lunes, 21 de abril de 2008

El monstruo de tiempos remotos (1953)


Decía Rubio en El bueno, el feo y el malo algo así como que el mundo se dividía en dos clases de personas: los que tienen un arma y los que cavan. También podría decirse que hay personas que sólo verían una silla de madera vieja mientras que otras reconocerían un Luis XIV o algo así (lo siento, no soy muy ducho en muebles). Respecto a El monstruo de tiempos remotos, está claro que no todo el mundo podría apreciar el encanto de una película así.

Como bien sabe cualquier fan del gran Ray Harryhausen, en muchas ocasiones su trabajo en los efectos técnicos era mejor que las propias películas en sí. El monstruo de tiempos remotos tal vez no sea una película tan sólida como otras de su era, pero desde luego es un puro trabajo artesanal, y tiene ese encanto díficil de explicar a alguien acostumbrado a ver sólo los últimos estrenos.

1950 ya había visto películas de ciencia ficción, y en 1952 un nuevo elemento se añadió al género: el monstruo colosal suelto en una gran ciudad. Tras el exitoso reestreno de King Kong en dicho año, los productores (igual que pasa hoy en día) se aprestaron a repetir la fórmula. Para ello un par de avispados y el productor Jack Dietz idearon la trama de un dinosaurio marino que atacaba faros y extendía el terror en las costas de Nueva Jersey. Al resultar que dicha historia coincidía más de lo deseado con un relato corto de Ray Bradbury, para evitarse problemas los productores compraron los derechos de la historia. Fue así como nacía The Beast from 20.000 Fathoms.

Una prueba nuclear en el Antártico libera a un viejo dinosaurio (evidentemente la película inspiró en parte el fenómeno de Godzilla) que desde más allá de la península de Labrador viajará con la corriente marina hacia el estuario donde solían retozar sus antepasados. En el camino no tendrá más remedio que atacar barcos pesqueros y destruir un faro, mientras un superviviente de la expedición polar intenta convencer a sus congéneres humanos de que no está loco.
Ya en Nueva York el científico logrará convencer a un paleontólogo y a su hermosa ayudante, y con la colaboración de la Marina saldrán en busca del bicho. El entusiasmado profesor se meterá en un batiscafo para observar las aguas e intentar localizar al redosaurio. Su arriesgada acción a lo Plinio el Viejo evidentemente le costará la vida. El monstruo no tardará en llegar a Nueva York, con destructivas consecuencias.

Es evidente que el gran atractivo del film es contemplar algo tan bello como son los viejos efectos especiales de Harryhausen, su famoso Dynamation, un arte del pasado perdido en el tiempo pero que tiene el mismo encanto que hoy en día a un alfarero haciendo jarrones o un artesano haciendo cestas de mimbre. Las escenas de pánico quizás no estén demasiado conseguidas, y la gente más que huir parece que pierda el autobús, y la escena del ciego tal vez sea algo confusa, pero cualquier otro elemento queda al margen cuando uno ve al dinosaurio retorciendo coches y aplastando edificios.

Como es de esperar, el redosaurio será díficil de matar, con lo que se recurrirá a una extraña estratagema: carga un isótopo radiactivo en un lanzagranadas y acabar así con el dinosaurio y todas sus bacterias antediluvianas. La inocencia de aquellos viejos films es realmente entrañable, no cabe duda. Así, lo que liberó la energía nuclear lo elimina de nuevo la radioactividad. Como diría Homer: radioactividad, causa y solución de todos nuestros problemas.
El monstruo de tiempos remotos constituyó el primer gran trabajo en solitario de Ray Harryhausen, y fue el primero de una prolífica carrera que marcó toda una época. ¿Hay sitio en nuestros hogares, en plena era digital repleta de efectos por ordenador, para las viejas películas del maestro? En mi opinión definitivamente sí.

Por cierto, la referencia al clásico de Leone no es gratuita. Por El monstruo de tiempos remotos pulula un jovencito Lee Van Cleef.

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