jueves, 26 de junio de 2008

El último viaje del juez Feng (2006)

A finales de los 70 alguien decidió que en la República Popular de China debían haber funcionarios extraidos de las minorías étnicas del país. Fue así como la "tía Yang" se convirtió en ayudante del juez Feng, y juntos recorrieron de un lado a otro la agreste provincia de Yunnan, llevando la ley del pueblo a las diseminadas aldeas de la zona. Treinta años después alguien decidió que los jueces debían tener un diploma. Fue así como la "tía Yang" emprendió su último viaje como ayudante del juez Feng, acompañada por el recién licenciado Ah-Luo. Se inicia así un trayecto que recorrerá n o sólo senderos y montañas, sino también sentimientos, amores y desamores.

En el cantón de Ninglang, de unos 6.000 kilómetros cuadrados, conviven 12 minorías étnicas diferentes. Algunas de ellas, como los Moso, siguen siendo un tradicional matriarcado, cuyos habitantes siguen apegados a las viejas tradiciones y las supersticiones de todo tipo. En la comunista China esas pequeñas gentes siguen profesando el budismo, y, aislados del mundo, tratan de salir adelante como pueden. Es en ese territorio donde el juez Feng emprende cada año un viaje por caminos de piedra, barrancos y altas montañas, acompañado por su ayudante y un caballo para cargar equipajes y pertenencias, y lo más importante, la insignia nacional.
Donde la civilización y la tecnología todavía parecen no haber llegado, el juez Feng, con muchos años de experiencia a sus espaldas, imparte la justicia de la ciudad tratando de conciliar la modernidad con las costumbres y creencias locales, algo nada fácil. Siempre respetuoso con las gentes con las que se va encontrando, su paciencia y comprensión chocan con las maneras del impetuoso Ah-Luo, que considera degradante el vérselas con cerdos y supercherías, sin llegar a entender la especial sensibilidad de aquellas sencillas gentes.

Feng es, sin embargo, un hombre solitario, y Ah-Luo habla de lo que se comenta en el juzgado: que ni su mujer ni su hija quieren saber nada de él. Por otro lado, Ah-Luo cree ver algo más que una simple relación laboral entre Fen y Yang. Pero el juez y su antigua ayudante parecen encorsetados por su trabajo y las costumbres sociales. Qué les deparará este último viaje es asunto que debe resuelto al ver el film.

El último viaje del juez Feng, ópera prima de Liu Jie, constituye todo un canto a una manera de vivir ya desaparecida en la mayoría de la China moderna. El film de Jie analiza el choque que se produce entre la inexorable ley de Pekín, insensible con las viejas costumbres locales, y la tradición de ciertos pueblos donde sus leyes locales y sus tradiciones lo son todo. Mientras recorremos unos paisajes espectaculares y echamos un vistazo a esa gran China desconocida incluso para los propios chinos, y analizamos los problemas existentes en la actual China rural, nos vamos identificando con los tres personajes principales, y al igual que el viejo caballo de la película, subimos y bajamos por las colinas de sus peculiares relaciones.
Con la habitual delicadeza a las que nos tiene acostumbrados el cine chino, Jie nos habla de sentimientos y emociones con lo mínimo, sin grandes diálogos, ni gritos ni aspavientos. El que un personaje masculle unas palabras, el que dos miradas se crucen, un pequeño gesto, bastan para contarnos lo que otros necesitan contar en una hora o dos de metraje. Como si Jie se hubiera contagiado del tranquilo ritmo de vida de esos pueblos perdidos, la historia avanza poco a poco, entre juicios, patatas asadas y caminatas por impracticables riscos. Ante nuestros ojos pasarán dos historias de amor, sin que siquiera atisbemos beso alguno, que se verán condicionadas por las leyes de forma algo curiosa, pues sea la ley gubernamental o la ancestral ley local, ambas dificultarán el paso que lleve a los personajes a la felicidad.

Además de ser una de las más bellas historias de amor que se hayan podido ver este año, sea amor entre hombre y mujer o amor a una forma de vida, El último viaje del juez Feng es una gran fotografía de la China rural en movimiento, que nos acerca a unos paisajes espectaculares y que le puede hacer sentir a uno la luz del sol en los ojos o la fría bienvenida de un amanecer. Liu Jie no sólo nos ha regalado todo un poema visual, sino que en su última estrofa nos ofrece además uno de los finales más conmovedores de los últimos tiempos. El particular tribunal a caballo ambulante del juez Feng es el prometedor inicio de la carrera de un director de quien esperamos más películas como ésta. Que Buda nos oiga.

2 comentarios:

Aitor Diaz Paredes dijo...

Se me hace superdifícil el cine oriental, nunca se me ha hecho agradable, siempre frío y seco supongo que las diferencias son muy grandes entre nosotros y ellos... pero Emule parece estar de acuerdo contigo así que otra peli para descargar.

Higronauta dijo...

Por el momento, y harto sorpresivamente, la mejor película que he visto en lo que va de añada, y de lejos. Eso sí, ando en busca y captura del traductor del título para fines nada agadables por motivos obvios...