sábado, 12 de julio de 2008

Hombres intrépidos (1940)


Va siendo hora de volver atrás en el tiempo al Hollywood más mágico e intemporal, y olvidarse durante un rato de las grandes películas contemporáneas y las películas de acción de los 70. Y qué mejor director para hablar de cine clásico que el maestro John Ford. Sirva además esta entrada como recuerdo para el desaparecido programa ¡Qué grande es el cine! de Jose Luis Garci, donde descubrí esta asombrosa película, y tantas otras maravillas del séptimo arte.

Entre árboles y rayos de luna sensuales mujeres, como modernas sirenas emergidas de La Odisea, intentan atraer a los marineros enclaustrados en su barco, anclado en el puerto. Los hombres fuman, se apostan en la borda, soñando despiertos con un mundo tan cercano como alejado de ellos. En su mirada se adivinan la nostalgia y el deseo, el sueño de una vida más placentera. Sin embargo saben que esos pensamientos son sólo sueños, y que se esfumarán como anillos del humo de un cigarrillo en el aire. Ser marinero siempre fue duro, pero la suya es una época en la que navegar es más peligroso que nunca. La Segunda Guerra Mundial ha estallado y los buques de mercancías son presa fácil para los "lobos" germanos de la guerra submarina. Hombres Intrépidos es un homenaje a los anónimos héroes que caen en los combates sin ser soldados, y a una raza de seres que tratan cada día de doblegar a los mares, aun cuando saben que es una batalla perdida.

La idea del film surgió de una conversación entre dos grandes amigos y dos grandes del cine y el teatro: John Ford y Eugene O'Neill. Éste tenía una serie de pequeñas piezas de teatro que conformaban la tetralogía conocida como The Long Voyage Home, escrita en los tiempos de la Primera Guerra Mundial. O'Neill le sugirió a Ford que fusionara las cuatro obras en una película; al miope director le encantó la idea, siendo además un perfecto proyecto para su recién fundada productora Argosy Pictures.

Como ya he comentado en alguna ocasión, Ford tuvo a finales de los 30 una etapa de absoluto esplendor rodando títulos como La diligencia o Las uvas de la ira, culminando su impresionante racha artística a principios de los 40 con Hombres intrépidos y ¡Qué verde era mi valle!, entre las que mediaba el pequeño bache (para otros gran batacazo) de La ruta del tabaco. Viejos conocidos y nuevos colaboradores ayudarían a hacer de Hombres intrépidos una de sus mejores y más olvidadas películas.

Para su película de 1940 Ford contó con el excelente guionista Dudley Nichols, el primer hombre de cine en rechazar un Oscar, para que adaptara y diera coherencia a las cuatro obras de O'Neill. Cuando uno ve una película como La fiera de mi niña poco más puede decir; Nichols era una de los grandes, y realizó una magnífica labor. El director confió de nuevo en su admirado John Wayne para uno de los papeles principales del film, dejando de lado a su habitual Henry Fonda, aunque Wayne tuvo muchas dudas antes de aceptar el papel. El ex-futbolista tenía que interpretar a un marinero sueco, y no creía ser capaz de adquirir un acento lo bastante creíble, temiendo que el público se reiría de él. Aunque por entonces Ford consideraba más al hombre que al actor (de esa época es su lapidaria frase respecto a Wayne "no le dejes que hable a menos que haya algo que sea imprescindible que diga) el director le persuadió para que aceptara interpretar al inocente y atlético marinero Ole Olsen. El actor trabajó duramente el acento con la ayuda de una actriz sueca, Osa Massen. El esfuerzo y el acento más que aceptable de Wayne impresionaron a Ford, aunque tuvieron que pasar algunos años más y una película de Howard Hawks para que el director de origen irlandés reconociera finalmente las capacidades de John Wayne, lo que daría inicio a uno de los tándem más famosos del cine norteamericano.
Probablemente por encima de guionistas y actores el nombre que más destaque (así lo reconoció el propio Ford al compartir créditos con él) es Gregg Toland, el maestro de la fotografía en blanco y negro, que ya impresionara al director (y es bien sabido que era difícil arrancar alabanzas de la boca del director) en Las uvas de la ira. En Hombres intrépidos Toland fue más allá, y junto a Ford creó una maravilla visual de tal calibre que merece la pena detenerse en ella por unos momentos.

Al ser una coproducción entre su propia compañía y otro estudio, Ford y Toland tuvieron la oportunidad de experimentar e ir más allá de los cánones establecidos en la tradición de los grandes estudios. Aunque es cierto que la culminación de los caminos expresivos y visuales del director de fotografía se dio en el Ciudadano Kane de Orson Welles, justo es dejar patente que un director como Ford, referente de lo clásico e incluso de lo conservador, ya se había dado a la experimentación junto al genial Toland, dejando fluir la influencia del expresionismo europeo con primeros planos envueltos en claroscuro, usando innovadores planos y extrañas posiciones de cámara (incluyendo el famoso nivel de suelo usado por Welles), trabajando la profundidad de campo... en definitiva, Hombres intrépidos ofrece una de las películas de Ford mejor fotografiadas, lo que unido al talento visual del director hace del film una de esas obras que debieran proyectarse en todas las escuelas de cine.

Como muchos sabréis, Ford gustaba de navegar. Criado en las costas atlánticas, el director sentía una gran pasión por el mar y admiraba a los hombres que se jugaban la vida en él. Hombres intrépidos trataba una vez más del arquetipo de tipos rudos y valientes, no exentos de una cierta sensibilidad (aceptablemente masculina) especialmente en lo tocante a la exaltación de la amistad y el compañerismo, dotando a sus personajes de ese romanticismo de taberna y lupanar que tanto gustaban al cineasta. Hombres intrépidos, la película favorita de O'Neill, quien quedó encantado del trabajo de Ford con su obra, es una historia primordialmente masculina, en la que se exalta la pelea y las juergas alcohólicas, y el compañerismo entre esa clase de hombres que besan a las chicas sin mediar palabra, y donde la figura femenina se convierte en simple objeto de diversión, o de perdición (aunque en este último caso el director otorgue sentimientos humanos a la arpía en cuestión), salvo por la figura de la madre venerada y la santa y paciente esposa, inequívoco signo de la clásica visión irlandesa (católica) de la mujer que compartían tanto O'Neill como Ford.

La pequeña colección de historias que se entremezclan en Hombres intrépidos son continuos ejemplos de ese retrato de la vida, los amigos, el heroísmo, las mujeres, etc. Aunque hay espacio tanto para el humor como para el drama, conforme avanza la cinta la historia se va tornando más oscura y desoladora, lo que junto a su tratamiento artístico hizo de la película un producto poco rentable en taquilla, aunque la crítica valoró en su justa medida el trabajo de Ford.
Y es que el director volvió a ofrecer con maestría (especialmente en los primeros tres cuartos del film) una sabrosa mezcla de cómicos momentos y espeluznantes escenas sombrías. Destaca en ambas uno de los habituales de Ford en aquella época, el genial Thomas Mitchell, un perfecto borrachín dentro de la filmografía fordiana que en esta película tuvo uno de sus mejores personajes. Para el recuerdo queda ese gesto de resignación que tiene su personaje al haberse desatado una pelea y tener que comenzar a dar golpes sólo porque así debe ser, como estremecedores resultan sus desvelos al lado del catre de un agonizante Ward Bond, otro habitual y secundario que tuvo en dicha escena uno de sus más álgidos momentos de su carrera.
Como debiera ocurrir en toda buena película, lo visual resalta las interpretaciones de los actores, y viceversa. Genialmente dramática y estupendamente rodada es la escena en que Mitchell comienza a leer la correspondencia privada de un solitario y atormentado marinero a quien creen espía alemán, mientras que conforme avanzan las líneas del escrito vemos como la vergüenza se va apoderando de los errados marinos (una escena similar me impresionó de pequeño en una película de Jose Luis Ozores, Ahí va otro recluta. ¿Se seguía inspirando entonces el cine español en los más grandes?). El supuesto espía morirá más tarde como un héroe al ser tiroteado por un avión, siendo arropado su cuerpo por la capota de un bote azotada por el viento, que en un fundido se transformará en heroica bandera... como suelo decir, eso es cine en estado puro. Impresionante es también la imagen de los marinos viendo desde el barco la desoladora imagen de los hijos ya huérfanos y la desconsolada viuda.
En la parte final de la película la acción se centra en Olsen, quien trata siempre de ahorrar para volver junto a su madre, pero a quien el alcohol acaba siempre desviando de su camino, teniendo que volver a embarcarse para ahorrar más dinero. Se desata entonces el compañerismo, tratando de asegurarse sus compañeros de que en ésta ocasión el joven sueco parta hacia tierras escandinavas. No detallaré los sucesos que sobrevienen después, tan sólo atraeré la atención del espectador en ese soberbio último plano, con un periódico como único protagonista, recurso suficiente como metáfora del heroísmo y la amistad, en lo que constituye uno de los mejores finales de la filmografía de Ford, lo que es decir, por ende, de la historia del cine. Y no cabe duda de que a día de hoy, atrapados en el país de los ciegos, el tuerto es rey.




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2 comentarios:

raskolnikoff dijo...

Ésta y "El hombre tranquilo" son los mejores homenajes a Irlanda que se han hecho jamás.

Bróde eireannach!

M.I. dijo...

¡¡¡Guau, qué articulazo!!!

Una vez, en una entrevista, le preguntaron a Orson Welles por sus directores americanos favoritos, y él dijo eso de Ford, Ford y Ford. Cuando el entrevistador insistió con un "¿Alguien más?", él contestó con un firme "Ah, pero, ¿es que hay alguien más?.

Gracias por este artículo y por recordar el CINE entre príncipes que temen al ogro champú, jajajajajaja (me partí de risa con tu comentario).

Saludos!!