miércoles, 27 de agosto de 2008

Crónica de Nueva York VII: Let's Party


Cuando me despierto Rated R ya lleva un rato campando por la casa. Carl, que ha vuelto a pasar la noche fuera, debe unírsenos después. Yo desayuno ligero y me voy para la ducha pues hay que intentar salir con algo de tiempo para buscar un pub. ¿Y para qué buscar un pub a las diez de la mañana? Pues para vivir la experiencia de un baloncestístico España-USA rodeado de yanquis.
Una vez listos salimos en busca de pub pero aun en Nueva York no es tarea fácil. Girando la esquina hay uno que siempre parece estar abierto (según Carl es el centro de reunión de los borrachines del barrio) pero entre su ambiente de Bar de Moe y que están poniendo una película seguimos la búsqueda. Encontramos sitios como un Tin Lizzie y algún otro irlandés cerrados a cal y canto. Hay un bar restaurante con varias televisiones (pocos son los que no tengan al mínimo dos pantallas) que parece un buen sitio. Puesto que no hay pubs disponibles entramos en el sitio llamado Tequila.

Son las diez y pico, el primer cuarto del partido ya lleva un rato y nos recibe una camarera sexy que va vestida como si estuviéramos en un pub a las diez de la noche. Para no desentonar pedimos un par de Stellas y unas sweet potatoes. ¿Una pinta tan temprano?, se preguntarán ustedes. Bueno, ¿quién puede ver partido alguno bebiendo agua? ¡Todo sea por el deporte! En el primer descanso pregunto por un teléfono, sin el glamour de que me persiga un camionero loco o algo parecido. Intento contactar con Carl, lo que me llevará dos intentos. Juraría que hable el tiempo que hable la máquina siempre se traga todas las monedas.
La experiencia no resulta ser especialmente interesante. Los lugareños apenas sí prestan atención al partido. Un par de jóvenes que había sentados cerca dejan de seguirlo cuando llega una pareja con la que habían quedado. Llevan tantos siglos ganando medallas de oro en baloncesto que me parece que para ellos un partido es una mera rutina. Seguramente no se preguntan contra quién juegan, sino a quién van a ganar. Efectivamente, la paliza que nos meten es de órdago. Cuando llega Carl ya nos sacan veinte puntos. Tras otra ronda de pintas y patatas (que dejaban bastante que desear) volvemos a casa. Para no enardecer la furia de nuestro anfitrión el otro día habíamos dejado de lado el kosher y habíamos comprado espaguetis. Carl tiene que ir a atender unos asuntos, así que quedamos un par de horas más tarde en el piso y Rated R y yo partimos a echar un vistazo rápido a algún sitio con solera.

Tras abordar el metro nuestro destino es el edificio de las Naciones Unidas. Por suerte nos viene de paso la calle 46, donde no me quería perder la entrada de un steak house con solera, el Sparks. No, no vamos a comer allí. Es un sitio caro, creo que de esos que a uno le exigen chaqueta y corbata. Dicen que es el restaurante favorito de Woody Allen. Pero quien me ha traído a su puerta es Paul Castellano. Echen un vistazo a los hechos si quieren. En resumen, el capo mafioso Castellano, que cada vez gozaba de menos simpatías en la familia Gambino, fue asesinado en la puerta del Sparks por orden del último gran don, John Gotti.
Cerrado el apartado mafioso del día nos dirigimos al edificio de las Naciones Unidas. Aunque no llegamos a entrar en las dependencias si se permite cruzar la entrada a cualquiera. Evidentemente el sitio está lleno de turistas sacando fotos de todo. Me resulta gracioso pensar en lo difícil que se lo pusieron a Hitchcock para rodar siquiera unos exteriores del famoso edificio para Con la muerte en los talones. En fin, sacamos las fotos de rigor, y mientras observamos al otro lado de la calle una manifestación cuyo motivo ignoramos (en un cartel bien grande se avisa de que uno no se puede manifestar en el sacrosanto terreno internacional) volvemos andando hacia el metro. Es hora de comer. Al llegar a casa Carl ya está allí. No hay salsa de tomate. Así que improviso unos ligeros espaguetis con carne sin salsa alguna. En la sartén la carne suelta más agua que la presa Hoover. ¡Viva el clembuterol yanqui!

Tras comer, tomar alguna cerveza y tal salimos los tres a callejar un rato. La cámara se queda en casa. Para ir de bares quiero ir cómodo. Lo cual es una lástima porque Carl nos lleva a ver el Flatiron y algún que otro sitio. Bueno, antes de pasar a la escena nocturna me permitiré hacer un inciso para relatar brevemente la historia de uno de los edificios más bonitos y peculiares de Nueva York.

Situado en la Quinta con la 23, el Flatiron es uno de los primeros y más antiguos rascacielos de Nueva York. Fue completado en 1902, y obviamente en aquellos días era uno de los edificios más altos de Manhattan. Designado oficialmente como el Fuller Building, enseguida se ganó el apodo de 'Flat iron', por su forma de plancha. El arquitecto Daniel Burnham y sus jefes de la constructora Fuller eligieron un solar bastante inusual con forma triangular. Fue dicho solar lo que dio al Flatiron su aspecto tan único. Su elegante diseño, sus adornos barrocos, y una zona repleta de bares y teatros (el hoy llamado Flatiron District) prontó hizo del Flatiron uno de los edificios más populares de Nueva York.
Aunque quizás lo que más popularidad dio al Flatiron, en tiempos ya pasados, fueron las corrientes de aire que se formaban delante de la parte afilada del edificio. Pronto se corrió la voz de que dichas corrientes levantaban las faldas de las damas que deambulaban por delante del Flatiron, con lo que todos los pillos y voyeurs de la ciudad acudían a la 23 para deleitarse la vista con las piernas de las desventuradas señoras. La expresión neoyorquina 23 skidoo nació en esa esquina. Skidoo, algo parecido a "lárgate", era lo que gritaba la policía a la caterva de mirones para que se dispersaran.

Bajando por la Quinta (cruzando Broadway en la calle 20 se encuentra el lugar de nacimiento de Theodore Roosevelt) llegamos a Union Square, una bonita plaza rodeada de edificios que podrían haber servido para la apocalíptica venida de Gozer el Gozeriano cuyos árboles han visto durante dos siglos muchas manifestaciones políticas y congregaciones populares de todo tipo. Los fines de semana, como tuvimos oportunidad de ver, el lugar se convierte en un mercadillo donde se pueden comprar desde cuadros, objetos hechos a mano y demás a frutas y verduras orgánicas. Seguidamente Carl nos lleva por University Place para enseñarnos parte del ambiente universitario de la ciudad. El recinto francés (el más antiguo al parecer) cuenta con una residencia universitaria que es prácticamente un palacete. Así debe dar gusto estudiar, y más teniendo a dos pasos una biblioteca que debe ser la leche. Y si uno le tira más el estudio a lo Bluto Blutarsky por supuesto la zona está llena de pubs.
Llegamos finalmente a Washington Square, donde nos adentramos para ver lo que muy acertadamente Carl nos recuerda que aparecía en Buscando a Bobby Fischer: las mesas de ajedrez de piedra. Allí las partidas son rápidas, desde luego, y en cuanto uno se queda mirando más de un segundo le llueven las ofertas para jugar una partidita. Carl nos recuerda que esos tipos se ganan la vida jugándose el dinero en esas locas partidas de ajedrez. Como aprecio mi cada vez más menguante cantidad de dólares rechazo todas las invitaciones.

Como va siendo hora de una cerveza decidimos recurrir al Stoned Crow, donde apostamos por las Brooklyns, salvo Rated R a quien definitivamente no le entusiasma su sabor. Mientras charlamos comentamos las carreras de atletismo. Una pareja pincha de vez en cuando algunas canciones en el tocadiscos. En una tierna escena acaban bailando con un tema que desconozco, pero de todas formas no me parece gran cosa. La ternura desaparece cuando el tipo se levanta y cambia de canal para poner uno de los aburridos partidos de fútbol americano. Tras discutir un plan de acción decidimos contraatacar pinchando algunas canciones de rock. (dos dólares cinco canciones) Me tienta endosarles a la pareja el "Sabotage" de los Beastie Boys pero en el fondo tengo ganas de buen rollo y me decido pr los Grateful Dead. Vamos eligiendo cada uno una canción y como traca final aceptamos la sugerencia de Rated R y endosamos a la clientela los nueve minutazos de "November Rain". La pareja se acabará yendo dejándonos con el "fútbol" y nuestra selecta selección. Tal vez se fueran por otro motivo, pero me gusta pensar que no aguantaron el misil Guns 'n' Roses. En realidad no recuerdo si estaba sonando esa cuando se fueron, pero qué mas da. Axl rules!
Según comienzan a sacar platos en el Stoned Crow decidimos que ya es hora de cenar. Quizás deberíamos haber cenado allí mismo, porque tanto el Greenwich como Bleecker St un sábado por la noche están atestados de gente. Pasamos por delante del Wha? donde una larga fila de gente espera para entrar, mientras un tipo con una lista de nombres está apostado en la entrada. Sí que deben haber cambiado los tiempos desde que Dylan homenajeara a Woody Guthrie en ese local.

Deseoso de probar de una vez una buena hamburguesa yanqui, Carl nos lleva a un restaurante con una larguísima cola, que por suerte es para la actuación de los cómicos en el sótano. Aun así al entrar nos informan de que para coger mesa deberemos esperar un cuarto de hora. Carl nos comenta que la gente que va allí a cenar tiene que pasar por delante de un escenario para ir al baño, y que algunos son víctimas de las bromas del cómico de turno. Suena interesante, pero la perspectiva de esperar quince minutos me agobia. La verdad, igual deberíamos haber esperado.
En el sitio del rock clásico donde nos refugiamos de la lluvia pocos días antes piden cinco dólares solo por entrar. Aunque el tipo de la guitarra tenga que ganarse la vida desde luego no es Tom Petty así que seguimos buscando un maldito lugar para cenar. Rated R propone el Peculier Bar. Entramos y hay varias mesas libres. Nos ponemos al lado de la máquina de discos para disfrutar del a veces discutible gusto de la clientela que pone canciones (aunque fue total cenar al ritmo del "Don't Stop 'Til You Get Enough" de Michael Jackson) y pedimos unas hamburguesas acompañadas de las correspondientes pintas. Carl deja un dólar para la propina, y antes de que podamos avisarle de que está incluída en el precio la camarera coge el dinero y el dólar a la velocidad del rayo y se esfuma. Bitch!
La hamburguesa está buena; desde luego a años luz de cualquier McDonald's o similar. Pero cuando le pregunto a Rated R por la del Carnegie Deli me dice que está a años luz de la que estamos comiendo. Me quedé con la sensación de haber probado una correctita hamburguesa norteamericana. Apunte: Carl me dijo que en cualquier dinner o restaurante es bastante probable que haya hamburguesas más que buenas. De todas formas el Corner Bistro pasa por tener las mejores de la ciudad.

Tras acabar de cenar salimos en dirección al East Village, por donde vamos a salir esa noche. Decidimos probar el Bleecker Bar de noche. Como ya comenté, menos acogedor que por la tarde. La simpática madurita del ex-novio gallego no está. En su lugar hay unas maquinales jovencitas sirviendo. El lugar está lleno, como Carl nos debía algo nos invita a unas pintas con la tarjeta. Tenemos que quedarnos a dos rondas al menos porque la consumición mínima con tarjeta son 30 dólares. Carl nos cuenta una anécdota relacionada con lo de dejar una cuenta abierta con la tarjeta, poco antes de vivir nuestro momento Michael Phelps definitivo.
Una diferencia entre los Estados Unidos y España es que los sitios donde pinchan rock no son necesariamente reductos de melenudos y tipos tatuados. Allí es mucho más habitual encontrarse con una clientela de lo más normal mientras en el fondo suenan Black Sabbath, Stones, y demás. Aunque la música no estaba especialmente alta y había mucha gente, se podían apreciar por el fondo los distintos temas de rock que iban poniendo.
Decidimos quedarnos un poco más, sobretodo tras coger sitio, para ver la carrera de Phelps en la que iba a ganar su octava medalla. Si por la mañana el partido de baloncesto había provocado una indiferencia total en los norteamericanos, por la noche la actitud iba a ser toda la contraria. Cuando se acercaba el momento todo el bar se puso a mirar hacia los televisores. Los gritos de ánimo no se dejaron de escucharse en toda la carrera. Cuando por fin el cansino Phelps llegó primero, bueno... sólo diré que mis oídos no han estado tan cerca de sangrar ni en conciertos de Motörhead. Los parroquianos se volvieron locos literalmente, rugiendo y gritando los sempiternos 'yu-e-sei yu-e-sei', como en las películas. Indescriptible. Decidimos sumarnos a la fiesta cantando el himno norteamericano repitiendo todo el rato el nombre del nadador. Ante nuestra franca inferioridad fuimos bajando el tono, por si acaso. Pero fue divertido. Toda una experiencia, la de la octava medalla de Phelps. ¡Vindemor, nosotros te queremos igual!

Tras quedar con una amiga de mi frater que andaba por la ciudad fuimos al East Village, donde por consejo de Carl nos dirigimos a uno de esos sitios paradójicos que uno debe conocer para poder ir; ya sabéis, no es un lugar de esos que se encuentre en las guías o que se pueda localizar así como así. De todas formas tiene página web, pero... así ya no tiene tanto encanto lo que acabo de escribir.
El sitio en cuestión era un bar de sake llamado Decibel, un antro que ocupaba un subterráneo que parecía sacado de la peli Black Rain. Tras pedirnos las identificaciones nos adentramos en el sitio, iluminado aunque no demasiado, donde la gente se dedica a charlar, pues desde luego no hay música. Nos sentaron en una mesa con dos bancos a cada lado, formando casi un cubículo. Un extraño aparato colgaba sobre el centro de la mesa, en cuyo centro había un hueco, tal vez para poner brasas y calentar algo. En la carta hay de todo, pero sobretodo sake, decenas de marcas y tipos que me hicieron desear ser Champollion. Rated R y la amiga se pidieron unos combinados que resultaron ser horribles. Se lo tienen merecido por ir a un bar de sake y no pedir sake. Por unos 40 o 50 dólares uno puede pedir una gigantesca botella, o un vaso por unos 8 dólares. El mejor sake que he probado. Cuando te lo sirven el vaso está metido en una especie de cajita de madera, y el sake es derramado a propósito. Carl me explicó que cuando uno se acaba el vaso se bebe también lo que ha quedado en la cajita. Alguna costumbre japonesa supongo.

Sobre las cuatro o cuatro media nos indican que va siendo hora de cerrar. Carl y yo apuramos nuestros sakes mientras los cócteles se quedan allí, y comenzamos andar avenida arriba hacia el metro, por la Segunda o Tercera, no recuerdo. Haré un inciso para comentar lo mucho que me acordaba de Jack Lemmon cada vez que pasaba por la Segunda Avenida. Hace eones que no veo el clásico El prisionero de la Segunda Avenida, pero tal como lo recuerdo la Tercera me parecía más la Segunda de la película. Espero que me entiendan.

Cuando debían marcar las cinco de la mañana un par de hambrientos entre los que no me encontraba decidieron parar en un dinner para hacer el resopón. Donde yo vivo es imposible encontrar un sitio donde le sirvan a uno huevos con bacon como los que se pidió Carl. ¡Qué adelantados estos yanquis! Yo como no tenía demasiado jamacuco aproveché para probar otro de los platos típicos neoyorquinos, el bagel. Un bagel con queso, el más económico. Está rico.
Nada más llegar nos recibe un judío (no es que llevara ricitios pero seguro que lo era) algo viejuno que no sé qué hace allí a esas horas, pero bueno, el hombre está de encargado y nos da una mesa. Nos toma nota uno de los camareros más eléctricos que haya visto, que andaba como a saltitos de un lado para otro. Y son las cinco de la mañana. Las bromas sobre cocaína no se hacen esperar.
Mientras cenábamos el local se fue llenando de gente variopinta que venía de una noche de fiesta como nosotros. Nuestra amiga comenta los extraños (y por lo general mínimos) modelos de las chica de color, pero lo mejor de todo estaba por llegar. Un par de chicas monas (no lo eran especialmente, pero ustedes me entenderán) se sentaron en una mesa más o menos paralela a la nuestra. Dos típicas jóvenes americanas rubias, delgaditas y vestidas con sus trapitos de noche. Hasta ahí bien. Pero lo que se metió entre pecho y espalda una de ellas nos dejó asombrados. Esa chica habría podido zamparse dos o tres sandwiches Woody Allen sin inmutarse. O se mata a hacer ejercicio o tiene un metabolismo de otra galaxia, o, como una opinión que se barajó, tiene la ténia. No sólo compartió una ensaladera gigante con su amiga sino que se zampó una montaña de pancakes más una hamburguesa con patatas o algo así. Tener de novia a una chica así puede significar la ruina si uno la invita a cenar. ¡Vaya saque!

Llegamos cansados al metro, y al entrar descubrimos con horror Rated R y yo que nuestra MetroCard ya no servía. Efectivamente ya era domingo. Al no poder entrar perdimos un metro. Mientras intentábamos sacar de la máquina otro pase llegó otro. Carl tuvo buenos reflejos y nos dejó su tarjeta para que pasáramos los dos. Maldita sea, con tanta tecnología podrían tener en cuenta la hora en la que uno se compra las MetroCards.
Al cruzar la puerta de casa estamos francamente agotados. No tardamos en dormirnos.

3 comentarios:

Adrian Vogel dijo...

El “surf & turf” de Sparks es antológico y no es tan caro. Es langosta y solomillo. Claro que su langosta no está tan buena como la nuestra, y quizás por eso sea más asequible para el bolsillo.

Möbius el Crononauta dijo...

¿Langosta y solomillo? ¿Pero todo a la vez?

De todas formas soy alérgico al marisco. Sí, soy muy popular en bodas y bautizos.

Adrian Vogel dijo...

En el mismo plato, si. Sorprendente combinación.