sábado, 14 de junio de 2008

Días de radio (1987)

Que recuerde el cine de Woody Allen no se había asomado todavía a esta Cinta, lo cual resulta imperdonable, no ya sólo por su calidad sino porque crecí (en más de un sentido) con sus películas. Varias son las etapas en la carrera del pelirrojo humorista, desde sus comienzos como guionista y actor hasta su debut en al dirección facturando geniales y alocadas comedias del absurdo, alcanzando una gran madurez artística con Annie Hall, que marcó un antes y un después en su carrera llevándole hacia un cine más intimista, con una omnipresente Mia Farrow que aparecía en todas partes y que me llegó a cansar (a pesar de sus buenos papeles, sobretodo en las comedias ochenteras del director, nunca podría igualarse a la maravillosa Diane Keaton), hasta esa especie de renacimiento artístico y giro de nuevo hacia la comedia que tuvo a principios de los 90 y que le ha llevado a su posición actual de gran director vivo.

No se por qué relaciono a los 80 con el Woody analizador de sentimientos humanos, relaciones de pareja, y sus películas más sesudas, cuando en realidad en aquella década facturó comedias desenfrenadas como Zelig, historias mágicas como La rosa púrpura de El Cairo, la maravillosa Broadway Danny Rose o la entrañable Días de radio. Claro que también rodó después Septiembre y Otra mujer, pero normalmente cuando pienso en esa etapa de la carrera de Allen me viene a la mente el rostro serio de una cansina Mia Farrow. Y que conste que el Woody Allen de Interiores o Septiembre es también imprescindible, pero desde luego me quedo con su faceta más cómica, o al menos con las que mezclan drama y humor. Pero me estoy yendo por los cerros de Úbeda, hablemos de Días de radio.

Unos ladrones penetran con nocturnidad y alevosía en un hogar para robar las pertenencias valiosas de alguna pobre familia neoyorquina. De repente suena el teléfono. ¿Qué hacer? El ladrón contesta. Al otro lado del teléfono, el presentador de un concurso radiofónico. ¡Enhorabuena, ha ganado usted un premio! Una escena inolvidable, digna del mejor Woody. Aunque treinta años antes se le adelantara un tal Jose Luis Sáenz de Heredia con una escena más que similar en su Historias de la radio. Si fuera periodista me gustaría preguntarle a Woody sobre el asunto, sería interesante saber si conoce esa clásica comedia española.

Un hombre que ama el pescado y su mujer que viven con sus cuñados y su hijo pequeño, además de la tía solterona que no tiene suerte con los hombres. Discusiones, amores y penas, historias estrambóticas, todo con la omnipresente radio de fondo. Días de radio pasa por ser uno de los films más personales de Woody, en el que rememora una era perdida, la de su infancia, en la que no existía la televisión y el cine era un acontecimiento poco habitual, y el mayor entretenimiento para los mortales era la radio. Probablemente los de nuestra generación nunca lleguemos a entender lo que era la vida entonces. Hoy tenemos CDs, MP3, televisión con cien mil canales, ordenadores, cine (caro, pero no tanto como para no poder ir si lo queremos)... nuestros sentidos son bombardeados por gúgoles de sensaciones, colores, sonidos, imágenes, información. Tenemos tanto a nuestro alcance que parece que el tiempo se nos escurre entre los dedos.
Uno de las cosas que más me atraen de Días de radio es la sensación que me deja de felicidad, una extrañamente familiar satisfacción, como si algo dentro de mí me dijera que ésa es la forma correcta de vivir, que la verdadera felicidad se encuentra en tener a toda nuestra familia con nosotros, y ver pasar la vida con los inocentes ojos de un niño. Al ver esta película siempre pienso que seguramente tuviera razón aquella persona que dijo que no es más feliz el que más tiene, sino el que menos necesita. Cuando veo Días de radio me entran deseos de ser niño otra vez, o de ser un niño en aquellos años en que la radio reinaba y la televisión sólo existía en las cabezas de algunos tipos locos.

Tenía un tío que vivía con nosotros que fue a protestar a los vecinos porque tenían la radio muy alta y no respetaban el Shabat judío, y que tras pasar una hora con ellos volvió predicando las bondades de Marx y Lenin. Recuerdo cómo mi padre se volvía loco cuando mi madre escuchaba uno de sus programas de radio favoritos, el de un ventrílocuo, mientras mi padre refunfuñaba afirmando que cómo diablos sabía que no movía los labios. Recuerdo que a veces imaginaba a mis padres contando sus problemas en un consultorio sentimental radiofónico, o aquella vez en que mi tía ganó un buen dinero en un concurso en la radio tras ser preguntada sobre peces (vivir con tío Abe nos había convertido a todos en ictiólogos), y cómo después mi tía y su acompañante de entonces me compraron un juego de química; o cómo salíamos mis amigos y yo con prismáticos a otear los cielos y el horizonte en busca de aviones enemigos siguiendo los consejos de Biff Baxter, y acabamos viendo a una voluptuosa mujer bailando desnuda ante el espejo... mujer que luego resultó ser una profesora sustituta nuestra. Recuerdo cómo maldecíamos, mientras bebíamos un batido, a aquellos cantantes melódicos que tenían absorvido el seso a las chicas del barrio. Son muchos los recuerdos, y ninguno los he vivido. Pero Woody Allen consiguió hacerlos míos con su Días de radio. Y sólo por eso ya merece mi gratitud eterna.

Por cierto, ¿quién es Pearl Harbor? I wish I'd know, Mia!

1 comentario:

Inos. dijo...

Una de las cintas más entrañables del gran Woody. Maravilla agridulce permeada de auténtica nostalgia.

Muy buena reseña.

Saludos.