miércoles, 14 de mayo de 2008

La naranja mecánica (1971)

Mis queridos drugos, permitid a este vuestro amigo y humilde narrador contaros las tragicómicas peripecias de un simpático prestúpnico de grandes yarboclos alejado de las enseñanzas de Bogo, cuyas correrías fueron plasmadas por el veco barbudo Stanley Kubrick en una película que tolchocará vuestra quijotera y os erizará el boloso. Videad hermanos, videad; asomaros a las desventuras del pobre Alex DeLarge y su joroschó espectáculo mientras slusáis una maravillosa pieza del divino, divino Ludwig Van.

Fue en clase de Ética donde vi por primera vez esa monstruosidad llamada La naranja mecánica. Sugerí (o más bien insistí) al profesor que dedicaramos una sesión a videar esa película sobre la que circulaban muchas historias. Evidentemente siendo un drugo adolescente apenas si capté nada del mensaje que nos quería hacer llegar Kubrick, y me quedé flotando durante varios días tras el impacto que me produjo aquella sobreexposición de ultraviolencia y sexo. Muchos años más tarde, con algo más de seso en la quijotera, volvía ver la película, leí el libro, y comprendí mejor de que iba todo aquello. Pero todavía recuerdo cómo La naranja mecánica superó cualquier concepto que hubiera podido imaginar antes. Y es que una cosa era la violencia irrisoria de los Schwarznegges y Stallones de este mundo a la que estaba acostumbrado y esa nueva violencia tan realista que nunca hasta entonces había visto.

Y es que en 1971 el señor Kubrick se sacó de debajo de la manga un monstruo de proporciones que ni siquiera él pudo preveer. Pocos directores han logrado soliviantar a un gobierno como lo hizo él, dar una excusa a los criminales de una nación para quitarse responsabilidades de encima, y, algo que el director logró con la mayoría de sus trabajos: abrir un debate social sobre lo divino y lo humano. Y dudo que ningún otro trabajo del maestro levantara tantas ampollas en su día.
No sé muy bien cómo La naranja mecánica evadió a la censura inglesa (seguramente era un signo de los tiempos, aunque se llevó una buena X), pero ya antes de su estreno circulaban toda clase de rumores sobre ella, y hasta el Ministro del Interior británico pidió ver una copia de la cinta antes de su estreno. Por supuesto cuando el público se enfrentó a una barbaridad cinematográfica de ese calibre pocos estaban preparados para ello. Las gentes y autoridades bienpensantes pusieron el grito en el cielo ante una aberración semejante, mientras que la historia del joven Alex dio pie a debates televisivos y escritos filosóficos de toda índole. Muy pronto comenzó a considerarse a La naranja mecánica como una amenaza para la sociedad, puesto que de la noche a la mañana los criminales que eran pescados decían aquello de "lo hice por influencia de esa nueva película".
Aunque en su mayoría serían meras excusas es cierto que hubo casos de inadaptados que no entendieron nada y se dedicaron a emular las correrías de los salvajes drugos. El propio Kubrick quedó horrorizado al saber de hechos semejantes; el nunca hubiera podido pensar que su película pudiera tener tanta influencia. La gota que colmó el vaso fueron las apariciones de tipos extraños en la puerta de su casa y sobretodo cartas anónimas que le amenazaban de muerte a él y a su famila. Llegados a ese punto el director tomó una decisión que hizo historia: decidió retirar de las salas la película y prohibió su distribución en Gran Bretaña hasta después de su muerte.
Y aunque pueda parecer mentira, eso fue lo que ocurrió: los ingleses que quisieran ver La naranja mecánica tenían que viajar al extranjero para ir a un cine o hacerse con una copia en vídeo. Es díficil imaginar el aura mítica que rodeó a la película en las islas desde entonces. ¡A saber que historias circularían entre los imaginativos adolescentes! Se llegó al punto de que copias piratas de calidad ínfima que provenían de una larga cadena de copias circulaban de mano en mano. La película de Kubrick no sólo era una joya del cine sino que además se constituyó en toda una película de culto para los freaks y antisociales de todo el mundo. Los hijos de Malcom McDowell relatan cómo aun años después los fans más extraños se acercaban a su padre para charlar con él, pedir autógrafos o rasgarse la camiseta y mostrar un enorme tatuaje de Alex DeLarge.

¿Realmente era La naranja mecánica tan monstruosa? Bueno, como ya he dicho, en mi adolescencia me causó una gran impresión, aunque hubieran pasado veinte años desde su estreno. Pero evidentemente hoy en día el impacto probablemente sea mucho menor o incluso nulo, al menos en cuanto a los aspectos de violencia y sexo. Hoy en día estamos en una sociedad sobreexpuesta a la violencia y el sexo, sea en la televisión, los videojuegos, o en la calle, donde parecen abundar los Alex DeLarge más que en la época de Kubrick.
Y es que La naranja mecánica se adelantó a su tiempo ya desde su origen en formato de novela escrita por Anthony Burgess. Tanto el escritor en su redacción como el director en su visualización se adelantaron a su tiempo. Las palizas indiscriminadas a mendigos que en los 70 pudieran ser un caso aislado hoy son una noticia mucho más común. Quizás nuestra sociedad no sea un caos futurista, pero parece, o al menos así lo creo, que a comienzos del siglo XXI estamos más cerca de la era Alex DeLarge que en 1971.

Fue Terry Southern, coescritor del guión de Teléfono rojo: volamos hacia Moscú quien llamó la atención de Kubrick sobre una novela publicada hacía poco sobre un joven delicuente que usaba una extraña jerga y que era usado de conejillo de indias para un experimento gubernamental. En un principió el director rechazó la idea, arguyendo que no se entendía nada y que el público no recibiría bien una historia así. Sin embargo, tras haber acabado la magna 2001: Odisea en el espacio, y tras haber abandonado su deseado proyecto sobre Napoleón (una de las grandes tragedias de la historia del cine), Kubrick se decidió a rodar un film de bajo presupuesto, y encontró en aquella novela un vehículo perfecto para su película barata.


Como el mismo Kubrick se encargó de dejar claro, es probable que nunca hubiera rodado La naranja mecánica si no hubiera podido contar con Malcom McDowell. Decía el director, a quien el actor había impresionado años antes en el film If..., que desde el primer momento en que leyó la novela se le aparecía la cara de McDowell al imaginarse el personaje de Alex. Y como ha dicho el mismo actor, él había nacido para interpretar a Alex, y cuando Kubrick le llamó él estaba preparado.
Y realmente es cierto que McDowell era uno de esos actores nacidos para un determinado papel. El gran Malcom es un actor de talento natural, que parece haber sido creado para ello. Es como ese amigo que todos tenemos que al contarnos un chiste o anécdota lo recrea y escenifica y nos hace reír. Además, McDowell poseía en aquella época esa particular mezcla que podía hacer de él un chico inocente o un verdadero demonio. Era, por tanto, perfecto para encarnar a Alex DeLarge (apellido acuñado por el propio actor al parecer). Y desde luego su trabajo fue sencillamente perfecto, tanto, que le encasilló de por vida en papeles de maníacos y tipos pscióticos. Aunque en una carrera tan larga obviamente hizo de todo, el pobre Malcom se ha visto interpretando los papeles más extraños en las películas más infames. Pero desde luego el actor ya se había ganado para entonces un puesto en el Olimpo gracias a su extraordinario Alex.

La combinación del poder visual de Kubrick, un reparto perfecto y un protagonista excepcional es lo que hace de La naranja mecánica una obra cumbre del cine, aparte de que la magnífica historia de Burgess da pie a todo tipo de interpretaciones. Y una de las grandezas del cine es que te puede hacer pensar y darte motivos de tertulia con los amigos o los cinéfilos de pro.
Estéticamente Kubrick y su equipo lograron crear un futuro cercano y creíble, y aunque quizás en algunos aspectos (especialmente en los interiores creados específicamente para el film) la película haya quedado algo desfasada, en otros varios no sólo no está de plena actualidad sino que se adelantó a su tiempo. Los fríos y desolados exteriores pudieran ser los barrios degradados de cualquier gran ciudad (de las europeas, al menos). Hoy en día podemos ver diferentes pandillas juveniles que se visten igual para identificarse como grupo y diferenciarse de bandas rivales, como ocurre en la película. La utillería era sencillamente impactante.

Como impactante eran las pestañas postizas de Alex, su intensa mirada, su sonrisa aviesa y su inquietante brindis en el primer plano de la película, una apertura del zoom, y uno de los mejores principios que se haya podido ver en la gran pantalla. Desde un principio tenemos la firma del director ante nuestros ojos. Y esa escena es puro Kubrick. Gran cine, al fin y al cabo.

Los drugos, como Alex los llama, que le acompañan fueron también fruto de un buen reparto y de alguna que otra sugerencia de McDowell. En este punto es divertido recordar que alguien sugirió en algún momento que Mick Jagger interpretara a Alex ¡y el resto de Stones fueran sus drugos! Una idea delirante, pero desde luego no me importaría ver una versión alternativa con Keith Richards cometiendo fechorías de un lado a otro. El mismo concepto en sí da una idea de la imagen que proyectaba la banda en aquellos días.

Deteniéndonos un momento en el reparto, citemos a algunos de los intérpretes que aparecían en el film. Tenemos por ejemplo al señor Philip Stone, el pobre padre de Alex, quien tuvo el raro privilegio de trabajar con Kubrick en tres películas consecutivas, llegando hasta ese delicioso personaje que es el camarero manipulador de El resplandor. El estupendo histrión Aubrey Morris, que se lleva todas las escenas en las que aparece como el estrambótico (y algo pervertidillo) Deltoid, esa especie de guía juvenil que trata de apartar a Alex de su vida criminal. Pequeña mención también para el tipo que hace de Billie Boy, el jefe de la banda rival. Tan sólo con su forma de pronunciar su única frase "Let's get'em boys!" este hombre ya ha hecho historia. Un nombre que me ha chocado bastante descubrir en la película es el de David Prowse, que interpreta al musculoso ayudante del escritor en la segunda parte del film. ¡Cómo imaginar que ese tipo con gafas era nada más y nada menos que Darth Vader! Ahora en mis delirios oníricos dentro de la cueva de Dagobah, ¡en vez de ver la cara de Luke veré la de un tipo con gafas! El chillón guardián de la prisión es Michael Bates, una especie de John Cleese shakesperiano que encaja como un guante en el papel de policía. Y también quería dejar caer aquí el nombre de Virginia Wetherell, la modelo teatral, que no dice ni una palabra, pero... wow!
Y sobretodo, Patrick McGee, el pobre escritor que acaba en silla ruedas y viudo, y cuya interpretación es grandiosa e hilarante a partes iguales (muy destacada la diferencia de la versión doblada, por cierto). Sus escenas con Alex son de lo mejor de la película, muy distendidas, y en mi opinión McGee es, tras el propio McDowell, lo mejor en cuanto a interpretaciones. Además era todo un carácter, el bueno de McGee. Se desesperaba porque no había Guinness en el rodaje, e hizo saber a McDowell su preocupación al tener que rodar esa inquietante escena en que el escritor descubre la identidad de Alex, escuchando junto a una puerta. McGee dijo que no acababa de comprender a Kubrick, y que si poner tanto de su parte en escena como quería el director, ¡no daría la impresión de que estaba cagando! ¡Vaya tipo, este McGee! Entre risas McDowell le convenció de que no se preocupara, que en pantalla quedaría muy bien, como así fue. Una prueba de que los actores a veces no ven tan lejos como los directores.


McGee, taking a dump

Y ya que he mencionado la escena junto a la puerta es momento para recordar una de las escenas no sólo más recordadas de la película, sino de todo la historia del cine. Por supuesto hablo de la paliza y la violación en la casa del escritor a ritmo de "Singing In The Rain". Todo fue como sigue: tras varias tomas y ya con varias semanas de rodaje en cine la escena no acababa de funcionar. Entonces Kubrick se acercó a McDowell y le dijo si sabía bailar. "Si sé bailar, dices?", contestó el actor mientras se levantaba y comenzaba a dar golpes acá y acullá cantando "Singing In The Rain". Entre risas a Kubrick le encantó la idea, con lo que se llevó a Malcom en su coche, fueron a la casa del director, y desde allí telefoneó para comprar los derechos de la canción. Después vovieron al rodaje y comenzaron a preparar y ensayar la escena. Nacía así un momento cumbre de la cinematografía moderna. Evidentemente, por lo que parece a Gene Kelly no le hizo mucha gracia la idea, pero el contraste entre la violencia y la canción fue una idea sublime.

Y es que tras 2001 Kubrick volvía a demostrar en La naranja mecánica su talento para combinar imágenes y música original de una forma perfecta, com si la Novena Sinfonía la hubiera compuesto el mismo Beethoven (como dice McDowell, casi un personaje más de la historia) para la misma película. Destacan, por supuesto, las composiciones del maestro alemán, sean las originales o adaptaciones electrónicas, aunque también hay grandes escenas con otros compositores, como, si no me equivoco, Rossini, en esa estupendo inicio de la escena de Billy Boy), o alguna otra canción popular, esa acelerada obertura de Guillermo Tell en la particular escena de amoríos de Alex. Lástima que Pink Floyd no cedieran su "Atom Heart Mother Suite". Probablemente La naranja mecánica sea, junto a 2001 y Barry Lyndon, las mejores muestras de la faceta musical de Stanley Kubrick.

Cómo no, hablar de Kubrick es hablar de ingentes tomas y actores pasándolo mal. Aunque McDowell encandiló al director con su particular humor, y como él mismo afirma tuvo una buena experiencia en el rodaje, lo cierto es que Kubrick no sólo le hizo repetir tomas y más tomas, sino que le situó en extremas situaciones que le llevaron a rasgarse una córnea, a tener las costillas molidas o a casi ahogarse en esa increiblemente larga escena en la que los dos viejos drugos de Alex le sumerjen en un abrevadero. En cambio para hacerse el enfermo no tuvo problema alguno, pues McDowell sabe eructar a voluntar, lo que, como él mismo dice en broma, le valió el papel.
El pobre Prowse también las pasó moradas cargando con McGee de un lado a otro de la casa, y finalmente suplicó a Kubrick que intentara rodar la escena en que carga con el escritor por unas escaleras en las menores tomas posibles. "You're not exactly known as 'one-take-Kubrick', are you?". El director rió y dijo que haría lo que pudiera. Creo que no llegó a las seis tomas. ¡Todo un récord!

En fin, seguramente se podría dedicar todo un blog a una película así (¡imaginad sólo todas las interpretaciones que se pueden dar a la historia!), así que quizás en el futuro hable de La naranja mecánica en un plano más filosófico, o del libro, la película, y ese polémico capítulo 21, pero por el momento ya es bastante. Sea viendo disfraces en carnavales, dibujos, imitaciones, pestañas postizas en un ojo, proyecciones en clases de Ética, o Bart Simpson tratando de coger dos pasteles, La naranja mecánica no es sólo una película excepcional, sino que además forma ya parte del acervo cultural. Y Dios salve a Stanley Kubrick por ello. Por tanto, queridos hermanos, vuestro humilde narrador se despide, deseando volver a videar una vieja sesión de mete-saca y de ultraviolencia. Como dice el bueno de Alex: I was cured, all right!

13 comentarios:

Moncho Veloso dijo...

Ese Singing In The Rain me recuerda a Sid Vicious interpretando el My Way. Ni que decir tiene que la primera es bestialmente mejor.

Jau!

Angus dijo...

Qué peliculón, me dan escalofríos sólo de acordarme de esa música y ver a Malcolm McDowell, con la cabeza gacha y esa mirada...
Gracias por tu largo análisis, lo leeré con calma más tarde.
Una de mis películas favoritas, la mejor de Kubrick para mí.
Lo que me alucina es que tenga casi 40 años: en su momento debió ser una auténtica conmoción.

alicia dijo...

Totalmente de acuerdo, Beethoven parece que hubiera escrito la banda sonora de la película y Malcom MacDowell está soberbio, así como inolvidable con esas pestañas postizas y esa sonrisa diabólica.

Psicodeliazombie dijo...

Cinta de cultooooooooooooooo...!!!
Una de mis favoritas de Kubrick junto a El Resplandor... Bizarra, violenta, esquizofrenica... que mas pedir...???

Fantomas dijo...

Genial reseña de una bizarra cinta que por lejos es una de mis preferidas de Kubrick junto con "El Resplandor". Es de estas cintas que incluso hoy siguen impactando.

Saludos.

perem1 dijo...

Que decir!!!! pues genial como todo lo que tiene la firma de Kubrick.

Imprescindible.

Pablo dijo...

Una extraordinaria película del no menos extraordinario Stanley Kubrick. Una película tan hermosa de oir como de ver, sumamente efectiva, y sin ningún defecto. Cine puro y sin mezcla alguna. Una obra maestra. Saludos!!!

"Videa bien hermanito, videa bien"...
http://pablocine.blogia.com

ISOBEL dijo...

nunca he podido verla entera... besos

RAÚL dijo...

voy a quedar como un auténtico mentecato, pero me cuesta aceptar la idea de "damos hostias gratuitas al personal, molamos mucho", supongo que los naranjomecánicos del siglo XXI grabarían las palizas por el móvil y las distribuirían por internet. en total, que puedo ver violencia en el cine sin problema, chafarme "holocausto canibal" sin despeinarme, pero, joer, no sé que me pasa con esta peli que me revuelve el estómago. supongo que las vivencias personales también tienen que ver. anyway. hace un montón de años que no la veo, y hablo de sensaciones sólamente. me apetece intentarlo otra vez (quizá ya haya madurado lo suficiente, o algo)

M.I. dijo...

¡Qué grandísima crítica! A mí me da envidia la gente que sabe hablar así de cine con mayúsculas. Me la tengo que imprimir y llevármela. Algún día puede que también escriba algo sobre Kubrick, y ese día me hará falta ;)

banderas dijo...

Grandiosa película y grandiosa entrada. Te lo has currado de lo lindo, chaval. Kubrick es un genio del cine y ha dado suficientes muestras de ello. Quizás peque de abusar algo en la estética, forzando ángulos y técnicas... alardeando de sus conocimientos, en definitiva, pero demuestra que sabe hacer cine. Sobre esta película no creo que haya mucho más que añadir (aparte interpretaciones varias de su significado, claro). Desconocía lo de mis queridos The Rolling Stones, pero me estoy imaginando la escena del Singing in the rain con Mick Jagger cantando y dando mucho "porculo" al escritor... ¡¡lástima de escena!!

Saludos ;-)

Möbius el Crononauta dijo...

Moncho: Desde luego las dos destilan actitud punk por los cuatro costados.

Angus: Vivir algo así en el 71 debió ser como ver la electricidad por primera vez o algo.

Alicia: En efecto, un McDowell para la eternidad. Me alegro que te hayas pasado por aquí.

Psicodeliazombie: No sé, ¡quizás se podría pedir que dure más!

Fantomas: a mí desde luego me sigue sorprendiendo. Saludos

Perem1: poco más puedo decir.

Pablo: Totalmente de acuerdo, la película es sólida como una roca.

Isobel: Tiene momentos duros, pero merece la pena darle una oportunidad, ¡hablamos de Kubrick nada menos!

Raul: te entiendo perfectamente. A mí en su día no me provocó náuseas pero me dejó sin habla, parecía todo tan real... Kubrick sabía lo que quería. Saludos

MI: ¡espero que te sirva de ayuda!

banderas: Gracias, la película no merecía menos. Lo de los Rolling Stones habría sido realmente digno de ver, desde luego. Saludos

Ivan aka Imazur2002 dijo...

Obra maestra monumental, una de mis 10 películas favoritas de la historia del cine, en su momento fue incomprendida, una pena. Para hacer una reflexión tan lúcida de la violencia no se podía mostrar de otra forma.
Es inmensa, de verdad, y estupenda tu reseña, amigo.
Saludos!