miércoles, 16 de abril de 2008

La guerra de los mundos (1953)

La primera adaptación del clásico inmortal de H.G. Wells es uno de los títulos por excelencia de la era dorada de la ciencia ficción cinematográfica, y pese a su sencillez y la inocencia que desprende ningún blockbuster de gran presupuesto con efectos digitales puede superar en entretenimiento y encanto kitsch a esta producción de la Guerra Fría.

Curiosamente las raíces del proyecto se remontan a los años 20, cuando la Paramount se hizo con los derechos de la obra de Wells. Cecil B. DeMille fue el primer candidato para dirigirla, pero el proyecto se fue posponiendo. También se le ofreció rodar la película al maestro Hitchcock, y más tarde se quiso que Orson Welles, el artífice de la gran farsa radiofónica, debutara con la adaptación cinematográfica de la invasión marciana. Pero no fue hasta que la ciencia ficción inundó las pantallas en los años 50 en que el proyecto se puso realmente en marcha.
En un principio fue de nuevo DeMille quien se encargara del proyecto. Puesto que Hitchcock no estaba interesado el veterano director se fijó en George Pal, que había producido una de las pioneras cintas de ciencia ficción, Destination Moon, y el clásico Cuando los mundos chocan. A partir de entonces fue Pal quien se hizo cargo del trabajo, quedando DeMille en las tareas ejecutivas. La adaptación escrita corrió a cargo de un guionista con un nombre muy "kubrickiano": Barré Lyndon.

Personalmente una de las pocas cosas en las que la versión de Spielberg mejora a la vieja La guerra de los mundos es la imponente presencia de los ingenios mecánicos andantes dotados de grandes patotas que en su día retratara H.G. Wells de manera tan magistral. Aunque en la versión 50s se intentó también construir esos aparatos, finalmente la idea fue abandonada en favor de unas triangulares naves volantes (dicen que el diseñador se inspiró en los cisnes para crearlas) que tampoco estaban nada mal.


Es inevitable hablar de ciencia ficción 50s y del Terror Rojo y la Guerra Fría. De forma consciente o inconsciente, la gran mayoría de películas de aquella época jugaban con el pánico que el ciudadano norteamericano medio tenía al hipotético (según la propaganda gubernamental casi inminente) ataque soviético. Los malvados rusos eran prácticamente autómatas, demonios inhumanos con sed de sangre. Aunque no todas las películas de aquella época elaboraron un paralelismo tan claro como el del clásico de Don Siegel La invasión de los ladrones de cuerpos, lo cierto es que se jugaba con esa idea. Cuando hace unos días me encontré con la oportunidad de volver a ver La guerra de los mundos, me llamó la atención de que cuando se habla de una invasión de todo el planeta Tierra el único país de la esfera soviética que es nombrado es China. ¿Estaba la URSS en connivencia con los viscosos marcianos?

Aunque algunos elementos estén hoy desfasados (o quizá no tanto), no deja de resultar divertido contemplar escenas como las del sacerdote enfrentándose a los invasores con la fe y la Biblia como única armas (¡cualquier buena película de invasores debería tener una escena así!) para lógicamente ser exterminado en el acto, o la típica impotencia de los militares que recurren a bombas termonucleares ("las habíamos evitado hasta ahora para proteger a la población civil"; the army cares!) y a un avión ala volante que nunca funcionó para intentar acabar con los bastardos de otro mundo. Impagable es también el personaje del profesor Forrester, esa clase de personaje que parece tener todas las respuestas y deduce la verdad en un instante (y si alguien cree que personajes así ya no existen, que eche un vistazo a Independence Day). Sin olvidar a la protagonista femenina cuya principal función es dar gritos.
Un aspecto de La guerra de los mundos que siempre me pareció curioso es el diseño de las criaturas. Aun hoy cuando veo a ese extraño ser aventurarse en la derruída granja me sigue recordando al juego Simon, ese de apretar teclas de colores en una misma secuencia. Como ven los paralelismos infantiles pueden ser realmente extraños. ¿Y qué me dicen de esa extraña fijación alienígena por el número tres? Es un detalle algo tonto quizás, pero en una mente juvenil esas explicaciones pseudocientíficas tenían un efecto poderoso.
En definitiva, ni todo el poder del Rey Midas de Hollywood podría hacerme olvidar La guerra de los mundos de 1953.

No hay comentarios: