miércoles, 18 de junio de 2008

La herencia del viento (1960)


Una idea es un monumento más grande que cualquier catedral.

En el libro de los Proverbios, capítulo 11, versículo 29, se lee: "Aquel que turba su casa heredará el viento". En el viejo Mississippi, en 1925, la localidad de Dayton se vio turbada por un juicio que marcó época: el del Estado contra John Scopes. En virtud de una ley aprobada no mucho antes, el profesor John Scopes fue arrestado y acusado de violar dicha ley. Su crimen fue enseñar la teoría de la evolución de Darwin a sus alumnos. El llamado "Juicio del mono de Scopes" constituyó una nueva batalla entre ciencia y religión, y por cada uno de los bandos lidiaron dos de las más lúcidas mentes de aquel entonces: Clarence Darrow y William Jennings Brian. Someramente, éstos son los hechos históricos.

Treinta años después dos dramaturgos consideraron que la libertad del individuo estaba siendo nuevamente puesta a prueba. Corrían entonces los oscuros años del Macartismo, del terror soviético y de la Caza de Brujas en Hollywood. Jerome Lawrence y Robert Edwin Lee escribieron la obra Inherit The Wind como un modo de atraer la atención sobre la particular e injusta cruzada que estaba llevando a cabo el terrible senador de Wisconsin Joseph McCarthy. Cinco años después, con la fiebre anticomunista todavía fresca, el director Stanley Kramer llevaba la obra a la gran pantalla. Hoy, más de cuarenta años después, existen países donde los periodistas críticos con el poder son misteriosamente asesinados, donde se encierran a autores de blog por opinar de un modo diferente a su gobierno. A día hoy se dice que todavía hay algunos estados norteamericanos donde enseñar la Teoría de la Evolución es un delito. Hoy, como ayer, La herencia del viento sigue siendo un film en plena vigencia.

La película de Kramer va más allá de los puros hechos históricos. Probablemente el juicio a Scopes fuera muy diferente a como podemos verlo en la pantalla. Resulta sintomático que todos los nombres hayan sido cambiados. Así pues el hecho del pasado resulta una mera excusa; es el sobre que contiene lo verdaderamente importante, el mensaje. El del peligro de los fanatismos, y el de la fina barrera que existe entre la libertad individual, las ideas y la ley de los pueblos. Además, La herencia del viento, versión 1960, es una estupenda película con un duelo actores a la altura de aquella lucha de 1925 entre un abogado y un fiscal.

Fuera buen gusto para rodearse de estupendos intérpretes, o una buena mano para sacar de esa herramienta viva que son los actores grandes interpretaciones, o fueran las dos cosas, lo cierto es que el cine de Stanley Kramer se suele caracterizar por grandes actuaciones que oscurecen en muchos casos su labor como autor cinematográfico. Quizás fuera lo que el director buscaba, o quizás fuera un efecto no deseado. Pero en La herencia del viento un reparto de catorce quilates, una historia (obvio es decirlo) muy teatral y repleta de diálogos, y como ya he comentado, un particular combate entre dos pesos pesados de Hollywood, dos actores que interpretaron al doctor Jeckyll en distintas versiones y que en la película contaron con un juez de excepción. El árbitro fue todo un Gene Kelly, que ponía rostro, ironía y mucha mala leche a su descreído periodista E. K. Hornbeck, un escritor de artículos que pone todo el poder de su periódico al servicio del desvalido profesor Bertram T. Cates (el "embrujado" Dick York) por la buena causa de grandes titulares. El caballero sin espada que defenderá el creacionismo y la palabra de Dios será William Harrison Brady, un carismático Fredric March dándonoslo todo en uno de sus últimos papeles. En favor de la ciencia hablará un tal Henry Drummond, más conocido por nosotros como Spencer Tracy, un actor colosal quien casi se marchó de este mundo de la mano de Stanley Kramer, quien le dirigiría en varias ocasiones más hasta su última película, Adivina quién viene a cenar esta noche. En el lado oscuro tenemos al fanático reverendo Brown, interpretado por Claude Akins, quien más tarde interpretaría, paradójicamente, a un general gorila en una de las secuelas de El planeta de los simios. Junto a Brady tenemos a su esposa, Florence Eldridge, casada en la vida real con March.

La Biblia es un libro. Es un buen libro, pero no el único libro.

Seguramente donde más espectacularmente se note la mano de Kramer tras la cámara en los magníficos planos de los créditos iniciales, donde los notables del pueblo se van reuniendo para dirigirse al instituto del pueblo. Cuando uno contempla la forma en que Kramer ha dispuesto la cámara en esas primeras escenas a uno le viene a la mente esa maravilla llamada Solo ante el peligro.
A partir de entonces Kramer irá cediendo el protagonismo a los actores y al guión; guión que por cierto incluyó más frases sacadas directamente de las actas del juicio que la versión de Broadway. De entre éstas últimas se suele citar esa fabulosa escena donde Harry Drummond da rienda suelta a su ira y acaba siendo acusado de desacato.

Desde el mismo comienzo de la película Kramer introduce cántios religiosos para crear una atmósfera áspera, identificando religión y fanatismo, y describiendo a todo un pueblo en contra de un individuo. De un modo singular, el defensor de la fe Harrison Brady resulta ser un hombre bastante cabal, alejado del oscurantismo del reverendo Brown, quien repudia a su hija por estar prometida al hombre que enseña el pasado del hombre sin mencionar a Dios. Con todo, acosado en el juicio por el temperamental y astuto Drummond, Brady se revelará como un ídolo mesiánico con pies de barro.
Tanto Brady como Drummond son retratados como dos viejos amigos que se ven obligados a enfrentarse en el juzgado por defender sus propias causas, aunque dicha rivalidad no es llevada fuera del recinto judicial. Como bien queda reflejado en una determinada escena, en la que Brady le pregunta a Drummond cuando comenzó a distanciarse de él, y éste responde que el movimiento es relativo y tal vez sea él quien no ha avanzado, ambos luchan por sus ideales, creen en una causa, pero parece ser capaces de ver las cosas con cierta perspectiva. Ellos son la cara más amable del juicio. Por contra, tenemos al reverendo Brown, cuyas rígidas creencias le convierten en un justiciero y verdugo más que en un hombre justo y en un buen cristiano, lo que le convierte, en cierta manera, en el villano de la película. En el otro bando, y por todo lo contrario, tenemos también al oscuro Hornbeck, quien es un ateo que no parece tener causa alguna, y que como le acabará echando en cara el propio Drummond, es un ser solitario cuyo único Dios es E. K. Hornbeck.

Siempre es un placer volver a ese pequeño pueblo de Mississippi y comprobar lo bien que se le daban a Gene Kelly los personajes sarcásticos, o la facilidad con la que March impostaba la voz, y nos llevaba de la risa a la pena; o, sobretodo, contemplar la gran actuación de Tracy, un católico a su modo que nunca se divorció de su esposa, pero que en esta película parece capaz de convencer a Pablo de Tarso que su más lejano antepasado no fue Adán sino una mísera célula, o algún feo sapo, o un peludo mono. Su cliente, Bertram Cates, quiso tener los mismos derechos que una esponja, como dice el mismo Drummond, y por ello fue condenado. Seguramente el más perfecto de los mundos no se encuentre en el atávico fervor de Brown, ni en la nada espiritual de Hornbeck. Tal vez un mundo mejor estaría compuesto de Henry Drummonds y William Harrison Bradys. De eso no estoy seguro; pero si lo estoy al afirmar que hoy en día tendríamos un cine mejor si hubiera más tipos como Kelly, Kramer o Tracy. Pero esa casta de artistas parecen extintos, como los dinosaurios. Y lamentablemente no creo que ningún mosquito con su sangre se encuentre atrapado en ámbar. Pero roguemos al Señor porque así sea.

Leer critica La herencia del viento en Muchocine.net

2 comentarios:

Milgrom dijo...

Un gran homenaje a esa casta de directores y actores bigger than life!!!

el rayo verde dijo...

buenos post. Encantado de leer por aquí, se saborea cine.
saludos