viernes, 29 de febrero de 2008

Sly Stone revoluciona Woodstock

El mítico Sly Stone y su peculiar "familia" dando toda una lección de poderío en un escenario en el mítico festival de Woodstock. De lo mejorcito que se puede ver en la película-documental sobre dicho festival. Un medley que es puro fuego. A ver quién se atreve a superar algo así hoy en día.

Pozos de ambición (2007)


Tras la telenovelesca traducción castellana nos encontramos con la última película del aclamado director de Magnolia Paul Thomas Anderson, cuyo título original es There Will Be Blood, mucho más gráfico e impactante. Tengo la impresión de que ésta es una cinta que debiera haber madurado un poco en la barrica. Quizás dentro de diez o quince años Anderson habría logrado darnos un trabajo realmente excepcional. Pero creo que Pozos de ambición no es todo lo grande que pudiera haber sido.

¿Exceso de metraje? Supongo que eso depende. Casi tres horas de película no necesariamente tienen que parecer largas. Seguramente la adaptación de Anderson de la novela Oil! debió ser compleja, y no es una historia que se pueda narrar en hora y media. Pero un ritmo más cómodo en ciertas partes del filme se habrían agradecido. En mi opinión los cuidadísimos elementos visuales y la fuerza de los personajes no bastan para sostener toda la estructura narrativa. Con todo, tenemos aquí un gran trabajo, aunque lastrado por un minutaje excesivo o, tal vez, desequilibrado en sus distintas partes.

Daniel Plainview. Un nombre a recordar desde ya. En la reciente gala de los premios cinematográficas por excelencia el que quizás sea el mejor actor de nuestro tiempo (o el que en mejor forma está), Daniel Day-Lewis, se llevaba la estatuilla por su poderoso retrato del ambicioso petrolero. Realmente lamento que Viggo Mortensen haya recibido el galardón por el que es su mejor trabajo hasta la fecha; es una de esas ocasiones en que uno desearía que un premio pudiera ser compartido. Pero la mística que rodea al Plainview de Day-Lewis es realmente fascinante, y seguramente todo lo que de clásico tiene Pozos de ambición ha ayudado a que sea el británico quién se haya llevado el gato al agua. Creo que es una suerte para todos nosotros que Scorsese le convenciera para dejar los zapatos y volver a la interpretación.

Sin créditos ni orquestaciones, tan solo unas letras góticas con el título, blancas letras impresas sobre un fondo negro. Una al principio susurrante música de violines agónicos de pesadilla (mi mente me transportó directamente al Nosferatu de Murnau) que se convierten en un estallido sonoro (y no pude evitar el silogismo con los anuncios del sistema THX) y nos llevan a un desolado paisaje y a un pozo donde Plainview, envuelto en sombras, pica la dura roca, mientras las chispas saltan del frío metal. En ese excelente comienzo de la cinta Anderson parece decidido a retrotraernos a la época del cine mudo, y durante más de diez minutos no hay diálogo alguno. Tan sólo vemos el proceso que conlleva la extracción de petróleo, y los primeros pasos y el auge de Plainview.

Pozos de ambición traza un paisaje de fondo del nacimiento de la industria petrolífera en los Estados Unidos y en él se enmarcan los personajes y y la historia. El petróleo es casi secundario. La película trata sobre la ambición humana, el progreso y el capitalismo como nueva religión, la fe tradicional en un mundo cambiante, los falsos profetas, el todo por el todo y la lucha interna del espíritu humano. Plainview contra Eli, ambición contra ambición, hombre contra hombre. Las reglas del juego han cambiado. Uno de ellos se dará cuenta demasiado tarde. Paul Dano (¡ya decía que me sonaba su cara! Rebusquen en su carrera y visionen la interesante L.I.E.) es un Harrison Brady para el siglo XXI, aunque con pies de barro.

Excelente fotografía, movimientos de cámara que recuerdan a John Ford, paisajes de colores vivos y planos sumamente bellos. Exceso de metraje o falta de ritmo, Paul Thomas Anderson se ha quedado a un paso de la gloria.
En una determinada escena el atavismo de Plainview choca con el proto-hombre de negocios moderno de la Standard Oil. Lo cual me lleva a pensar que John D. Rockefeller merece un biopic propio.

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jueves, 28 de febrero de 2008

Funk numérico

No creo que haya mejor forma de aprender a contar. Groovy!

Jack Nicholson, el último rey de Hollywood


My mother never saw the irony in calling me a son-of-a bitch.

Hubo un tiempo en que en que las estrellas de cine no eran simples actores o actrices que ganaban mucho dinero, eran mitos intocables, cuya vida pública nunca se dejaba al azar y era cuidada y estudiada al milímetro por los grandes estudios. En aquel entonces la prensa no era tan exageradamente poderosa como hoy en día, y una gran parte de aquellos chicos y chicas que habían logrado alcanzar su sueño vivían la vida al límite y protagonizaban miles de anécdotas salvajes, delirantes o simplemente hilarantes. Eran tiempos en los que Clark Gable era conocido como el Rey de Hollywood. Hoy el glamour ha desaparecido, y fuera de las galas y entregas de premios los actores apenas se diferencian de la gente de la calle. Parece que las orgías y las fiestas en mansiones de estilo español son cosa del pasado. Sigue habiendo intérpretes con talento, pero la artesanía y la magia ya no están allí. La mayor parte de las películas actuales se fabrican en serie, como las hamburguesas.
Hay un tipo, un veterano en Tinseltown, de profesión actor, cuyo carisma, talento y pasión por la vida le entroncan directamente con las estrellas del pasado. Se le considere mejor o peor, o le discuta su histrionismo y exceso interpretativo, Jack Nicholson probablemente sea el último rey de Hollywood.

En uno de sus últimos trabajos, Cuando menos te lo esperas, Nicholson interpretaba a un hombre ya mayor que se resistía a vivir según su edad, y se negaba a tener relaciones con mujeres de más de treinta años. Pocos papeles le habrían ido mejor a un actor que llegó a salir con una amiga de su hija. El viejo diablo no estaba dispuesto a descansar. Hoy en día el actor dice dedicarse a su trabajo y a ejercer de padre para sus hijos adolescentes. Según Nicholson, las orgías en su habitación y las montañas de cocaína en bandejas de oro quedan atrás. Tendremos que creerle.

Nicholson es peculiar en muchos sentidos, y su infancia no fue diferente. Su madre, June Frances Nicholson, una corista que se encontraba en Nueva York persiguiendo su particular sueño americano. June se casó con un comediante, Donald Furcillo, quién ya estaba casado y tenía problemas con el alcohol. El matrimonio acabó pronto y June regresó junto a su madre. Fue ella quién se encargó del hijo ilegítimo, cuya paternidad no está del todo clara. Jack ha declarado que nunca ha sabido quién es su verdadero padre.
El joven Jack se crió con sus abuelos, pensando que éstos eran sus padres, y que June y su tía Lorraine eran sus hermanas mayores. En 1974, mientras se encontraba rodando The Fortune, un periodista de la revista Life que estaba realizando una biografía sobre Nicholson le llamó a su casa. Así fue como Jack se enteró del secreto familiar. Fue Lorraine la que confirmó la historia. Para entonces su abuela y su madre ya habían muerto.
Tras dejar la escuela Nicholson tuvo varios trabajos, incluyendo el de socorrista y el de acomodador en un cine, hasta que comenzó su carrera artística en los estudios de animación Hannah-Barbera como chico de los recados. Decidido a ser actor encontró trabajó de la mano del mítico director Roger Corman, con quien comenzó a destacar en películas como The Cry Baby Killer o La tienda de los horrores. Por entonces asistió a las clases de interpretación que impartía Martin Landau. Allí conoció a la aspirante a actriz Sandra Knight. Comenzaron a salir y en 1962 se casaron. El matrimonio duró cinco años y les dejó una hija, Jennifer.

En la primera mitad de los sesenta las ofertas de trabajo comenzaron a escasear, y Nicholson se ganó la vida escribiendo algunos guiones, aunque también participo en películas consideradas hoy de culto como El terror o El cuervo.
En 1967 Nicholson escribe el guión para otro trabajo de Corman, The Trip, un título bastante aclaratorio sobre la temática de la película. Para rodar el filme todos los participantes en la misma probaron el LSD (incluido Corman). Nicholson tuvo su viaje en un entorno controlado en un laboratorio. Había comenzado a usar la droga a causa de una extraña terapia de su consejero matrimonial. The Trip estaba protagonizada por Peter Fonda y Dennis Hopper, quienes estaban a punto de participar en la película más mítica de la década. Pero antes Nicholson escribió y produjo la película Head, la respuesta de The Monkees a los trabajos de los Beatles en la gran pantalla.

En 1968 el flamante nuevo productor estrella de la Paramount y playboy en sus ratos libres, Robert Evans, estaba realizando audiciones para el papel del abogado en la película de Dennis Hopper Easy Rider. Un día se encontraba viendo una prueba de pantalla de uno de tantos "nuevos James Dean". De repente apareció un chico que entrega algo a la actriz que da la réplica, sonríe y desaparece del plano. Un entusiasmado Evans pidió que pararan la proyección. "¡Ese es! ¿Quién es el chico de la sonrisa?". Nadie lo sabía. "'¡Averiguadlo!", exclama Evans. A Jack Nicholson le acababa de cambiar la vida.

El rodaje de Easy Rider fue una especie de caos alucinógeno como seguramente sólo en la Era de Acuario podía darse. Nicholson afirmó haber fumado 155 porros durante la filmación. Un buen día él y Hopper, empapados en LSD, salieron a la carretera montados sobre los faros de una camioneta. El propio Dennis dirigió todo el filme en un contínuo estado paranoico inducido por el abuso de las drogas. Aun así, la película obtuvo un enorme éxito, convirtiéndose en una referencia para toda una generación. Easy Rider fue nominada a dos Oscar. Uno de las candidaturas fue la de Jack Nicholson como mejor actor secundario. Las puertas de Tinseltown se habían abierto para él. Al año siguiente volvió a ser nominado, esta vez a mejor actor, por Mi vida es mi vida, que contenía el mejor diálogo referente a un sandwich de la historia.


Jack Nicholson, relaxin' at Camarillo

Durante 1970 y 1971 Nicholson continuó progresando en su carrera participando en películas "adultas" como Un lugar seguro (¡por la que recibió como pago una televisión en color!) y Conocimiento carnal. Sin embargo, en su vida privada, el actor no tenía demasiado tiempo para la reflexión y la correción política. El hombre que daba vino a sus invitados esperando obtener grandes orgías y que casi había logrado desnudar a todo el equipo técnico de Mi vida es mi vida se preparaba en 1971 para realizar su debut como director en No te quedes atrás. Dice la leyenda que actor realizó centenares de audiciones en las que las aspirantes debían desnudarse teniendo ya en mente a su actriz protagonista. Wicked!
En 1974, y de la mano de Roman Polanski, Nicholson obtuvo uno de sus papeles más recordados, el del detective Jake Gittes. El personaje le valió su cuarta nominación a los premios de la Academia, que una vez más no fue a parar a sus manos. Sin embargo, el rodaje le sirvió para conocer a uno de sus ídolos, John Huston. El gran director se convirtió en una figura paterna para Nicholson, y en poco tiempo también en una especie de suegro, pues el actor comenzó a salir con Anjelica Huston, la "hijísima" del director. ¿Imagináis lo que debe ser tener de suegro a John Huston? La relación entre Jack y Anjelica fue de lo más tormentosa y pasó por toda clase de altibajos, pero aun así permanecieron juntos (con decenas de peleas y reconciliaciones de por medio) durante 17 años.

Tras mostrar al mundo sus tareas vocales en la adaptación cinematográfica de la ópera rock Tommy, Nicholson volvió a mostrar su inusual talento como actor en la película de Milos Forman Alguien voló sobre el nido del cuco. Su papel del rebelde y vivaz McMurphy le granjeó una fama todavía mayor y otra candidatura al Oscar. En el rodaje Nicholson lideró su propio golpe de estado contra Forman al igual que McMurphy hacía con la temible enfermera Ratched. Director y actor dejaron de hablarse durante el resto del rodaje, pero ello no fue óbice para que, esta vez sí, el bueno de Jack consiguiera el premio al mejor actor. En su discurso al recibir el premio agradeció a Mary Pickford haber sido la primera en obtener porcentajes de la recaudación de las películas.
Tanto en Alguien voló sobre el nido del cuco como en Missouri Nicholson coincidió con dos actores que se convertirían en grandes amigos suyos: Danny DeVito (un amigo de la infancia) y Marlon Brando. Brando era su vecino en Mullholland Drive, vivía en la casa del al lado, y es divertido pensar en la cantidad de travesuras que realizarían juntos. En esa misma calle vivía también otro party animal de Hollywood, y rey de las camas, Warren Beatty, quien gustaba de compartir amantes con Jack y el productor Robert evans. Con semejante panda reunida no era de extrañar que muchos llamaran a aquella calle "Bad Boy Drive".


¡Jack Torrance!

Actualmente una de las imágenes más conocidas del actor es verle en el estadio de los Lakers apoyando a su equipo favorito de baloncesto. Fue a principio de los 70 cuando Nicholson comenzó a acudir a los partidos de baloncesto, y hoy en día es impensable no verle sentado en la primera fila, oculto bajo sus gafas de sol, con esa sonrisa sardónica en su rostro. Como cualquier otro fan del deporte, el cascarrabias de Jack no duda en levantarse, gritar, protestar o insultar al árbitro o a los contrarios si así lo cree necesario. ¡O bajarse los pantalones! Todo vale para el buen Jack. A pesar de su genio, el actor tuvo que plegarse a la prohibición de fumar en el recinto, y actualmente afirma que en los descansos se va a los baños del estadio a disfrutar de sus puros.

Jack Torrance. Un nombre para el recuerdo. En El resplandor Jack Nicholson nos mostró su lado más diabólico y excesivo, haciendo de la gesticulación y la sobreactuación todo un arte, convirtiéndose en la versión moderna de Charles Laughton. Siempre ha habido división de opiniones sobre él: a unos les parece un actor sobrevalorado; en cambio otros creemos que tras su histrionismo se esconde un excelente actor que fuera de la pantalla es igual de fascinante. Algo que no se puede decir de Tom Cruise o muchos otros. Tras toda una década de éxitos, y tras pasarlo realmente mal bajo la minuciosa y exigente dirección del gran Stanley Kubrick, Nicholson salió echando pestes de allí (aunque siempre ha reconocido el gran trabajo de su compañero neoyorquino) para divertirse con Jessica Lange en el remake de El cartero siempre llama dos veces. En la película controvertida Rojos Nicholson interpretó al dramaturgo Eugene O'Neill. El actor es un liberal convencido que se opuso en su día a la guerra de Vietnam y más recientemente a la invasión de Irak.

En 1983 Jack consigue su tercer Oscar por su trabajo como actor de reparto en La fuerza del cariño. Sería nominado dos veces más durante los 80, una de ellas por El honor de los Prizzi, donde coincidió con su novia Angelica y su supuesto suegro, John Huston. Sin duda una de las muertes que más ha sentido Jack en su vida fue la del venerable Huston, quien poco después de dirigir a Nicholson dejaba este mundo. En 1987 el actor interpretaba al diabólico Daryl en Las brujas de Eastwick. Durante el rodaje Jack hizo gala de su poder defendiendo al director George Miller frente a los mandamases del estudio.


Good ol' Jack

Lo cierto es que Jack Nicholson siempre ha sabido dirigir su carrera con inteligencia. Es una extraña mezcla de vividor y mujeriego irredimible y hombre de negocios. Durante dos décadas se mantuvo trabajando sin parar y su popularidad fue creciendo con los años. Y si tenía que ganarse al nuevo público joven, bueno, el destino le pondría delante a Tim Burton. En 1989 Nicholson disfrutaría de lo lindo encarnando al Joker en Batman (es una de sus interpretaciones favoritas), y además conseguiría un jugosísimo contrato en el que se aseguraba el 20% de los beneficios del merchandising. El actor ganó tanto dinero que podría haberse retirado tras el enorme éxito del filme. Fue por entonces cuando comenzó a salir con la mejor amiga de su hija, a quien dejó embarazada. Tras muchos años de infidelidades, aquello fue demasiado para Angelica Huston. en 1990 se acabó su larga relación con Nicholson.

Un breve pero magnífico papel en Algunos hombres buenos, una excelente interpretación en la minusvalorada Hoffa de DeVito, maquillaje peludo en Lobo, un divertido papel en Mars Attacks, la confirmación definitiva en Mejor Imposible, la reconversión en A propósito de Schmidt... quizás sea un dato anecdótica, pero durante las últimas cinco décadas siempre ha habido algún año en que Jack Nicholson estaba nominado a los Oscar. Y a diferencia de otros compañeros suyos, él si que asegura que disfruta de los premios y los valora como algo positivo. Sus características cejas y esa eterna sonrisa de pilluelo son ya un clásico en las primeras filas del Dorothy Chandler's Pavillion o cualquiera que sea el lugar donde se lleve a cabo la ceremonia. Los Bardem fueron testigos de ello. Por tanto, no es sorprendente que los presentadores de la gala suelan hacer alguna referencia a él en algún momento. Ha conseguido más candidaturas al Oscar que ningún otro actor antes, y además el premio a la Mejor Película lo ha dado también en más ocasiones que nadie. Si a los premios le cambiaran el nombre de Oscar a Jack no me extrañaría nada.

Hoy en día Jack Nicholson es más que una estrella, es una institución. A lo largo de muchos años nos ha brindado grandes papeles mientras se lo pasaba bien coleccionando cuadros, persiguiendo a chicas bonitas, fumando puros, viendo partidos de los Lakers o montando fiestas con sus amigos. Si al igual que varias estrellas de rock compartió vivencias y cama con Bebe Buell, no es casualidad. El bueno de Jack ha tenido más sexo y drogas que muchos músicos famosos. Sus salidas de tono no parecen haber con los años. Más de un periodista o paparazzi se las ha visto con la ira del neoyorquino. En 1994 fue denunciado por un tipo al que Nicholson le había destrozado el parabrisas del coche con un palo de golf, ¡sólo porque éste la había cortado el paso! Un arrepentido Nicholson pidió perdón y finalmente hubo un acuerdo fuera de los juzgados. Más cachonda es la anécdota que cuenta cómo el actor se abalanzó sobre una mujer de poderoso balcón durante una cena y le acabó explotando un implante de silicona. Probablemente sea una leyenda urbana, pero podría perfectamente imaginarme una escena parecida a lo Jim Carrey en Mentiroso compulsivo. Lo cierto es que Nicholson es imprevisible, travieso y pagado de sí mismo sin ser al mismo tiempo un ególatra insufrible. Esa actitud de party time all the time le entronca con tipos como Errol Flynn, Clara Bow o cualquiera de las viejas estrellas que habían venido a este mundo a iluminar la gran pantalla con su presencia y pasárselo bien mientras pudieran. A diferencia de Michael Douglas, el impenitente pecador no vio problema alguno en estar excitado la mayor parte del tiempo, y eso es grande, sobretodo en una época en que cualquier exceso es visto con malos ojos.


El rey os saluda

El niño rebelde, el viejo verde, el bufón de la Meca del cine, el maestro de ceremonias, el hombre de negocios, el actor... sus múltiples facetas son tan fascinantes como esas cejas arqueadas y esa sonrisa de destrucción masiva. Jack Nicholson es, a día de hoy, el último rey de Hollywood.

martes, 26 de febrero de 2008

La jungla humana (1968)

Siendo todavía jovencito y en una sesión de madrugada me sorprendió ver a Clint Eastwood conduciendo un jeep o pasear rodeado de rascacielos. Hasta entonces había asociado a Clint con el western, las espuelas y los ponchos. Harry el Sucio aún no había entrado en mi vida, con lo que La jungla humana resultó una pequeña sorpresa.

Sin embargo, para Clint Eastwood La jungla humana resultó algo más que un cambio de registro o de género. Esa película significó para el actor el encuentro con la que sería su mayor guía en la forma de hacer cine, además de un amigo y un director con el que inició una fructífera relación. A finales de los 60 Don Siegel hizo su entrada en la vida de Eastwood. Su influencia fue más allá incluso que la que el propio Leone tuvo en el californiano.

El actor había aceptado participar en una producción de la Universal que iba a ser dirigida por Alex Segal. Debido a las diferencias con los productores el director fue despedido. Cuenta Siegel que Eastwood había pedido trabajar con Don Taylor, pero que un error llevó a que el estudio le contratara a él. Clint conocía un par de trabajos de Siegel que le habían gustado (La invasión de los ladrones de cuerpos era una de ellas), con lo que fuera o no un error, la sustitución fue de su agrado.
Siegel le comentó que había visto sus trabajos con Leone y que le encantaban, y aunque al principio tuvieron sus diferencias, durante la preparación del filme actor y director se hicieron amigos. Comenta Siegel que tras pasar un fin de semana en la casa de Eastwood, donde “hablaron de todo menos de cine”, ambos vieron que tenían mucho en común.
Por su parte, Eastwood comenta que con Siegel aprendió a saber qué rodar y ser consciente de ello a la hora de rodar. También admiró la forma en que el director se ceñía al presupuesto y las fechas de rodaje, una cualidad rara en Hollywood, y que ha sido una de las constantes de Clint como director, quien no suele rodar más de dos o tres tomas para una escena. “Si no lo puedes hacer en tres strikes, quizás es que no deberías jugar en las ligas grandes”.

“Clintus” y “Siegelini”, como se apodaron cariñosamente el uno al otro, se convirtieron en grandes amigos y aprendieron el uno del otro. Siegel tuvo en Eastwood a un actor fetiche cuya profesionalidad y ausencia total de divismo conectaron con la forma simple de trabajar de Siegel, que además acogió con agrado la aparente inexpresividad de Clint, mientras que el actor aprendió de Siegel cómo rueda un artesano del cine y la forma en que uno puede llegar a plasmar su personalidad o su visión de la vida en las películas que se dirigen, aunque sean encargos o trabajos comerciales.

Walter Coogan es el ayudante del sheriff de un pequeño pueblo de Arizona que trae de cabeza a su viejo jefe. Como pequeña lección el sheriff le envía a cumplir un trabajo ingrato: viajar a Nueva York para trasladar a un peligroso criminal, James Ringerman, de vuelta a Arizona. Al llegar a la gran ciudad queda patente que Coogan es un extranjero, un hombre de provincias al que los taxistas engañan y los dueños de hoteles cobran por no considerar equipaje a un pequeño maletín (“Hay por ahí un taxista que no piensa lo mismo”, dice Coogan). Además, los métodos directos del ayudante del sheriff contrastan con los del teniente McElroy, que se toma las cosas con calma en medio de la típica ajetreada comisaría neoyorquina. McElroy le comunica a Coogan que tendrá que esperar unos días hasta que Ringerman sea dado de alta en el hospital, donde ha sido ingresado tras un viaje de LSD. El impaciente Coogan se saltará las normas y tratará de llevarse al prisionero, pero con la ayuda de la novia de éste, Millie, Ringerman se evadirá. Comenzará entonces una incesante búsqueda de Coogan por toda la ciudad, al margen de la propia Policía de Nueva York, mientras al mismo tiempo trata de llevarse a la cama a Julie, una bella asistente social.

La jungla humana presentaba a un Eastwood a medio camino entre el vaquero que había interpretado tanto en televisión como en cine (la recurrente broma en la película sobre la procedencia de Coogan no es gratuita) y el inspector de policía que en unos pocos años iba a darle su mayor éxito y la posibilidad de ponerse tras la cámara. El ayudante Coogan, con sus botas de cowboy y su sombrero tejano, es parco en palabras y aprovecha cualquier ocasión si ello le beneficia, al igual que el Hombre Sin Nombre. Sus particulares formas de ejercer la justicia y el conflicto con sus superiores le entroncan directamente con Harry Callahan. En 1968 el policía definitivo para el fin de siglo había comenzado a nacer.

El filme está repleto de formidables peleas (como era ya tradición por aquella época, el personaje de Eastwood recibe una buena paliza) y escenas de acción trepidante, como esa persecución de motos (el equivalente de Bullitt en dos ruedas) que para contrariedad del actor tuvo que aceptar ser doblado en los momentos más peligrosos. Por otro lado el que Coogan se mueva fuera de su elemento provoca varias situaciones curiosas y humorísticas que proporcionan breves descansos al espectador de la trama principal. La misma función tienen las escenas románticas de Coogan con Julie, que retratan por otra parte al policía de Arizona como un machista aprovechado pero dotado de gran sex appeal.

Algunos momentos de La jungla humana no han aguantado bien el paso del tiempo. Me refiero sobretodo a las escenas de Coogan en el templo hippie, típicas de aquella época inmersa en la cultura ye-ye, con música rock estándar y una confusión de imágenes y sombras en movimiento tan del gusto de la juventud de aquella época. Además se incluyen unos cuantos desnudos gratuitos pensando también en el público moderno al que estaba dirigida la cinta. Como pequeña broma Siegel incluyó en una de las tomas de los fondos que se proyectan en el club una imagen de la película de Serie B Tarántula, en la que Eastwood tuvo un pequeño papel. Vistas hoy en día esas escenas arquetípicas del mundo hippie resultan algo chirriantes. Como curiosidad, destacar que el negro de la navaja que se sienta junto a Millie en el club es Albert Popwell, el carismático actor que sería habitual en la saga de Harry el Sucio.
La jungla humana no es el mejor filme de los cinco en que trabajaron juntos como actor y director Eastwood y Siegel, pero es una buena película de acción que además es un momento clave en la carrera de Clint.

Además del propio Clint destaca la labor del formidable secundario Lee J. Cobb interpretando al serio y parsimonioso teniente McElroy, mientras que el futuro amigo de Mike Hammer interpreta a Ringerman. La sexy pelirroja Susan Clark (este comentario es casi incestuoso. ¡Estamos hablando de la dulce madre de Webster!) es la asistente social Julie.

Eastwood, aparte de su amistad y aprendizaje junto a Siegel, extrajo además de la película a un futuro colaborador de su Malpaso durante los 70 y los 80: nada manos que al compositor Lalo Schifrin.


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Diez juegos de mesa



¡Los Top Ten están de moda! Aunque el número varíe, muchos son los blogs que les da por elaborar listas más o menos absurdas que van desde capítulos de series o discos vergonzosos hasta el infinito y más allá. El particular Top 5 de Estrellita Mutante ha logrado estimularme lo suficiente para dejarme llevar por la tendencia e inaugurar mi propio período de listas y clasificaciones. Am I a fashion victim? Además dicen que es una forma fácil y rastrera de aumentar el pagerank. Maldita sea, me siento sucio. Vamos allá, en orden más o menos cronológico, desde las brumas del tiempo y la mente hasta tiempos más recientes, intentando coincidir además en los primeros puestos con mis juegos de mesa preferidos.
Nota: hay un juego cuyo título no recuerdo y por tanto dejo fuera de la lista, aunque seguramente merecería una entrada propia. No sé si será muy conocido, y ni siquiera sé si lo conservo, pero seguramente hoy tenga un gran valor económico. Se trataba de una especie de Monopoly que trató de aprovechar el momento de corruptelas y escándalos del gobierno socialista, y el juego iba de eso: expropiaciones, sobornos, recalificaciones ilegales... ¡impagable! Si alguien lee éstas líneas y sabe de qué estoy hablando, ¡por favor que me recuerde el nombre!
Vamos allá:

10. La Legión: Es el primer juego de mesa que recuerdo. Era un juego de estrategia clásico, con tablero de casillas pentagonales, y uno tenía fichas que representaban compañías de artillería, infantería, etc. Obviamente, era español, y representaba la Guerra de Marruecos. Lamentablemente ya no lo conservo, aunque hoy en día desde luego no creo que fuera muy políticamente correcto. Pero por entonces aquello no importaba.


9. Lepanto: Barquitos de plástico, cuatro contendientes, costas e islas, y una batalla famosa. Me pregunto por qué la historia me gusta tanto. Je.


8. Juegos Reunidos: ¡Aquello era lo máximo! Un montón de juegos (dados, ajedrez, damas) en uno, aunque el más fascinante era la ruleta. Curiosamente, no me he convertido en un ludópata.


7. Tragabolas: Hipopótamos que comen bolas. Una idea lisérgica para el que seguramente sea el juego más ruidoso de todos los tiempos. Yo lo tenía difícil para jugar sin que hubiera protestas familiares.


6. Trivial Pursuit: Ideal para toda la familia y demás reuniones familiares. Recuerdo que mi tío lo trajo algunas Navidades, y aquello era la bomba. Sigue siendo uno de mis favoritos y nunca me niego a una partida trivial. Hay muchas ediciones, pero las actualizaciones no son tan interesantes. Lo bueno es jugar con esa edición 80's. ¡Esas preguntas! ¿Quién es el presentador del programa 300 millones? ¿Qué equipo ha ganado la última Liga? ¡Demonios, eso sí que son viajes en el tiempo!


5. Heroquest. Nunca llegué a tenerlo, pero jugué unas cuantas veces en casa de un amigo. ¡Yo quería ser el bárbaro! Y por supuesto tenía envidia y quería mi Heroquest, pero nunca cayó en mis manos. Trauma infantil.


4. Hotel. Intentado ser un James Brolin imberbe me metí en el negocio de los hoteles intentando amasar una fortuna. Siempre me ha parecido curioso que el Monopoly no llegara a entrar en mi casa (salvo una especie de adaptación española que se llamaba Ministerio o algo así), y sí lo hiciera este himno a la familia Hilton. Si se jugaba sucio y uno tenía suerte de caer en el complejo hotelero de los rascacielos la partida estaba casi ganada, lo cual al final no lo hacía demasiado entretenido. Tengo que recuperarlo un día, o más bien una noche, rodeado de cervezas y amigotes. ¡Peleas aseguradas!


3. Subbuteo. Uno de los nombres más estúpidos que un juego de mesa haya podido tener y un excitante juego de fútbol sobre un tapete, una especie de modernización de las chapas. ¡Entre mi hermano y yo hubo partidas e incluso ligas realmente excitantes! Según las endebles piezas iban cayendo y rompiéndose, se fueron acabando las jornadas futboleras.


2. Cruzada Estelar y Battle Masters. Mi entrada definitiva en el mundo Warhammer, que allí se quedó. Junto a las instrucciones venía toda una historia sobre las Legiones del Espacio y demás seres extraños, algo novedoso para un juego de mesa. Robagenes, Dreadnoughts, esos bips que uno no sabía que escondían, habitaciones y puertas, regresar vivo de las misiones... ¡desde luego tuvo un buen uso!
El Battle Masters fue igual o más especial. Ogros, cabalgalobos, caballeros, cañones... el tablero era una gigantesca lona de vinilo brillante, y encontrar espacio para desplegarlo era todo un reto. Recuerdo que durante bastante tiempo usé una tabla que había pertenecido a un amario-cama para ponerlo sobre una mesita y poder jugar. Mi madre trató de deshacerse de tan aparatoso trozo de manera hasta que finalmente lo consiguió. Las figuritas venían sin pintar, y había un folletillo que daba consejos para darles esplendor. Alguien tan vago y tan poco paciente como yo obviamente las dejó tal cual. ¿Alguien sabe para que servían los Goblins? ¡Eran pura carne de cañón, incapaces de matar una mosca! Ya sé como se sentía Rommel al tener que lidiar con tropas italianas.


Sí, son dos en uno, pero un Top 11 no queda bonito.

1. Stratego: El capitán mata al teniente y al sargento. El minero acaba con las bombas y puede moverse en diagonal. El explorador tiene las horas contadas. Un cuatro estrellas (general) es más que un coronel o un comandante. Un mariscal podía realizar auténticas escabechinas entre el enemigo. El espía era importante porque era el único que podía acabar con el mariscal. Las guerras napoleónicas. Un juego inteligente y extremadamente entretenido. El ajedrez de los juegos de mesa. Ganaba quién daba con la bandera del enemigo, y cada uno tenía su propia táctica para defenderla. Yo la rodeaba de bombas y tras las bombas algún teniente o capitán que acabara con el minero. Uno de los juegos más cool que haya visto el ser humano.


¡Imperio Cobra! ¡Hundir la flota! ¡Risk! ¡Los petroleros! ¡El templo de cristal! ¡Aquél de vivir la vida! Maldita sea, podría hacer dos o tres listados más sobre juegos de mesa.

Cuarto lleno de espejos


Decía Ritchie Blackmore en una entrevista que de Jimi Hendrix le impresionaban más que su técnica a las seis cuerdas sus labores como compositor y cantante. Evidentemente, como guitarrista, Hendrix fue más allá de lo puramente humano, y fue uno de los mejores compositores que ha dado el rock and roll. Y a pesar de sus limitados rangos vocales, dominaba el registro blues a la perfección y su forma de cantar poseía un feeling inaudito. Pero otra faceta suya que no suele comentarse y que me fascina. Al igual que me pasa con Jimmy Page, Hendrix me parece un productor excelente, al menos en sus propios trabajos. Sus discos no suenan desfasados en absoluto, podrían haberse publicado ayer. Y sobretodo hacia la época del Electric Ladyland (una auténtica experiencia para los sentidos) las producciones de Hendrix alcanzaron cotas insospechadas.

"Room Full Of Mirrors" aparecía por primera vez en uno de los inmediatos álbumes póstumos del guitarrista, concretamente en el Rainbow Bridge. Una canción excelente, con esa poesía tan particular de Hendrix, y una amalgama de sonidos que le llevan a uno hacia la última frontera. Una producción colosal.

Room

I used to live in a room full of mirrors
All I could see was me
Then I take my spirit and I smash my mirrors
And now the whole world is here for me to see
Now I'm searching for my love to be


A broken glass was solvin' my brain

Cut and screamin' crowdin' in my head
A broken glass was loud in my brain

It used to fall on my dreams and cut me in my bed
It used to fall on my dreams and cut me in my bed

I say making love was strange in my bed

Yeah yeah yeah yeah yeah!!!
All right Ooo ooo
Yeah yeah yeah
Yeah yeah yeah
Yeah yeah yeah


No place stumpin
'
No place far Can't find the floor
No where at all

See nothing but sunshine
All around

Love comes shinin' over the mountains
Love comes shinin' over the sea
Love won't shine on my baby
Then I'll know who's exactly for me

Lord, I'll know who'll be for me

In the mean time, which is a groovy time

domingo, 24 de febrero de 2008

Sweeney Todd (2007)


Nuevo título del rey de la fantasía terrorífica Tim Burton junto a su actor fetiche Johnny Depp, adaptando esta vez el musical de Broadway Sweeney Todd basado en la popular historia del barbero asesino. Sin duda Burton era el candidato idóneo para el trabajo, aunque la película no es todo lo brillante que cabría esperar.

Lo cierto es que Burton ya no aúna críticas positivas como a comienzos de su carrera, aunque siempre ha sido un director que ha fascinado o ha aburrido, dependiendo de cada persona. Personalmente creo que desde El planeta de los simios ha entrado en un círculo de vicioso de filmes irregulares. Unos son mejores y otros peores, pero ningún de sus últimos trabajos podría compararse a un Ed Wood, un Eduardo Manostijeras o un Bitelchús, que aunque sea una película que nunca me ha llegado a gustar, tenía más fuerza que Big Fish, que por otro lado sí me gustó bastante en su día.
No he visto La fábrica de chocolate y no podría decir si Sweeney Todd es mejor o peor, pero seguramente es lo mejor que ha rodado desde Sleepy Hollow. Un potente ritmo que no pisa el freno en toda la película, una cuidada ambientación y grandes interpretaciones son las mejores bazas del filme.

Aunque se trate de un musical, estamos ante una de las películas más sangrientas de Tim Burton, y las navajas plateadas de Todd ("¡al fin mi brazo está completo!", una frase ya mítica) están tan afiladas como el fino humor negro de Burton, quien se muestra especialmente efectivo en las rápidas escenas de los asesinatos, que llegan a enlazarse en cadena como si en vez de una película Burton estuviera dirigiendo un moderno matadero tejano.
Todos los actores se defienden en sus tareas vocales, y aunque uno ya sabía que Depp tenía aptitudes para el canto, no dejan de sorprenderme los más que aceptables gorgoritos de Helena Bonham Carter o de Alan Rickman, a quién me alegro de ver de nuevo interpretando a un malvado villano, oscuro y lujurioso, que nos recuerda lo bien que se le dan esos papeles. Timothy Spall (¿el Freddie Jones de estos tiempos? Probablemente) destaca como el esbirro del retorcido juez Turpin. Un casi irreconocible Sacha Baron Carter se lleva todas las escenas en las que aparece interpretando al excesivo barbero italiano Adolfo Pirelli. Por otro lado, los papeles de la joven pupila de Turpin y su joven admirador (¿un hijo bastardo de Paul Stanley?) son meros peones anecdóticos en el juego de ajedrez entre Todd y el juez.

Lo cierto es que los momentos musicales no llegaron a satisfacerme del todo, aunque el motivo probablemente no sea achacable a Burton. Sencillamente si uno va a ver un musical y las canciones no le gustan, ¡evidentemente tiene un problema! Y eso me ocurrió a mí, había momentos en que estaba deseando que los actores cerraran la boca y prosiguiera la historia dialogada. Para mí ese fue el principal lastre del filme, a lo que cabría añadir un ritmo cinematográfico que, aunque envidiable y que nos hace digerir Sweeney Todd de una forma ligera, deja poco espacio para profundizar en los personajes o la propia historia, algo que yo personalmente habría agradecido. En ese aspecto Sweeney Todd no es precisamente El violinista en el tejado.

Resumiendo: Sweeney Todd es una película correcta con algunos buenos momentos, pero yo sé que Burton es capaz de ofrecerme mucho más. Y eso es lo peor del asunto.

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martes, 19 de febrero de 2008

Space Cowboys (2000)


"Llevo diez años retirándome, y pienso pasar otra década haciendo lo mismo". Quizás no fuera casual que cumplidos los 70 años Clint Eastwood se decidiera a rodar lo que el biógrafo del otrora Hombre Sin Nombre Ángel Comas citaba como una "aventura espacial geriátrica"; un film de acción con naves espaciales y riesgos más allá de la estratosfera (el particular Armaggedon de Clint) donde cuatro astronautas jubilados deben salir al espacio y salvar a la Tierra de una catástrofe. El director decidió homenajear a los de su generación y declarar al mundo que la gente mayor tiene mucho que decir y aportar. Y ni corto ni perezoso, Eastwood, al que muchos definen como "el último de los clásicos", y como queriendo demostrar con hechos el mensaje subyacente en el film, por primera vez en su carrera introdujo efectos especiales de ordenador en diversas escenas de la película. Cuando muchos otros directores antes y después que él lo tuvieron difícil para mantenerse en la brecha pasada cierta edad, Eastwood demostraba una vez más que ha dirigido su carrera tan bien como ha cuidado su cuerpo, y que también artísticamente sigue siendo más joven de lo que aparenta. Tras la lamentable muerte de Kubrick, el californiano es sin duda alguna el director más popular y más activo de su generación.

Un antiguo satélite de comunicaciones ruso entra en una deriva que lo está conduciendo hacia la Tierra. El gobierno que dirige la antigua Unión Soviética pide ayuda a los Estados Unidos para que ayuden a retomar el control del aparato y lo devuelvan a su vieja órbita, pues es "esencial" para la seguridad nacional rusa. Ante la posibilidad de ganarse unos puntos con sus antiguos enemigos (si es que alguna vez dejaron de serlo), el gobierno acepta, encargando al asunto a Bob Gerson, un directivo de la NASA. Al parecer hay un fallo en un panel de no-recuerdo-muy-bien-qué del satélite, y dada su antigüedad ningún ingeniero sabe qué hacer para arreglarlo. Siendo de un tamaño demasiado grande para arrastrarlo hacia la Tierra, Gerson no tiene más remedio que ponerse en contacto con Frank Corvin (Eastwood), un antiguo ingeniero con quien tiempo atrás Gerson tuvo sus diferencias. Un reticente Corvin aceptará colaborar, y deseoso de salir al espacio, pone como condición que le acompañe su antiguo equipo de astronautas, el Dedalus, con quienes en los 60 no tuvo la oportunidad de ir a la Luna. Por otra parte, Gerson les exigirá que pasen las pruebas para salir al espacio como cualquier otro astronauta de cincuenta años menos.

Eastwood aprovecha la tesitura para ejercer algo de autoparodia y aportar mucho humor a la película, algo que se ve ya desde que su personaje va reclutando a sus antiguos compañeros a la manera de los Blues Brothers: Tank Sullivan (James Garner), un experto en dirigir brazos espaciales y demás instrumentos que se ha metido a predicador aunque anda más despistado que Rompetechos; Jerry (genial Donald Sutherland, un Don Juan con coleta que construye montañas rusas y al que (no podía ser de otra forma dedicándose a eso) apasionan las curvas, y Hank (Tommy Lee Jones, el actor más joven), un ex-piloto de pruebas que se dedica a hacer piruetas a los amantes de las emociones fuertes, y que no se habla con Frank desde hace años. Cuatro componentes de la tercera edad que deberán demostrar que están capacitados para salir al espacio y que son tan aptos como sus relevos más jovenes.

Tanto los cuatro astronautas como su oponente Gerson (el magnífico secundario James Cromwell) deberán dirimir sus diferencias entre sí en beneficio del cumplimiento de la misión, mientras asistimos a una cómica competición entre jovenes y viejos, con bromas incluidas (una especie de leche reconstituyente para los veteranos, potitos para los rookies), y al final mucho respeto mutuo, aunque por supuesto habrá un joven arrogante que acabará metiendo la pata. Eastwood se encarga de retratar a los cuatro veteranos como los últimos de una raza y una manera de hacer las cosas (con sus apuestas, flirteos, bromas y, en definitiva, una visión de la vida) pasadas de moda, sin que parezca que haya sitio para ellos en un mundo de ordenadores e Internet. En una especie de referencia a sí mismo y a una generación que se formó y creció bajo el amparo del western, el título del film, Space Cowboys, no deja de ser sintomático. Aprovechando las escenas de entrenamiento, el septagenario Eastwood (y es cosa cierta, como hace notar el citado Comas, que el actor y director parece gustar de correr y hacer escenas físicas a la mínima oportunidad) demuestra estar en una forma envidiable, junto a Tommy Lee Jones, a quién de todas maneras saca 14 años. A Garner, rescatado de los papeles cortos de abuelito y de poner voces a dibujos, sí se le notan los años, mientras que Sutherland, cuya vida dista mucho de haber sido sana, tampoco se le ve correr demasiado.
En definitiva, a los cuatro veteranos se les ve disfrutar de sus papeles, y de que afrontaron la película con mucho humor. El desnudo integral de los cuatro actores así lo demuestra (de espaldas, pero integral al fin y al cabo). Todo apunta a que los entrañables abuelillos se lo debieron pasar genial; la química entre los cuatro se puede palpar, y, al fin y al cabo, la veteranía es un grado.



Eastwood y las nuevas tecnologías parece que se llevaron bien, y tras asesorarse en la ILM el director produjo la cinta más costosa en la historia de su Malpaso, pero siendo quién es, tampoco hablamos de grandes cantidades de dinero. A pesar de las escenas espaciales y la tecnología por ordenador, Space Cowboys es una historia de personajes y sentimientos, y no un blockbuster al uso. En este caso, la tecnología es un vehículo, y no el destino. Una lección que muchos directores actuales no debieran haber olvidado. Aunque si George Lucas ha perdido el norte, no sé que podemos esperar de las nuevas generaciones.

Resumiendo, Space Cowboys es la space opera particular de Eastwood, y un pequeño homenaje no sólo a los más veteranos trabajadores de Hollywood, sino a cualquier persona que se resista a jubilarse o a ser aparcado en un rincón sólo por tener más de sesenta años. Es, además, una entretenida película con muy buenos momentos, y con cuatro actores veteranos que no sólo interpretan, sino que casi juegan ante nuestros ojos. Resaltar por último la escena final de la película (¡ATENCIÓN! ¡PEQUEÑO SPOILER!): un en principio hecho dramático es reconvertido por el director en una preciosa y simpática escena con el "Fly Me To The Moon" de Sinatra de fondo, en lo que ha sido para mí una de los mejores finales que he presenciado en las películas de este nuevo siglo. Y es que Clint Eastwood lleva muchos años en esto y su artesanía está por encima de producciones en cadena. Si en vez de película hiciera zapatos, seguro que pagaríamos mucho más que 6 o 7 euros por ellos. Eso para los que aún se calcen de vez en cuando, claro.
En efecto: de mayor quiero ser Clint Eastwood.

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lunes, 18 de febrero de 2008

Going Down: genio antes que Beck


Jeff Beck, extraño personaje. Compañeros de generación suyos como Clapton o Jimmy Page (que al igual que Beck también pasaron por esa particular "escuela de guitarristas" que fueron The Yardbirds) están hoy en día en boca de cualquier fanático de las guitarras eléctricas, pero sin embargo el bueno de Beck sigue siendo un músico en la sombra. Desde luego con su extraña personalidad y su incosistencia nunca se lo ha puesto muy fácil al seguidor de la música medio. ¡Grabar en plena era grunge un disco de homenaje a Cliff Gallup no es lo que se dice muy comercial! Pero así ha sido siempre Jeff Beck, un hombre que siempre ha hecho lo que le ha dado la gana. Aun así, es uno de los cuatro o cinco mejores guitarristas de rock de la historia, y hay quién le sitúa por encima del propio Hendrix. Lo que sí que es cierto es que entre sus colegas de profesión goza de un prestigio del que ni el propio Clapton o Page hayan podido llegar a tener. Démosle un pequeño homenaje desde aquí y démosnoslo nosotros también con "Going Down", uno de sus hits por excelencia, una excelente versión del estándar blues de Don Nix.

Solo Dios lo sabe (1957)

Con una economía de medios realmente prodigiosa siempre me ha parecido admirable la forma en que John Huston logró construir una película en la que durante gran parte del film sólo hay dos personajes en la pantalla. Con todo, la cinta en ningún momento se hace pesada, sino que por contra resulta realmente deliciosa.

Todo partió de un guión de John Lee Mahin que llegó a manos de Huston. Tras leer el borrador el director se mostró interesado y se reunió con Mahin para acabar de perfilar la historia. Se decidió que se rodaría en Tobago, y se contó para los protagonistas con Deborah Kerr y con un Robert Mitchum que al llegar a Hollywood se enteró por su agente de que debía regresar precisamente a Tobago, donde había estado rodando.

Sólo Dios lo sabe narra la historia del cabo de la Infantería de Marina Allison, que tras un fallido desembarco en una isla se vio alejado del submarino en el que servía mientras trataba de salvar su vida. Aferrado a un bote salvavidas, finalmente logra desembarcar en una isla aparentemente inhabitada, donde sin embargo encontrará a la hermana Angela, una monja que tras la muerte del sacerdote al que acompañaba es la única habitante de la isla.
Surgirá entre ambos una especial relación ("usted tiene la cruz y yo un ancla") mientras tratan al mismo tiempo de sobrevivir evitando un encontronazo con una compañía de japoneses que ocupa la isla para instalar un puesto avanzado. Allison, un huérfano que no conoció a sus padres y se convirtió en un pilluelo escapado de un orfanato hasta que ingresó en la Marina, y la hermana Angela, que ha crecido en un noviciado, descubrirán que tienen en común más de lo que imaginan.

Pocas veces se ha mostrado en la pantalla una relación entre un hombre y una mujer de una forma más hermosa. Huston supo en todo momento cuándo recoger el sedal de la historia y cuándo dejarlo ir, dejando al espectador que juegue con sus propias conclusiones sobre el destino de dos personajes en un principio tan distintos el uno del otro. Si a ello añadimos las magníficas interpretaciones de Mitchum y la Kerr pues es evidente que nos encontramos ante una película ineludible. Si además tanto el director como los propios actores coincidían en que era uno de los mejores trabajos que habían rodado, pues ya no hace falta que diga más. ¿O es que no se fían del gran Robert Mitchum? Por cierto, que las secuencias de los bombardeos son realmente espectaculares, me hacen reflexionar sobre lo bonito que habría sido que Huston hubiera dirigido un film 100% bélico.

So, tell me, ma'am, if there's a chance. Una película realmente bella, amigos. Si no sienten nada contemplando las andanzas del cabo Allison, es que están muertos.


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St. Louis Blues

Creo que era Muddy Waters quién decía que el blues puede hundirte en la miseria o elevarte por encima de todo lo terrenal.
En la siguiente versión filmada la Emperatriz Bessie Smith espera a su hombre mientras ahoga sus penas en alcohol. Es malvado y aprovechado, pero ella le quiere. Y cuando por fin vuelve... todos sabemos que no será por mucho tiempo. La alegría será fugaz, y mientras, Bessie volverá a seguir esperándole...

sábado, 16 de febrero de 2008

Camino de Santa Fe (1940)


Volvamos al Hollywood clásico de la mano de uno de los más grandes, el aventurero Errol Flynn, héroe de acción, galán, y poseedor de una de las biografías más excitantes y desquiciadas de la vieja Tinseltown.

Camino de Santa Fe es una de tantas películas de la Warner Brothers puesta al servicio de la gran estrella. Aunque técnicamente es un western, tiene todos los elementos de una de esas historias de aventuras que Flynn elevó a cotas insospechadas de calidad. Por tanto, en realidad la trama es lo de menos, lo que importa aquí es ver en acción al gran Errol en medio de batallas y tiroteos mientras tiene tiempo para cortejar a la habitual Olivia De Havilland (ésta fue su séptima colaboración juntos) sin apenas despeinarse.
La trama se ambienta en la época previa al estallido de la Guerra de Secesión, donde un joven J.E.B. Stuart coincide en West Point con otros futuros militares famosos como Jim Sheridan o George Custer (¡interpretado por el demoníaco Ronald Reagan!), todo ello al mando de un por entonces comandante Lee. Tras una pelea con un provocador cadete abolicionista, Stuart y sus compañeros son enviados al último fuerte de la frontera occidental, Fort Leavensworth, conocido por la peligrosidad que entrañan sus misiones. Allí, el fanático líder abolicionista John Brown (un magnífico Raymond Massey) les pondrá las cosas difíciles a Stuart y sus compañeros.

Como solía ocurrir en este tipo de films para mayor gloria de Flynn, la realidad histórica es bastante distinta, sobretodo en lo que al retrato de John Brown se refiere. Aunque en el film el carácter mesiánico y sangriento del personaje Brown funciona a las mil maravillas, el verdadero activista no fue tan psicótico como lo pintan. Pero es precisamente esa reinterpretación del personaje histórico la que permite al director rodar una escena (magníficamente fotografiada por Sol Polito) donde el parecido entre la situación de Brown y la escena bíblica del Gólgota es más que evidente. Lo cierto es que el guión está construido de tal forma que parece que haya sido escrito por algún sudista resentido, sobretodo por ese inquietante paralelismo ya mencionado. Y si a ello contamos el tradicional paternalismo de la época con el que son retratados los negros en la película, todo cobra unos tintes algo sospechosos. Tampoco deja de ser curioso que el Jefferson Davis que aparece en el film parezca un joven Abraham Lincoln.

Realidades históricas aparte, lo que realmente importa aquí es que se trata de una película de Errol Flynn, con lo que la acción y el entretenimiento están garantizados. Tras las cámaras se encontraba nada más y nada menos que Michael Curtiz, que ya había dirigido al gran Errol en varias ocasiones, y que se encontraba a punto de llevar su carrera a un nuevo nivel de calidad y maestría con títulos como Yankee Doodle Dandy o la inmortal Casablanca.
Por último, citar como honorables secundarios a la pareja cómica del film formada por el ya clásico en estas lides Ward Bond y Charles Middleton, el primer y genuino Ming de los seriales cinematográficos. La épica banda sonora, que en sus momentos más dramáticos recuerda a pasajes clásicos de siglos anteriores, corrió a cargo de Max Steiner.

Camino de Santa Fe
, una película de Errol Flynn. ¿Os hace falta alguna razón más?

jueves, 14 de febrero de 2008

Todo el mundo necesita un hogar

Últimamente se habla de la burbuja inmobiliaria y los problemas para encontrar una vivienda. Iggy Pop, en su magnífico álbum Brick by brick, ya lo venía avisando. "Home" es buena prueba de ello. Sí, le acompañan Slash y Duff.

Iggy Pop - Home - The best bloopers are here


I work so hard, so don’t trip me up
Shakin’ a leg like the tail o’ the pup
I’m payin’ dues till I register heat
Sure hope I don’t end up on the street

Home, boy
Home, boy
Everybody needs a home
Home, boy
Home, boy
Everybody needs a home

So many people rise and fall
Who’s lookin’ after you at all?
Nobody knows anybody at all
Strangers in paradise down at the mall

Home, boy
Home, boy
Everybody needs a home
Home, boy
Home, boy
Everybody needs a home

The life we live is tricky tricky
I love my home, and my family
Who’s gonna love you when the
Mountain gets steep?
We’re gonna make it-in a jeep

Fast Food Nation


No creo que haga falta ser muy listo para saber que las hamburguesas, patatas fritas, pizza o pollo frito de las grandes marcas de comida rápida no son precisamente una comida muy saludable. Otros platos tampoco lo son, pero supongo el que sean más o menos naturales, y distintos, no los convierte en algo tan demonizable. también es bien sabido que trabajar en un restaurante de comida rápida no es lo que se dice un buen empleo. Pero si no sabían esto, o quieren indagar un poco más, comiencen por Fast Food Nation.
Personalmente, no pisé mi primer McDonald's hasta que no estuve Londres, y lo hice obviamente por motivos puramente económicos. Y aunque no soy de esos que echan pestes de la gastronomía británica, resultaba muy cómodo tener algo familiar y barato a lo que agarrarse. Y ése es uno de los grandes secretos del éxito de tales restaurantes: su comida sabe igual y cuesta lo mismo en todas partes. De vez en cuando acabo pisando alguna franquicia de comida rápida, pero por suerte no soy un junkie de los grandes arcos dorados o del rey de la hamburguesa. Por lo visto un sector de la población más joven que yo no lo tienen tan fácil.
Fast Food Nation es un libro ameno y divertido que a la vez ofrece una vista general del panorama de las franquicias de la cómida rápida, centrándose sobretodo en la más grande todas ellas, McDonald's. Por su estilo y el trema tan polémico que trata se le podría emparentar fácilmente con los documentales de Michael Moore, aunque el autor del libro, Eric Schlosser, parece haber realizado una investigación realmente exhaustiva sobre el tema. Prueba de ello es la bibliografía abundante que se puede encontrar en sus notas.

Partiendo desde los pioneros de las grandes cadenas (la típica historia del "sueño americano": hombres que con una idea y trabajo duro lograron levantar imperios) y pasando por el gran auge de las franquicias en los 60 y 70, hasta analizar la crisis de las vacas locas en Europa y del virus E. coli 0157:H7 en Estados Unidos, Schlosser desgrana las características del éxito de la comida rápida y su impacto en la economía y sociedad estadounidense, y por tanto, en la del resto del mundo.
La primera parte del libro es la más entretenida y divertida. Se narra cómo hubo un hombre que empezó con un puesto de perritos y acabó teniendo un imperio de cadenas de cómida rápida; o de cómo un buen día los hermanos McDonald abrieron su primer restaurante drive-in y se hicieron ricos; o de la fabulosa idea del autoservicio, eliminando cubiertos, vasos y platos. Si algún día se hallan haciendo cola mientras miran unos letreros iluminados por detrás, no dejen de pensar en que algo tan cotidiano fue una revolución en su día.
Poco a poco el tono se va ensombreciendo, aunque durante una buena parte Schlosser consigue mantener un cierto aire desenfadado, aún describiendo algo tan aparentemente inocente como decisivo en la unión de fuerzas de la compañía Disney y la cadena de restaurantes de McDonald's.
De ahí pasamos a temas más serios: la explotación laboral de adolescentes en Estados Unidos y la práctica imposibilidad de formar un sindicato entre los trabajadores de las grandes cadenas; el impacto económico de la industria de la comida rápida que ha dejado a ganaderos y agricultores tradicionales al borde de la extinción; las penosas condiciones laborales en los matadores donde la mayoría de trabajadores son inmigrantes ilegales, y las consecuencias de tales abusos en la calidad de la carne, junto a la ya conocida e infame forma de alimentar y engordar al ganado... en definitiva, una bonita visión del capitalismo más exacerbado.
Para que os hagáis una idea, durante la primera parte del libro me entraban ganas de irme a comer hamburguesas, mientras que en la segunda me entraban escalofríos sólo de pensar en el payasito que todos conocemos (según un estudio citado en el libro, Ronald McDonald es el segundo personaje de ficción más famoso entre los niños, sólo precedido por Santa Claus. Inquietante).
Con todo, Schlosser deja espacio al optimismo: afirma que en Estados Unidos las ventas están descendiendo, y que al parecer las primeras fases de un cambio (cuya dirección no debe ser aún demasiado clara, supongo) ya se están produciendo. Si el autor hablaba de la enorme presión que la industria cárnica ejerce en Washington para evitar controles de calidad y cualquier tipo de restricción, comentaba después que la propia McDonald's había comenzado a cambiar alguna de sus políticas. Como ejemplo, Schlosser cita la exigencia que la cadena hizo a sus proveedores para que aplicaran toda una serie de tests y pruebas a la carne de vacuno para que estuviera libre de virus como el citado E. Coli, que en el cambio de siglo provocó varias muertes a lo largo del país. Lo que la FDA (una agencia del Departamento de Salud de Washington) no había conseguido en años, McDonald's lo consiguió en unas semanas. Quizás los directivos de la cadena no se muevan por motivos idealistas, pero como dice el autor, no todo tiene que ser como lo conocemos.

Muchas son las historias trágicas que se narran en Fast Food Nation, aunque quizás las más llamativas son las que tienen que ver con los trabajadores de los mataderos en Estados Unidos. No soy vegetariano, pero leyendo alguna de esas historias daban ganas no sólo de dejar la carne, sino también las verduras y cualquier cosa que no fuera el plancton. La historia de un tal Kenny Dobbins, por ejemplo, es realmente terrible.

¿Quiere una ración de mentiras con su menú?

miércoles, 13 de febrero de 2008

¡Ya son 75, Kim!


Hoy cumple 75 años Kim Novak, una actriz sensual como pocas que en Vertigo trajo de cabeza al pobre James Stewart. No cabe más que felicitarle el cumpleaños y aprovechar para publicar una foto sexy de la Novak en sus tiempos mozos. Happy birthday, madam.

En compañía de lobos (1984)


Si digo Neil Jordan muchos pensarán en Juego de lágrimas, y quizás la gran mayoría en Entrevista con el vampiro. Sin embargo, para mí hablar de Jordan es hablar de En compañía de lobos. Y hablar de esa película es hablar de Noche de lobos, uno de los mejores programas que se pudieron ver en los comienzos de las cadenas privadas. Allí fue dónde vi por primera vez la cinta de Jordan, dónde flipé con esas transformaciones tan impactantes, y dónde comencé a sentir interés por esa especie de caperucita de llamativos labios rojos y mirada traviesa.

En compañía de lobos está basada en uno de los relatos que se pueden encontrar en el libro de Angela Carter The Bloody Chamber. Al igual que dicho libro, la película deconstruye un cuento clásico (en este caso el de Caperucita Roja) para retornarlo a la vida sin artificio infantil alguno, retomando la historia de una manera más cruda y brutal. En definitiva, presenta el cuento como debió ser en un tiempo ya muy lejano: una historia de horror para asustar a los niños de modo que no se atrevieran a alejarse del sendero del bosque.


Rosaleen es una niña algo consentida que no parece llevarse muy bien con su hermana mayor. Una tarde en que sus padres vuelven de compras, Rosaleen se queda dormida mientras lee un libro (juraría que es el propio The Bloody Chamber). Aunque su hermana mayor intenta despertarla golpeando la puerta, la tierna púber se halla sumido en un profundo sueño. Y dentro de su cabeza, viaja a tiempos más antiguos, cuando era el hombre el que temía al lobo, y no al revés. En la primera fase de su sueño vemos a su hermana mayor perdida en un oscuro bosque. Los cánidos que acechan no tardarán en salir a la luz de la luna y acabar con la hermana de Rosaleen (¡ah, si todo en la vida real fuera tan sencillo!). Ante la comprensible afectación de los padres, Rosaleen pasa la noche en casa de su abuela, dónde la buena mujer comenzará a relatarle historias de viejas y tontas supersticiones en relación con los lobos.

Entre supercherías de niños encontrados dentro de huevos de cigüeña y el terrible secreto que ocultan los hombres con cejas espesas la abuelita (que sentido de la ocasión, todo hay que decirlo, no se puede decir que tenga) le narra la historia de esos jóvenes novios que acababan de contraer matrimonio, y que felices se fueron a pasar su noche de bodas. En esa noche de luna llena, el novio acudió a la llamada de los lobos, y nunca más regresó. Años después, cuando su mujer ya había rehecho su vida, el novio apareció, y tras acusarla de adúltera, reveló su auténtico ser...

En compañía de lobos se alejó de la figura del licántropo clásico, y para no dejar duda de ello Neil Jordan nos trajo alguna de las transformaciones más impactantes en lobo que se hallan podido ver en la gran pantalla. Sin duda, uno de los grandes aciertos del filme. Los oscuros y tétricos ambientes otorgan a la película una atmósfera tan agobiante como el mismo bosque por el que tiene que cruzar Caperucita. Y en pocas cintas se ha retratado a los lobos de forma tan bella e inquietante a la vez.


¡No te fies de los extraños!

En la película tenemos un triángulo especial entre la abuelita, Rosaleen y los lobos. La joven irá aprendiendo a ver de manera distinta el mundo de mano de su abuelita y sus historias tradicionales y sus supersticiosos consejos. Pero tras el mensaje principal de la historia (al cruzar el bosque no te alejes del sendero) se esconde un cambio que poco tiene que ver con licántropos, y sí con la adolescencia. Al tiempo que la abuela advierte a su nieta sobre los lobos también la advierte contra los hombres, a los que en realidad no diferencia ("son todos unos animales"). De modo que Rosaleen se irá interesando por lo que se siente al besar a un chico del pueblo, por los extraños ruidos que hace sus padres por la noche, por los extrañamente atrayentes que pueden llegar a ser los extraños de ojos grandes y cejas pobladas... supongo que en eso pocas abuelas habrán cambiado de parecer. Cuando se trata de sus nietas, un hombre será tan peligroso como cualquier lobo.


¡Quién fuera lobo!

En el reparto de En compañía de lobos figuran caras conocidas como la de Terence Stamp (en un breve cameo), Stephen Rea (el desposado que se fue a por tabaco), el inefable David Warner como el padre de Rosaleen o la detectivesca Angela Lansbury como la abuelita cuentacuentos. La virginal Rosaleen es Sarah Patterson, una actriz de la que nunca más se supo, lo cual es una lástima. Esa belleza virginal era pura dinamita.

martes, 12 de febrero de 2008

Antisocial

Anthrax versioneando el "Antisocial" de los franceses Trust, con aparición del mismo cantante de la belle France. Zapatillas deportivas, bermudas, la clásica camiseta de Public Enemy que llevaba Scott Ian... buenos tiempos sin duda.

Mil y una maneras de abrir el capó de un coche


Seguramente el ángel del pelazo Michael Landon habría preferido ser recogido por el tío borracho de las barbas, aquél en cuya nevera sólo había cervezas y que gracias a un helado de fresa o algo así comenzo a creer. Saulo, Saulo, ¿por qué me persigues? Aunque en los créditos iniciales de Autopista hacia el cielo todo era muy bonito, lo cierto es que en la serie Landon hacía parar al barbas a base de poderes angelicales.
Su nombre es Megan Fox. Quizás ella sea suficiente para que me anime a ver la revisión informática de la mítica serie Transformers. Por lo demás, no sé nada más de ella. En realidad, toda esta entrada es, como pueden comprobar, pura intrascendencia. Una mísera y poco imaginativa (hoy no es uno de esos días) excusa para publicar esa foto. Por las barbas del capitán Haddock que me dan ganas de llevar unas pinzas de batería en el coche. ¿Abriría el capó de su coche para mí? Si la respuesta fuera afirmativa, sufriría una transformación que ríanse de las de Optimus Prime. Hablando de pinzas y baterías, creo que la llamaré "Tenacitas". "Tenacitas" habría querido que me la comiera yo sólo. Homer me enseñó el camino. Shame, shame on me.