viernes, 22 de agosto de 2008

Crónica de Nueva York II: Chinatown, Little Italy y Soho


Incompresiblemente cuando mis ojos se abren apenas son las ocho de la mañana. Aunque noto el sueño mi cuerpo está activado. ¡Buenos días, jet lag!
Al parecer en los USA el verano no implica necesariamente vacaciones. Uno se las toma (por lo general tres semanas) cuando puede o le conviene. Es lunes y Carl tiene que trabajar. Nuestra prioridad es llamarle para saber de él. Carl nos ha enviado un mail, contándonos que debemos pulsar el 1 antes de marcar el número. Desayunamos un poco, bajamos a la cabina telefónica y quedamos con él para la noche. Partimos hacia el metro. Vamos dirección downtown, nuestro primer objetivo hoy es Chinatown.

Nos bajamos en Canal Street, el antiguo límite septentrional del barrio. Nada más salir del metro nos encontramos tiendas con productos de todo tipo y turistas merodeando. Decidimos alejarnos de tanta gente, así que cruzamos Centre Street y nos adentramos en Chinatown, dirigiéndonos hacia Columbus Park. Pasamos unos juzgados y mientras Rated R echar una foto yo intento echar otra pero escucho una voz que parece hablarme. En una escena que podría ser de Mr. Bean cada vez que intento mirar por el objetivo escucho la voz pidiendo que no haga fotos, pero miro y no hay nadie. La ridícula escena se repitió un rato hasta que miré hacia arriba y vi una figura tras una ventana. No sé si era un guardia, un loco, un preso o qué. Al diablo, al fin y al cabo es un juzgado mondo y lirondo. Me largo.

La importancia de Columbus Park reside en su pasado. A principios del XIX se drenó un lago (el Collect Pond) sobre el que se levantó un nuevo barrio. Situado su centro en la confluencia de las calles Canal y Center, y ocupando las calles Franklin, Leonard y Catharine, el edificio más imponente surgido de la desaparición del Collect Pond fue una prisión llamada The Tombs, un nombre que ya lo dice todo. Bien, no lejos de allí, en lo que hoy es Columbus Park, confluían cinco calles. Era Five Points, un agujero de crimen, prostitución y villanía que sin embargo constituyó uno de los primeros ejemplos del mestizaje de razas y culturas que caracterizarían a Nueva York. El mencionado juzgado es hexagonal. En los dos lados que dan a Columbus Park se situaban Paradise Square, la plaza donde se podían dejar relojes según la película Gangs de Nueva York, y la Old Brewery, una fábrica de cerveza que se reconvirtió en una hacinada vivienda para pobres, delicuentes y cualquiera que no pudiera permitirse nada mejor.

Se dice que en la historia moderna ningún lugar ha tenido un índice de criminalidad más alto que Five Points. A lo largo del XIX se fueron realizando intentos para mejorar la vida del lugar, y asociaciones religiosas trataron de convertir a los harapientos delicuentes en personas decentes. Finalmente alrededor de 1890 el lugar fue limpiado. Hoy en día lo que queda de Five Points son las intersecciones de las calles Mosco, Worth, Baxter y, en parte, Mulberry, y el Columbus Park. Excavaciones fortuitas o arqueológicas dieron a finales del XX indicios de cómo había sido la vida en la zona. Se descubrió un cementerio de los afroamericanos que habían habitado la zona a comienzos del XIX (hoy el African Burial Ground, en Duane Street) y viejos sótanos situados hoy bajo restaurantes chinos que contenían los restos bebés muertos enterrados bajo algún viejo prostíbulo. Quien desee saber más que no deje de leer el interesante libro de Herbert Asbury The Gangs of New York.


Parte de la desaparecida Five Points

Seguimos paseando por Chinatown, un barrio chino que a diferencia de algún otro justifica plenamente su nombre, y nos metemos en un par de tiendas para comprar algunos regalos para familiares y amigos. Tras fisgar en una tienda más adquiero una camiseta de Los Soprano. Debido al turismo abundan las tiendas de regalos, aunque vemos también alguna frutería y una carnicería con los típicos patos colgados de ganchos. Cuando ya tenemos bastante de Chinatown giramos de nuevo para dirigirnos hacia arriba por Mulberry Street.

Dicen que el primer italiano que llegó a Nueva York fue un artesano veneciano llamado Pietro Cesare Alberti, y que se instaló en Brooklyn, no en Manhattan. Miles de sus descendientes sí lo hicieron en la segunda mitad del XIX, naciendo así la Little Italy de la gran isla neoyorquina. Como se afirma en cualquier guía turística de la ciudad, hoy en día Little Italy es apenas un reflejo de lo que fue en el pasado. Chinatown rebasó sus fronteras a finales de los 70, cuando ya hacía un tiempo que los italianos buscaban vivienda más barata fuera de Manhattan. Muchos restaurantes y tiendas con nombre italiano son hoy de propiedad china. Mientras subíamos por Mulberry Street dejamos el antiguo Chinatown para pasar al nuevo, el de los chinos que regentan un Santini's. Siguiendo hacia el norte por Mulberry Street, la antigua arteria de Little Italy, se llega a una zona repleta de restaurantes italianos cuya única razón de su ser y existencia es el turismo. En ese tramo de Mulberry, a pesar de su artificialidad y de la masiva presencia de turistas, uno puede pararse, admirar algunos de los edificios que aun quedan de principios de siglo e imaginarse cómo era la vida allí, con los pescateros y verduleros vociferando su mercancía, las mammas cotilleando y gritándose desde las ventanas, los capos mafiosos provocando temor y derrochando glamour, la fiesta de San Gennaro y tal vez un joven llamado Vito Corleone triscando por los tejados para imponer su ley. Para cuando Francis Ford Coppola quiso encontrar en los 70 una calle que pudiera pasar por la Little Italy de principios de siglo tuvo que buscar en otro lugar. Seguimos andando y diviso un imponente edificio tras un bloque de pisos. Por lo que he leído después tal vez se trate del antiguo Cuartel Central de la policía metropolitana.

Se acercaba la hora de comer y era hora de buscar algún sitio en el que comer. En ese momento se puso a llover y tuvimos que buscar refugio en la puerta de un pub. Enfrente nuestro había una pizzería, pero nosotros buscábamos la que pasa por ser la pizzería más antigua de Nueva York, Lombardi's. En 1897 Gennaro Lombardi estableció una tienda de alimentos en Little Italy donde pronto comenzó a vender pizza. Tuvo tanto éxito que en 1905 abrió la primera pizzería de Norteamérica, Lombardi's. Antonio Totonno, su cocinero de pizzas, dejó Lombardi's en los años veinte para abrir su propia pizzería. Los fundadores de otras pizzerías clásicas de Nueva York como Patsy's o John's se formaron trabajando para Lombardi. La Lombardi's original cerró en 1984. La que pasa por ser la pizzería más antigua de los Estados Unidos se abrió diez años después, y allí fue donde nos dirigimos, en el 32 de Spring Street. No sé dónde había leído que se podía comprar una porción de pizza, pero Lombardi's es la clase de pizzería clásica que considera que vender una pizza en porciones es un engendro. Aunque no hay demasiada cola el local está lleno así que nos vamos de allí, no sin antes echar una foto a la Mona Lisa que decora su fachada.

Seguimos andando calle arriba por Mulberry (echad un vistazo al 128 de Mott Street, sede de la ficticia Genco Olive Company y lugar del intento de asesinato a don Vito Corleone) y nos paramos a fotografíar la vieja Saint Patrick's Cathedral, más modesta que la que vimos el día anterior, pero llena de historia. Fue la vieja archidiócesis católica de Nueva York, y era tan querida que tras sufrir un incendio en 1866 fue restaurada aunque la nueva catedral ya estuviera en construcción. Aunque fue iniciada por los irlandeses es uno de los iconos que todavía sobreviven de la ya casi desaparecida Little Italy.


Lemmy, iconoclasta publicitario

Un viejo Cadillac y un cartel de una especie de tienda de ropa donde aparecen algunos rockeros, entre ellos el bueno de Lemmy, llaman nuestra atención. Al llegar a Bleecker Street, oficialmente la frontera norte de la antigua Little Italy, estamos más sedientos que hambrientos, así que decidimos entrar en el primer pub que vemos para tomar una cerveza y buscar en la guía algún sitio cercano para comer. Se llama Bleecker Street Bar, y es uno de esos pequeños descubrimientos que uno hace al estar de viaje. Tiene un happy hour bastante largo, y la camarera (tal vez la dueña) que nos atiende es bastante simpática. De fondo suenan clásicos del rock de todas las épocas (Queen, Bowie, Springsteen) y tiene buenas vistas a la calle, más dardos y billares al fondo. La mujer reconoce mi acento y me comenta que su ex-novio es un gallego. Aunque por la noche, como descubrimos algunos días después, el sitio no es tan acogedor, sigue habiendo buena música de fondo y no es mal sitio para tomar algo. Si en el happy hour os dan a elegir entre Bud, Bud light, Coors o cualquier otra gran marca norteamericana (es decir, agua) y una Yuengling, optad por esta última. Tiene un sabor suave y entra bien, pero lo más importante de todo es que sabe a cerveza, cosa que no se puede decir de la Budweiser. La Yuengling (pronunciada yingling) pasa por ser la cervecería más antigua de los Estados Unidos, lo cual es otro punto a favor.


Una Yuengling en el Bleecker Street Bar

Tras un par de pintas de Yuengling y haber consultado la guía turística decidimos acercanos a un económico restaurante asiático que ya no existe. Hablando de sitios que ya no existen decidimos acercanos al 315 de Bowery, sede del desaparecido club mítico CBGB. Ojalá hubiera llegado a tiempo para verlo funcionando. Hoy en día la única referencia exterior al rock es la galería de fotografía Morrison Hotel que ha abierto al lado, donde en su interior se dice que se han conservado graffitis y algún que otro resto del antiguo local. Hoy el CBGB es una tienda de ropa de diseño. Deprimente.

Decidimos cruzar Broadway y adentrarnos en Greenwich Village, el barrio que acogió a Bob Dylan a principios de los 60. Cansados y algo hambrientos, le comento a Rated R que nos acerquemos a la cafetería más antigua de Nueva York, el Café Reggio. Está en el 119 de MacDougal Street, y estamos de suerte, hay sitio para nosotros. Vemos un menú y le pregunto a la camarera si podemos comer. Nos dice que sí. Uno de los grandes alicientes de Nueva York es que en muchos bares y restaurantes la cocina nunca está cerrado. Ya debían ser alrededor de las cinco de la tarde, con lo que los huevos, los sandwiches y buen capuchino serán bienvenidos. Inauguramos así la costumbre (nunca buscada, en verdad) de no comer nunca antes de las tres y media o las cuatro. El interior del Café Reggio es precioso, con pequeñas mesas redondas, madera vieja, decoración renacentista (hay dos grandes cuadros presidiendo la pared principal, no sé de qué artista/s) y la máquina de capuchino más antigua de América. En este lugar se tomaron un café gente como Dylan o Kerouac, y Richard Roundtree esperaba a un contacto tomando un capuchino en Shaft.

Comidos y habiendo tomado un buen café (el café americano es igual de malo o peor que las grandes marcas de cerveza yanquis) enfilamos hacia el Soho. Caminando hacia el Reggio había descubierto con gran sorpresa que el mítico Cafe Wha que acogió actuaciones de los grandes músicos de los 60 y 70; en ese café Hendrix voló las cabezas de unos sorprendidos neoyorquinos, con lo que no resulta extraño que su rostro actúe como reclamo pintado en una pared. La emoción del momento queda reflejada en una foto realmente desenfocada.


Una nerviosa foto del Wha

Rated R quedó desilusionado con el Soho. Tras la Guerra de Secesión el barrio se llenó de grandes edificios de hierro colado y piedra (se le conoció como el Cast Iron District) convirtiéndose en la zona comercial e industrial más importante de Nueva York. Muchos de los edificios que se pueden ver hoy en día albergaron en su día fábricas de telas y de diverso tipo y tiendas de ropa las plantas bajas. Con el tiempo todo eso acabó desapareciendo, quedando tras la Segunda Guerra Mundial grandes lofts a bajo precio que pocos querían salvo poetas bohemios, escritores, pintores y toda clase de artistas. Parte de ese Soho histórico se salvo gracias a los esfuerzos de los activistas políticos y el escándalo del derribo de la Pennsylvania Station. Cuando el Soho fue lo más 'in' y se puso de moda los alquileres aumentaron. Los artistas bohemios se largaron de allí y llegaron las galerías de arte, y aunque casi todas se han mudado a Chelsea todavía quedan algunas. Así que hoy en día el Soho tiene poco de bohemio y bastante de pijo, y las tiendas y restaurantes caros que han ido más allá de Houston Street han conformado la zona conocida como Noho (de North Houston, como Soho venía de South Houston). En resumen, está bien darse un garbeo y admirar la arquitectura, pero a no ser que se sea muy moderno el Soho no tiene mucho más que ofrecer.


Mulberry Street a principios de siglo

Dejamos el Soho para volver a Mulberry Street a comprar algún regalo en las tiendas más ecónomicas de la calle que habíamos localizado. Las únicas referencias mafiosas que hay en Mulberry Street están en camisetas y demás artículos a la venta en las tiendas que se apretujan unas con otras en la calle. Vincent 'Chin' Gigante ya no se pasea por sus calles, y el Ravenite Social Club, antiguo cuartel general de la familia Gambino, es hoy en día una refinada tienda de zapatos. De regreso a Canal Street tomo una foto de una especie de gran pagoda que hay en Chinatown sobre un Starbucks y volvemos a casa. Es hora de cenar y reunirnos con Carl. Cenamos unos sandwiches de queso y una especie de mortadela kosher que serán bastante habituales en los próximos días para desesperación de Carl. Y esa noche me tocaba dormir en la colchoneta hinchable. Mierda.


El Ravenite es hoy una zapatería

7 comentarios:

Aitor Diaz Paredes dijo...

Lo más divertido es que a fuerza de tanto verlo por la tele vas diciendo sitios y todos los que no hemos estado nunca en NY estamos "ah, sí, joe, Chinatown... el Chrisler... sí, en X peli estaban ahí... ajám". Es como si ahora nos encontramos con Mick Jagger, que de tanto verlo es como si le conociésemos de toda la vida. Por eso mola que seas tan detallado, ese Bleecker Street Bar, el Café Reggio y el Wha tienen que tener una carga mitómana impresionante.

PD: Lo del 11% de descuento para extranjeros es un puntazo.

mr chesnutt dijo...

¡Gracias por lo del 11% que no se me va a olvidar!. A mí me va a pillar allí la fiesta de San Genaro en little Italy, así que de todas formas iré a ver, aunque solo sea para recordar el episodio de Los Soprano donde aparecía... ya que con "El Padrino II" ya no tendrá nada que ver. Saludos.

Belén dijo...

Buf querido, cuando yo fui a new york iba con la mejor compañía pero para nada la mas recomendada, mi hermana no sigue para nada mis referencias musicales y cinéfilas, así que imagina...

A la próxima, me voy contigo! jajaj

Besicos

Fraentic dijo...

mi hermana fue el hace dos años y no paró de hacer fotos a las cosas de las pelis: autobuses escolares, escaleras de incendios, policias fornidos, camiones de bomberos...

Es bueno saber que NY es es más que eso xDD

Adrian Vogel dijo...

No te perdiste nada en el CBGBs. Era una guarrada de sitio. Un antro y de los pocos sitios -por no decir el único- donde la música sonaba mal. Lo que no le quita el mito y la leyenda, pero por los artistas y músicos mas que por el local.

Anónimo dijo...

Alberto Q.
www.lacoctelera.com/traslaspuertas

Sr Moebius, lo confieso. Me estoy leyendo con calma sus peripecias en NY y me estoy divirtiendo muchísimo...


Menudo diario de viaje más completo!!! O tiene una gran memoria fotográfica o iba tomando notas, supongo...

Saludos!!! Sigo leyendo.

Möbius el Crononauta dijo...

Aitor: jeje supongo que es lo bueno de estas croniquillas.

Mr Chesnutt: desde luego ir a ver la fiesta de San Gennaro es una obligación; no se cuánto guardará de tradicional, pero seguro que te acuerdas de Los Soprano y de la famosa escena de El padrino II.

Belén: bueno yo hice lo que pude buscando sitios. Pues nada a la próxima nos vamos.

Fraentic: NY es eso y más, ¡pero las pelis son las pelis!

Adrian: bueno, si hubiera sido un sitio limpio y aseado sí que me habría decepcionado. Aunque la música sonara a rayos me habría gustado poder verlo.

Alberto: con el tiempo mi memoria es cada vez menos fotográfica. Ya he comentado por ahi que tome algunas notas. Y hablando de fotos, el orden de éstas me ayuda a saber por dónde pasé primero. Viva la tecnología.