martes, 15 de enero de 2008

El general (1998)


¿No os ocurre a veces que algún artista, intérprete o alguien similar os cae bien sin saber demasiado de su vida? Es como decir, "mira, ese tiene pinta de ser un tío majo". Por mucho que admire a Charlton Heston no creo que le invitara a casa por Navidad, y por más que lleve la trilogía de Mad Max en las venas me parece que no haría buenas migas con Mel Gibson. Adoro la discografía de Ted Nugent, pero por momentos George W. Bush parece a su lado un jipioso pacifista devorador de algas. En cambio, Brendan Gleeson es un tipo que me cae de puta madre. A lo mejor en privado se dedica a emular a Rais Gilles de Rais, pero parece ese tipo de irlandés con el que uno puede irse a tomar unas cuantas Guiness y acabar con la corbata en la cabeza. Bien, tal vez alguno de vosotros os preguntéis, ¿quién demonios es Brendan Gleeson? Sus papeles más conocidos son el del brutal Monk de Gangs of New York o el Menelao de la fallida Troya. Los seguidores de la saga de Harry Potter (entre los que no me encuentro) también le tendréis fichado, y creo que también aparece en la última versión del maltratado clásico inglés Beowulf. Algunos tal vez le recuerden como el bruto amigo de tito Mel Gibson en Braveheart. En definitiva, personalmente Brendan Gleeson es un tipo que me reconforta y me parece un carismático actor y uno de los mejores secundarios de estos tiempos.



No le he seguido la pista a John Boorman en estos últimos años, pero si he de fiarme de la crítica parece que dentro de una cierta irregularidad sigue facturando buenos films. Actualmente se encuentra enfrascado en una adaptación del clásico moderno Memorias de Adriano (¡estoy deseando ver eso!), pero por lo visto aún no ha logrado alcanzar el nivel del film que tenemos entre manos, El general. En mi opinión no creo que vuelva a rozar la gloria cinematográfica como hizo con Excalibur o Deliverance, pero con que haya seguido manteniendo el nivel desde 1998 es suficiente.
El general es el particular biopic de un criminal todavía más peculiar: Martin Cahill, una suerte de Robin Hood moderno, un expeditivo e imaginativo ladrón que se ganó el favor de las empobrecidas masas irlandesas allá en los turbulentos 60 y 70. O esa es al menos la imagen que refleja la película. Tras el estreno del film hubo debates sobre si el Cahill real fue o no tan simpático y altruista, pero lo cierto es que Boorman logró recuperar algo de su pulso como director tras unos años erráticos.
En el film vemos como Cahill crece en una familia rota que habita una ciudad depauperada inmersa en un país agitado políticamente y con la zona del Ulster a punto de estallar. Para poder subsistir el joven Cahill y su hermano roban comida y cualquier cosa que puedan vender para ayudar a la economía familiar. El ladronzuelo será detenido y enviado a uno de esas tétricos reformatorios que más que reformar convierten a jóvenes pilluelos en auténticos criminales.
Una vez vuelve a pisar la calle el joven vuelve a una Irlanda donde todo está politizado, pero en realidad nada de eso le interesa. Cahill se dedicará a lo mejor que sabe hacer: robar. Con ayuda de una banda comenzará a cometer atracos y robos cada vez más audaces que harán de él un nombre popular.
Sin embargo, el astuto Cahill tratará por todos los medios de que su rostro no salga a la luz. En un contínuo tic el ladrón se lleva la mano al rostro para evitar ser identificado, en lo que acaba siendo un gracioso gag. La facilidad con la que da esquinazo a un impopular Cuerpo de Policía hacen de Cahill una especie de héroe popular. Sin embargo, el ladrón contará entre los defensores de la ley con un inspector (John Voight) que simpatiza con él y tratará de llevarle por el buen camino. Sin embargo, Cahill seguirá tratando de darle lo mejor a su peculiar familia (yace con su novia de toda la vida y su hermana) a través del crimen, lo cual no evita que acuda a recoger su cheque en la Seguridad Social. Como buen irlandés, Cahill tiene su particular código de honor: podrá robar e incluso matar si es necesario, pero detesta a los drogadictos y a los pederastas. ¿Qué ocurrirá cuando el IRA se cruce en su camino? Pasen y vean, amigos...


Mr. Gleeson, ex-profesor de matemáticas

John Boorman logró primero construir un buen guión a partir de la novelizada biografía de Cahill, para después construir un sólido film cuyo pilar principal es sin duda la soberbia interpretación de Brendan Gleeson, quien sabe dotar al personaje de toda una gama de matices y sentimientos. Al tiempo que sabe ser duro a la par que bonachón, conforme la película se acerca a su fin uno no puede evitar sentir simpatía por el ladrón Cahill y su particular visión de la vida. El perfecto ritmo que supo mantener Boorman hace de El general una película muy entretenida. El director fue galardonado por su trabajo con un premio en el Festival de Cannes, aunque tanto la interpretación de Gleeson como el particular personaje que debió ser Cahill contribuyen a hacer de esta película un bonito lugar a donde uno puede volver siempre que lo desee sin temor al tedio o al cliché.


Creo que fue en Braveheart donde vi por primera vez a Gleeson, pero fue en El general donde me fascinó con su presencia de tipo duro y simpático y su mirada experimentada. Desde entonces siempre que le veo aparecer en la pantalla es casi como si me reencontrara con un viejo amigo. Tarde o temprano espero ver otro film suyo de la misma época, La leyenda de Sweety Barrett, que promete ser delicioso. Cuando lo vea ya les contaré.

1 comentario:

estanli cuvric dijo...

El General es una de esas peliculitas británicas que da gusto meterse entre pecho y espalda; donde cada personaje es un mundo.
Este tipo es un maestro, todo lo que toca lo convierte en GOLD. A mi me traumatizó mucho su muerte en 28 días después.