miércoles, 5 de marzo de 2008

¿Está Ud. de broma, Sr. Feynman?



¿Puede ser divertida la ciencia? ¿La física, la química? Maldita sea, ¿cuántas anécdotas puede generar la metereología? La respuesta seguramente sea afirmativa, pero, ¿cuántos ciéntificos de los que trabajaron en Los Álamos salían a tocar el tambor al bosque mientras entonaban cánticos extraños? ¿Cuántos físicos se unieron a una escuela de samba y desfilaron en los Carnavales de Río? ¿Cuántos hombres de ciencia admitirían su interés por los locales nocturnos y las bellas mujeres que los pueblan? ¿Cuantos profesores de universidad se reirían de los tests psicológicos del Servicio de Reclutamiento de los Estados Unidos? No muchos seguramente. Sin embargo, Richard Feynman, premio Nobel de física, es uno de ellos.

En ¿Está usted de broma, Sr. Feynman? el renombrado físico nos relata curiosas y divertidas anécdotas que le sucedieron a lo largo de su vida. En ocasiones ocasiones algunas de ellas invitan a la reflexión, aunque por lo general lo que viene a mostrar el libro es que un "Premio Nobel" puede gozar de la vida y ser mitad humanista y mitad científico. En su particular viaje por el tiempo descubrimos que la curiosidad fue el motor que siempre movió sus actos y sus decisiones, lo que en ocasiones le llevó a protagonizar situaciones bastantes surrealistas, como cuando se dedicó a descubrir la forma de abrir todas las cajas fuertes del edificio de Los Álamos donde trabajaba. Su carácter bromista hizo que la gente nunca le creyera, aunque hablara en serio.
Que nadie espere un tratado sobre la física ni nada parecido. La ciencia y la física aparecen en el libro de forma tangencial, y aunque personalmente la mayoría de las veces en que ello ocurría me parecía que hablaran en chino (lo cual no es muy difícil; ¡las raíces cuadradas ya me parecen élfico!) no afectan para nada a esta entretenida y ligera lectura, ideal para viajes y trayectos de cierta duración, o para esos ratos muertos en que uno no posee más que unos momentos para leer unas cuantas páginas. Al ser un libro de anécdotas se puede dejar y retomar la lectura en el momento que se quiera. Un libro curioso, oigan.

Todas las noches, para cenar, nos revestíamos con la toga académica. La primera noche, al enterarme, casi me muero del susto, porque nunca he sido amigo de formalidades. Pero pronto me di cuenta de que las togas eran de una gran ventaja. Los que estaban jugando al tenis podían echar una carrera hasta la habitación, coger la toga, y echársela por encima. No tenían que perder tiempo en ducharse o cambiarse de ropa. Así, por debajo de las togas todo lo que había era brazos desnudos, camisetas de manga corta... ¡de todo! Además, existía la norma de que la toga nunca debía limpiarse, por lo que era fácil distinguir a los alumnos de primero de los de segundo, a éstos de los de tercero, ¡y a los de tercero de los cochinos! La toga jamás se limpiaba ni remendaba, por lo que los de primer año tenían togas muy monas y relativamente limpias, pero cuando se llegaba al tercer curso, no era más que una especie de cosa acartonada que uno se echaba por los hombros, unos andrajos que uno se colgaba allí.

1 comentario:

Julián Martín dijo...

Feinmann es una muestra de que se puede ser un gran Físico y una persona simpática, amable, etc. Un ejemplo de que el endiosamiento de algunas catas profesionales en realidad esconde su miedo a demostrar su ignorancia sobre los temas que se supone dominan. El Universo es demasiado grande y los Físicos somos los primeros en reconocer que NO entendemos todo, más bien nada.