de lo que en realidad estaba, con lo que decidimos no andar más y entrar en un sitio acogedor llamado Saggy's. Es un pequeño local situado en Henry Street si no recuerdo mal, de comida órganica y vegetariana. Lo cierto es que no me importó beber agua y comer unos deliciosos macarrones con queso, y acabar con un zumo de verduras y frutas. Nos atendieron bien y se merecían la propina, que aún nos costaba algo calcular.

Inciso: en realidad cualquier guía os detallará lo de las propinas, pero lo que aprendimos nosotros con Carl fue bastante simple: un 10/15 por ciento del total para un taxista, un dólar para barman y camareros y el doble de lo que marque en impuestos (taxes) en las cuentas de restaurantes. Si uno paga con tarjeta lo más probable es que se cobren la propina que crean conveniente.



En fin, a mí al menos no me importó dejar una buena propina en Saggy's. Nos atendieron bien y la sonrisa de la camarera valía miles de propinas. Decidimos que es hora de abandonar Brooklyn, dejándonos muchas cosas en el tintero: Prospect Park, la Grand Army Plaza, el botánico, o New Utrecht Avenue, donde se rodó la famosa persecución en coche de The French Connection. Regresamos (esta vez sí) en metro hacia Manhattan para pasear por el Financial District.

Según reza la leyenda, el holandés Peter Minuit adquirió Manhattan a los indígenas por bienes valorados en unos 24 dólares. Teniendo en cuenta que aquellos indios no tenían concepto alguno de propiedad de tierras y demás, la jugada comercial tuvo su miga. No resulta extraño que la parte de Manhattan que fue ocupada primero por los colonos sea hoy conocida como Financial District. El primer punto de colonización blanca en Nueva York fue Governors Island. En la punta sur de Manhattan nacieron el primer puesto comercial de pieles y el primer fuerte. Esa tarde Rated R y yo decidimos visitar todo aquella zona. El origen de la capital del mundo, de la Gran Manzana, y el corazón económico del Imperio. Wall Street, el antiguo emplazamiento de empalizadas y muros que sirvieron a los holandeses para defenderse más de británicos que de indios, nos espera.

Tras salir del metro bajamos por Nassau Street donde el primer edificio que divisamos es el edificio de la Reserva Federal, objeto de codicia del hortera hermano de Hans Gruber en La jungla de cristal 3: La venganza. Siguiendo por Nassau llegamos a Wall Street. Al igual que el puente de Brooklyn está copado por turistas. Echamos las correspondientes fotos a la sede de la Bolsa con su gigantesca bandera de los Estados Unidos (resultado del 11-S imagino) y al Federal Hall, con una estatua de ¿Hamilton quizá? (no estoy seguro), y seguimos hacia Bowling Green, sin recordar que por allí anda el famoso toro escultórico que un artista construyó y dejó en la zona tras la crisis bursátil del 87. Así que no nos hicimos fotos con el dichoso toro.


Castle Clinton, fortaleza sin becarias

Por Bowling Green llegamos al Battery Park, que me llevaron a recordar la canción de Metallica, aunque hable del Battery de San Francisco. Entramos en el parque y salimos a los muelles y el paseo marítimo, donde nos sentamos a descansar en un banco contemplando las vistas de la Estatua de la Libertad mientras escuchamos el agradable romper de las olas. En esta zona los holandeses construyeron sus primeros asentamientos. El desaparecido Fort Amsterdam, testigo de muchas batallas, entre ellas el asedio al que George Washington y sus hombres sometieron al fuerte. De hecho habíamos divisado unas calles antes un edificio (un pub me parece) donde hacia alguna referencia al primer presidente norteamericano. Tal vez se tomara una cerveza allí. En fin, el único fuerte que queda en pie es Castle Clinton, construido por los norteamericanos para defender la zona de los curiosos y furiosos británicos.

Siguiendo hacia el norte, donde un par de rednecks puros y duros nos preguntan por la localización de la Zona Cero, nos dirigimos a observar la misma. En las paredes de una calle adyacente hay un mural de bronce conmemorando los hechos de aquel fatídico día. Años atrás a uno le podían preguntar dónde estaba cuando el ataque a Pearl Harbor, la llegada del hombre a Luna o algo similar. Hoy en día seguro que todos recordábamos qué estábamos haciendo aquel 11 de septiembre. Mientras siguen los debates para ver qué se va erigir en el enorme hueco que dejaron las Torres Gemelas, las obras para acondicionar el lugar y restaurar la línea de metro continuan. Echar un par de fotos y dedicar alguna reflexión a aquellos días es lo único que se puede hacer en el lugar. Muchos comercios y vendedores ya rodean la zona, que poco a poco vuelve a revivir. Tras un largo día de caminatas decidimos regresar a la que va siendo nuestra calle favorita, Bleecker Street, para tomar unas pintas. De camino vemos algún edificio interesante, como el Woolworth, un bello rascacielos cuyo interior (prohibido a turistas) dicen que es el igual de suntuoso.

Hay una regla de oro en el metro de Nueva York: si está repleto, no esperar a que nadie se apretuje para dejarnos amablemente un sitio, cosa que probablemente no sucederá. Hay que empujar mientras se grita claramente Excuse me! Esa querencia tan anglosajona por los modales es habitual en Nueva York como lo es en Irlanda o Gran Bretaña. Por supuesto puede ser muy artificial; allí pueden lanzarte un furioso sorry con toda la mala leche del mundo, pero aún así lo siguen diciendo, mientras que aquí seguramente mentaríamos a todas las madres y santos del mundo. En fin, en nuestro candor al intentar coger el metro no fuimos lo bastante "educados". Los vagones venían repletos y mientras trataba de hacerme sitio Rated R me soltó su ya mítica frase "si yo no entro tu no entras", con lo que desistí y buscamos otros vagones. Rated R se puso delante de uno y logró. Cuando me disponía a hacer lo mismo las puertas se cerraron en mis narices. Estupendo. "Si yo no entro tu no entras". Yeah, sure!


La fachada del Woolworth

Por suerte ya sabíamos a que parada nos dirigíamos, pero el siguiente metro que cogí era un express con lo que se saltó la dichosa parada. Al salir cogí otro precipitadamente creyendo que iría hacia bajo, pero no. Bien, era hora de salir a la calle y tomar uno en dirección downtown. Pero, ¡voilà! estaba cayendo una buena tormenta. En fin, tomé airé y salí bajo la tromba de agua. Para colmo era imposible cruzar una acera sin encontrarse con un gigantesco charco de agua. Cuando volví a entrar al subterráneo estaba calado hasta los huesos. Y encima el dichoso metro tardó eones. Cuando por fin me encontré con un seco e impaciente Rated R en Christopher Street le recordé el lema del día. "Si yo no entro, tu no entras". Manda huevos.

Caminando por Bleecker la lluvia hace acto de aparición otra vez. Buscamos refugio a la entrada de un pub. Ya que estamos decidimos entrar y pedir un par de Stellas. Al rato Rated R me comenta que estamos en un bar de ambiente. Yo le pregunto que cómo lo sabe, y me dice: "porque la única chica que hay es ésa de ahí, por esta revista con tíos musculos en la portada y porque el local está decorado con fotos de musculados hombres en bolas". Pues sí, había sido una escena tonta de película, pero no le faltaba razón. En fin, la lluvia no tardó en escampar y nosotros seguimos camino hacia el Peculier Bar en Bleecker, St un sitio donde presumen de tener más de 300 cervezas de todo el mundo. Efectivamente al ver la carta es cierto. La representante española es la Alhambra. Sin embargo sale más a cuenta pedirse unas pintas, que es lo que hacemos. Son 4'35 pero nos cobran cinco dólares. La propina está incluida. Como en casi cualquier pub allí se puede cenar, pero decidimos darle una nueva oportunidad al Blind Tiger. Mientras apuramos la última decido que no me quiero ir de los States sin pinchar alguna canción en los modernos jukeboxes. Por un dólar me dan dos canciones. "My generation" de los Who y "Monkey Man" de los Stones son las agraciadas. De camino al Blind Tiger vemos por fin una tienda donde venden camisetas de rock y películas. No demasiadas, pero algunas hay, aparte de típicos recuerdos para turistas. Rated R adquiere una suntuosa camiseta de Carlito's Way. Yo no veo nada que me llame la atención así que seguimos.

El Blind Tiger es uno de esos sitios populares en el que es difícil encontrar sitio. Los lugares más cotizados son los que están situados frente a unas ventanas abiertas donde en verano debe resultar delicioso sentarse a charlar, tomar una cerveza y ver a la gente ir de un lado para otro. Nosotros no tenemos tanta suerte y nos conformamos con la barra., que ya es No hay Yuengling ni Brooklyn ni nada parecido en los tiradores, así que tomamos una lager inclasificable. Ya están sirviendo cenas por el local. Contemplo la bonita chimenea que adorna el centro del local mientras el Blind Tiger se sigue atestando de gente. Es hora de regresar a casa. Salimos y nos encontramos con el Diluvio de nuevo. Con tanta gente dentro ni se oía la lluvia. Pensando que quizás pare pronto salimos hacia el metro. Tras pasar unas cuantas calles nos damos cuenta de que vamos en la dirección equivocada. Y la lluvia no deja de caer. Decidimos buscar refugio en un pub que habíamos visto a la ida con un luminoso que indicaba "classic rock". Puestos a refugiarnos del agua mejor un sitio con buena música que otro bar de ambiente. Llegamos al lugar completamente empapados. Pedimos unas cervezas. El rock clásico se intuye, hasta que un tipo con una acústica comienza a ensayar. Hay mesas reservadas para cenar. Al parecer uno se puede engullir una cerveza mientras el tipo canta. Cuando regresamos dos días después descubrimos que para empezar hay una entrada de cinco dólares.

Resumiendo: salgo a la cabina de enfrente para hacer partícipes a Carl de nuestra situación y en cuanto la lluvia nos lo permite partimos hacia casa. Al llegar imagino que tendríamos que haber visto un cartel en la puerta en el que Carl nos decía que no venía a cenar, pero tras tanto resguardanos de la lluvia en pubs nuestro estado es algo confuso. Estamos cansados y medio borrachos; mi cena consiste en una manzana. Esperando a Carl acabamos por quedarnos dormidos. Un día bastante completo, al menos.

domingo, 24 de agosto de 2008

Crónica de Nueva York IV: Día sin huella

Aunque el calor apenas ha hecho acto de presencia, las nubes se han tornado más oscuras de lo deseable en los últimos días. Uno siempre se olvida algo al hacer la maleta, y Rated R y yo no teníamos ni paraguas ni chubasqueros ni nada parecido. Habíamos conseguido resguardarnos de la lluvia hace un par de días, pero la amenaza de una tromba de agua sigue estando ahí. De todas formas nos levantamos tras una noche más que fresca y desayunamos de nuevo con las gestas del señor Phelps. Decidimos pasar la mañana rebuscando más discos, pero esta vez nos dirigimos a la Virgin Megastore, en Times Square.

Al principio puede ser un poco decepcionante nada más entrar, hasta que uno se da cuenta de que hay dos pisos más en el sótano. En cuestión de camisetas y demás productos (salvo quizá los DVDs, aunque no los miramos por lo del tema NTSC) es bastante pobre, pero en cuestión de CDs uno puede encontrar cualquier grupo siempre que no sea una verdadera rareza. Aparte de las máquinas con cascos para escuchar las novedades más vendidas existen también otras para escuchar extractos de un CD elegido pasando el código de barras. Además hay un excelente buscador incorporado para saber qué discos hay disponibles. Aun así no logré encontrar el Growers of Mushrooms de Leaf Hound por ejemplo, aunque se suponía que debía estar allí. Si uno está dispuesto a gastar allí puede completar muchas discografías. Las cajas recopilatorias, por ejemplo, no tienen un precio tan obsceno como en España, aunque obviamente siguen rascando lo suyo. Tras adquirar algún CD nos acercamos a la calle 48, repleta de tiendas de instrumentos, a echar un vistazo. Quién le interese también puede acercarse a la gran Guitar Center, en la 14, cerca de Union Square. No sé donde saldrá más rentable porque no tuve oportunidad de acercarme allí, me conformé con las tiendas de la 48. Una de ellas estaba regida por un tipo de pelo blanco con marcado acento italiano con un gran parecido al habitual secundario de Scorsese y Los Soprano, ese con el que acababa Joe Pesci en un bar en Uno de los nuestros.

Cogemos el metro de vuelta a casa para comernos unos sandwiches y algo de yogur con cereales, y degustar una CocaCola con un sabor peculiar, distinto del de España. Pero tanto en Yanquilandia como aquí la CocaCola sigue sabiendo mejor en botella de cristal. Debían ser las cuatro o así cuando Rated R se quedó dormido en el sillón. Las larga caminatas, el poco sueño y los turnos de colchoneta se dejan sentir. Quizás un descanso no nos venga mal. Exploro los pocos canales disponibles y la programación es detestable. Los programas de testimonios son tan horribles como aquí. Los únicos divertidos son los de historias amañadas de parejas cornudas y demás putiferios. Decido meterme en internet y mirar alguna que otra dirección que visitar.

A media tarde es hora de ponerse en marcha. Vamos a visitar el pub más venerable de la ciudad, P.J. Clarke's. Hay un tramo de la Tercera Avenida que fue en su día un barrio irlandés, dividido por un metro elevado. Centenares de tugurios y tiendas poblaban la zona. Oficialmente establecido en 1884, en algún momento de principios de siglo un irlandés llamado Patrick J. Clarke entró a trabajar en el pub que hoy lleva su nombre. Tras algunos años había ahorrado lo suficiente para comprar el local. Lo bautizó con su nombre y siguió sirviendo cervezas y cenas a sus compatriotas de la Isla Esmeralda. Tras la Segunda Guerra Mundial todo comenzó a cambiar. El metro elevado se soterró, los grandes rascacielos comenzaron a sustituir al viejo barrio irlandés y unos italianos, los hermanos Lavezzo, se hicieron con el local. A principios de los 70 toda la zona pertenecía a la inmobiliaria Tishman Realty. Los dueños del Clarke's se resistían a vender, y, como en las películas, la Tishman necesitaba ese espacio para levantar un rascacielos, el primero de varios. Pero ninguna oferta fue lo suficientemente jugosa, y tanto clientes como conservacionistas apoyaron al local. El rascacielos se construyó un poco más apartado de lo proyectado, y el P.J. Clarke's se salvó. El edificio, que data de al menos 1864, sigue en el lugar de siempre, el 915 de la Tercera, con dos pisos menos, pero único superviviente de otra era.
Así es como lo encontramos, rodeado de rascacielos, y lleno hasta los topes. Damos una vuelta para volver más tarde. Entramos en una tienda de ropa de la Harley Davidson para hacer tiempo. Un dependiente intenta vendarme una chaqueta de cuero que me asegura durará veinte años por lo menos. Costando 600 dólares ya puede durar eso y más. Le digo que el interesado es mi amigo y que yo sólo estoy mirando. Cuando Rated R finalmente se compra una camiseta por unos veinte dólares (de lo más económico del local) volvemos al P.J. Clarke's a probar suerte.


La barra del Clarke's

Dicen que cada sábado Jacqueline Kennedy Onassis llevaba a sus retoños a almorzar al Clarke's. Aunque no es una referencia especialmente excitante, es más reconfortante pensar en que era el garito favorito de un Richard Harris que se ventilaba media docena de vodkas dobles, y que Frank Sinatra dejaba jugosas propinas en el lugar. Un tal Charles R. Jackson era habitual del lugar, y de una de sus novelas hizo Billy Wilder una adaptación. El P.J. Clarke's fue el bar que usó Wilder para rodar las escenas en el bar del desesperado Ray Milland en Días sin huella. Y ése fue el dato que me llevó al Clarke's.
Si visitáis Nueva York merece la pena ir al Clarke's. Aunque hay un par más por la ciudad, el original es el de la Tercera Avenida. Entre semana parece ser un logar de solaz para los oficinistas de la zona que salen del trabajo, y su clientela desde luego no lleva camisetas de Motörhead como llevaba yo, pero es un pedazo de historia neoyorquina y cinéfila. Su interior no ha cambiado demasiado, y aunque desde luego parece ser bastante popular entre los neoyorquinos (por lo que a partir de ciertas horas es difícil no encontrarse un gentío) al menos hay que tomarse una pinta en esa santa institución.

El día del Clarke's fue menos productivo de lo normal, pero el siguiente prometía ser largo y cansado, así que una pequeña pausa no nos vino mal.