domingo, 24 de agosto de 2008

Crónica de Nueva York IV: Día sin huella

Aunque el calor apenas ha hecho acto de presencia, las nubes se han tornado más oscuras de lo deseable en los últimos días. Uno siempre se olvida algo al hacer la maleta, y Rated R y yo no teníamos ni paraguas ni chubasqueros ni nada parecido. Habíamos conseguido resguardarnos de la lluvia hace un par de días, pero la amenaza de una tromba de agua sigue estando ahí. De todas formas nos levantamos tras una noche más que fresca y desayunamos de nuevo con las gestas del señor Phelps. Decidimos pasar la mañana rebuscando más discos, pero esta vez nos dirigimos a la Virgin Megastore, en Times Square.

Al principio puede ser un poco decepcionante nada más entrar, hasta que uno se da cuenta de que hay dos pisos más en el sótano. En cuestión de camisetas y demás productos (salvo quizá los DVDs, aunque no los miramos por lo del tema NTSC) es bastante pobre, pero en cuestión de CDs uno puede encontrar cualquier grupo siempre que no sea una verdadera rareza. Aparte de las máquinas con cascos para escuchar las novedades más vendidas existen también otras para escuchar extractos de un CD elegido pasando el código de barras. Además hay un excelente buscador incorporado para saber qué discos hay disponibles. Aun así no logré encontrar el Growers of Mushrooms de Leaf Hound por ejemplo, aunque se suponía que debía estar allí. Si uno está dispuesto a gastar allí puede completar muchas discografías. Las cajas recopilatorias, por ejemplo, no tienen un precio tan obsceno como en España, aunque obviamente siguen rascando lo suyo. Tras adquirar algún CD nos acercamos a la calle 48, repleta de tiendas de instrumentos, a echar un vistazo. Quién le interese también puede acercarse a la gran Guitar Center, en la 14, cerca de Union Square. No sé donde saldrá más rentable porque no tuve oportunidad de acercarme allí, me conformé con las tiendas de la 48. Una de ellas estaba regida por un tipo de pelo blanco con marcado acento italiano con un gran parecido al habitual secundario de Scorsese y Los Soprano, ese con el que acababa Joe Pesci en un bar en Uno de los nuestros.

Cogemos el metro de vuelta a casa para comernos unos sandwiches y algo de yogur con cereales, y degustar una CocaCola con un sabor peculiar, distinto del de España. Pero tanto en Yanquilandia como aquí la CocaCola sigue sabiendo mejor en botella de cristal. Debían ser las cuatro o así cuando Rated R se quedó dormido en el sillón. Las larga caminatas, el poco sueño y los turnos de colchoneta se dejan sentir. Quizás un descanso no nos venga mal. Exploro los pocos canales disponibles y la programación es detestable. Los programas de testimonios son tan horribles como aquí. Los únicos divertidos son los de historias amañadas de parejas cornudas y demás putiferios. Decido meterme en internet y mirar alguna que otra dirección que visitar.

A media tarde es hora de ponerse en marcha. Vamos a visitar el pub más venerable de la ciudad, P.J. Clarke's. Hay un tramo de la Tercera Avenida que fue en su día un barrio irlandés, dividido por un metro elevado. Centenares de tugurios y tiendas poblaban la zona. Oficialmente establecido en 1884, en algún momento de principios de siglo un irlandés llamado Patrick J. Clarke entró a trabajar en el pub que hoy lleva su nombre. Tras algunos años había ahorrado lo suficiente para comprar el local. Lo bautizó con su nombre y siguió sirviendo cervezas y cenas a sus compatriotas de la Isla Esmeralda. Tras la Segunda Guerra Mundial todo comenzó a cambiar. El metro elevado se soterró, los grandes rascacielos comenzaron a sustituir al viejo barrio irlandés y unos italianos, los hermanos Lavezzo, se hicieron con el local. A principios de los 70 toda la zona pertenecía a la inmobiliaria Tishman Realty. Los dueños del Clarke's se resistían a vender, y, como en las películas, la Tishman necesitaba ese espacio para levantar un rascacielos, el primero de varios. Pero ninguna oferta fue lo suficientemente jugosa, y tanto clientes como conservacionistas apoyaron al local. El rascacielos se construyó un poco más apartado de lo proyectado, y el P.J. Clarke's se salvó. El edificio, que data de al menos 1864, sigue en el lugar de siempre, el 915 de la Tercera, con dos pisos menos, pero único superviviente de otra era.
Así es como lo encontramos, rodeado de rascacielos, y lleno hasta los topes. Damos una vuelta para volver más tarde. Entramos en una tienda de ropa de la Harley Davidson para hacer tiempo. Un dependiente intenta vendarme una chaqueta de cuero que me asegura durará veinte años por lo menos. Costando 600 dólares ya puede durar eso y más. Le digo que el interesado es mi amigo y que yo sólo estoy mirando. Cuando Rated R finalmente se compra una camiseta por unos veinte dólares (de lo más económico del local) volvemos al P.J. Clarke's a probar suerte.


La barra del Clarke's

Dicen que cada sábado Jacqueline Kennedy Onassis llevaba a sus retoños a almorzar al Clarke's. Aunque no es una referencia especialmente excitante, es más reconfortante pensar en que era el garito favorito de un Richard Harris que se ventilaba media docena de vodkas dobles, y que Frank Sinatra dejaba jugosas propinas en el lugar. Un tal Charles R. Jackson era habitual del lugar, y de una de sus novelas hizo Billy Wilder una adaptación. El P.J. Clarke's fue el bar que usó Wilder para rodar las escenas en el bar del desesperado Ray Milland en Días sin huella. Y ése fue el dato que me llevó al Clarke's.
Si visitáis Nueva York merece la pena ir al Clarke's. Aunque hay un par más por la ciudad, el original es el de la Tercera Avenida. Entre semana parece ser un logar de solaz para los oficinistas de la zona que salen del trabajo, y su clientela desde luego no lleva camisetas de Motörhead como llevaba yo, pero es un pedazo de historia neoyorquina y cinéfila. Su interior no ha cambiado demasiado, y aunque desde luego parece ser bastante popular entre los neoyorquinos (por lo que a partir de ciertas horas es difícil no encontrarse un gentío) al menos hay que tomarse una pinta en esa santa institución.

El día del Clarke's fue menos productivo de lo normal, pero el siguiente prometía ser largo y cansado, así que una pequeña pausa no nos vino mal.

1 comentario:

raskolnikoff dijo...

Joder, que manera de disfrutar un viaje. Leyéndote dan ganas de ir ...