sábado, 31 de mayo de 2008

Cadena Perpetua (1994)

La primera noche de Andy Dufresne en prisión me costó dos paquetes de cigarrillos. Ni siquiera abrió la boca.

Hay por lo menos dos películas cuyos pases televisivos me dejan clavados en el sillón con los ojos fijos en la pantalla. Es un fenómeno que no me ocurre con otros films, que pueden ser tan o más grandes, pero que por la razón que sean si están empezados preferiré ver otra cosa. Por ejemplo, no creo que estuviera dispuesto a contemplar . Sin embargo, con una película como Goodfellas me dará igual que acabe de empezar o tan sólo le queden cinco minutos para el final. Hay algo en ella que me hace quedarme sentado. Es como volver a un viejo lugar que te trae buenos recuerdos, y por el que paseas con gusto aunque sea por poco tiempo. La prisión de Shawshank es uno de esos lugares, y Cadena perpetua una de esas películas que tienen un extraño poder hipnótico sobre mí.

Es curiosa la relación entre Frank Darabont y Stephen King. El director ya ha adaptado tres obras del afamado escritor (Cadena perpetua, La milla verde y The Mist) y viendo los excelentes resultados de las dos primeras uno podría pensar que Darabont parece un especialista en adaptar al señor King. De hecho, ambos han llegado a ser buenos amigos. Por otro lado, no se puede negar que dos de las mejores películas carcelarias de los últimos tiempos han venido de la mano de Darabont y de la pluma del escritores de terrores más famoso de la historia.

"Creo en la disciplina y en la Biblia. Aquí aprenderéis las dos cosas". Ésa es la supuesta redención de Shawshank de la que habla el alcaide y a la que se refiere el título original de novela y película. Pero como suele ocurrir en las prisiones norteamericanas de Hollywood, tras la fachada de ayuda al preso se esconde un sistema brutal y corrupto, una jungla humana donde hay presas y cazadores, y donde una particular ley no escrita regula la vida de los reclusos. Los novatos, ese "pescado fresco" del que hablan los presos ya veteranos, tendrán que aprender las reglas a base de golpes. "La primera noche es la más dura". En la primera noche de Andy Dufresne un gordito asustado será apaleado hasta la muerte. Bienvenidos a la redención de Shawshank.

Joven, casado y vicepresidente de un banco. Pulcro, limpio y honrado. Culto, inteligente. Andy Dufresne lo tiene todo en su vida. Es una persona de éxito. Hasta que un buen día se entera de que su bella mujer le engaña con un golfista. Será entonces cuando todo su mundo se derrumbe. Tal vez durante unos momentos, Dufresne piense en acabar con ambos. Pero alguien se le adelantará. Y a partir de entonces todo será más horrible de lo que él pudiera creer. La policía le creerá el culpable de las muertes. El juez le impondrá dos cadenas perpetuas. Adiós al sueño de la libertad, llega la pesadilla en forma de barrotes.

A partir de esa primera noche, Shawshank, una prisión repleta de inocentes cuyos abogados la jodieron, albergará a un verdadero no culpable. Entre criminales, asesinos, gente que cometió errores y personas que disfrutan matando, destaca el aparentemente frágil Dufresne, un orgulloso abogado con carrera universitaria que de repente se encuentra rodeado de personas que con suerte sí saben leer o escribir. De personalidad retraída, siempre sumido en sus pensamientos, el resto de reclusos le tienen por un snob engreído.
En el otro lado está Red, un afroamericano que se hace llamar así por, según él, ser irlandés, y que ocupa un importante puesto en el escalafón social de los prisioneros: Red es uno de esos reclusos que puede conseguirte cosas. Cordones, tabaco, chicles, revistas, alguna droga blanda, algo de alcohol... esas pequeñas cosas que le pueden hacer a uno la vida más llevadera. Tras dos meses en prisión Dufresne se le acerca y le pide un martillo de gemas. Quiere retomar su pequeño hobby de coleccionar minerales y darles forma. Ése será, como diría Bogart, el comienzo de una bonita amistad.

Brooks Hatlen, uno de los presos más veteranos de Shawshank. Andy le conoce cuando Brooks le pide un gusano que nada en la comida para alimentar a un pequeño cuervo. Un viejo tópico carcelario. Brooks está a cargo de la biblioteca de la prisión, es uno de esos pocos reclusos con estudios. Será el viejo Brooks quien le de a Andy su martillo de gemas. Será el viejo Brooks la primera muestra de lo que una prisión puede hacer a un hombre. Tantos años encerrado vuelven temeroso a un hombre, temeroso de ser liberado a un mundo que no conoce. Como los canarios que pasan su vida en una jaula, fuera de ella no lograrán sobrevivir. Red lo llama "institucionalizarse". Andy Dufresne probablemente lo llamaría perder la esperanza.

Probablemente a ningún otro preso se le habría ocurrido escribir una carta diaria a algún politicastro para que hicieran una donación de libros a la maltrecha biblioteca de la prisión, y redoblar los esfuerzos para conseguir muebles nuevos, nuevos libros, discos... pero a Andy Dufresne se le ocurrió, y durante unos minutos elevó las almas de los presos por encima de los muros de la prisión con una melodiosa música y unas italianas que cantaban algo ininteligible para Red, pero poco importaba, pues el sabía que era hermoso.

Cualquier melómano se identificará con las palabras de Andy cuando hable de la importancia de la música a los presos. "¿Dime qué sentido tendría aquí dentro?", pregunta Red. Sí, evidentemente, en la prisión es donde más sentido tiene, para recordanos que no todo está hecho de piedra y barrotes. El viejo señor Mozart salvará a Andy de volverse loco tras pasar dos meses en la sala de castigo. Difícil es dedicar un mayor homenaje a la música con tan poco.

Lo que finalmente salvará a Andy de la desesperación, los sodomitas y el escalafón más bajo de a sociedad patibularia serán sus conocimientos sobre impuestos, tasas, formularios y demás, lo que le convertirá en pieza esencial para los guardias en época de declaración de renta. Y el alcalde aprovechará para impulsar cierta reforma tras la que se esconde una invención de Andy. Y como bien dice él, si fuera era un hombre honrado, dentro se convertirá en un criminal. Como contrapartida, Andy conseguirá unas cervezas para sus amigos, libros, el privilegio de limpiarle los zapatos al alcaide. Sí, ¿cada cuánto se fija alguien en los zapatos de un hombre?
La decisión final de Andy será tomada tras el triste final de Brooks y sobretodo tras la última vuelta de tuerca del retorcido alcaide ("¿pero como puede ser tan obtuso?" ¡La frase que a todos nos gustaría decirle al jefe!). Será entonces cuando la cadena de acontecimientos se ponga en marcha, uno tras otro, cada vez de forma más rápida. Será entonces cuando Andy le hable a Red de Zihuatanejo, el paraíso en la Tierra del único inocente de Shawshank.

Cadena perpetua entró por derecho propio en la lista de mejores películas carcelarias de la historia. Una estupenda historia, grandes intérpretes y una sólida dirección la convierten en un clásico de la última década del pasado siglo y en una de las mejores adaptaciones de la obra de Stephen King. La química entre Tim Robbins y Morgan Freeman fue excelente, y este último consiguió hacer del supuesto irlandés Red uno de sus papeles por excelencia. Los secundarios cumplen a la perfección con su papel, y más de algún ex-presidiario hizo cameos o ejerció de extra en la cinta. Destaca también Bob Gunton, un hombre nacido para interpretar a Louis B. Meyer, como el malvado alcaide Warden Norton, uno de los villanos definitivos de la década de los 90. No cabe duda: cuando una película tiene tantos buenos personajes, tantos momentos entre los que elegir, tantas escenas sobre las que hablar, significa que nos encontramos ante una joya cinematográfica. Los falsos directores de sepulcros blanqueados debieran tomar nota de películas tan deliciosas como ésta. Porque, ya saben:

Su juicio se acerca, y es inminente...

Melocotones: The Presidents Of The USA

Sus quince minutos de fama quedaron atrás, y tras separaciones y reuniones The Presidents Of The United States Of America (¡a eso le llamo yo un nombre comercial!), aunque no creo que eso cambie las vida de mucha gente. Poco importa, los presidentes ya cumplieron su misión, allá por los 90, regalándonos algunos singles resultones como "Lump" o "Volcano". Probablemente no sean incluidos en la Enciclopedia Británica ni se incluya una canción suya en algún disco que sea enviado al espacio, pero ¡qué demonios!, no se puede negar que eran divertidos y sabían hacer canciones pegadizas de tres minutos sin caer en babosidades acústicas. Rock instranscendente idóneo para los momentos en que nuestra mente se satura. Nada de reflexiones profundas, ¡canciones sobre melocotones! Gracias a The Presidents Of The USA ya podré explicarles a mis futuros retoños de donde vienen los melocotones. Peaches come from a can/They were put there by a man/In a factory downtown. Y si conocían a un director de películas de karate, ¡ya tenían videoclip para "Peaches"! Millones de melocotones, melocotones para mí, millones de melocotones, melocotones gratis. Toda una filosofía de vida, la de los dichosos melocotones.

jueves, 29 de mayo de 2008

Dioses y monstruos (1998)

James Whale fue un dandy británico, un artista y actor, un director de cine, un artífice de iconos, y un reconocido homosexual en la era anterior a la Caza de Brujas, y para aquellos que le conocieron fue probablemente mucho más. A su pesar su obra quedó marcada por sus trabajos con la Universal de Carl Laemmle Jr. y trabajos como Frankenstein, La novia de Frankenstein, El hombre invisible y otras más. En la estupenda Dioses y monstruos asistimos a los últimos días del director, y poco a poco podemos adentrarnos en sus miedos, sus recuerdos, sus alegrías y sus vicios. La película se basa en la novela Father of Frankenstein, y relata la curiosa relación que se entabla entre el viejo director y su joven jardinero.

El James Whale personaje ha regresado a su hogar tras un reciente infarto. Tiene que medicarse, y sufre algún tipo de enfermedad mental que le dispara su mente hacia varios pensamientos a la vez. Mediante ese recurso rodado en forma de flashbacks vamos conociendo algunos aspectos clave de su vida pasada, así como a través de sus propias palabras. La primera imagen que tenemos del director es la del hombre encasillado y retirado. Ante todo sigue siendo una estrella coqueta, y como cualquier estrella lo prepara todo al detalle para que nada parezca calculado antes de la llegada de un estudiante que va a entrevistarle. Muy pronto el viejo director se da cuenta de que al joven cinéfilo sólo le interesan sus películas de terror, por lo que Whale decide proponerle un juego y de paso satisfacer su propio morbo.
Así la transcurre la vida de la vieja estrella, entre pastillas, recuerdos del pasado y fugaces visitas del productor David Lewis, compañero y amante de Whale durante muchos años. En dicha situación cuando un joven y fornido jardinero entra a trabajar en la casa. El británico se encapricha del joven y le pide que pose para él. A pesar de sus reticencias el joven acepta ser retratado.

Así pues tenemos por un lado a la vieja estrella de Hollywood cuya gloria ha pasado y a un joven de pocas luces pero que parece guardar cierta sensibilidad en su interior, sensibilidad que nadie parece tener en los círculos en los que se mueve, como queda demostrado en el restaurante donde ve una reposición de Frankenstein en la televisión. Las sospechas del joven respecto a Whale se van confirmando poco a poco, y a pesar del rechazo que siente hacia ese viejo verde homosexual la leyenda tras el nombre de Whale va atrapando al jardinero.
Ambos, director y jardinero, se fagocitan mutuamente, buscando el uno en el otro aquello que han perdido o que no pueden tener. El joven se maravilla ante las historias de una vida que nunca tendrá, ante una figura en cierto modo paternal, y ante la puerta que para él es Whale hacia conceptos hasta entonces desconocidos para él como arte, belleza o sensibilidad. Whale, en cambio, ve en el joven no sólo a un objeto sexual que le trae a la memoria recuerdos de sus años de gloria y triunfo sobre espectadores y lindos jóvenes, sino a alguien que por momentos parece interesarse por lo que él es, y no sólo por su obra.
La relación entre dos hombres tan dispares tendrá desde luego sus altibajos, pero paso a paso el jardinero irá aceptando al "monstruo homosexual" de Whale, al tiempo que éste se irá hundiendo en una depresión profunda, siendo consciente de que su muerte se acerca y de que ya no le queda nada por hacer en el mundo.

En el apartado interpretativo todo gira evidentemente entorno a los dos actores principales: Ian McKellen y Brendan Fraser. Un McKellen que estaba a punto de dar el salto al Magneto de X-Men y al superestrellato con Gandalf y El señor de los anillos elaboró en Dioses y monstruos un complejo y estupendo retrato del director clásico James Whale, dando muestras de su talla como actor y también de su pasado como actor de teatro. Quede la posible influencia de los paralelismos entre la vida y carrera de McKellen y Whale a la discreción del lector.
En el otro lado tenemos a Brendan Fraser (¡vaya desastre de carrera actoral!), que desde luego no es el monstruo de las mil caras pero encaja bien en el papel de jardinero tarugo. El que resista la prueba ante el sir McKellen ya es bastante.

Dioses y monstruos está plagada de romanticismo y de drama; nos habla de bajas pasiones y complejos ocultos, de experiencia e inocencia, de vicios, pecados y decrepitud, y por encima de todo ofrece un interesante perfil de una figura tan interesante como la de James Whale y es, también, un bonito homenaje a la obra del director y al cine de terror de la Universal. Es divertido observar las breves escenas en que vemos el rodaje de La novia de Frankenstein y escaparse mentalmente a esa época, e imaginarse como debía ser el día a día en el plató. Quede para la memoria ese bonito final en que la magia de películas como Frankenstein parece pasar de padres a hijos, para ver luego en la lluvia como la vida de un hombre ha cambiado para siempre.

martes, 27 de mayo de 2008

La Dietrich canta

Tenía que escribir unas palabras sobre la interesantísima película Dioses y monstruos, pero estoy agotado... ¿dónde se han ido todas las horas libres? Menos mal que gracias a George Harrison sé que no le falta demasiado al sol para ponerse, y gracias a Cream que mi techo se tornará cielo. Hay ciertos peinados que sólo alguien con un carisma descomunal como el de Marlene Dietrich podría llevar con dignidad. "Where Have All Those Flowers Gone", preciosa canción, tanto como las piernas del ángel azul. ¡Ah, ese deje germano!


domingo, 25 de mayo de 2008

Su carencia de fe resulta molesta

No deja de resultarme curioso que un día como hoy naciera Sir Ian McKellen. Por supuesto, hace ya 31 años se estrenaba Star Wars, con lo que los trekkies ya no estaban solos en el mundo. Ahora tenían un enemigo al que combatir. También los hay que se mueven como pez en el agua tanto en la Enterprise como en el Halcón Milenario. Yo, al menos cinematográficamente, me declaro más afín con los muchos Bothans que fallecieron para traer una valiosa información que con los problemas de Scotty en la sala de máquinas. La nueva saga de Lucas me parece un desastre, pero amo la vieja trilogía. El primer largometraje de Star Trek me gusta bastante, el resto de la saga (especialmente esa delirante cuarta parte dirigida por el mismísimo Spock) se me antoja como un buen puñado de comedias. Y no sé a quién se le ocurrió un buen día declarar "Día del Orgullo Friki" (tan sólo la dichosa palabra ya me resulta molesta, ¡pobre Todd Browning!) al 25 de mayo. Hay gente para todo en este mundo, y tampoco yo es que sea lo que se dice un ciudadano estrictamente normal, pero el concepto en sí y las celebraciones que conllevan me parecen algo ridículas. Claro que yo me entretengo también con tonterías y cosas estúpidas, así que... será que no me veo disfrazado de Yoda (por cierto, ¡feliz cumpleaños, Frank Oz!). En realidad no me veo disfrazado de nada, salvo quizás de John Entwistle en el festival de la Isla de Wight.

Anyway, ¡feliz día extraño!

Coattail Rider

Definición de coattail rider: Persona, normalmente de género masculino, que se aprovecha de algún encuentro previo para dormir o salir con alguien que ha tenido relaciones con un amigo.

"Coattail Rider" de los Supersuckers: descarga de punk rock infernal y sonidos de pedales wah wah con soporte visual algo extraño.
Debió ser hace unos doscientos mil años cuando en un especial televisivo sobre el sello Sub Pop pasaron el videoclip de "Coattail Rider". Fue así como descubrí a los Supersuckers, y por entonces pensé que parecían abocados a la nada. Poco podía imaginar entonces que no sólo lograrían cierto renombre, sino que además se adentrarían de forma exitosa en terrenos country y que dinamitarían la escena de finales de milenio con un pedazo de disco como The Evil Powers Of Rock 'N' Roll, y que incluso llegaría a verlos a dos metros de mí en un intenso concierto. Y de momento, a día dehoy, "Coattail Rider" sigue siendo una de mis favoritas, a pesar de lo primitivo, o tal vez por eso mismo.

sábado, 24 de mayo de 2008

Anne Francis

Para muchos de nosotros decir Anne Francis es decir Altaire Morbius, es hablar de la inocente hija de un genio loco perdido en una perdida colonia de un planeta lejano, del misterioso "Id", de una inolvidable escena en las aguas de un lago que incomodaba al viejo Leslie Nielsen... en definitiva, Anne Francis forma parte de una las películas por excelencia de la ciencia ficción, Planeta Prohibido. Aunque participara también en otros títulos de renombre como Conspiración de silencio o Funny Girl, para mí siempre sera la pizpireta Alta, una sexy chica del planeta Altair-4. Los Krell serían muy avanzados, pero seguro que no tenían nada parecido a Anne Francis. ¡Y no hay peor monstruo que una vida sin... sin eso!



67 añazos de Dylan

Si hace unos días se paseaba el pequeño genio de Minnesota a través de una versión, hoy viene míster Bob Dylan en persona en su faceta eléctrica (que es la que más me gusta, sin desmerecer su etapa folkie, claro) en pleno Rolling Thunder Revue, atacando la bluesy "Maggie's Farm". Que cumpla muchos más, señor Zimmerman.

jueves, 22 de mayo de 2008

Patton (1970)

Ningún bastardo ganó la guerra muriendo por su patria. La ganó haciendo que el otro bastardo infeliz muriera por la suya.

El director Franklin J. Schaffner tuvo en su carrera una década prácticamente perfecta, la que va desde 1968 a 1978, que fue antecedida por películas tan interesantes como The Best Man o El señor de la guerra, y en su mejor etapa comprende títulos como El planeta de los simios, Nicolás y Alejandra, Papillon o Los niños del Brasil. Tocado por la inspiración divina, en 1970 se descolgaba con una de las mejores películas bélicas de la historia, el biopic de la controvertida figura de la Segunda Guerra Mundial George S. Patton.

Decía Rod Steiger que rechazar el papel del general Patton había sido uno de los mayores errores de su carrera. Como él muchos no supieron ver más allá de las frases grandilocuentes y del patriotismo exarcebado. Al ver las grandes banderas, al oir hablar de masacrar rusos, de valientes y cobardes, muchos creerán que estamos ante un panfleto belicista a la manera de John Wayne, y más teniendo en cuenta la época en que se rodó, aunque no sea ésa la realidad. Sí, desde luego el ejército norteamericano brindó su apoyo y seguramente la mayoría del Estado Mayor norteamericano citarían Patton como su película favorita, como lo era para Nixon, pero la película en sí no glorifica la guerra. Simplemente estamos ante el retrato de un hombre anacrónico, lleno de confianza en sí mismo, irrespetuoso, nada diplomático y terrible con aquellos que no encajan en su particular código de la vida, y que alimenta su imagen de conquistador por encima del bien y el mal. Evidentemente, y ésa es una de las pruebas del buen hacer de Schaffner, Patton puede seguir siendo objeto de controversia hoy en día como lo es el mismo general.

George C. Scott tuvo muchos papeles interesantes en su carrera desde que comenzara a destacar como actor en la excelente Anatomía de un asesinato, pero si hay una imagen icónica suya que haya pasado a la historia es la de la impactante escena inicial de Patton, con George C. Scott vestido de militar, con sus medallas en el pecho, el casco reluciente y esos característicos pantalones de montar, subiendo unas escaleras, saludando mientras una trompeta militar suena de fondo, y tras él una gigantesca banda norteamericana lo domina todo, como una especie de Charles Foster Kane militarizado. Scott estuvo impresionante caracterizado como el general, dotando al personaje de una gran riqueza, fuera con pequeños gestos o con estallidos de furiosa energía interpretativa. Ese inicio de la película, sin créditos ni logos, que en ocasiones llegó a provocar que soldados norteamericanos se levantaran y saludaran, sigue siendo hoy tan impactante como lo fue entonces. Scott fue reacio a rodar la escena, pues creía que eclipsaría a toda su interpretación posterior, y hasta cierto punto no le faltaba razón, porque si hay una imagen que quede grabada de la película es ésa. Pero Schaffner, mediante subterfugios y alguna mentira, se salió con la suya. Si uno comienza una película con el listón tan alto, ¿cómo seguir después de eso? ¡Es como si Velázquez hubiera comenzado pintando Las meninas y luego hubiera tenido que continuar a partir de ahí! Pero el director logró componer un retrato tan fascinante del militar, y Scott estuvo tan soberbio, que el resto del film no se resintió de la arriesgada apuesta de Schaffner.

Patton nos mostraba la vertiente más excesiva del general, y aunque por supuesto hubo licencias artísticas, no creo que se exagerara en demasía la figura del norteamericano. Exagerar su rivalidad con el británico Montgomery es un gran acierto por ejemplo, y aunque tal vez sea una visión sesgada del militar (una de las dos principales fuentes para la película fue un libro del general Omar Bradley, que actuó como asesor de la misma, dado que hacía tiempo que la familia del general había rechazado cooperar con Hollywood) no pienso que no sea veraz. Muchas de las frases de la película, incluído el discurso a las tropas, están extraídas de discursos y declaraciones reales de Patton. Por ello una de sus expresiones favoritas, son of a bitch, es bastante recurrente a lo largo de la cinta. De hecho se tuvieron que suavizar muchas de sus palabras para que la película no se llevara una X.

El guión partió del libro de Bradley y de una biografía del general, y fue adaptado por Francis Ford Coppola y Edmund H. North. Patton se centra en la actividad del general durante la Segunda Guerra Mundial, dejando de lado cualquier otra referencia de su vida anterior a la gran conflagración. Tras el discurso, la narración recorre la vida del general en aquellos años, desde su toma del mando de las humilladas fuerzas norteamericanas tras su primer encuentro con la Wehrmacht en el paso de Kasserine en África, hasta su controvertida actuación como gobernador militar en la Alemania ocupada por los Aliados, poco antes de la muerte del general.

Patton el personaje es un hombre duro que prefiere ser temido por sus hombres a ganarse su afecto, y que los lleva siempre al límite de su capacidad. Sin embargo los soldados le respetan pues comparte sus vicisitudes al frente de las columnas de tanques, y saben de su probada valía y su legendaria audacia. Por otro lado el general es también, como el mismo se define, una prima donna, un ególatra capaz de arriesgar la vida de sus hombres por razones puramente personales.
Patton es un hombre que vive para la guerra, y es consciente de que sin ella no es nadie. Durante la película se repite la idea de que el general debería haber nacido en otra época, en guerras más gloriosas, junto a Napoleón o Julio César. El propio Patton, al igual que el personaje real, cree en la reencarnación, a pesar de ser un devoto cristiano, y, en la película al menos, parece estar convencido de que sirvió junto al gran corso en una vida pasada.
Parte de este perfil es mostrado en la película a través de los alemanes, sobretodo mediante un oficial de Inteligencia que informa a Rommel y a Jodl de su personalidad, y en determinados momentos adivina sus movimientos, como en el desembarco de Sicilia, donde desembarcará en cierto punto sólo porque griegos y romanos así lo hicieron en la Edad Antigua. La pericia del general norteamericano se pondrá de manifiesto en África, cuando logre una aplastante victoria sobre la Wehrmacht. En plena batalla, Patton exclama: "Rommel, magnífico bastardo, ¡he leído tu libro!". La gloria será pasajera para el general, cuando después se entere de que su homólogo alemán se encontraba en Europa durante la batalla.

Uno de los puntos más controvertidos del guión, y del propio Patton de la vida real, es su actitud hacia la "fatiga de guerra", o cualquier otra debilidad psicológica. En el film se retrata el famoso abofoteo que el general le propinó a un soldado que sufría la citada enfermedad, y que para el general no era sino un cobarde. Ese será uno de los muchos desencuentros con el comandante en jefe Eisenhower, y le valdrá ser apartado del mando durante varios meses, no pudiendo participar en el famoso "Día D".

El peso del film, recae, evidentemente, en las espaldas de George C. Scott, quien está inolvidable en el papel, y cuya profunda y ronca voz encaja muy bien con el personaje (aunque el doblaje castellano está carente de toda fuerza). Curiosamente aquellos que trabajaron con Patton afirman que su voz era característicamente aguda. Tal vez éste sea uno de esos casos en que es mejor no ser fiel a la historia real. Junto a Scott destaca el amable Karl Malden como el general Bradley, y son especialmetne divertidas las apariciones de Michael Bates (el guardián que no le quita ojo a Alex DeLarge) como el mariscal Montgomery. Por lo general hay una gran mezcla de buenos secundarios, aunque ningún nombre especialmente grande que yo sepa.
Prácticamente la película se rodó en España, donde todo era barato y y el ejército colaboraba en lo que fuera, y donde en ocasiones se podían utilizar aparatos que se asemejaban a los vehículos de la Segunda Guerra Mundial. Así, cuando cree estar viendo las mismísimas Ardenas resulta que son los bosques de las afueras de Madrid. ¡La magia del cine!

Las escenas bélicas quizás no sean tan espectaculares como otras de la época, aunque sí están perfectamente construidas; tal vez la que más destaque sea esa inolvidable escena con un furioso Patton descargando sus famosos Colt 45 contra aviones alemanes, pero desde luego son efectivas y quedan intercaladas perfectamente en la historia, sin demasiado largas o demasiado cortas. Parte del metraje real de la época intercalado en la película fue rodado por el futuro cineasta underground Russ Meyer.
Patton goza de esa característica fuerza visual que imprimía Franklin J. Schaffner a sus películas, y tanto la acción como el drama se suceden sin apenas dar rienda suelta al espectador. También hay momentos de comedia en el film, como la ya citada rivalidad entre el general norteamericano y el indomable inglés de fino o mostacho, o la delirante escena en que Patton le pide al capellán que rece a Dios para que esté del lado de los buenos y deje de nevar, cosa que, por supuesto, sucederá. ¡Pues menudo es el viejo "Blood and Guts"!

Ya sabéis, aquellos de vosotros, sons-of-bitches, que os guste la historia o el genéro bélico, o la obra de Schaffner o estéis siguiendo los pasos a George C. Scott, Patton es de obligado visionado.

miércoles, 21 de mayo de 2008

Dear Landlord

Carta al querido propietario o terrateniente, escrita en su día por Bob Dylan. El gran Joe Cocker se apropia de "Dear Landlord" y la dota de esa poderosa energía que desprende su voz rota, a la vez que asistimos a los míticos manierismos del cantante. Un documento imprescindible, amigos.

Homer, Sinatra y cerveza

Ahora que se están conmemorando diez años sin tener a La Voz entre nosotros, aprovecho para dedicarle un particular y pequeño homenaje a Frank Sinatra y de paso inaugurar una sección que quizás tenga su hermana cinematográfica: grandes momentos de la televisión, y grandes momentos de Los Simpson, que total es decir lo mismo. Ya saben, se acerca el verano y el cuerpo pide un poco de necia irrelevancia y de estival.
Homer hace suya "It Was A Very Good Year" para recordar los buenos momentos que tuvo junto a su vieja amiga, la cerveza. Señor Sinatra, va por usted. Y por el tal McGee.

sábado, 17 de mayo de 2008

Dennis Hopper, el forajido pintor

72 años contemplan a Dennis Hopper, el carismático actor y director cuyo salvaje estilo de vida estuvo a punto en más de una ocasión de llevarle a la tumba. Tiene tras de sí una larga e interesante carrera cinematográfica, repleta de altibajos, pero bañada de cierto número de papeles que le han convertido en un icono del cine de estos últimos 50 años. Es además un reconocido pintor y fotográfo, y tras haber dejado atrás sus demonios, es además, como su gran amigo Jack Nicholson, un gran coleccionista de arte.

Ya desde pequeño Dennis mostró un gran interés por el arte en todas sus facetas. Si iba al cine quería ser actor, si veía un cuadro quería ser pintor, si iba al circo quería ser un trapecista sobre los caballos. Años después sería todo eso y más, y daría mucho que hablar tanto dentro como fuera de las pantallas. Y es que quizás no sea casualidad que Dennis Hopper viniera a este mundo en esa ciudad de Kansas llamada Dodge City.
Hopper comenzó a estudiar interpretación en San Diego, y como cualquier actor de su generación acudió luego al Actor's Studio de Lee Strasberg donde entabló una gran amistad con Vincent Price, de quien aprendió mucho sobre los óleos y el arte en general.

En 1954 el actor debutaba brevemente en el clásico Johnny Guitar, y tras realizar varios trabajos en la televisión le llegó una gran oportunidad al aparecer junto a James Dean en la icónica Rebelde sin causa. Hopper admiraba profundamente a Dean, y ambos se hicieron grandes amigos, participando juntos en mil y una correrías. Por ejemplo decidieron montar una orgía a la vieja manera de Hollywood y Natalie Wood propuso que la sumergieran desnuda en un baño de champán. Pero cuando la bella actriz se sumergió algo fue mal (alergia, o algún extraño accidente con el burbujeante líquido) y tuvieron que llevar a la actriz a un hospital. Hopper y Dean coincidirían de nuevo en el film Gigante. La muerte de Dean en 1955 conmocionó al pobre Dennis, quien ahogó sus penas en alcohol y comenzó a mostrar por entonces su carácter diabólico. Pero ello no le impidió, según dicen las habladurías, irse de juerga con Elvis Presley cuando el cantante se preparaba para debutar en el cine.
La incorregible actitud del actor hizo estallar al director Henry Hathaway en el rodaje de Del infierno a Texas tras tener que rodar 80 tomas de una misma toma porque Hopper no quería seguir las directrices del director, hasta que el actor bañado en lágrimas cedió a las iras de Hathaway. Loco de ira Hathaway le espetó, a la manera de las películas, que nunca más volvería a trabajar en la ciudad, y vaya si lo cumplió. En los años siguientes Dennis Hopper apenas sí pudo trabajar en Hollywood teniendo que reciclarse como actor de televisión. Ese período de baja actividad lo aprovechó para trasladarse a Nueva York y unirse a la extraña troupe del rey del pop art Andy Warhol, a la par que comenzaba su carrera como pintor y fotógrafo.

A mediados de los 60 poco a poco el veto hacia Dennis Hopper comienza a levantarse. Participa en algún extraño film de serie B junto a John Saxon, y a las órdenes de Roger Corman rueda junto a Peter Fonda un delirio psicodélico escrito por Jack Nicholson. Ese mismo año obtiene un pequeño papel en La leyenda del indomable. También hará otra breve aparición en el western Cometieron dos errores. En 1969 Hopper obtenía el perdón de Hathaway y se ponía a las órdenes del director en el film Valor de ley. Esta vez a quién parece que volvió loco es a John Wayne, quién le persiguió por los estudios de la Paramount con una pistola cargada. Es lo que tiene discutir de política con alguien como Wayne, supongo, aunque en el fondo ambos actores se respetaban, a pesar de que Hopper fuera un hippie pasado de vueltas.

Llegó entonces el rodaje de Easy Rider, con un Dennis Hopper drogado todo el tiempo erigiéndose en cineasta dictador, dirigiéndose al equipo como "esclavos", jugueteando con pistolas y cuchillos y desafiando a la muerte sobre un coche junto a Nicholson. Hopper quería comenzar la película con una imagen de Peter Fonda (legendaria es la confrontación entre Hopper y Fonda) sentado rodeado de 20 cartuchos de dinamita encedidos a la vez que convertirían a Fonda en el "hombre dinamita", una salvaje performance que Hopper había visto de pequeño en un circo. Al final no llegó el presupuesto (¿se habría puesto Fonda en las manos del loco Hopper?) y no se hizó la extraña performance, pero a principios de los 80 un desquiciado Dennis lo pondría en práctica como una forma más de su "arte". No se cómo diablos sobrevivió, pero lo hizo.
Con cocaína, porros y ácidos por todas partes, no era extraño que Dennis y Nicholson amanecieran una mañana sobre un árbol sin saber cómo habían llegado hasta allí, o que el director y actor llevara la misma ropa durante todo el rodaje, o que hubiera un desafío de una pelea a cuchillos con el actor Rip Torn (en los 90 Hopper perdió un caso de difamación en los tribunales contra Torn, tras haber afirmado que fue Rip quien le puso un cuchillo en el cuello). En definitiva, Easy Rider fue un rodaje definitivamente poco convencional, pero cosechó un enorme éxito en taquilla, convirtiéndose en símbolo de toda una generación. Los 70 estaban a la vuelta de la esquina, y con un Dennis Hopper metido en su particular rock and roll lifestyle, las cosas iban a ir aún más allá.

El rodaje de Easy Rider acabó con el primer matrimonio de Dennis Hopper, al que siguió un fugaz enlace con Michelle Phillips, la bella cantante de los Mamas & The Papas. Aguantó a Hopper 8 días. ¡Todo un récord!
Junto a Phillips y Peter Fonda el loco actor se marchó a Perú a rodar The Last Movie, un nuevo proyecto personal que contó con total apoyo de los estudios tras el éxito de Easy Rider. El rodaje se convirtió en una contínua orgía romana con salvajes fiestas en las habitaciones del hotel, ácidos, mujeres desnudas por los pasillos y demás. El soliviantado gobierno peruano tuvo que tomar medidas y cortar de raíz todo aquello. ¡Dennis Hopper había ofendido a toda una nación! El actor calificó al gobierno peruano de "mojigato". The Last Movie obtuvo importantes premios pero fue un desastre monumental en taquilla. La película era demasiado experimental para el gran público, y nadie entendió nada de lo que pasaba en la pantalla. La mayoría de la crítica tampoco la aceptó.


Dennis tras una de sus travesuras

Tras el fracaso de The Last Movie, su brevísimo divorcio, la mala publicidad y su salvaje estilo de vida, Dennis Hopper se encontró con que nadie le ofrecía trabajo en Hollywood. Tras pasar una temporada de juergas en Méjico el actor se trasladó a Europa donde participó en diversas películas de bajo coste, interpretando en varias ocasiones al arquetípico psicótico. En ese período contrajo de nuevo matrimonio, teniendo su segundo hijo. Tras cuatro años el matrimonio se vino abajo.

Fue Francis Ford Coppola quien le rescató del exilio europeo para llevárselo a las Filipinas, al rodaje de la enorme Apocalypse Now. Aunque pasó la mayor parte del tiempo colocado Hopper demostró al mundo que seguía siendo un gran actor y que poseía un aura único que llenaba toda la pantalla. Su papel del loco fotógrafo seguidor del coronel Kurtz le devolvió de nuevo a Hollywood. Siguió participando en trabajos europeos (incluso a las órdenes de Bigas Luna), retomó su faceta de director, mientras participaba en películas norteamericanas como King Of The Mountain o repetía junto a Coppola en uno de los mejores films de la década, Rumble Fish.
Fuera de las pantallas el viejo Hopper seguía como siempre. Aparecía en una fiesta en Hollywood y anunciaba que iban a morir todos, o se iba a rodar a Méjico y se perdía en la jungla, afirmando que en su hotel se mataba a la gente. Después ser detenido por la policía tras andar vagando desnudo y totalmente ido por un pueblo de la zona, afirmando que sentía gusanos bajo su piel, que había visto una nave espacial y que se había convertido en un sistema solar, fue obviamente despedido del rodaje. Dennis Hopper había tocado fondo. Tras regresar a Los Ángeles fue hospitalizado tras herirse intentando acallar voces en su cabeza. Llegaron los primeros intentos de rehabilitación. Primero se apuntó a Alcohólicos Anónimos, donde dicen que acudía a las sesiones con cocaína en los bolsillos. ¡Imagino que con dejarse una adicción cada vez ya era bastante!

Tener pequeños papeles en cintas de grandes directores y participar en bodrios como Mi proyecto científico o en terror para adolescentes como secuela de La matanza de Texas desde luego no le iba a devolver al puesto que merecía ocupar en la jungla de Hollywood. Rehabilitarse no bastaba, tenía que llegar un gran director que le diera un gran papel. Y fue entonces cuando en 1986 llegó David Lynch y un papel para la historia: Frank Booth.
Al parecer varios actores habían rechazado asqueados la oferta de interpretar al enfermizo Booth. Tras leer el guión Hopper llamó a Lynch y le dijo que él era su hombre. "¡Yo soy Frank Booth!", le espetó el actor. Por supuesto, consiguió el papel, y estuvo más que magnífico. Esta vez había llegado el momento de la gloria. Dennis Hopper había vuelto definitivamente del infierno.
A su gran Frank Booth de Terciopelo Azul le siguió otro papel en la película mainstream Hoosiers: más que ídolos, donde interpretaba una vez más al alcohólico, esta vez redimido, que ayudaba a Gene Hackman a llevar a un equipo de baloncesto a la gloria. El papel le valió la candidatura al Oscar que no había obtenido con su temible Frank Booth. Como director, Hopper recuperó el respeto de la crítica con su visión de las pandillas callejeras en Colors: colores de guerra.
Desde entonces ha participado en todo tipo de películas, sean comerciales o pequeños proyectos artísticos. Le vimos como un temible villano en Speed, recibiendo una inolvidable paliza en Amor a quemarropa, dando la réplica a Kevin Costner en la extraña Waterworld, o dirigiendo sus propios proyectos. Hace ya más de veinte años que Dennis Hopper decidió colgar las pistolas y apartarse de los demonios del alcohol y las drogas, y desde entonces ha demostrado ser un actor todoterreno, cuya sola presencia hace subir varios enteros a cualquier película de tres al cuarto. Hoy cumple 72 años. Dediquemos pues un brindis (sin alcohol, eso sí) al hombre que definió a Don Johnson como "un grano en el culo de la humanidad".

2010: Odisea dos (1984)

Decía Arthur C. Clarke en un prólogo a su novela 2010: Odyssey Two (una reedición obviamente) que aunque en 1968 ya contaba con que muchas de sus predicciones para el futuro serían incorrectas nunca pudo imaginar que llegará el día en que la Unión Soviética no existiese. Y sin embargo así fue, y hoy en día, con el año 2001 ya atrás, no hay Guerra Fría ni bases en la Luna, ni expediciones tripuladas a Saturno o Júpiter, aunque por otro lado sí hay una China emergente con un programa espacial propio.
Errores de cálculo a parte, la primera novela de Clarke supuso un hito en la historia de la ciencia ficción y en la de cinematografía con el gran Stanley Kubrick reescribiendo el género en el cine y devolviendo a la sci fi al mundo de los adultos. Aquello ocurrió a finales de los 60: Clarke siguió con sus libros y Kubrick mando destruir todas las maquetas y diseños usados en la película y como era habitual en él se dedicó a un proyecto totalmente diferente. Pero a principios de los 80 Clarke daba a luz a otro título de la saga espacial, y se dispararon los rumores sobre la secuela cinematográfica. Evidentemente, Kubrick no estaba interesado. Sin embargo un discípulo suyo si lo estaba. Peter Hyams contactó con el director y el escritor, y ambos le dieron el beneplácito para rodar la secuela. Así pues, ¿cómo afrontar la secuela de una película tan abismal que nos dejó al resto de la humanidad a la altura de primates saltando alrededor de un monolito?

No sé que cruzaría por la mente de Hyams, pero como espectador la mejor forma de afrontar un visionado de 2010: Odisea dos es olvidarse totalmente de que existe algo llamado 2001: Odisea en el espacio. Aunque ambas películas estén basadas en trabajos de Clarke, lo cierto es que son muy diferentes. La película de Hyams es una entretenida adaptación de la novela de Clarke; la obra de Kubrick va más allá de lo comprensible. Pero como no es justo comparar los túmulos con las Pirámides de Gizah, valoremos la secuela sin entrar en absurdas comparaciones.

Hoy que es el Día de Internet es interesante destacar la relación que tuvieron Clarke y Hyams en las primeras fases de producción de la película. Tanto el escritor como el cineasta mantuvieron una correspondencia via email en la que discutían los detalles del proyecto. En ese sentido tanto Clarke como Hyams fueron pioneros del correo electrónico en el mundo de Hollywood.
Sin embargo la implicación de Clarke en esta película no fue tan profunda como lo fuera quince años antes. La novela acabó apareciendo antes que el film, y aunque en ella el escritor ya había trasladado la acción de Saturno a Júpiter las diferencias con la adaptación en la gran pantalla son varias, aunque ninguna excesivamente importante. En 2010: Odisea dos no aparecen los chinos por ninguna parte, ni se exploran las relaciones personales de los personajes. En el guión de la pelícua se enfatiza, en cambio, el tenso estado político entre los Estados Unidos y la Unión Soviética, que servirá como base para el mensaje pacifista del tramo final de la cinta.

La historia, a grandes rasgos, es como sigue: nueve años después de la desastrosa misión del Discovery que partió para investigar el monolito de Júpiter, la vida prosigue en una Tierra que se acerca cada vez más al caos nuclear al empeorar las relaciones entre los Estados Unidos y la Unión Soviética. En medio de todos esos tejemanejes políticos se descubre que la nave Discovery se está apartando de su trayectora gravitacional. Los rusos están preparados para enviar una nave soviética que investigue lo que pasó a bordo del Discovery. Como la vieja nave se considera territorio norteamericano, se autoriza a tres estadounidenses a que participen en la misión. Uno de ellos es Heywood Floyd, jefe de la misión del Discovery que nueva años antes viajara a la Luna para estudiar el descubrimiento de un monolito alienígena. Durante su viaje tanto rusos como norteamericanos tendrán que aprender a convivir mientras en la Tierra las grandes potencias se aprestan para la guerra. Además, todos temen qué es lo que ocurrirá cuando la computadora HAL 9000 sea conectada de nuevo. ¿Qué secretos habrá escondidos más allá del oscuro monolito?

2010: Odisea dos deja de lado los detalles metafísicos de la cinta de Kubrick para simplemente relatar los hechos que siguieron al malfuncionamiento de HAL y el viaje estelar de Dave Bowman. La mejor baza de la secuela es un consistente reparto, efectos especiales mejorados y la propia historia de Clarke, fascinante como pocas. Volver a encontrarse con Hal, la Discovery, el monolito y el otrora Bowman siempre es un placer. Hyams logra darnos una película consistente, entretenida (no podía ser menos trabajando con tan buen material) y lo bastante personal como para evitar comparaciones absurdas. Durante la mayor parte de la película la historia invita más al divertimento que a la reflexión, aunque ahi está ese final digno de alguien como Arthur C. Clarke para hacer que nos preguntemos: "Vaya, ¿y si realmente...?"


¿Es un pájaro? ¿Es un monolito? ¿O es Arthur C. Clarke en un banco?

En el reparto figuran, aparte de los cameos del viejo Bowman, el tristemente fallecido Roy Scheider como Floyd y la reconocida actriz Helen Mirren como la oficial soviética Tanya Kirbuk (mmm, ese apellido...). También tenemos al simpático marciano John Lithgow como el ingeniero Walter Curnow; el trío norteamericano queda completado con Bob Balaban como el doctor Chandra, cuya afectiva relación con HAL resulta realmente interesante, aunque quede algo infraexplotada. El reparto se completa con algunos actores rusos, donde destaca más por su belleza que por su papel una tal Natasha Shneider. Lamentablemente no parece haber demasiadas fotos de ella por la red, pero si que hay un dato que no me esperaba. La actriz no sólo toca en un grupo llamado Eleven, sino que además, ¡tiene una conexión con los Queens Of Stone Age a través de su novio! ¡Y ha estado de gira con Chris Cornell! Definitivamente este es un mundo pequeño y extraño.

2010: Odisea dos cuenta con la ventaja de no ser un despropósito de secuela sacada de debajo de la manga de algún productor como ocurre con la saga de Psicosis y casos similares, sino que cuenta con el sello del creador de la saga. La película de Hyams paliderecía ante cualquier comparación con el opus magna de Kubrick, pero es un buen filme ideal para una tarde de fin de semana y para aquellos que disfrutaran con la fascinante historia del monolito. Aunque esta escena final, realmente magnífica, que juguetea con esa música que todos asociamos con la odisea... fascinante.

Como último dato, avisar al espectador del homenaje que hace a Clarke y Kubrick en una porta de la resvista Time, en la que aparecen el escritor y el director como si fueran los líderes de los Estados Unidos y la Unión Soviética. Bonito detalle sin duda.

Esto es todo por ahora, me despido por el momento, pues he de transmitir un mensaje a la Tierra, el más importante que haya enviado nunca, tantas veces como me sea posible. ¿Soñaré?

Todos estos mundos...

Música para escandalizar

O al menos lo es en opinión de Homer Simpson. No sé ni la de veces que tararearía "Uptown Girl" cuando era un crío. ¿Centenares? ¿Miles? ¿Gúgoles? A saber, pero esa melodía se me quedó grabada a fuego en el cerebro. Menos mal que era una buena canción, de lo contrario ahora tendría problemas. Y es que el extraño videoclip de Billy Joel lo ponían a todas horas en todas partes, fuera la radio o la televisión. Además tenía una de las estrofas más atómicas de la década:

She'll see I'm not so tough
Just because
I'm in love (with an uptown girl )

Pura poesía urbana.
Por cierto, dudo que se vuelvan a hacer videoclips tan esperpénticos como los de los 80. Ver a un grupo de sucios mecánicos bailando y haciendo malabarismos con las llaves inglesas es algo que ya no se estila, pero desde luego tenía su encanto. Así que espero que disfruten de "Uptown Girl" como lo hice yo en su día, y si no saben inglés, recuerden la versión de Homer: "chica bien un mundo de pan blanco ten". Genial.
Por cierto no sé dónde leí que Billy Joel se acabó casando con la modelo del videoclip. No era tonto este Billy, no.

El enigma se llama Juggernaut (1974)

Una llamada anónima asegura que en un transatlántico británico llamado "Britannic" hay varios explosivos preparados para detonar en un plazo de dieciséis horas. Cualquier intento por desactivarlas puede hacer volar todo el barco. La voz anónima, que se hace llamar Juggernaut, pide un cuantioso rescate a cambio de las instrucciones para desactivar los ingeniosos aparatos diabólicos. Aunque en un principio el dueño de la compañía está dispuesto a pagar, la policía le persuade para que deje actuar a sus artificieros, mientras se realizan las oportunas pesquisas para dar con la identidad de ese tal Juggernaut. Comienza así una carrera contrarreloj para intentar salvar a los mil doscientos pasajeros del barco.

¿Donde está Richard Lester? ¿Ya no hace más películas? ¿Está enfermo? No sé que habrá sido de él, pero el mundo necesita a más directores de su talla. Maldición, un tipo que rodó las mejores películas de los Beatles, una maravillosa saga de mosqueteros y títulos como Superman o Robin y Marian debería estar rodando películas y no mano sobre mano mientras la mediocridad domina la pantalla. En fin, al menos nos dejó una filmografía bastante interesante y además muy entretenida. De su generación por encima sólo tiene a colosos como Kubrick y poco más; realmente Lester era todo un artesano del cine. ¿Nadie más le echa de menos?

El enigma se llama Juggernaut (eran tiempos aquellos en que un título nunca podría dejarse en un simple Juggernaut) es una soberbia pieza de relojería (nunca mejor dicho) británica dirigida por un norteamericano. Combinaba elementos del cine catastrofista tan de moda en la época y de thrillers como Pelham 1,2,3 (¡estupenda película, pardiez!), y no olvidemos que los 70 fue seguramente la época dorada de dicho género.
Tenemos por ejemplo los arquetípicos personajes del cine de terremotos y accidentes (la pareja en crisis, niños, el político importante) envueltos en una trama de misterio e investigación policíaca, amén de la tensión creciente que domina todo lo relacionado con el destino de barco y las bombas. La historia se centra menos en las relaciones de los personajes que en cintas como El coloso en llamas (lo que en este caso es un acierto), dirigiendo su objetivo a lo que importa, la trama entorno a las bombas y Juggernaut.

Lester, con su saber hacer habitual, logra mantener en los primeros compases del film una distribución consistente entorno a la trama policial y la presentación de los personajes, mientras poco a poco va dando importancia a los artificieros y sus más y sus menos con las bombas. Durante la parte central del film los personajes de corte catastrófico del barco sirven como cebo para el tenso espectador mientras Juggernaut logra engañar a Scotland Yard y a los expertos desactivadores de bombas. Sin apenas ver o saber nada del villano es a través de sus acciones y los comentarios de sus rivales como el espectador logra construirse la imagen de un inteligente terrorista que no le pondrá las cosas fáciles a las autoridades. Conforme se acerca la parte final de la película la trama policíaca retoma su fuerza mientras las bombas van desvelando sus terroríficos secretos.

El enigma se llama Juggernaut cuenta con un reparto de lujo, logrando una gran combinación de primeras figuras británicas con estupendos y familiares secundarios. Entre las estrellas la película cuenta con el portentoso Richard Harris interpretando al jefe de artificieros Anthony Fallon. Su ayudante es el aristocrático actor David Hemmings, mientras que el frío capitán del barco es todo un Omar Sharif. Añadan al cóctel al bolsoniano Ian Holm como el dueño de la naviera y al caballero Anthony Hopkins desesperándose porque no logra hallar al maluto. El sin par Freddie Jones tiene en la película un papel corto pero intenso. Hay otros rostros familiares en el film, así que como ven ya sólo faltaba Sir Laurence Oliver paseando por el barco y Michael Caine cortando cables para tener a lo más granado de la interpretación británica en una sola película, aunque esto último obviamente no ocurrió, ¡pero sólo imaginarlo ya es la bomba! Perdonen el chiste, no lo pude evitar.
Lo mejor de El enigma se llama Juggernaut es la dirección de Lester, el personaje de Harris y la interesante trama de final infartante. Otro ejemplo más de que la acción y el entretenimiento no están reñidas con un buen guión y buenos actores. El día que enseñen este simple principio en las escuelas de marketing Hollywood volverá a brillar.

viernes, 16 de mayo de 2008

Dos Bloody Marys

¿Tiene sentido ver a Willie Nelson tocando con Shania Twain? En realidad no lo sé, casi conozco más al gran Willie por sus apariciones en las películas más dispares que por su carrera musical, pero bueno, quizás Los Simpson tengan razón y Willie sea el norteamericano más amable de la historia. En mi opinión tiene más sentido verle con los Supersuckers, y eso fue lo que ocurrió en el plató del programa de Jay Leno. Los Supermamones tocando junto a Nelson uno de sus clásicos country, "Bloody Mary Morning". Y de regalo la original de Willie con su banda, que tampoco tiene desperdicio.

Bloody Mary con los Supersuckers


La original

jueves, 15 de mayo de 2008

El puente (1959)

La vida sigue transcurriendo en un pequeño pueblo alemán durante los últimos días de la Segunda Guerra Mundial, con la Alemania nazi retrocediendo cada día y luchando por salvaguardar su propio territorio. En dicho pueblo hay una escuela con clases medio vacías (presumiblemente la mayor parte de jóvenes y hombres hábiles marcharon al frente) donde los adolescentes aprenden matemáticas, inglés, juegan a fútbol en el patio, y, en definitiva, hacen todo lo que les gusta hacer a los adolescentes, siempre que el estado de guerra lo permita.
Es la edad de los primeros amores, las primeras decepciones, las peleas, los juegos... cada día los alumnos juegan a ser generales sobre un gran mapa que informa de los últimos movimientos de tropas, mientra su profesor trata de enseñarles inglés, preguntándose si también esos últimos chicos serán llamados al frente. ellos, en su inconsciencia, están deseando marchar al frente. Poco saben de los horrores de una guerra.

El puente es una película germana de 1959, basada en una novela antibelicista que toma como punto de partida unos hechos reales acaecidos en 1945. Dirigida por Bernhard Wicki, fue aclamada en el año de su estreno como uno de los mejores films de la temporada y consiguió candidaturas para diversos premios, entre ellos el Oscar a la mejor película foránea. El éxito cosechado con El puente le valió a Wicki la posibilidad de participar como director en El día más largo.

Filmada en blanco y negro y de forma algo precaria, El puente se constituye como una piedra angular del cine europeo de la época y como un gran trabajo dentro del género antibélico. En una Alemania que todavía tenía frescos los recuerdos de la guerra y dividida por los Aliados se comenzaba a mirar la vista atrás y analizar las causas que habían llevado al horror de la Segunda Guerra Mundial. Pero la película de Wicki apela más a los sentimientos, atacando el sinsentido de de la guerra y el sacrificio de jóvenes que tienen toda una vida por delante. Así pues la historia de El puente es intemporal, como lo es la de otras novelas y películas como la también germana Sin novedad en el frente. Aunque la trama tenga lugar en 1945 los hechos que relata podrían pertenecer a cualquier período bélico de la historia.

Cada joven en la película podría ser un arquetipo de una situación más o menos común en la época. Tenemos por ejemplo al orgulloso hijo del líder nazi local que envía a su mujer fuera de la ciudad con el pretexto de alejarla del inminente peligro, aunque su vástago sabe que así lo ha hecho para poder estar con su amante. Nos hallamos ante el hijo de un político corrupto que trata de alejarse de la ignominia de su padre luchando por su patria.
Está también el caso del hijo de un oficial caído en combate, que ayuda a su madre a llevar la hacienda y que sueña con emular las hazañas de su idolatrado padre.
En otro caso uno de los jóvenes ha perdido a su madre, y vive con su padre y una especie de criada, de la que está secretamente enamorado. La llegada del reclutamiento coincidirá con el descubrimiento de la relación que mantiene su padre con la joven, lo que le llevará a canalizar su frustración a través de un fervor patriótico.
O el hijo de una pobre lavandera a quien su madre intenta convencer para que abandona el pueblo y se vaya con un familiar, sin éxito. También está el caso contrario: un chaval de la ciudad que está alojado con un primo o pariente, y que tratará de cuidar de su inexperto consanguíneo, al tiempo que no considera de forma tan positiva como sus compañeros la llamada a filas.

Tras apenas una mañana de instrucción se da la alarma: se acercan tropas norteamericanas. El oficial al mando, sabedor de que ya cualquier sacrificio es inútil, pone a los reclutas al mando de un experimentado sargento para que interpreten una especie de pantomima, sin que los chavales lo sepan: vigilaran un puente sin importancia estratégica alguna que tiene que ser volado en pocas horas. El sargento les ordena que preparen la defensa y les deja unos momentos para ir a por café. Sin embargo una confusión estúpida hará que el sargento nunca vuelva. Los jóvenes reclutas quedarán allí para defender un puente inútil.

El puente es una película cruda, sin efectismo alguno. Se muestran tanques de madera que apenas pueden moverse y no hay grandes medios en general, pero poco importa, pues de lo que aquí se trata es de narrar una historia de la sinrazón, del sacrificio injusto de vidas humanas, del sacrificio de ideales y planes de futuro, del efecto del patriotismo exacerbado en las débiles mentes adolescentes. El drama personal se muestra en primer plano, en una sucesión de planos cortos que otorgan a las escenas de un estilo cuasi-documental, mientras en planos más largos el espectador puede recrearse en las consecuencias de la batalla. La película es en definitiva un ejemplo de cine europeo (o casi debiera decir centroeuropeo) clásico, alejado de la tendencia al espectáculo y las grandes historias de Hollywood, más intimista, y, por momentos, más realista, o, al menos, más sobrio. Y cabe recordar que en la guerra la muerte no suele ser lenta y gloriosa, sino rápida y llena de crudeza.
Un canto a la alegría de la juventud, un retrato del paso brusco de la inocencia al mundo adulto, una proclama contra las guerras, un esbozo del patriotismo fanático... todo eso y más podrán encontrar en El puente.

miércoles, 14 de mayo de 2008

Próxima parada: ¡Junkyard!

Ya tengo el pasaporte para hora y media de ensueño: la entrada para presenciar el próximo sábado a Junkyard, la que probablemente sea (sin contar a los Motley Crue, of course) la mejor banda angelina de hard rock tras los Guns 'n' Roses. Si siguen tan en forma como hace cinco años la cita promete ser antológica. La tonadilla es "Hollywood", uno de los mejores golpes de la banda.

La naranja mecánica (1971)

Mis queridos drugos, permitid a este vuestro amigo y humilde narrador contaros las tragicómicas peripecias de un simpático prestúpnico de grandes yarboclos alejado de las enseñanzas de Bogo, cuyas correrías fueron plasmadas por el veco barbudo Stanley Kubrick en una película que tolchocará vuestra quijotera y os erizará el boloso. Videad hermanos, videad; asomaros a las desventuras del pobre Alex DeLarge y su joroschó espectáculo mientras slusáis una maravillosa pieza del divino, divino Ludwig Van.

Fue en clase de Ética donde vi por primera vez esa monstruosidad llamada La naranja mecánica. Sugerí (o más bien insistí) al profesor que dedicaramos una sesión a videar esa película sobre la que circulaban muchas historias. Evidentemente siendo un drugo adolescente apenas si capté nada del mensaje que nos quería hacer llegar Kubrick, y me quedé flotando durante varios días tras el impacto que me produjo aquella sobreexposición de ultraviolencia y sexo. Muchos años más tarde, con algo más de seso en la quijotera, volvía ver la película, leí el libro, y comprendí mejor de que iba todo aquello. Pero todavía recuerdo cómo La naranja mecánica superó cualquier concepto que hubiera podido imaginar antes. Y es que una cosa era la violencia irrisoria de los Schwarznegges y Stallones de este mundo a la que estaba acostumbrado y esa nueva violencia tan realista que nunca hasta entonces había visto.

Y es que en 1971 el señor Kubrick se sacó de debajo de la manga un monstruo de proporciones que ni siquiera él pudo preveer. Pocos directores han logrado soliviantar a un gobierno como lo hizo él, dar una excusa a los criminales de una nación para quitarse responsabilidades de encima, y, algo que el director logró con la mayoría de sus trabajos: abrir un debate social sobre lo divino y lo humano. Y dudo que ningún otro trabajo del maestro levantara tantas ampollas en su día.
No sé muy bien cómo La naranja mecánica evadió a la censura inglesa (seguramente era un signo de los tiempos, aunque se llevó una buena X), pero ya antes de su estreno circulaban toda clase de rumores sobre ella, y hasta el Ministro del Interior británico pidió ver una copia de la cinta antes de su estreno. Por supuesto cuando el público se enfrentó a una barbaridad cinematográfica de ese calibre pocos estaban preparados para ello. Las gentes y autoridades bienpensantes pusieron el grito en el cielo ante una aberración semejante, mientras que la historia del joven Alex dio pie a debates televisivos y escritos filosóficos de toda índole. Muy pronto comenzó a considerarse a La naranja mecánica como una amenaza para la sociedad, puesto que de la noche a la mañana los criminales que eran pescados decían aquello de "lo hice por influencia de esa nueva película".
Aunque en su mayoría serían meras excusas es cierto que hubo casos de inadaptados que no entendieron nada y se dedicaron a emular las correrías de los salvajes drugos. El propio Kubrick quedó horrorizado al saber de hechos semejantes; el nunca hubiera podido pensar que su película pudiera tener tanta influencia. La gota que colmó el vaso fueron las apariciones de tipos extraños en la puerta de su casa y sobretodo cartas anónimas que le amenazaban de muerte a él y a su famila. Llegados a ese punto el director tomó una decisión que hizo historia: decidió retirar de las salas la película y prohibió su distribución en Gran Bretaña hasta después de su muerte.
Y aunque pueda parecer mentira, eso fue lo que ocurrió: los ingleses que quisieran ver La naranja mecánica tenían que viajar al extranjero para ir a un cine o hacerse con una copia en vídeo. Es díficil imaginar el aura mítica que rodeó a la película en las islas desde entonces. ¡A saber que historias circularían entre los imaginativos adolescentes! Se llegó al punto de que copias piratas de calidad ínfima que provenían de una larga cadena de copias circulaban de mano en mano. La película de Kubrick no sólo era una joya del cine sino que además se constituyó en toda una película de culto para los freaks y antisociales de todo el mundo. Los hijos de Malcom McDowell relatan cómo aun años después los fans más extraños se acercaban a su padre para charlar con él, pedir autógrafos o rasgarse la camiseta y mostrar un enorme tatuaje de Alex DeLarge.

¿Realmente era La naranja mecánica tan monstruosa? Bueno, como ya he dicho, en mi adolescencia me causó una gran impresión, aunque hubieran pasado veinte años desde su estreno. Pero evidentemente hoy en día el impacto probablemente sea mucho menor o incluso nulo, al menos en cuanto a los aspectos de violencia y sexo. Hoy en día estamos en una sociedad sobreexpuesta a la violencia y el sexo, sea en la televisión, los videojuegos, o en la calle, donde parecen abundar los Alex DeLarge más que en la época de Kubrick.
Y es que La naranja mecánica se adelantó a su tiempo ya desde su origen en formato de novela escrita por Anthony Burgess. Tanto el escritor en su redacción como el director en su visualización se adelantaron a su tiempo. Las palizas indiscriminadas a mendigos que en los 70 pudieran ser un caso aislado hoy son una noticia mucho más común. Quizás nuestra sociedad no sea un caos futurista, pero parece, o al menos así lo creo, que a comienzos del siglo XXI estamos más cerca de la era Alex DeLarge que en 1971.

Fue Terry Southern, coescritor del guión de Teléfono rojo: volamos hacia Moscú quien llamó la atención de Kubrick sobre una novela publicada hacía poco sobre un joven delicuente que usaba una extraña jerga y que era usado de conejillo de indias para un experimento gubernamental. En un principió el director rechazó la idea, arguyendo que no se entendía nada y que el público no recibiría bien una historia así. Sin embargo, tras haber acabado la magna 2001: Odisea en el espacio, y tras haber abandonado su deseado proyecto sobre Napoleón (una de las grandes tragedias de la historia del cine), Kubrick se decidió a rodar un film de bajo presupuesto, y encontró en aquella novela un vehículo perfecto para su película barata.


Como el mismo Kubrick se encargó de dejar claro, es probable que nunca hubiera rodado La naranja mecánica si no hubiera podido contar con Malcom McDowell. Decía el director, a quien el actor había impresionado años antes en el film If..., que desde el primer momento en que leyó la novela se le aparecía la cara de McDowell al imaginarse el personaje de Alex. Y como ha dicho el mismo actor, él había nacido para interpretar a Alex, y cuando Kubrick le llamó él estaba preparado.
Y realmente es cierto que McDowell era uno de esos actores nacidos para un determinado papel. El gran Malcom es un actor de talento natural, que parece haber sido creado para ello. Es como ese amigo que todos tenemos que al contarnos un chiste o anécdota lo recrea y escenifica y nos hace reír. Además, McDowell poseía en aquella época esa particular mezcla que podía hacer de él un chico inocente o un verdadero demonio. Era, por tanto, perfecto para encarnar a Alex DeLarge (apellido acuñado por el propio actor al parecer). Y desde luego su trabajo fue sencillamente perfecto, tanto, que le encasilló de por vida en papeles de maníacos y tipos pscióticos. Aunque en una carrera tan larga obviamente hizo de todo, el pobre Malcom se ha visto interpretando los papeles más extraños en las películas más infames. Pero desde luego el actor ya se había ganado para entonces un puesto en el Olimpo gracias a su extraordinario Alex.

La combinación del poder visual de Kubrick, un reparto perfecto y un protagonista excepcional es lo que hace de La naranja mecánica una obra cumbre del cine, aparte de que la magnífica historia de Burgess da pie a todo tipo de interpretaciones. Y una de las grandezas del cine es que te puede hacer pensar y darte motivos de tertulia con los amigos o los cinéfilos de pro.
Estéticamente Kubrick y su equipo lograron crear un futuro cercano y creíble, y aunque quizás en algunos aspectos (especialmente en los interiores creados específicamente para el film) la película haya quedado algo desfasada, en otros varios no sólo no está de plena actualidad sino que se adelantó a su tiempo. Los fríos y desolados exteriores pudieran ser los barrios degradados de cualquier gran ciudad (de las europeas, al menos). Hoy en día podemos ver diferentes pandillas juveniles que se visten igual para identificarse como grupo y diferenciarse de bandas rivales, como ocurre en la película. La utillería era sencillamente impactante.

Como impactante eran las pestañas postizas de Alex, su intensa mirada, su sonrisa aviesa y su inquietante brindis en el primer plano de la película, una apertura del zoom, y uno de los mejores principios que se haya podido ver en la gran pantalla. Desde un principio tenemos la firma del director ante nuestros ojos. Y esa escena es puro Kubrick. Gran cine, al fin y al cabo.

Los drugos, como Alex los llama, que le acompañan fueron también fruto de un buen reparto y de alguna que otra sugerencia de McDowell. En este punto es divertido recordar que alguien sugirió en algún momento que Mick Jagger interpretara a Alex ¡y el resto de Stones fueran sus drugos! Una idea delirante, pero desde luego no me importaría ver una versión alternativa con Keith Richards cometiendo fechorías de un lado a otro. El mismo concepto en sí da una idea de la imagen que proyectaba la banda en aquellos días.

Deteniéndonos un momento en el reparto, citemos a algunos de los intérpretes que aparecían en el film. Tenemos por ejemplo al señor Philip Stone, el pobre padre de Alex, quien tuvo el raro privilegio de trabajar con Kubrick en tres películas consecutivas, llegando hasta ese delicioso personaje que es el camarero manipulador de El resplandor. El estupendo histrión Aubrey Morris, que se lleva todas las escenas en las que aparece como el estrambótico (y algo pervertidillo) Deltoid, esa especie de guía juvenil que trata de apartar a Alex de su vida criminal. Pequeña mención también para el tipo que hace de Billie Boy, el jefe de la banda rival. Tan sólo con su forma de pronunciar su única frase "Let's get'em boys!" este hombre ya ha hecho historia. Un nombre que me ha chocado bastante descubrir en la película es el de David Prowse, que interpreta al musculoso ayudante del escritor en la segunda parte del film. ¡Cómo imaginar que ese tipo con gafas era nada más y nada menos que Darth Vader! Ahora en mis delirios oníricos dentro de la cueva de Dagobah, ¡en vez de ver la cara de Luke veré la de un tipo con gafas! El chillón guardián de la prisión es Michael Bates, una especie de John Cleese shakesperiano que encaja como un guante en el papel de policía. Y también quería dejar caer aquí el nombre de Virginia Wetherell, la modelo teatral, que no dice ni una palabra, pero... wow!
Y sobretodo, Patrick McGee, el pobre escritor que acaba en silla ruedas y viudo, y cuya interpretación es grandiosa e hilarante a partes iguales (muy destacada la diferencia de la versión doblada, por cierto). Sus escenas con Alex son de lo mejor de la película, muy distendidas, y en mi opinión McGee es, tras el propio McDowell, lo mejor en cuanto a interpretaciones. Además era todo un carácter, el bueno de McGee. Se desesperaba porque no había Guinness en el rodaje, e hizo saber a McDowell su preocupación al tener que rodar esa inquietante escena en que el escritor descubre la identidad de Alex, escuchando junto a una puerta. McGee dijo que no acababa de comprender a Kubrick, y que si poner tanto de su parte en escena como quería el director, ¡no daría la impresión de que estaba cagando! ¡Vaya tipo, este McGee! Entre risas McDowell le convenció de que no se preocupara, que en pantalla quedaría muy bien, como así fue. Una prueba de que los actores a veces no ven tan lejos como los directores.


McGee, taking a dump

Y ya que he mencionado la escena junto a la puerta es momento para recordar una de las escenas no sólo más recordadas de la película, sino de todo la historia del cine. Por supuesto hablo de la paliza y la violación en la casa del escritor a ritmo de "Singing In The Rain". Todo fue como sigue: tras varias tomas y ya con varias semanas de rodaje en cine la escena no acababa de funcionar. Entonces Kubrick se acercó a McDowell y le dijo si sabía bailar. "Si sé bailar, dices?", contestó el actor mientras se levantaba y comenzaba a dar golpes acá y acullá cantando "Singing In The Rain". Entre risas a Kubrick le encantó la idea, con lo que se llevó a Malcom en su coche, fueron a la casa del director, y desde allí telefoneó para comprar los derechos de la canción. Después vovieron al rodaje y comenzaron a preparar y ensayar la escena. Nacía así un momento cumbre de la cinematografía moderna. Evidentemente, por lo que parece a Gene Kelly no le hizo mucha gracia la idea, pero el contraste entre la violencia y la canción fue una idea sublime.

Y es que tras 2001 Kubrick volvía a demostrar en La naranja mecánica su talento para combinar imágenes y música original de una forma perfecta, com si la Novena Sinfonía la hubiera compuesto el mismo Beethoven (como dice McDowell, casi un personaje más de la historia) para la misma película. Destacan, por supuesto, las composiciones del maestro alemán, sean las originales o adaptaciones electrónicas, aunque también hay grandes escenas con otros compositores, como, si no me equivoco, Rossini, en esa estupendo inicio de la escena de Billy Boy), o alguna otra canción popular, esa acelerada obertura de Guillermo Tell en la particular escena de amoríos de Alex. Lástima que Pink Floyd no cedieran su "Atom Heart Mother Suite". Probablemente La naranja mecánica sea, junto a 2001 y Barry Lyndon, las mejores muestras de la faceta musical de Stanley Kubrick.

Cómo no, hablar de Kubrick es hablar de ingentes tomas y actores pasándolo mal. Aunque McDowell encandiló al director con su particular humor, y como él mismo afirma tuvo una buena experiencia en el rodaje, lo cierto es que Kubrick no sólo le hizo repetir tomas y más tomas, sino que le situó en extremas situaciones que le llevaron a rasgarse una córnea, a tener las costillas molidas o a casi ahogarse en esa increiblemente larga escena en la que los dos viejos drugos de Alex le sumerjen en un abrevadero. En cambio para hacerse el enfermo no tuvo problema alguno, pues McDowell sabe eructar a voluntar, lo que, como él mismo dice en broma, le valió el papel.
El pobre Prowse también las pasó moradas cargando con McGee de un lado a otro de la casa, y finalmente suplicó a Kubrick que intentara rodar la escena en que carga con el escritor por unas escaleras en las menores tomas posibles. "You're not exactly known as 'one-take-Kubrick', are you?". El director rió y dijo que haría lo que pudiera. Creo que no llegó a las seis tomas. ¡Todo un récord!

En fin, seguramente se podría dedicar todo un blog a una película así (¡imaginad sólo todas las interpretaciones que se pueden dar a la historia!), así que quizás en el futuro hable de La naranja mecánica en un plano más filosófico, o del libro, la película, y ese polémico capítulo 21, pero por el momento ya es bastante. Sea viendo disfraces en carnavales, dibujos, imitaciones, pestañas postizas en un ojo, proyecciones en clases de Ética, o Bart Simpson tratando de coger dos pasteles, La naranja mecánica no es sólo una película excepcional, sino que además forma ya parte del acervo cultural. Y Dios salve a Stanley Kubrick por ello. Por tanto, queridos hermanos, vuestro humilde narrador se despide, deseando volver a videar una vieja sesión de mete-saca y de ultraviolencia. Como dice el bueno de Alex: I was cured, all right!