martes, 18 de marzo de 2008

La misión (1986)


Hubo un tiempo en que un Nuevo Mundo ofrecía riquezas a todo aquel lo bastante osado como para ir en busca de ellas. Gentes de toda condición cruzaron un océano buscando una vida mejor. Entre ellos había gentes acostumbradas a la miseria que harían lo que fuera por un puñado de oro; había criminales, asesinos y fanáticos religiosos, pero también habían gentes honradas y sacerdotes respetuosos con el prójimo.
Hubo un tiempo ya lejano en que emperadores paganos trataron de aplastar una nueva religión que seguía al símbolo de la cruz. Siglos más tarde hubo emperadores cristianos que paradójicamente no dudaron en borrar del mapa a indígenas convertidos y sacerdotes que no se preocupaban de tratados y alta política.
Hubo un tiempo, ayer, anteayer, un tiempo que sigue transcurriendo mientras escribo, en que tribus en todo el mundo abandonan, de grado o por la fuerza, no sólo sus tierra, sino sus idiosincrasias y costumbres, incapaces de hacer frente a los nuevos grandes imperios económicos que, como los conquistadores de antaño, siguen ansiando las tierras y recursos de indígenas y pueblos. Y todavía hay personas que se arriesgan a apoyar a esas gentes y a denunciar situaciones que llegan a nosotros como lejanos tambores de guerra. Algunas de esas personas fueron, y siguen siendo, sacerdotes.

Una cruz y un hombre caen por una gran cascada en algún lugar de Sudamérica. Es una nueva prueba de que los indígenas no quieren ni necesitan nuevas religiones ni nada que el hombre blanco pueda ofrecerles. El padre Gabriel sigue convencido de que el amor de Dios hará bien a esas tribus hostiles. Armado con una flauta el jesuita atraviesa ríos y escala montañas para ir al encuentro de los indios guaranís. Dicen que la música amansa a las fieras. Una simple flauta puede ser un buen ejemplo de las cosas buenas que el otro lado del océano esperan a ser descubiertas por una pequeña tribu. El cauteloso jefe tribal no piensa lo mismo, pero la música ha hecho su efecto: el padre Gabriel es aceptado. "Con una orquesta los jesuitas podrían haber subyugado a todo el continente".

Rodrigo Mendoza es la otra cara de la moneda: un mercenario duro y cruel cazador de esclavos que no duda en atacar a la tribu donde el padre Gabriel trata de levantar su misión. Tan sólo conoce la ley de la fuerza, y a través de ella es como se gana la vida. En la vieja colonia española una dama turba sus sueños. Su amor por ella es tan fiero como su espada. Una negativa resulta imposible de aceptar para alguien acostumbrado a tomar aquello que quiere por la fuerza. Sin embargo, debe acatar la situación. Pero Mendoza tiene una sospecha. Descubre a la dama y a su hermano juntos en la cama. La furia y el hierro brillarán. Su hermano Felipe morirá a sus manos.

Languideciendo en un oscuro sótano Mendoza trata de dejarse morir. El padre Gabriel acudirá en su ayuda, y se lo llevará consigo a la misión mientras el arrepentido Mendoza trata de expiar sus culpas arrastrando un gran peso compuesto de armaduras y demás impedimenta militar. Aún cuando los jesuitas creen que ya ha hecho bastante, Mendoza persiste. Tan sólo al llegar a la misión se verá aliviado del peso de las armas. Mientras la red cae hacia el río, su vida de guerrero parece descender también por el barranco hasta hundirse en las turbulentas aguas del río tropical.
Mendoza será ordenado jesuita, y junto al padre Gabriel y otros religiosos ayudará a levantar una misión donde antes solo había una oscura selva. Mediante el tarbajo y la colaboración de los indígenas, poco a poco ese pequeño lugar santo comenzará a prosperar. Como otras misiones jesuitas, la misión del padre Gabriel parece ser una especia de comuna protocomunista, donde los beneficios son revertidos hacia los propios indígenas que trabajan la tierra. Muchos otros indios de otras colonias y ciudades acudirán hacia ese pequeño paraiso en la Tierra huyendo del esclavismo y el trabajo forzado que impera extra-oficialmente en los territorios de la Corona de España.

Cuando en Europa se renegocia un tratado entre España y Portugal, los territorios situados más allá de la cascada, incluyendo las misiones jesuitas, pasan a formar parte de Portugal, dominada por el Marqués de Pombal, un ministro ilustrado poco preocupado por cuestiones religiosas o morales. Queda entonces por decidir si las misiones seguirán siendo independientes o deberán pasar al dominio portugués. Un prelado enviado por el Papa, Altamirano, debe decidir la cuestión en un momento en que la orden jesuita comienza a ser vista como una molestia en Europa.


Tras irrumpir en el panorama cinematográfico con su aclamada Los gritos del silencio, el director Roland Joffé se decidía a rodar un film de carácter histórico que sirviera de denuncia a la difícil situación que las tribus amazónicas estaban viviendo en aquellos años, sometidos al terrible determinismo del dólar. El resultado fue La misión, una competente obra que ofrecía una interesante visión de un microcosmos inserto en la época colonial española y portuguesa, en unos tiempos en que la fuerza de los dos imperios ya comenzaba a declinar.
La fuerza de Joffé también ha parecido declinar desde entonces. A su interesante Hacedores de sombras le siguió la floja La ciudad de la alegría, y La letra escarlata desde luego no ayudó a reactivar su carrera. Por momentos parecía que el cine-denuncia se había convertido en cine-ñoñería. Sin embargo, en La misión Joffé todavía conseguía aunar dramatismo y fuerza visual sin caer en debilidades lacrimógenas. La partitura de Ennio Morricone desde luego también fue uan gran aportación.

Aunque quizás el verdadero motor (o, mejor dicho, el más poderoso) de la película sea un Robert De Niro en plenitud de facultades que sabe dibujar un gran retrato de ese particular Saulo moderno que es el capitán Mendoza, un convertido a la fe que sin embargo parece permanentemente atrapado entre su pasado de soldado y su vocación de sacerdote que surge de un dolor infligido por un momento de rabia. Lo cierto es que era aquella una época en que De Niro parecía no fallar nunca. La labor de un contenido Jeremy Irons pre-anuncios y despropósitos también resulta excelente en su papel del padre Gabriel, una suerte de mártir que abraza su fe y sus ideas, el amor y la paz, como único camino para enfrentarse a la fuerza bruta de los poderosos.
Destaca a su vez el personaje del enviado de Roma Altamirano, interpretado por el actor de carácter Ray McAnally, convicente en la expresión de su particular dualidad entre sacerdote y hombre de Estado, entre ser humano y pieza del engranaje político mundial. La mejor frase de la película es para su personaje, pronunciada cuando ya todo es irreversible, en la parte final de la película.

6 comentarios:

BUDOKAN dijo...

Muy buen análisis sobre un film que mucha gente ha olvidado. Lo malo es lo que vino después en la carrera de este director. Te felicito por el post. Lo anterior de Elvis y Zeppelin es muy bueno. Saludos!

Psicodeliazombie dijo...

Que pelicula señores.... Tremenda y esencial dentro del cine... Es una de las cintas mas emotivas que he visto en gran parte por su exelente banda sonora y tambien por las solidas actuaciones y un guion fasinante... gran articulo amigo...!!!

Home Theater dijo...
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Pablo dijo...

Super-buenísima la historia que nos cuenta Roland Joffé (aquí en estado de gracia). Una película de auténtico aplauso, una verdadera joya del séptimo arte, y es que amigos mios, películas como esta engrandecen el cine.
"Si la violencia es lo que cuenta, entonces no tengo fuerzas para vivir en un mundo así". Saludos!!!
http//:pablocine.blogia.com

Fantomas dijo...

Excelente película que cuenta con estupendas actuaciones y una banda sonora a la altura de la ocasión.
Precisamente acá en Chile se encuentra Morricone dando un par de shows gratuitos en los que toca parte de la banda sonora de este film.

Muy buena crítica
Saludos.

perem1 dijo...

Ohhh.... Gran película..... grandes interpretaciones de De Niro y de Irons....... música absolutamente espectacular!!!!!

Para mí una autentica obra maestra.

Un saludo.