jueves, 21 de agosto de 2008

Crónica de Nueva York: El aburrido prólogo

Se me hace raro levantarme en una cama en vez de en un sillón o una colchoneta hinchable, mirar por la ventana y no ver edificios con escaleras de incendios por fuera, taxis amarillos, anchas aceras. Sobretodo se me hace extraño el no estar gastando suela y poniendo a prueba la resistencia de mis piernas por las aceras de Nueva York. El período de adaptación todavía sigue. En fin, aquí me hallo, de vuelta en la vieja España. No sé si escribir sobre mi estancia en la Gran Manzana servirá a alguien de ayuda o no, pero tal vez sea divertido. Mi ego seguro que lo agradece. Allá vamos. Y con teclado con ñ, todo un lujo.

Prólogo

Tras un cansado trayecto al aeropuerto cargando dos maletas bajo el sol español y alzando peso en las escaleras del metro, me reúno con mi amigo y compañero de viaje, al que llamaremos Rated R. Nos espera un vuelo a París de casi dos horas, en un avión no demasiado grande con asientos bastante incómodos. Siempre me gusta estar en la ventanilla y contemplar los despegues y aterrizajes, el paisaje, las nubes y demás. Durante el trayecto creo que divisar Monserrat. No hay mucho que hacer salvo conversar, cambiar de postura una y mil veces y mirar por la ventana. Poco a poco el paisaje se va haciendo francés, y tras un buen rato de nubes descendemos. Vemos los típicos bocage franchutes, grandes mansiones y châteaus, y, por fin, París, ciudad que lamentablemente no tuvimos tiempo de ver salvo desde las alturas. Logré divisar la imponente Torre Eiffel y el Arco de Triunfo.

Llegamos al aeropuerto Charles De Gaulle, y tras pasar los cansinos controles y cruzar varias cintas andadoras, subir y bajar escaleras y coger un pequeño tren eléctrico por fin llegamos a nuestra terminal. Resulta curioso descubrir que hay acceso a Internet (pagando) y lo más gratificante de todo, Playstation 3 totalmente gratuita para combatir el aburrimiento. Echamos unas partidas de F1, demostrando que la velocidad no es lo mío y finalmente nos dirigimos a la zona de embarque. Allí nos espera un Airbus que nos llevará a la Tierra Prometida.

Playstation gratis en el Charles De Gaulle

Del largo viaje de algo más de seis horas hasta Nueva York no hay demasiado que contar. A pesar de haber pedido asiento de ventanilla me encuentro con un cacho de pared y además que comprueba que el espacio entre asientos es sólo ligeramente superior al del avión más pequeño que habíamos tomado en España. Me gustaría saber quien diseñó esos malditos aviones; no debía de medir más de metro sesenta. En cuanto el pasajero de delante se reclina hacia atrás me quedo atrapado. Con una pequeña pantallita matamos el tiempo viendo películas (vi Iron Man hasta que el cabrón de Rated R me jodió el final apagando la pantalla), jugando al ajedrez o al blackjack y observando la trayectoria del avión en un mapa virtual, además de su posición, altura y demás. Las dos últimas horas se me hacen insoportables. El tentempié y la cena no están mal, se nota que volamos en una compañía francesa. Me levanto para estirar las piernas y bebo un poco en el autoservicio. Me encuentro como un tigre enjaulado. Si el viaje llega a durar otra hora más me da algo.

Por lo general, y tras haber pasado el estricto (aunque más rápido de lo que creía) control de seguridad estadounidense (esto es, dejar tus huellas, que te hagan una foto y entregar algunos formularios afirmando que no eres amigo de Bin Ladin y demás preguntas alucinógenas) el viajero lo primero que se encuentra es una algarabía de oportunistas (en mi caso pasajeros había pocos, pues debía de ser ya medianoche) que se ofrecen para llevarte y vaciarte un poco los bolsillos. Tras asegurarnos que no hay buses disponibles, cogemos el típico taxi amarillo neoyorquino (bueno el nuestro no fue tan típico; era un monovolumen). En la cola nos quedamos asombrados con la espectacular salida de un taxista quemando rueda al ponerse un semáforo en verde. Acostumbrado al imaginario hollywoodiense del estricto control de velocidad y demás, sorprende ver que Nueva York es más parecida a Europa (o al menos, a España) en ese sentido. El tráfico, como comprobaríamos más tarde, es algo caótico. Sobretodo los taxistas son los que imponen su ley a base de bocinazos. También comprobamos que efectivamente el típico taxista norteamericano o siquiera italiano de las películas ya no existe. Los taxistas de Nueva York constituyen toda una Babilonia de africanos, asiáticos e hindúes con pinta de haberse sacado el carnet en dos días.

Acostumbrado a lo que se suele hacer en España con los turistas (como de hecho me pasó en Londres), pensaba que tal vez el taxista haría su agosto dándonos vueltas por toda Nueva York. Pero al parecer ganan más dinero yendo y trayendo viajeros a la máxima velocidad posible.
En realidad hasta entonces la única diferencia que había encontrado es que se hablaba distinto, había más negros, salir del JFK era como cruzar mi ciudad y que los taxis son amarillos. La entrada a Nueva York no era demasiado distinta de la de Madrid por ejemplo. Yo viajaba pendiante de los carteles y la carretera, por si el taxista decidía darnos una vuelta por New Jersey o algo. En determinado momento Rated R me señala a la izquierda y exclama: "¡Mira allí!". Aunque mi compañero no lo vio, se me cayó la boca al suelo. Allí, ante mis ojos, majestuosamente iluminada, estaba Nueva York, como ninguna fotografía o libro podía describir. Me quedé sin habla durante algunos segundos. Sí, ahora sí: estábamos en Nueva York.

Llegamos por fin a Manhattan y a nuestro hogar temporal, el diminuto apartamento de nuestro amigo al que llamaremos Carl. Le pagamos unos 60 dólares al taxista incluída la propina (la primera de una eterna constante en los USA, la maldita propina) y llamamos al timbre. Carl baja a recibirnos; subimos las maletas por la angosta escalera. Vemos el piso en un vistazo (literalmente), descansamos, charlamos y bromeamos sobre mi escueto mail sobre nuestra llegada. Desafiando al jet lag decidimos salir a dar una vuelta y tomar unas cervezas. Tras tener nuestros más y nuestros menos con un portero aburrido con pinta de ser un secundario de Los soprano que nos habla sobre la ley de Nueva York ("yo soy la ley aquí", afirma sin rubor alguno), las identificaciones y demás (¡perdón por tener un documento extranjero, amigo!) entramos en un pub (es sábado noche) al parecer frecuentado por la típica joventud blanca norteamericana. Recuerriendo de nuevo a la mítica serie de mafiosos, allí está lleno de AJ y Meadows Sopranos y alguna que otra Christina Aguilera wannabe. A pesar de ser sábado por la noche los precios son más que razonables (cuatro dólares por una pinta de Stella Artois) más un dólar de propina por cerveza para el camarero; en este caso, una guapa morena. La música es una especie de rap metal sosaino; aunque a ratos cansa, siempre es mejor que el chunda chunda europeo. Conforme avanza la noche suena algo de rock clásico gracias a una moderna máquina de jukebox (nada que ver con las bellezas de los 50) en el que suenan Guns 'n' Roses (evidentemente ya son todo un clásico, sobretodo para los veinteañeros) y algún que otro gran nombre de rock.

Hacia las cuatro de la mañana emprendemos la vuelta a casa. Creía que dormiría como un angelito, pero no hay que sobreestimar al jet lag. El día siguiente prometía ser largo.

10 comentarios:

Angus dijo...

Está genial poder visitar una ciudad con un guía local, o al menos, experimentado en el luga).
Esas birras me parecen tiradas de precio, sobre todo con el precio del dólar.
Espero al próximo capítulo.

Nina la ratona dijo...

Queremos másssssssssssssss

Pablo dijo...

Bienvenido de nuevo al "pueblo".
Saludos!!!
http://pablocine.blogia.com

Dr. Eric Vornoff dijo...

Interesante viaje, estaré atento a las siguientes entregas.

mr chesnutt dijo...

Buen prólogo. Mas o menos como me lo imagino. Si te agobió el vuelo, no te recomiendo el que hice yó a Los Ángeles: media hora a Madrid, seis horas y pico a Filadelfia, y otras seis y pico a LA. Cuando llegué todo me daba vueltas.... ¡¡al amanecer todavía la habitación casi queria seguir girando!!.... Saludos.

Aitor Diaz Paredes dijo...

Re-bienvenido!!!!! No tengo tiempo para leerme la intro pero yeah me encantan estos relatos (tono emocionado)

De un tipo que se traga Canal Viajar desde hace años y no ha estado en su vida en un país anglosajón.

perem1 dijo...

Uff... lo siento, pero vaya envidia me has dado, no he tenido ocasión de visitar NY, pero ufff como me gustaría..... Supongo que no te toparías con Robert De Niro?

*un comentario fuera de contexto*. Estos días he visionado una peli que en su día me dio pereza pero tras verla, solo puedo decir que es absolutamente impresionante, he mirado si hay un comentario sobre la misma en el blog pero no la he sabido encontrar, me estoy refiriendo a "Cartas desde Iwo Jima". Ya me contaras que te pareció.


Un saludo.

Möbius el Crononauta dijo...

Pues de famosos no vi ninguno; o están en LA o estaban de vacaciones.

El buscador del blog me parece que no es gran cosa. Sí que hablé de "Cartas desde Iwo Jima" en su día, si te interesa via google imagino que darás con ella de algun modo.

Saludos

Belén dijo...

Esperotus cronicas querido,como agua de mayo además :)

Besicos

perem1 dijo...

Möbius, ya he dado con la entrada de "Cartas desde Ivo Jima". (he dejado comentario)

Al buscador algo le ha pasado, pues no te funciona correctamente.


Un saludo.