sábado, 23 de agosto de 2008

Crónica de Nueva York III: El Metropolitan, Bleecker St y el Hudson

Amanece un nuevo día en Nueva York. La prioridad de la mañana es abastecer la desolada nevera. Tras desayunar, ver las Olimpiadas y chequear las noticias en Internet (la rutina de las mañanas) Carl parte para su trabajo mientras Rated R y un servidor vamos a comprar. Para la noche nos reuniremos con Carl y sus amigos para cenar. De momento bajamos y me acerco a un portero (allí todavía son muy frecuentes) para preguntarle por un supermercado. Nos indica un par, uno está un bloque más abajo. El supermercado se llama C-Town. Compramos lo necesario (entre ellos un zumo de naranja sorprendemente bueno), lo dejamos en la casa y caminamos hacia Central Park. Los martes el MOMA está cerrado, con lo que hemos decidido acercarnos al i Metropolitan Museum. Hoy tenemos una cita con la historia y la arqueología.

Puestos de perritos, bebidas y cacahuetes tostados inundan las cercanías del Metropolitan. La entrada es casi más imponente que el British Museum. Tras entrar e informarnos un poco nos ponemos en la cola de 'credit card only'. La entrada de adulto "recomendada" es 20 dólares, pues en realidad se supone que es una donación. Los veteranos como Carl si van al museo dan un simbólico dólar. Yo pago los dolorosos veinte pavos esperando que sirva para conservar el museo y no para que sus directivos se lo gasten en Dom Perignon.
La colección es impresionante, y aparte de las exposiciones residentes se van rotando cada cierto tiempo (como en cualquier gran museo) otras temporales. Una parte de la historia de humanidad está condensada en el Metropolitan. En este caso creo que una imagen valdrá más que mil palabras, así que os pongo unas cuantas fotos de lo que vi por allí.


Un matadero egipcio


El ataúd de Wennefer, con inscripciones del Libro de los Muertos


Un gobernador del Nilo occidental


Graffitis decimonónicos en un templo egipcio


Esfinge de granito de la reina faraón Hatshepsut


Estilo neorrenacentista y de influencia francesa en la sala de
estar del magnate de las alfombras Jedediah Wilcox



Una curiosa silla tete-a-tete


Una cruz asturiana del siglo XII


Espléndidas armaduras adornan la entrada de la sección dedicada a las armas


Un largo escudo defensivo agujerado por flechas


Hércules


Mmm... arte hindú

Tras la agotadora visita al Metropolitan nos sentamos en un banco de Central Park para descansar nuestros miembros y gozar con nuestros sandwiches de queso y kosher, y decidir a dónde ir. De momento decidimos bajar por la Quinta Avenida hacia el Hotel Plaza. Vemos una de las mayores sinagogas de Nueva York, lo que parece ser parte del zoo de Central Park y una especie de mansión inmersa en el parque que llama la atención y que debe ser un museo. Vemos también un monumento a los combatientes norteamericanos en la Gran Guerra.
Llegamos al Plaza, frente al Grand Army Plaza donde se encuentra una fuente pagada por Joseph Pulitzer, y tomamos algunas fotos. Vemos los típicos y carísimos carros tirados por caballo que tanto gustan a los turistas y las parejas románticas, y doblamos por la esquina de Central Park hacia Columbus Circle, una pequeña plaza circular dedicado al descubridor (o al menos al que presumió de ello) de América. Estatuas dedicadas a varios libertadores de Sudamérica jalonan el camino hacia el monumento a Colón. Vale la pena observar un poco y rememorar la famosa entrada que por esa plaza realizó el monstruo de nata de Cazafantasmas. Allí también intentó un punki Travis Bickle acabar con el senador Palantine en Taxi Driver; mejor suerte tuvo el asesino del gángster Joseph Colombo, que fue tiroteado en esa misma Columbus Circle cuando iba a dar un discurso a la multitud congregada para el Día de la Unidad Italiana. Mientras observamos cómo las nubes se reflejan en un nuevo canto arquitectónico al ego de un magnate (el Times Warner Building de Ted Turner) nos adentramos en la estación de metro hacia Washington Square, en Greenwich Village, por donde planeamos buscar alguna tienda de discos.

En cualquier guía se puede leer que el metro de Nueva York se ha modernizado. Los vagones llenos de pintadas son cosas del pasado. Pero aun así el sucio, traqueteante y siempre con pinta de anciano agotado metropolitano sigue siendo una forma rápida y a veces algo incómoda de desplazarse por Nueva York. Como casi todo en Nueva York, el metro también tiene su parte de nostalgia mitómana. No hace mucho hemos podido ver a John McLane tratando de deshacerse de una bomba en la tercera parte de La jungla de cristal, o a un cazador alienígena haciendo una chanfaina con los pobres pasajeros en Depredador 2. Bajando en metro desde Columbus Circle encontré el tipo de vagón más parecido al de las películas hollywoodienses que he visto, donde todos los asientos situados en las paredes son alargados y miran los unos a los otros. Era fácil recordar a Woody Allen siendo atemorizado por un joven Stallone (creo que fue en Bananas); aunque al relacionar Nueva York y el metro la referencia más apoteósica es la del magnífico thriller Pelham 1,2,3.

Sapokanikan era el nombre de un poblado indio situado cerca del actual parque de Washington Square hasta que los holandeses acabaron con ellos. Tras quedarse con sus tierras comenzaron a cultivarlas hasta que las regalaron a sus esclavos negros como recompensa por defenderlas de los ataques indios. A finales del XVIII Nueva York compró esas tierras para usarlas como cementerio para pobres y cadáveres sin identificar. Durante una plaga de fiebre amarilla muchas víctimas fueron enterradas también aquí. En 1826 el cementerio fue cerrado. Se acondicionó como lugar de entrenamiento para las milicias. Así que lo que hay bajo el parque actual son miles de cadáveres. Una década después Washington Square era una de las zonas residenciales más lujosas de Nueva York, como quedó inmortalizado en la novela de Henry James del mismo nombre y en el film de William Wyler La heredera. Todavía hoy se pueden observar casas de aquella época.


El water del Stoned Crow

Al lugar al que nos dirigimos quizás fuera residencia de alguna acaudalada familia neoyorquina del XIX. Se trata del Stoned Crow, un pub situado en el subsuelo de Washington Place, una calle adyacente a Washington Square. El pub se compone de dos salas, una estrecha con la barra a la derecha y unos semiocultos baños a la izquierda, y una posterior, más amplia, con mesas, un billar y al parecer un tragaluz que deja entrar la luz del sol. Nos sentamos en la barra y pedimos dos pintas; me decido por la Brooklyn Lager, una cerveza de intenso sabor que efectivamente se elabora en Brooklyn. Más adelante ya le dedicaré algunas líneas. Buen rock and roll suena de fondo; es un buen sitio para ir sea tarde o noche. Durante el happy hour creo recordar que las pintas son a cuatro o cinco dólares (más propina, claro). Como en muchos pubs se puede cenar allí si uno quiere. El techo está adornado con posters de films, y mientras uno va a orinar puede contemplar fotos de grandes divos y divas del cine y la música.

Tras un par de pintas salimos en busca de tiendas de discos. Nos acercamos a Gay Street, donde residía la novia de Al Pacino en Carlito's Way, y cruzamos la Sexta hacia Bleecker Street. En el 239 de Bleecker hay una tienda donde rebusco entre las cubetas, y en la sección de segunda mano encuentro algunos CDs a buen precio: el espectacular disco de Beck, Bogert & Appice, el Straight Shooter de Bad Company o Flowers of Evil de Mountain. Aunque había oído hablar de Jackyl y sus solos de sierra mecánica no los había escuchado, pero aun así me llevo su disco homónimo por tan sólo cuatro dólares. Tras las compras avanzamos por Bleecker, pasando el al parecer tramo gay de la misma para localizar otra tienda que está cerrada de por vida. Aquí las tiendas de discos pequeñas tampoco lo tienen fácil. Otra especializada en vinilos también está cerrada, aunque no sé si de forma definitiva. No teniendo nada más que hacer seguimos por Bleecker para buscar un pub que parece interesante, el Blind Tiger. Está lleno hasta los topes, por lo que tomamos Christopher Street para bajar por Hudson Street y localizar un pub mítico, el White Horse, establecido a finales del XIX y que durante décadas fue un bar de estibadores hasta que en los 50 Dylan Thomas y otros escritores bohemios del Greenwich comenzaron a frecuentarlo. Se dice que allí Thomas tomó su última copa, tras batir el récord del local, para después caer enfermo y fallecer algunos días después. Dylan, Jim Morrison y el loco Hunter S. Thompson también se dejaron caer por allí. Cuando nosotros acudimos no está ninguno de ellos pero sí está rebosante de clientes; de nuevo no tenemos suerte. Cansados, salimos hacia la orilla del río Hudson, que hemos divisado desde hace rato, para sentarnos en un banco y disfrutar de las vistas al atardecer, mientras los neoyorquinos más sanos corren de un lado para otro. Mientras el sol cae divisamos el horizonte y el skyline de lo que creo es Nueva Jersey. Mientras comienza a anocher arrastramos nuestros doloridos pies de nuevo por la calle Hudson hacia la parada de metro más cercana.


Atardecer en el Hudson

Hemos quedado con Carl y sus amigos en el Waterfront, un bar en la Segunda con la 31 donde cada martes se reunen para cenar. Tras abandonar el metro, y para hacer algo de tiempo, hacemos una parada para tomar una buena y vieja Guinness en un destartalado bar irlandés. El Waterfront es un sitio bastante recomendable para cenar. Grandes platos a precios asequibles, y una camarera respondona que me recuerda al personaje de la mujer de Danny De Vito en Cheers. Pido una pinta y un Mexican Dip, un gran sandwich de carne acompañado por sweet potatoes (boniato cocinado como si fueran patatas fritas) que se moja en un bol de salsa picante. Cuando vamos acabando la camarera pregunta por nosotros, pues somos los nuevos. Como es su costumbre la debía tomar con uno de los dos novatos, y el elegido es Rated R. Cuando me pregunta sobre si lo estoy pasando bien en Nueva York, y estando sobre aviso por lo que me había comentado Carl, le suelto un "hasta ahora sí". La simpática reacción de la lenguaraz camarera no se hace esperar, provocando las risas de la mesa. Decide endosarme la cuenta como venganza por mi atrevimiento. Sí, un buen lugar ese Waterfront.

Acabada la cena, y mientras la poca clientela y los camareros celebran una nueva victoria de Michael Phelps (qué cansino, ya les contaré por qué) en los Juegos Olímpicos nosotros dejamos el lugar. Carl, Rated R y yo cogemos un autobús hacia casa. La última anécdota del día nos la proporciona el conductor, que por el micrófono despierta a una tipa que estaba durmiendo detrás de nosotros en la última fila. Con el característico acento de afroamericano neoyorquino el conductor suelta la lapidaria frase in the bus you're supposed to be sittin' not layin'. Leído tal vez no tenga demasiada gracia, pero la manera de decirlo fue impagable. No sé si lo he dicho ya pero los conductores de metro y bus pueden ser una buena fuente de anécdotas en la Gran Manzana. Creo que esa noche me tocaba sillón. Bien por mí.

5 comentarios:

vaderetrocordero dijo...

Rated R, como el disco de los QOTSA? Me ha roto el corazón lo del CBGB!!!

Möbius el Crononauta dijo...

Sí, como el de los QOTSA, un seudónimo cualquira.

No me extraña lo del CBGB, una pena.

Saludos

Aitor Diaz Paredes dijo...

Curioso, el domingo pasado me compré el Straight Shooter en una tienda de 2º mano... en Pamplona, por 5€, para que luego digan de NY jaj

By the way, muy glamouroso el retrete.

La frontera entre China y Paris dijo...

Gran paseo por NY. ¿Y estuviste al la do de la casa donde3 vivió Dylan y no te hiciste una foto? ¿O ya la tienes?
Saludos

Möbius el Crononauta dijo...

Frontera, imagino que te refieres a Bleecker Street. ¡Pues no, no sabía el lugar exacto!