sábado, 13 de septiembre de 2008

Crónica de Nueva York IX: Bye bye


Nuestra estancia en Nueva York se acababa. Amanecimos en nuestro penúltimo día pensando en qué hacer. Era una decisión dolorosa: si acudíamos a algún otro museo como el MoMA o el de Historia Natural no nos acercaríamos a los ferrys; o si saciábamos nuestras últimas pasiones consumistas no llegaríamos a ver otros edificios emblemáticos. Era consciente de que dejaríamos cosas atrás, pero, ¿quién no quiere volver algún día a Nueva York? Yo ya me había prometido a mí mismo volver antes de irme al Valhalla. Así que fuimos a despedirnos de la ciudad observándola desde las alturas para luego irnos de compra. Aunque antes iríamos a la 34 con la Novena; Rated R quería tecnología.

Y es que el mejor sitio de Nueva York para comprar cámaras, Ipods y demás es B&H, una tienda con precios muy asequibles. Evidentemente todos los pueblos y naciones acarrean sus tópicos y sus estereotipos; pero acudir a una tienda como B&H es reafirmarse en que el pueblo judío lleva la eficiencia y el sentido del negocio en la sangre. Si para el turista a veces resulta algo pintoresco ver a los típicos hebreos con sus birretes y sus bucles, lo es todavía más si entra en B&H, una gran tienda regentada por judíos. Desde que uno elige su cámara (como fue el caso de Rated R) hasta que paga en caja le van llevando de una sección a otra, y no deben pasar más de diez minutos. Es como un McDonalds de cachibaches electrónicos. Resulta la mar de curioso ver bajar tu compra en una cinta transportadora desde el piso de arriba. Tras acabar las compras (una cámara de 12 megapíxeles más accesorios por 200 dólares) en la tienda, y echar una foto al Madison Square Garden y al imponente edificio de Correos, tomamos el metro hacia Union Square. Ahora me tocan a mí las compras.

Esta vez será Rated R quien tenga que acompañarme a un buying spree. No pienso irme de Nueva York sin adquirir algún buen libro, de esos que no se suelen ver por aquí. De entre toda la lista elijo la más cercana, Strand Bookstore, en el 828 de Broadway. Desde Union Square vamos en busca de la tienda. Resulta ser un paraíso.
No sé si el instinto tuvo que ver en ello, pero acerté de pleno. Elegí esa por la cercanía y porque vendía libros raros y usados. Como he podido averiguar después, Strand Bookstore no es sólo una de las mejores librerías de Nueva York, sino que pasa por ser una de las diez mejores tiendas de libros usados en los States. Incluso tiene sus referencias rockeras: Patti Smith trabajó allí una corta temporada.

Nada más llegar uno se encuentra en la calle varios estantes con libros ¡a un dólar! Intento calmar la excitación y voy mirando estante por estante a ver qué encuentro. Evidentemente hay muchos libros de autoayuda, recetas de cocina y demás, y lamentablemente no tenía demasiado tiempo para buscar cocienzudamente. Aun así veo una biografía de Kissinger que me llama la atención, pero como debo tener cuidado para no pasarme de peso a la vuelta, entro a buscar alguna joyita.

El interior es un laberinto de grandes estanterías, temas y portadas. No tiene mucho que ver con la Fnac; allí todo es más caótico, como en las librerías tradicionales. Aunque esté organizado por temas y a pesar de la ayuda de los muchos empleados que hay por allí, buscar algo en concreto puede ser laborioso. La falta de tiempo es agobiante. ¡Podría haber pasado allí los nueve días! Me lanzo al apartado de cine, y cojo lo que más me llama la atención, no hay tiempo de buscar demasiado. Al cine le sigue la música, y tras preguntar por temas de mafia me envian al sótano. El apartado criminal está muy convenientemente situado en una lóbrega esquina del sótano, con unos soportes sujetando parte del techo. ¿Dónde me habrían mandado si hubiera preguntado por libros sobre tabaco? Maldiciendo a Cronos y a las restricciones de peso en el equipaje salgo de allí con unos cuantos libros, la mayoría de los cuales no me han costado más de siete dólares: una biografía de James Stewart, la autobiografía de John Huston, un libro sobre la historia de la mafia y algunos títulos más. Demonios, tendría que haber ido con más tiempo.

Aunque lo más típico resulte subir al Empire State (y a fe que lamenté algo el no hacerlo, por lo de King Kong) nos habían dicho que en el Rockefeller había unas vistas iguales o incluso mejores. Además cuenta con la ventaja de que no está tan masificado. Rated R y yo compramos nuestra entrada y penetramos en el edificio en un santiamén. Nada de colas. Aunque ir de visita a los rascacielos con una bolsa llena de libros en cada mano no resultó ser muy buena idea.
Nos hicieron pasar a una sala con la historia de la construcción del edificio en las paredes, dando un rodeo a la habitación hasta llegar a una pared donde uno podía hacerse una foto dando la impresión de estar sentado sobre una viga, como la famosa imagen de los obreros. Después llega uno a los ascensores, bastante grandes por cierto, y vamos formando grupos para entrar en ellos. Los pisos se suben en un santiamén, lo que provoca esa presión tan típica en los oídos. En el techo hay una pantalla con imágenes que te da la bienvenida al Top of The Rock, el observatorio del Rockefeller Center. Llamándose así debería darle a uno la bienvenida David Lee Roth.
Cuando salimos a la terraza el viento se deja sentir. Hay unos cristales para evitar caídas (o suicidios, que nunca se sabe). Las vistas son impresionantes. Cruzando por la salita central, uno va de izquierda a derecha y puede divisar todo Manhattan y más allá. Es impresionante lo grande que es Central Park. Las vistas del Empire State también son monas.
Echamos unas fotos a cada lado, para darnos cuenta de que aún se puede subir por unas escaleras más arriba. Repetimos el proceso, para caer en la cuenta de nuevo de que aun hay otras escaleras. En uno de los momentos más absurdos del viaje, nos convertimos en turistas descerebrados y acabamos haciendo fotos en las tres alturas, aunque la diferencia es mínima. Eso del turismo debería estar regulado, como lo de jugar a videojuegos. Creo que demasiado tiempo echando fotos le vuelve a uno majadero.
Tras cansarnos del skyline cogemos los ascensores que nos dejan, qué casualidad, en la tienda del Top of the Rock. Para no volver con muchos dólares en las manos me compro una estúpida taza que cambia de color al verter líquido caliente dentro. Una chorrada, pero, ¡los desayunos ya no serán aburridos!

Regresamos a la casa para comer y dejar las compras. ¡Los malditos libros casi acaban con mi espalda! Discutimos qué hacer por la tarde. ¿Coger el metro de un lado a otro y repasarnos lo que nos quede por ver en Manhattan? ¿Coger un ferry a Liberty Island y Ellis Island? Lo cierto es que tenía interés en ver Ellis Island y su museo sobre la inmigración. De Liberty Island, si todavía no dejaban subir a la Estatua, pues tampoco parecía muy excitante. Al final decidimos coger un ferry, pero el gratuito: iríamos a pasear por Staten Island.

Aunque alberga algunos edificios históricos y alguna playita, Staten Island es básicamente un lugar residencial. Pero pasear por sus calles tenía para mí, y para cualquier cinéfilo, un aliciente especial: la mansión de Don Corleone. Por la isla también está Mt. Loretto, la iglesia usada para los exteriores de bautizo del pequeño Michael. Pero la prioridad era la mansión. Debíamos encontrar el 110 de Longfellow Road. Además, tanto a la ida como a la vuelta se disfruta de unas magníficas vistas. Ver el atardecer desde el ferry merece la pena. Imagino que es una ocasión ideal para declararse a la pareja o algo así. Yo no sólo no tenía al lado a ningún amor, sino que además estaba con Rated R, con lo cual la escena era tan romántica como un guión de John Milius. Pero las vistas seguían siendo preciosas.

En State Island cometimos bastantes errores. El primero fue salir algo tarde para aprovechar la puesta de sol. El tiempo iba a ser demasiado justo. Segundo, cogimos un autobús, cuando (como desgraciadamente comprobé más tarde) si uno quiere ir a rendir tributo a El padrino debe coger el tren hasta Grasmere y luego callejear. Nosotros cogimos el bus, y encima bajamos en la parada que no era. Tuvimos que esperar a otro (allí todo dios debe tener coche, y el transporte público no es como en Manhattan) bastante rato. Era de noche; finalmente cogimos un bus con un conductor al que preguntamos por la parada, y que me recordaba al abusón yerno de Don Corleone. ¿Sería una buena señal? Pues no, no lo fue.
En plena noche y sin un alma alrededor bajamos por una calle residencial en dirección a Longfellow Road. No había que temer pues el sitio no es amenazador; es la típica calle de las películas con casas y jardincitos. Sabía que una carretera cruzaba la isla, pero creía que se podría cruzar; no esperaba encontrarme con una jodida autopista. Todo el paseo al traste: Longfellow Road estaba justo al otro lado. De todas formas en plena noche no creo que sea la mejor hora del día para fotografiar la mansión de El padrino, para empezar porque no sé si se hubiera visto mucho. Y en esas calles donde a uno se le caen unas monedas (como me pasó) y los perros empiezan a ladrar, sólo faltaba que nos tomaran por Joe Pesci y su tarado amigo de Solo en casa.

Tras tomar un bus de vuelta llegamos corriendo al muelle justo a tiempo para tomar el ferry de vuelta. Supuestamente debíamos estar a las 21 en casa para abrirle la puerta a Carl. Rated R dice que ha visto que son las ocho y media. No llegaremos demasiado tarde. A la vuelta echamos algunas fotos del Manhattan iluminado. Creyendo ir con tiempo salimos tranquilamente de los muelles y tomamos el metro, donde comprobamos con horror que marca las diez de la noche. ¿Nos habían abducido los marcianos o algo? Como mi ano parece estar intacto, la explicación es que el reloj del muelle en Staten Island o lo que fuera aquello nos había engañado. Llegamos a las diez y media, donde no había ni rastro de Carl. Obviamente se había marchado a tomar algo por ahi. Le llamamos aunque se muestra bastante comprensivo. Dice que nos verá por la mañana. Aun no sé como regresamos vivos de Nueva York.


NY psicodélico

El último día no queda mucho por hacer. Debemos estar en Grand Central a las tres para tomar uno de los buses que salen desde la 42 con Park Avenue hacia el aeropuerto de Newark. Me encuentro a última hora con unos dólares desperdigados por un bolsillo de una maleta. Sin tiempo para más, acudimos al supermercado para gastarnos el cash en algún alimento yanqui. Compro un par de paquetes de salsichas Nathan's, las mejores de Nueva York dicen, y unas botellitas de salas Newman's Own. Resulta una compra bastante triste, pensando en lo poco que le queda al gran Paul Newman.
Regresamos a casa para comenzar a empaquetarlo todo. Libros, ropa, discos, salsas y salsichas, y una botella de Brooklyn Lager de recuerdo, todo queda bien prensado esperando que no se pase del peso. Nos acercamos a la cabina telefónica y quedamos con Carl, que increíblemente nos perdona la vida, y decidimos pasear por Central Park y pedir de una vez unos perritos callejeros. No sé si la venerable marca Nathan's tuvo alguna vez puestos callejeros, pero si los tuvo han desaparecido. Ahora todos los que se ven son de carne kosher, de gyros y demás. De todas formas los perritos saben a perrito (como todo el mundo sabe los hot dog callejeros son una guarrada, pero saben bien), y desde luego son realmente fast food. En apenas un minuto uno se ventila su hot dog. Curiosamente hemos acabado donde empezamos, en Central Park al lado del Guggenheim. El círculo se cierra.

Regresamos por última vez a la casa, cogemos las maletas, el pasaporte y demás, esperando no olvidar nada, y acompañamos a Carl un trecho de camino hasta su trabajo. Finalmente nos despedimos de él, le agradecemos todo, y esperamos que olvide la espera de la noche anterior lo más pronto posible para poder volver a la Gran Manzana sin tener que pagar el hotel.

Del regreso poco hay que decir. Cargar con dos maletas por escaleras y metros nunca es sencillo. Compramos los billetes del bus hacia Newark en un badulaque con su correspondiente Apu, y mientras contemplamos cómo el conductor va introduciendo las maletas en el vehículo con la misma delicadeza que Mike Tyson subimos al bus, que tras cruzar un trecho de la ciudad y meterse en un pequeño atasco se mete en el famoso Lincoln Tunnel. Me despido de Nueva York con Sylvester Stallone y su Pánico en el tunel en la mente. Great.

El viaje de regreso en los aviones fue todavía más aburrido y agobiante si cabe. Ojalá hubiera tenido el juego de Amy para entretenerme.

Adiós Nueva York; si Duane me da vida y dinero suficiente, volveré.

PD: se me olvidó decir que frente a Strand Bookstore está Forbidden Planet, una visita obligada para los amantes del cómic.

8 comentarios:

Adrian Vogel dijo...

Entonces si que viste lo de Sert en el Rockefeller Center (las estatuas doradas, la decoración, los murales,…). Igual no te fijaste.

Strand es genial. Sale en alguna película, pero ay no recuerdo cual ¿Hanna y sus hermanas? No estoy seguro, porque creo recordar que esa era la otra clásica de la ciudad. Una del Village que igual ya no existe… La edad, la edad, la memoria, la memoria. Menos mal que quedan los blogs…

GINEBRA dijo...

Buen viajecito. Tengo ganas de ir a la Gran Manzana, aún no he podido, pero iré. El local judío parece interesante, la librería esa de todo a un euro me parece más. Creo que lo has aprovechado muy bien y me alegro. Me has dado pistas para cuándo me decida a ir. Un beso dominguero.

sammy tylerose dijo...

NY me quedó pendiente. Mi experiencia se limitó a 2 horas de espera en el JFK airport, jeje. Tomo nota de tus experiencias. Seguro que me serán útiles en un futuro.
Lo de invertir horas para llegar a un sitio que deseas visitar y una vez allí darte cuenta que está cerrado o que sólo puedes dedicarle 3 minutos pq el último bus de vuelta sale YA, es un clásico. Es parte del encanto de viajar por libre, sin agencias.

Möbius el Crononauta dijo...

Adrian: entré por una puerta lateral; tal vez fuera visible, pero estaba pendiente de otras cosas.

Ginebra: Y al cambio ni siquiera es un euro. ¡Una locura!

Sammy: cierto, siempre puede haber chascos de ese calibre, y aunque sea frustrante también tiene su encanto.

Belén dijo...

Es curioso, yo también tuve esa misma sensación cuando dejé New York, con una promesa de volver si hay mas pasta :)

Besicos

Aitor Fuckin' Perry dijo...

Un sitio llamado Top of The Rock era un reclamo demasiado atractivo como para resistirse. Gran relato... tópico... pero son nuestros tópicos neoyorkinos favoritos.

Anónimo dijo...

Soy muy aficionado a tu blog pero nunca me he decidido a escribir. Buscando información para el viaje que voy a hacer en unos días, recordé tus crónicas Neoyorquinas y me estoy apuntando todo como si de una guía de la ciudad propiamente fuese. Ni que decir tiene que te agradezco que invirtieras tu tiempo en hacer esos post, me han facilitado mucho el viaje. Por cierto, me alojo en el Hotel justo enfrente del Madison Square Garden, espero no liarme mucho con las avenidas y sitios.

Möbius el Crononauta dijo...

Bueno, si te ayuda en algo lo que escribí, me alegro. Disfruta del viaje, NY es fascinante, y tranquilo, es muy fácil orientarse. Espero volver allí algún día de estos.

Saludos y gracias por comentar