viernes, 30 de noviembre de 2007

C-3PO y su insolente cabezudo

No podía resistirlo. Tras hablar del entrañable Stinkor, tenía que aprovechar para narrar la rocambolesca historia de una de las trading cards más polémicas del siglo XX.

1978. Las murmuraciones entre niños y jóvenes entre risitas y caras de asombro se reproducen por toda Norteamérica. ¿Es cierto que en uno de los cromos pertenecientes a la colección de Star Wars podemos ver al dorado C-3PO luciendo un megapene? No se cuántos se lo creerían entonces, pero aquellos que lo tuvieran en sus manos sabían que era cierto. Y las protestas de padres indignados no tardarían en llegar.
Por supuesto, en cuanto se supo que había suelta una imagen porno de un androide de protocolo los encargados de la colección procedieron a sustuirla por otra sin aquella extraña protuberancia. Aquel bizarro cromo existió, lo que no parece claro es el motivo de que C-3PO pareciera un semental de extraordinaria magnitud. Encima, si recordáis, en el film al dorado robot le daban un baño de aceite de lo más sugerente. ¿Significaba aquello que había una oculta versión alternativa, dónde R2D2 le diera un masaje a C-3PO mientras éste le preguntaba si prefería las tuercas a los tornillos?
La explicación nunca ha quedado clara del todo. Se dijo que en el momento de tomar la foto una pieza del traje cayó y los efectos de luces y sombras hicieron el resto. También se habló de un trabajador descontento (seguramente con un aspecto similar al de Wayne Knight) que por venganza había convertido al androide en un John Holmes de protocolo, siendo ésta una versión mucho más jugosa. Sea cual sea la verdad, el cromo de C-3PO ha pasado a la historia como uno de los más guarros de la historia. Echuta!


C-3PO a la caza de robopilinguis

jueves, 29 de noviembre de 2007

Stinkor, maestro del mal olor


Creo que ésta fue la evolución, aunque como toda evolución histórica sus distintas etapas se solapan unas con otras: los todoterreno clicks (¿clicks? ¡en realidad nunca he sabido como se escribía eso!) de Famobil (luego Playmobil), los históricos airgamboys (suena a grupo gay dance, y lo de históricos es porque tenían mucho de romanos y cosas así), los ciclados de He-Man, los fachosos G.I. Joe y finalmente las grungies Tortugas Ninja.
Tanto los clicks como los airgamboys eran en realidad intercambiables, ya que todos eran iguales más o menos. Cuando llegaron los anabólicos Master of the Universe la novedad era que cada uno era distinto, con su propia personalidad, su propia cara, lo que podía dar ocasión a personajes realmente bizarros. Curioseando un poco la red he dado con una página donde hay un decálogo con los guerreros más extraños surgidos del mundo de He-Man (¡el hombre avispa! ¡King Hiss!¡el falso He-Man!). Varios de ellos cayeron en mis manos, aunque nunca pude disfrutar del más bizarro de todos, Stinkor.
A algún creativo de la Mattel se le debió ocurrir la genial idea de fabricar una action figure (que dirían los norteamericanos) cuyo principal poder era ¡que olía mal! Precioso. Imagino que muchos padres debieron lanzar por la ventana muchos Stinkors cansados de que su olor impregnara toda la casa. Al parecer a la masa del muñeco se le añadía pachulí barato para darle ese perfume tan característico. Stinkor pasó así a convertirse en uno de esos extraños juguetes que si bien no amenazaron la vida de muchos niños como otros extraños inventos de las casas jugueteras, sí entraron en la galería de figuras deformes y juguetes bizarros. Hail, Stinkor, evil master of odors!

Crueldad intolerable (2003)


No country for old men, la película todavía por estrenar de Joel y Ethan Coen, parece que nos devuelve a los hermanos seguidores del film noir, lo cual es una estupenda noticia. Con ese estreno de Damocles pendiendo sobre nuestras cabezas, contemplemos ahora uno de los trabajos más recientes de esos dos tipos geniales de Minnesota.

Imaginen ustedes que son directores de cine y quieren hacer una película con Cary Grant. El problema es que el bueno de Archibald Leach lamentablemente nos dejó hace ya unos años. Si aun así persisten en hacer su película, ¿a quién escogerían? No estamos hablando de ponerse en los zapatos del galán elegante par excellence (qué bonitas quedan estas expresiones en francés, le hacen a uno parecer culto y refinado), pues ello es imposible, pero... ya que no se pueden salvar las infinitas distancias que separan a ambos actores en todos los aspectos, creo que actualmente me quedaría con George Clooney, un tipo que pese a su rol de sex symbol parece que se lo toma con humor y tiene por mascota a un cerdo. Bien, tras la pequeña disertación, hablemos de Crueldad Intolerable.
Nos encontramos aquí ante un viejo proyecto de los hermanos Coen, un guión escrito por encargo para la Universal y que seguramente hubiera debido de dirigir algún otro. Pero por lo visto los dos hermanos se interesaron en dirigirla cuando Clooney hizo su aparición, y así que lo que tenemos finalmente es un extraño híbrido entre el peculiar mundo de los directores/productores y una comedia romántica al uso. Esto es, un film que parece de los Coen, pero que por momentos le hacen a uno plantearse si realmente estaban allí esos dos.
El problema es que estamos hablando de dos tipos con una carrera espectacular. Si la comedia fuera de algún director novel seguramente estaría hablando en otros términos, pero tras contemplar Crueldad intolerable uno no puede dejar de pensar que los hermanos aprovecharían mejor su tiempo en proyectos más personales. El primer cuarto de hora del film es realmente brillante. Un ejemplo: la mujer de mediana edad en el estrado, acusando a su marido de haberla convertido en su esclava sexual durante años. Llega el turno de Clooney, que hasta entonces no ha prestado atención y ha estado debatiendo con su compañero, mientras el marido bobalicón asiste impertérrito a todas las acusaciones de su mujer. El abogado le pregunta sobre su profesor de tenis David, para a continuación sacar una carta. David y Goliat. Cambio de escena, queda todo dicho. 100% Coen.
Sin embargo el film se va diluyendo en la comercialidad más banal. Sigue habiendo buenos momentos y grandes frases del guión, y esos toques que sólo los dos hermanos son capaces de hacer con gusto exquisito (¡esa camiseta de "Objection!"). La sensación que me ha quedado es como copular sabiendo que podría marcar varios tantos pero que por razones externas apenas si le dejaran a uno llegar al primero. Y me temo que es lo que tenemos en Crueldad Intolerable: cine comercial escrito y dirigido por los Coen. Por supuesto, es mucho mejor que la gran mayoría de las comedias que se ruedan actualmente, pero lo cierto es que a los dos hermanos les pido mucho más. ¡Joder, si ni siquiera salen John Goodman o John Turturro! Eso sí, atentos al (muy) fugaz cameo del inefable Bruce Campbell. Y al ataque de furia de otro gran tipo, Geoffrey Rush. La gloria de los títulos de crédito y de esa escena inicial son totalmente suyas.

Black Sabbath: La mujer que nunca estuvo allí


Supongo que todo el mundo tiene sus rarezas o manías, yo a veces tengo extraños impulsos que ni yo mismo llego a comprender. Lo cierto es que no podía imaginarme escuchar este disco de otro modo que no fuera con ese típico sonido de vinilo, a oscuras, y llevándome la felicidad a la boca. Y así fue mi primera vez (con el disco, se entiende). Fue un caro amigo quién me trajo de Londres (¡edición original!) el majestuoso, oscuro y demoledor primer disco de Black Sabbath.
Sonidos de tormenta, campanas que tocan a difuntos... ¿quién habría oido algo así? Y cuando el famoso riff de "Black Sabbath" rasga los surcos uno sabe que ya nada será igual. Cuando uno escucha a esos tipos por primera vez (mi primer disco no fue éste, pero para el caso es lo mismo) o se deja llevar por la oscuridad o se aleja para siempre revoloteando entre el sonido de pajarillos y tiernos laúdes.
La "Morriconiana" armónica de "The Wizard" da paso a una de las letras más estúpidas de la historia, pero cuyo sonido brutal (¡esa batería de Bill Ward!) hacen de ella un vehículo perfecto para dejarse las vertébras. "Behind The Wall of Asleep", otro temazo con un final tan sencillo como grandioso; Bill Ward se queda solo con su ritmo que se va diluyendo hasta dar paso al solo de bajo de Geezer Butler que sirve como introducción a "N.I.B.", todo un clásico del repertorio Sabbath contundente como piedra de dolmen, y con un Ozzy Osbourne espléndido lamentándose a la luz de la luna en los estribillos.
La cara B (edición europea) se abre con "Evil Woman", una versión de una banda llamada Crow donde los vientos de la canción original se pierden entre las marismas del Walpurgis sabático que se monta la sección rítmica, una de las mejores de la historia por otra parte. El aquelarre continúa con "Sleeping Village", donde el maestro de riffs Toni Iommi cobra protagonismo con sus solos y sus overdubs mientras Ward y Butler le apoyan con un ritmo de caza, un ligero trote de bajo y batería. El feedback de la guitarra de Iommi nos lleva al último tema del disco, "Warning", otra versión, esta vez de los Ansley Dunbar Retaliation. El Ozzy más bluesy acompaña a un Iommi gigantesco, que se solaza con su guitarra mientras la banda le deja que se explaye a gusto, para luego re-entrar todos de nuevo con Geezer Butler demostrando lo que es un sonido de bajo con pelotas. La voz del viejo Madman retoma los versos para acabar con esa frase, Just a little bit too strong... ¡y no le faltaba razón!
Y para colmo, ¡esa mítica portada! Una de las mejores de la historia, con esa extraña mujer que supuestamente no estaba allí cuando se realizó la foto. Algún día espero visitar el viejo molino de Mapledurham Watermill (me pueden acompañar si gustan) y hacer fotos a ver si salgo o no salgo. Pocas veces una portada ha sido tan adecuada para un disco y un debut como éste.
Por último, la edición original contiene un extraño y oscuro poema que me dispongo a traducir para ustedes.


Todavía cae la lluvia, los velos de las tinieblas rodean los ennegrecidos árboles, que contraídos por alguna violencia invisible, arrojan sus hojas cansadas, y doblan sus ramas hacia una tierra gris de alas rotas de pájaros. Entre los pastos, las amapolas sangran ante una muerte gesticulante, y los conejos jóvenes, nacidos muertos en trampas, permanecen inmóviles, como si guardaran el silencio que rodea y amenaza con engullir a todos aquellos que escuchan. Pájaros mudos, cansados de repetir terrores del ayer, se agrupan en los intersticios de las esquinas oscuras, cabezas giradas de los muertos, cisne negro que sobresale flotando en un pequeño estanque en el vacío. en el hueco. Allí surge del estanque una débil y sensual niebla, que traza su camino hacia arriba para acariciar los desconchados pies de la estatua del mártir, cuyo único logro fue morir pronto, y que no podía esperar a perder. La catarata de oscuridad alcanza su plenitud, la negra y larga noche comienza, y aún así, junto al lago una joven espera; sin ver se cree que no es vista, sonríe, ligeramente, ante el lejano tañir de la campana, y la lluvia que sigue cayendo.


miércoles, 28 de noviembre de 2007

Ángeles con caras sucias (1938)


De vuelta al Hollywood más clásico, esta vez con uno de los mejores títulos de los muchos que podríamos encontrar en una carrera tan larga como la de Michael Curtiz. Cuatro años antes de que dirigiera la inmortal Casablanca, el director cruzaba su camino con Humphrey Bogart, aunque tiempo antes Curtiz ya había dirigido al eterno fumador en Kid Galahad.
Sin embargo, en 1938 Bogart no había alcanzado todavía el estatus de gran estrella, y en Ángeles con caras sucias el verdadero protagonista era otro gran tipo duro y además excelente bailarín (si sois hombres rudos y vuestra pasión es la danza, ya veis, ¡se puede bailar y ser un tipo duro!), el pelirrojo James Cagney.

Ser inmigrante y habitar un barrio conflictivo nunca ha sido fácil. Dos chavales hijos de irlandeses, Rocky Sullivan (Cagney) y Jerry Connolly (Pat O'Brien) lo saben bien mientras vaguean y malviven de pequeños hurtos aquí y allá. Cierto día los dos intentan dar un golpe en un tren de mercancías, pero son descubiertos. Jerry consigue escapar, pero Rocky es apresado y enviado a un reformatorio. Ese momento marcará sus vidas, y mientras Rocky se sumerge en una espiral de crímenes y robos, Jerry abraza el sacerdocio.
Años más tarde Rocky sale de la cárcel y vuelve a su antiguo barrio, mientras por otro lado trata de que su corrupto y mafiosillo abogado Frazier (Humphrey Bogart) le devuelva 100.000 dólares que le había guardado. Sin embargo Frazier trabaja para un pequeño capo llamado Mac Keefer (George Bancroft) que no le pondrá las cosas fáciles a Sullivan.
Por otro lado, Connolly trata de ayudar a los chicos del barrio mediante programas deportivos y aspira a abrir un centro de recreo para alejar a los jóvenes de los peligros del crimen. Una panda de raterillos, sin embargo, verá en la figura de Rocky un camino a seguir.
Dos hijos de inmigrantes como Cagney y O'Brien, que coincidieron en varios films y que eran amigos íntimos, difícilmente podían encajar mejor en los personajes que interpretan. Poco resta por decir de Cagney para aquellos que conozcáis su carrera, y para los que no, pues tan sólo mencionar que no sólo fue un grandísimo actor, sino que ha sido uno de los tipos duros por excelencia. O'Brien también está magnífico en su papel del entregado sacerdote, y en el clímax final sus primeros planos y esa celestial iluminación le confieren un aura de divinidad que contrasta con la bajada a los infiernos de Rocky Sullivan. Quién haya visto el film sabe de lo que hablo. La escena final de Cagney es realmente inolvidable y estremecedora, y uno no puede evitar sentir cierta pena por lo que algo así significa para su personaje. Como bien dice Sullivan, es perder todo lo que le queda.
Tampoco podría decirse mucho de la actuación de Humphrey Bogart, aunque en esta ocasión su papel es bastante ingrato: el de malvado cobarde y rastrero. Imagino que para cualquier fan de Bogart resulta algo doloroso verle suplicar por su vida, pero hasta los más grandes tuvieron que labrarse su estatus de estrella cinematográfica.
Curtiz no deja de recordarnos por qué es uno de los grandes, y a un ritmo perfecto hay que añadir unas cuentas escenas memorables; por ejemplo siempre me ha llamado la atención la forma en que rueda el tiroteo entre Sullivan y Mac Keefer.
Al principio del film los personajes de Sullivan y Connolly son interpretados por sus equivalentes más jóvenes. El caso de Frankie Burke, que interprete al mozalbete Rocky Sullivan, es bastante curioso. Aparte de guardar un razonable parecido físico con Cagney, era además un gran fan suyo, y se había ganado la vida en los teatros realizando, entre otros números, una imitación de James Cagney. Por otro lado resulta curioso verle en su escena en el tren, y es que Burke desapareció de la vida pública a principios de los 40, y tras muchos años de vida anónima decidió a principio de los 60 llevar una vida errante viajando de tren en tren como venían haciendo una gran parte de los vagabundos de Norteamérica.
Varios de los pandilleros que aparecen en el film eran realmente bribonzuelos de Hell's Kitchen. Les pusieron las cosas difíciles a los actores con sus gamberradas y sus continuas improvisaciones. ¡Incluso dicen que le robaron los pantalones a Humphrey Bogart! Aunque lo que no sabían es que James Cagney había crecido también el East Side y que con él no se podía bromear. En cuanto uno de los jóvenes improvisó en una de sus escenas, Cagney dejó las cosas claras soltándole un puñetazo en la nariz. Al parecer eso bastó para calmarlos a todos y dejaron las tonterías de lado. Don't mess with Cagney!

martes, 27 de noviembre de 2007

Marciano, vete a casa


A veces lo bueno que tiene un viaje razonablemente largo es que puede dedicarse uno a leer alguna obrita corta de interés. Para mi último viaje decidí llevarme un título de la ya mítica colección de ciencia ficción de la editorial Orbis. Se titula Marciano, vete a casa, y su autor se llama Fredric Brown.

La ciencia ficción ha presentado a los marcianos bajo mil aspectos diferentes (...) pero siempre se evitó cuidadosamente lo vulgar, y lo vulgar resultó ser cierto. En realidad eran pequeños hombres verdes.

Con este fragmento del prólogo de la obra ya se intuye que nos encontramos ante una novela distinta. Con un peculiar estilo humorístico el autor nos relata el choque inicial entre la cultura humana y los alienigenas, y con gran acierto describe cómo la economía, la política y en general toda la vida humana se ven afectadas irremediablemente. Seguro que habréis leído o contemplado muchas invasiones marcianas, pero pocas debían ser como ésta.
Por huir de los tópicos generales, Fredric Brown ni siquiera habla de astronaves o modernas tecnologías. Un simple sistema parecido a la teletransportación permite que millones de marcianitos verdes pueblen la Tierra de un día para otro. ¿Son sangrientos? No realmente. ¿Hostiles? Desde luego. Sus armas no son rayos desintegradores, potentes mandíbulas o imparables androides. No usan ninguno tipo de tecnología. Lo que los hace peligrosos son su mala leche, su capacidad de ir y venir a su antojo, una visión que traspasa paredes y puertas, y una característica curiosa. Son opacos, podemos verles y, lo que es peor, oírles, pero son en cierto modo como fantasmas: no se les puede coger, tocar, ni, por lo tanto, dañar o matar en modo alguno. La temida invasión finalmente es llevada a cabo por un ejército de los marcianos más irreverentes e irritantes que podáis imaginar.
A través de pequeñas situaciones Brown va relatando la invasión y cómo afecta a los habitantes de la Tierra. Hay un personaje principal, Luke Deveraux, un escritor de obras de ciencia ficción, al que seguimos durante la narración mientras se van intercalando imágenes e historias que nos ayudan a comprender el efecto global del molesto ataque marciano. Y detrás de sus palabras podemos vislumbrar una irónica versión de la sociedad, las guerras, la economía, el propio oficio de escritor... por ejemplo, uno de los pocos negocios que se ve beneficiado por la invasión marciana es la venta de alcohol.
Conforme se acerca el final de la novela los pensamientos filosóficos y metafísicos encarrilan al lector a reflexionar sobre la naturaleza de los marcianos y su verdadera procedencia. En realidad el final deja al lector con la duda. Pero, cómo no podía ser de otra forma, hay un posdata del autor que acaba rizando el rizo. Touché.

lunes, 26 de noviembre de 2007

Que el cielo la juzgue (1945)


¡Pobre Vincent Price! Tener que aparecer fugazmente en una escena sólo para que el ángel del celuloide Gene Tierney le de calabazas en favor de un galán bastante soso. El bueno de Vincent tendrá posteriormente su momento estelar durante la escena de un juicio, encarnando a la malvada acusación contra la pobre Ruth, la dulce hermanita de Tierney. Aunque, por una vez, creo que Price tuvo suerte al no quedarse con la chica.
Y es que Ellen Berent es probablemente el personaje más oscuro que haya podido encarnar la maravillosa Gene Tierney en la pantalla. Fría, retorcida, y deliciosamente psicótica e infantil, su personaje quizás os recuerde al de otras féminas obsesionadas que han hecho sus travesuras más recientemente en los cines de medio mundo.
Amores apasionados y coqueteos, un niño enfermo, un amante despechado, un juicio, muertes misteriosas... podríamos estar hablando de cualquier telefilm barato de esos que suelen pasar por televisión en las aburridas sobremesas del fin de semana. Si bien la historia tal vez no sea mucho mejor que las de esas baraturas con actrices de Baywatch venidas a menos, Que el cielo la juzgue cuenta con la baza de dos intérpretes de la talla de Vincent Price y Gene Tierney, y de una bonita fotografía en Technicolor.
Ya he hablado de la bella Gene en más de una ocasión, y poder admirarla en color es todo un placer. Pero además de su belleza de ninfa era también una buena actriz, quizás no de la talla de otras contemporáneas suyas, pero sí mucho mejor que la mayor parte de caras bonitas que hoy pueblan la pantalla. Lo cierto es que resulta extraño y casi aterrador el contraste entre la dulzura de su rostro y sus maquinaciones diabólicas a lo Baby Jane Hudson. Especialmente estremecedora la escena donde Tierney engaña al pequeño Danny, el hermano tullido de su marido Richard, y le hace nadar más y más en las frías aguas del lago hasta que el relamido Danny se ahoga ante la impávida mirada de Ellen. Escalofriante.
El director John M. Stahl ya había rodado otros notables melodramas como la primera Imitación a la vida o Las llaves del reino, y aunque no llega a sorprender con su técnica es sin embargo lo bastante eficiente como para no arruinar la película y lograr unos cuantos buenos planos, aunque su mejor momento lo tiene en la citada escena del lago. Del galán Cornel Wilde poco hay que decir, la verdad es que en la mayor parte de la cinta se muestra tan inexpresivo como las muletas de Danny, pero un tipo que dirigió y protagonizó un clásico del cine de culto como es La presa desnuda tendrá siempre mi constante gratitud.

miércoles, 21 de noviembre de 2007

Frankenstein o el moderno Edgar Winter


Me llamo Earl es una serie repleta de escenas cachondas y una banda sonora inmejorable. El otro día en casa de un amigo viendo el capítulo donde Earl y sus compinches forman una banda de rock contemplé otra escena para el recuerdo: Earl, su hermano Randy y el facineroso Ralph moviendo la cabeza al ritmo de uno de los mejores riffs que haya podido oir un científico loco.

Edgar Winter ha vivido a lo largo de los años a la sombra de su hermano Johnny, aunque en la obra del primero hay más de una joya. Por ejemplo, "They Only Come Out at Night", el formidable debut de su Edgar Winter Group. El disco está lleno de grandes canciones de principio a fin, y contiene el mayor hit del hermano pequeño de los Winter, "Free Ride". Y, por supuesto, esa monstruosa (nunca mejor dicho) "Frankenstein", casi diez minutos de poderosos riffs y cuelgues psicodélicos. Escuchar esa intro me lleva directamente a Ingolstadt. Palabra.

Adiós, Don Fernando


El cine español está de luto. Aunque cultivó con acierto la dirección, la literatura y destacó en general en todo lo que hizo. Personalmente siempre me he decantado por su vertiente cinematográfica, y por ejemplo no recuerdo a un mejor Don Quijote que el suyo. Sus salidas de tono también han sido legendarias, y el mundo no sólo pierde a un gran artista sino también a un grandioso y delicioso huraño. Descanse en paz.

Almas de metal (1973)



Soy un firme defensor de la carrera de Michael Chrichton como director. Definitivamente alcanzó la fama mundial gracias a sus best sellers y la multimillonaria versión de su novela Jurassic Park, pero yo le tengo más en cuenta por tres viejos films setenteros: Westworld, Coma y The Great Train Robbery. Tras haber apenas haber dirigido un telefilm, Chrichton se lanzó a la aventura cinematográfica (siempre haciendo adaptaciones de sus propias novelas) y viendo los resultados, creo que nadie mejor que él para adaptarse a sí mismo.
Obviamente no estamos hablando de John Ford, y su primer trabajo no era una maravilla técnica, pero sus aptitudes eran excelentes. Para ser un escritor que se metió a hacer películas Westworld no le quedó tan mal. Aunque probablemente su mejor cinta sea The Great Train Robbery, de la que ya hablaré otro día. Hoy toca mal rollo gracias a un ser animatrónico de lo más hijoputa.


Alan Oppenheimer, un tipo confundido

Dicen que Chrichton escribió Westworld inspirado por una visita a Disneyworld, y, aunque nunca he estado en ninguno de los delirios de entretenimiento para niños que dejó tras de sí tito Disney, siempre, por alguna razón que se me escapa, las ferias y los parques temáticos me han parecido lugares con una atmósfera de lo más tétrica. Tal vez sea por que son lugares llenos de niños, pero a día hoy aún me extraña que ninguno de los tipos que trabaja disfrazado de Mickey Mouse se haya levantado un día, haya cogido un AK-47 y haya hecho una chanfaina con todos.
Y es que el guiño a Los Simpson no es gratuito. ¿No recordáis la cantidad de gags sucedidos en parques temáticos que tienen que ver con los androides y los seres animatrónicos? También en Futurama se ha dejado ver la larga sombra de Westworld, y es que mucho me temo que Matt Groening, al igual que un servidor, quedó impactado en su juventud por la película de Chrichton.


El gran Yul

Westworld, titulada por estas tierras como Almas de metal (un título más sugerente, todo hay que decirlo) narra la visita de dos amigos (James Brolin y Richard Benjamin) a un moderno parque temático donde los clientes pueden disfrutar durante unos días la vida de otras épocas. por ejemplo, uno puede ponerse en la piel de un senador romano, de un señor feudal o de un pistolero del viejo Oeste. Dispuestos a pasarlo bien, los dos ejecutivos se ponen sus sombreros y se dirigen al poblado vaquero, con sus prostitutas, sus pistoleros, sus casas de juego, su whisky y sus peleas en el "Saloon" con destrozo de inmobiliario incluido. Y ya de paso, pueden humillar unas cuantas veces a un pistolero animatrónico creado a imagen y semejanza de un tal Chris que ayudó, junto a otros seis tipos, a unos campesinos a defenderse de un malvado bandido.
Efectivamente, como no podías ser de otra forma, el pistolero de mentiras es interpretado por el gran Yul Brinner, que aunque por entonces ya no eran tan popular como antaño permanecía con su carisma intacto.
No hay mucho que decir sobre el film técnicamente; los efectos especiales son justitos y actualmente casi llevan a la compasión (aunque podemos gozar de las que quizás sean las primeras imágenes digitales en una película cuando la pantalla muestra la visión del androide), pero todo eso poco importa. De lo que se trata es de contemplar al impávido y perverso Brinner haciendosélas pasar canutas al bueno de Richard Benjamin. Tras haberse convertido a lo largo del film en casi un recurso cómico, resulta aterrador ver acercarse de nuevo al animatrónico calvo y pronunciar una única y escalofriante palabra: Draw! (¡desenfunda!). Ahí es cuando comienza realmente lo bueno.
Vista hoy en día no sé que efectos podrá provocar, pero cuando la vi siendo un criajo no me pude quitar la imagen de Brinner enfundado en negro durante días. De vez en cuando la reponen en la televisión y vuelvo a ser feliz de nuevo. Y es que uno nunca se cansa de ver la fría sonrisa de Brinner mientras contempla como el pobre Benjamin se caga en los pantalones.
Almas de metal tuvo una segunda parte, Futureworld, una secuela bastante mala pero que contaba de nuevo con Yul Brinner en el papel del pistolero incansable en la que sería tristemente su última aparición en la gran pantalla. Y en lo que viene siendo últimamente la broma habitual de Hollywood, creo que se nos avecina un remake. ¿De quién habrá sido la feliz idea? Como metan la pata me gustaría poner al padre del invento enfrente del mecánico Brinner y que el pistolero con sus metálicos ojos le dijera una vez más: Draw!

lunes, 19 de noviembre de 2007

Nacido el 4 de Julio (1989)



Oliver Stone es un tipo de lo más extraño, y tiene una carrera tan tortuosa como su propia experiencia vital. Uno de sus primeros films, La mano, resulta de lo más bizarro y desalentador, con un Michael Caine en horas bajas que no sé muy bien si sabía donde se metía. Supongo que desintoxicarse y un periodo de descanso dedicándose a los guiones le dieron para centrarse y rodar Salvador, un film interesante aunque algo irregular, que sin embargo imagino que en la época no habría servido como aviso para lo que se le venía encima al público. Stone, voluntario y veterano en la guerra de Vietnam, afrontó de lleno sus demonios personales y sus recuerdos y facturó una de las mejores películas sobre el famoso conflicto de la Guerra Fría. Platoon sorprendió a propios y extraños, y puso al director en el mapa cinematográfico. Su alucinógeno cameo en Torrente 3 (!) lo dejaremos de lado.
Siempre me ha parecido que Stone es un director que siempre ha tenido claro lo que quería decir. Al igual que Michael Moore, nunca ha dudado en jugar con la realidad para apoyar su punto de vista. Ni siquiera hace falta recurrir a temas políticos para apoyar tal afirmación. En su biopic de los Doors quería ofrecer su visión del gurú mesiánico del rock and roll al que acompañan tres comparsas y al que los excesos de la fama y las drogas se llevan por delante, eso sí, tras haber robado el fuego a los Dioses. En Jim Morrison el director neoyorquino vio a su moderno Prometeo.


Ron Kovic

Basada en la autobiografía del veterano de guerra y activista político Ron Kovic, Nacido el 4 de Julio es el siguiente paso de la visión de Stone sobre Vietnam. Si en Platoon asistíamos al horror de la guerra y la salvaje experiencia por la que pasaron los soldados norteamericanos, en el film protagonizado por Tom Cruise el director se centra más (sin dejar de mostrar las llagas bélicas y la barbarie absurda) en el regreso de los veteranos a su país y cómo tuvieron que afrontar unos momentos difíciles para la nación norteamericana, donde no parecía haber lugar para ellos.
Para un norteamericano de una familia creyente y confiada en la bondad y grandeza de su país, nacer un 4 de julio debe representar un gran honor y motivo de orgullo. Como elemento cinematográfico es muy sugerente, aunque en este caso lo mejor es que realmente era cierto. Kovic nació un 4 de julio de 1946 en un pequeño pueblo norteamericano, aunque creció en Massapequa, a la postre otra localidad de gentes de bien donde todos se conocen y la gente es feliz.
En una de las primeras escenas del film tenemos al Kovic cinematográfico subido a hombros de su padre en el día de su cumpleaños, mientras contempla la cabalgata del 4 de julio. Los veteranos del pueblo desfilan mientras la gente los vitorea y los niños tiran petardos. Dos conflictos mundiales y una difícil guerra en Corea aglutinan a ancianos y a hombres de mediana edad que han servido a su país en nombre de la libertad. La traumática experiencia aún perdura en algunos de ellos, y se sobresaltan al oir las explosiones de los petardos y el olor de la pólvora. Todos ellos son un motivo de orgullo para sus paisanos.
Recuerdo que en Forrest Gump el teniente Dan procedía de una familia con una extraña tradición: cada generación, el hombre de la casa había fallecido en una guerra al servicio de su patria. En la familia Kovic ocurre algo parecido: su bisabuelo luchó en la Guerra de Secesión, su abuelo en la Gran Guerra y su padre en la Segunda Guerra Mundial. Norteamérica nació bajo el olor de la pólvora y el estruendo de los cañones, y se labró un liderazgo a base de contiendas. Ningún gran imperio puede ser ajeno a la guerra.
Viviendo en la tranquilidad de Europa y su acogedor liberalismo, resulta casi aterrador contemplar como un sargento de artillería (el semper "impasibilis" Tom Berenger) acompañado por su ayudante entra en el salón de actos de un instituto y anima a sus estudiantes a alistarse en los Marines, la crema de los cuerpos combativos norteamericanos. Al más puro estilo prusiano de Sin novedad en el frente, unos chavales de un pequeño pueblo que poco saben del mundo son instados a enrolarse y partir a una tierra lejana para librar al mundo de unos cuantos rojos. Para mí, lo más ecalofriante resulta ver hace unos meses un documental donde ocurría lo mismo: dos Marines dando charlas y repartiendo flamentos en institutos y demás centros de enseñanza para conseguir reclutas para las nuevas campañas en Oriente Medio. Siempre resulta extraño juzgar al país del Gran Padre Blanco con ojos europeos.
Ganar. Es lo único que importa. Patria y Dios. Mediante los combates entre los equipos de lucha del instituto Stone nos acerca a los imperantes valores norteamericanos que exigen lo máximo del individuo, su esfuerzo, su entrega y, sobretodo, su victoria. Cuando Kovic pierde el combate la decepción de sus familiares y amigos no pasa desapercibida.
En una cafetería los amigos recién licenciados discuten sobre las palabras del sargento. La mayoría creen que su deber es acudir a la llamada y partir lo más pronto posible. Apenas uno sólo de ellos considera que en Vietnam no se le ha perdido nada. No Vietnamese ever called me a nigger (Cassius Clay).
Bailando juntos mientras la inmortal "Moon River" de Henry Mancini suena de fondo, Kovic se despide su amada Donna, quien obviamente no ve con buenos ojos la partida del mocetón. Y es que poco se imagina el joven patriota que a su vuelta nada será igual.


Bajo el calor tórrido de Vietnam la compañía avanzada desplegada por entre los campos de altas hierbas. El color rojizo de la escena no es casual: el azul y el blanco también tendrán su oportunidad.

Some folks are born made to wave the flag, Ooh, they're red, whit and blue.

El sargento Kovic conoce a un joven novato de Georgia. "Es la segunda vez que vengo aquí y nunca ha caído nadie de Georgia", le tranquiliza Kovic. Poco después avistan su objetivo. "¿Ve los fusiles, sargento?". Cualquiera juraría que el sargento Kovic no ha visto ningún fusil, pero ante la insistencia del superior el dubitativo soldado contesta afirmativamente. La compañía se aposta, preparada para abrir fuego. Antes de dar la orden, comienzan los disparos. Las aldeas cercanas son batidas hasta que se recupera el contro de la situación. Cuando por fin llegan a las cabañas, apenas hay supervivientes. La mayoría de los campesinos han sido masacrados. Un ahora huérfano bebé llora mientras los Marines se repiten a sí mismos que no pueden haber sido ellos los causantes de tan sanguinaria matanza.El Vietcong responde y trata de cortar la retirada de la compañía. Es entonces cuando Kovic comete un error fatal.



Creo que una de las bazas del cine de Oliver Stone es su poder visual. Junto con un casi intuitivo sentido del ritmo, esos dos aspectos de su obra son los que más me atraen. En un momento lírico por momentos, mientras el personaje de Cruise dispara sin cesar, una figura, a contraluz, con el sol a su espalda, surge de entre las dunas, a cámara lenta. El asustado Kovic se gira y abre fuego. Tres disparos cortan el aire. El sargento acaba de matar al novato de Georgia. Para mí, una de las mejores escenas del film.
Esa noche en el campamento Kovic se presenta a su superior para informar de lo sucedido, pero el capitán no está para bromas, y le dice que se olvide el asunto. ¿Cómo olvidar algo así? Es entonces cuando vemos un primer plano de Cruise, con unos ojos brillantes (un extraño rasgo de la película, ese extraño brillo en los ojos de algunos personajes) y la mirada perdida. Su pensamiento sin duda está lejos de allí. Tras acabar con un poblado y matar a un compañero, su destino está decidido: falto de concentración, en el fragor de la batalla cometerá un descuido fatal. Un disparo le dejará paralítico para siempre.
Tras pasar por el horror del hospital de campaña asistimos al horror del hospital de veteranos, un lugar tétrico donde las ratas campan a sus anchas y la desidia de enfermeros y médicos es patente. Cuando el propio gobierno apenas da ayudas suficientes para cubrir la atención a los veteranos, poco se puede esperar del plantel médico, con un equipo de enfermería significativamente de color.
Stone nos ofrece entonces lo mejor de su habilidad para mostrar momentos espeluznantes mezclados con momentos de camaradería entre pacientes y enfermeros. Dentro de esa sinrazón de hospital hay espacio para la diversión, y alguna que otra mujer o prostituta se amparará en la oscuridad para jugar con alguno de los soldaditos, ante la lógica irritación de aquellos paralizados de cintura para abajo.
Tras volver a su hogar, Kovic deberá enfrentarse a una nueva realidad, y conciliar su pasado y su presente. Un golpe de la silla de ruedas al intentar pasar una puerta, un reflejo de Cruise en una foto del Kovic vestido de luchador... pequeños detalles aquí y allá que indican el duelo interior del ex-combatiente.
El frustrado soldado se verá incapaz, en su actual situación, de soportar esas pequeñas tensiones y traumas familiares anteriores a la guerra: una madre santurrona y dominante, un padre débil al que Cruise intenta idolatrar sin éxito, y un hermano ensimismado y pasota que parece no compartir las ansias de encajar del estudiante Kovic. Para colmo, el desfile de veteranos le demuestra lo mucho que ha cambiado su país desde su niñez: el respeto se junta con el desprecio, y muchos ven en él a una pieza más del engranaje belicista del gobierno estadounidense.
Resulta en cierto modo fascinante que Stone fabrique una película con un claro mensaje antibelicista pero sin embargo sepa mostrar tan bien los sentimientos del veterano de Vietnam que regresa a casa. Viendo la película podía llegar a comprender la situación de Kovic, mientras que al mismo tiempo podía aceptar las críticas de los pacifistas. Una mutua incompresión que causó una herida profunda, consecuencia de aquella guerra maldita. Seguramente la propia experiencia del director le valió de mucho para trasladarnos esos sentimientos encontrados.
Un desangelado encuentro con su antigua chica no parece ayudar en nada al veterano Kovic. Incapaz de aceptar a su familia, a su país y a sí mismo, el joven se traslada a Méjico donde llevará una extraña vida de alcohol, drogas y prostitutas y conocerá a otros deshauciados como Charlie, jugador de póquer y devorador de gusanos bañados en tequila o mezcal. Desgarradora escena la de Cruise llorando mientras trata de hacer el amor con una bella prostituta. Irónicamente, el veterano lisiado parece encontrar el cariño que tanto necesitaba y que su familia o su antigua amiga no le supieron dar.
Tras su particular descenso a los infiernos, Kovic regresa a los Estados Unidos, donde completará el círculo visitando a la familia del novato a quién abatió en Vietnam. Comienza para él entonces una nueva vida de activismo político y antibélico que se verá culminada en 1976, cuando se dirija en un discurso a toda la convención demócrata de aquél año.



Confieso: yo también odié a Cruise. No es que estemos hablando de un gran actor, pero era duro que en clase las chicas le nombraran una y otra vez. Películas como Nacido el 4 de julio me ayudaron a cambiar mi perspectiva sobre él, aunque actualmente sigue siendo un desastre de tipo, pero al menos parece capaz de ofrecer buenas actuaciones. Aunque desde luego necesita una buena batuta: la mayoría de su filmografía como actor es un desastre. A veces me pregunto si no será el doblaje el que mejora sus actuaciones. De todas formas, su encarnación de Ron Kovic es de lo más brillante que le he visto al eterno barbilampiño, aunque peca de efectista en ciertos momentos. Seguramente sea el principal lastre del señor cienciólogo.
Con todo, nada de eso es suficiente para sobrevivir un encuentro con el genial Willem Dafoe: en las pocas escenas en que se deja ver su extraño rostro de sátiro Cruise se diluye hasta casi desaparecer. Y es que siempre habrá clases.

Dancing In The Street


Sábado por la noche. Yo y un puñado de tipos nos dirigimos a una casa para pasar una noche de baile (que realmente no es lo mío) al ritmo de funk, soul y otros sonidos deliciosamente diabólicos y tal vez disfrutar de otros placeres. No todo se desarrolló como se esperaba, pero fue interesante asistir a un extraño duelo de pinchadiscos que incluyó desprecios mutuos y otros insultos (siempre desde el cariño) realmente excitantes.
Sonó de todo un poco, desde artistas funk y de garaje que me eran tan familiares como los principios de la ergonomía hasta clásicos como Sly & The Family Stone, Otis Redding, Isaac Hayes, The Fuzztones, los P-Funk, y algún heredero más moderno como Jamiraquai. Según decaía la noche llegó el turno para Traffic, Bowie, Led Zep... la anfitriona logró colar dos o tres temas de Blondie. Anything goes!
Bien, el caso es que también sonó el clásico de Martha & The Vandellas "Dancing In The Street", y surgió el tema del tremendo videoclip en el que Mick Jagger y David Bowie bailan, se ríen, y, conociéndolos, y como no podía ser de otra manera, intentar llevarse cada uno el gato al agua. Dice una bizarra leyenda urbana que intimaron más de lo que parece... ¡ugh!
El motivo de tan gratificante colaboración fue el Live Aid, ese fiestorro que se montó Bob Geldof para recaudar dinero y ayuda para el hambre en África, algo digno de elogio, pero que definitivamente tuvo un resultado extraño y totalmente 80's. En fin, el caso es que por lo visto Bowie y Jagger debían cantarla a dúo cada uno en un continente. Phil Collins logró agobiar a dos continentes en un sólo día gracias al Concorde, pero el caso es que el retraso de la señal via satélite impidió el invento, por lo que los dos gigantes del rock británico se reunieron en Londres, despacharon su versión del "Dancing In The Street" y grabaron el correspondiente videoclip. ¿Recuerdan la sesión de Krusty El Payaso grabando frases para sus muñecos? Pues algo así.
Es obvio decir que el resultado musical fue realmente bueno, y el videoclip que acompañaba a la canción hizo las delicias de quien ésto escribe siendo todavía un púber. All you need is music, sweet music...

Isquemia


El amarillo pálido se desvanece tras los árboles mientras el azul teñido de oscuridad arrecia entre las olas blancas de la bóveda celestial. Sombras danzan alrededor de la piedra, bajo las ramas, entre las rocas, corretean entre los arbustos y acarician el frío mármol. El día toca a su fin. La lechuza abre sus ojos, mientras los gusanos se retuercen en la tierra húmeda. Negras figuras que la tierra hollásteis, ¿os mostraréis ante mí? Blancos huesos, ¿revelaréis algún día vuestro secreto?
Los dos gigantes guardan la entrada. Incólumes, silenciosos, frente a frente parece desafiarse. Centuriones de piedra que sostienen la espinada corona, son mensajeros del dolor y del recuerdo, de la felicidad eterna, del castigo flamígero, de las voluntades y las debilidades, las grandezas y las miserias.
Las últimas caricias del día se escapan entre las hojas. Las mentes juguetonas y perversas bromean sobre el símbolo fálico que preside el tortuoso camino, mientras, ocultados por el secreto nocturno, pasan por el callado lugar mientras se dirigen a algún lugar apartado, donde, llenos de lascivia, unirán sus cuerpos al son de la flauta de Pan.
Cae la noche. ¿Sueñan los niños con dulces y juegos? ¿Descansan los ancianos? ¿Abraza el hombre a su esposa, feliz de tenerla a su lado? ¿Le besa ella amorosamente, sabiendo que sus sentimientos son correspondidos? ¿Retoza el perro junto al acogedor hogar? ¿Les saludará el sol de nuevo? ¿O por el contrario los pequeños morirán de hambre agotados por el trabajo? ¿Serán dejados los ancianos a su suerte? ¿Dará su amor el hombre a otra mujer y acallará sus desgarradas voces en alcohol y violencia? ¿Será la mujer quién traicione su confianza, será ella su verdugo? ¿Verá el perro la luz del día antes de que su dueño descargue su frustración sobre él? ¿Hay luz en el mundo?
Observad los árboles, contemplad el cielo. Otros más sabios que yo lo expresaron con mejores palabras. Cada día, la humanidad amanece, brilla. Cada día, la noche envuelve a los humanos, les torna oscura. Cada día, a lo largo del ancho mundo, luz y oscuridad dirimen inacabables batallas. Cuando salga el sol de nuevo, el ciclo volverá a comenzar.
¿Somos tierra y ceniza? ¿O somos luz y polvo estelar? Por qué no respondes, frío mármol blanquecino, ajada piedra gris que ante mí te levantas. El viento sopla, y los árboles silban su historia. Han visto ir y venir a muchos hombres. Ojalá fuera capaz de desentrañar su canción.
La mortecina luz apenas si deja ver el nombre escrito en la lápida. Poco importa. Fue un ser humano, que vivió y sintió, amó y odió, trató de ser feliz, hizo buenas y malas acciones, y antes de lo previsto su alma partió, su luz se extinguió. Su cuerpo se tornó inerte.
Las gotas van cayendo. Unas pocas flores empapadas apenas sí embriagan el pesado y húmedo aire. Sus lágrimas se mezclan con la lluvia. El destrozado corazón del hombre seguirá latiendo. ¿Decidirá, desesperado, acompañarla? ¿Cicatrizarán sus recuerdos? Los suicidas no pisan el suelo sagrado.
El joven amante llora a la mujer perdida. Aunque trate de negarlo, tal vez un día vuelva a disfrutar el olor de las rosas, una mirada furtiva tras un abanico, un delicado perfume en la ópera, una nota escurrida en el bolsillo. ¿Quién es capaz de leer las entrañas del destino? Tal vez, y digo tal vez, el hombre que aúlla en las sombras vuelva a ser feliz. Quizás la vida le brinde una nueva oportunidad.
Para mí ya es demasiado tarde. Norte, sur, este, oeste. Mi brazo izquierdo albergó el odio. Mi brazo derecho fue instrumento de la muerte. Mi alma retorcida ansiaba alimento. La droga lasciva inundaba mi mente. Me sacié salvajemente. Qué animal tan terrible puedes llegar a ser, humano.
Arrecia el viento. Sudoeste. Mi cuerpo se balancea sin tocar el suelo. Tendré una erección una vez más. La bendita justicia hizo, por una vez, su trabajo. Le arrebaté a un hombre lo mejor que tenía. Ojo por ojo. Áspera al tacto, pero dulce a los ojos de la gente de bien. La soga hizo bien su trabajo. Sutil ironía. Quizás no sea del todo casual.
No tratéis de buscarme, ya no camino entre vosotros. Mi partida está próxima. Sutil ironía. Balanceándome lentamente, desde el cadalso contemplo el cementerio. Trabajosamente, el joven se levanta y se pone su sombrero. Masculla unas palabras, rompe en sollozos de nuevo. Impelido por su angustia, abandona el lugar tan rápido como puede.
No tratéis de averiguar mi nombre. Recuerdo cierto día en que fui un hombre. Incluso, en las brumas de mi memoria, borrosas imágenes vienen a mí, cuando era yo un niño. También yo entonces perdí a una mujer a la que idolatraba.
Pero aquello ocurrió hace mucho. Recuerdo cierto día en que me convertí en un asesino. La imagen en el cristal se aleja. Apenas puedo ya divisiarla. No espero misericordia. No. Ni siquiera hay nada más allá. Religión… ¡ja! No, no hay nada, ¿lo véis? Sólo oscuridad, no, ni siquiera oscuridad. Quizás, un simple aliento helado en la noche. ¿Quién fui? Apenas sí puedo ver… ¡Ah! Ahí vienen. Vienen a por mí. Si tan sólo pudiera describirlo… es demasiado horrible… ¿Cuál era mi nombre? Me dejo ir… es hora de partir. Perdonadme, perdonadme. Yo... oh, casi... ya no puedo... ¡Señor, apiádate de mi alma! Adiós, adiós…

La guerra del opio

Mientras China siga siendo una nación de fumadores de opio no existen motivos para temer que pueda convertirse en una potencia militar de ningún peso, puesto que el hábito del opio merma las energías y la vitalidad de la nación.

(El cónsul Hurst ante la Comisión Real sobre el opio, 1895).

Temo el juicio de Dios contra Inglaterra por nuestra iniquidad nacional respecto a China.

(Del diario de W.E. Gladstone, 14 de mayo de 1840).

Con el nombre de “La guerra del opio” se conoce a dos grandes guerras y otra serie de conflictos menores tanto bélicos como diplomáticos que tuvieron lugar durante el siglo XIX entre China y algunas potencias occidentales, principalmente Gran Bretaña.

“Tributo de los bárbaros rojos”. Aquella frase, aplicada al pueblo mongol, anamés y coreano, valió también, en agosto de 1793, para la ondeante bandera del sampán que trasladaba al embajador inglés del gobierno de su majestad Jorge III a la presencia del todopoderoso emperador de China. Junto con Lord Macartney viajaban una gran variedad de productos ingleses de todo tipo, muestra de lo más granado de la industria y ciencia inglesas.

Muchos años atrás, en 1516, China había tenido el primer contacto oficial con la cultura occidental cuando los primeros marineros portugueses arribaron a las costas del gran país asiático. Los holandeses no tardarían en seguir los pasos de los lusos. El primer barco inglés llegó en 1626. Para entonces los comerciantes portugueses ya se habían instalado en Macao.

Desde el principio los marineros y comerciantes occidentales vieron en China su gran oportunidad, y en la mayoría de casos su actitud respecto a los chinos y su gobierno fue de desprecio cuando no de clara hostilidad. En 1637 el capitán Weddell forzó su camino en el estuario del río de las Perlas bombardeando los fuertes del Bogue, la desembocadura de dicho río. La presión por parte occidental siguió creciendo hasta que en 1685 el emperador declaró a la ciudad de Cantón como puerto franco para que aquellos bárbaros pudieran comerciar legalmente. En 1689 los rusos firmaron un tratado con el gobierno chino, instaurándose una caravana comercial periódica entre Rusia y China que cruzaba el temible desierto del Gobi. En 1715 la Compañía de las Indias Orientales establecía sus primeras factorías en Cantón.

Desde el siglo XVI jesuitas y franciscanos habían venido realizando misiones evangelizadoras en tierras chinas, y los primeros llegaron a tener una gran influencia en la corte imperial, hasta que en los primeros lustros del XVII su ascendiente comenzó a resquebrajarse. El cristianismo fue prohibido, pero aun así nunca llegó a desaparecer, pasando a una situación de clandestinidad.

Aunque Macartney logró evitar el koutou, una ceremonia basada en una serie de reverencias que los enviados extranjeros eran obligados a hacer en señal de sumisión al emperador, no logró convencer, sin embargo, al viejo emperador Chien-Lung de la utilidad de aquellos extraños presentes que el embajador británico le había llevado. Como dejó bien claro el emperador, China no necesitaba a occidente.
La subsiguiente política británica respecto a China vino condicionada por diversos factores. La pérdida de las colonias norteamericanas había supuesto un gran golpe a la economía de las islas. Gran Bretaña, que por entonces se encontraba ya en los primeros pasos de la Revolución Industrial, vio como sus manufacturas comenzaban a apilarse en los almacenes sin encontrar salida alguna. Con el mercado europeo saturado y unos Estados Unidos independientes, el país necesitaba dar una salida a todos aquellos productos si no quería que su economía se colapsase. Fue aquella industria y aquellas manufacturas las que condicionaría la política británica a lo largo del siglo XIX.
Otro aspecto importante era el té. Europa, y especialmente Gran Bretaña, habían desarrollado una gran dependencia del té, la seda y la porcelana chinas. El gobierno británico (y otros gobiernos como el francés, a la espera de acontecimientos) había puesto grandes esperanzas en aquél encuentro entre Macartney y el emperador chino. Sin embargo, aquella misión fue un fracaso.

El problema principal que constituyó el germen posterior de los conflictos entre China y los países occidentales fue aquella enorme demanda de té, siempre creciente. Puesto que los chinos no mostraban interés en adquirir los productos europeos, ¿cómo pagar todas aquellas toneladas de té y demás productos asiáticos? La respuesta era inevitable: dinero en metálico, oro y plata.
Tras las guerras napoleónicas Gran Bretaña se había erigido en la primera potencia mundial, con la armada más poderosa del mundo como medio de disuasión principal. Y sin embargo, la balanza de pagos británica se encaminaba cada vez más hacia los números rojos. La sed de té de los británicos estaba esquilmando la tesorería de la primera nación del mundo. La producción de té indio estaba todavía en pañales, con lo que Gran Bretaña estaba a merced de China. Si querían té habrían de pagarlo.
No sólo la nación británica se veía en tales cuitas. Dejando a un lado a Rusia, que disponía de un tratado y trabaja, digámoslo así, por libre, países como Francia o Estados Unidos buscaban también con desesperación un producto que pudiera interesar a los chinos. Cuando quedó claro que China lo único que quería eran metales preciosos, los gobiernos occidentales decidieron forzar el mercado chino a toda costa. Fue Gran Bretaña principalmente quién se decidió a abrir la llave de China de buen grado o por la fuerza. Francia acabaría también alineándose con su antigua enemiga, mientras que los Estados Unidos, cuyos comerciantes y embajadores se mostraron por lo general mucho más respetuosos con el gobierno chino y sus gentes, permanecieron a la espera. Eso sí, no dudaron en aprovecharse de las consecuencias y beneficios que trajeron las guerras del opio.

Opio. Aquella sería el arma que usarían los británicos para doblegar al férreo y hermético gobierno imperial. El comercio con esa droga y el uso de una gran armada y ejércitos modernos serían la llave que abriría el mercado chino.
Tiempo atrás, con las caravanas provenientes de Asia Menor, el opio había llegado a la India. Bajo el gobierno mogol el opio se convirtió en un monopolio floreciente y lucrativo. Cuando la India pasó a ser dominada por Gran Bretaña, el monopolio de aquella droga pasó a manos de los británicos.

No fueron ellos, sin embargo, los primeros en comerciar con opio en China. Portugueses y holandeses llevaban transportándolo a China desde el siglo XVIII, aunque no en grandes cantidades. En un principio había sido adquirida para usos medicinales, pero fue inevitable que los primeros adictos comenzarán a aparecer aquí y allá. En 1769 los chinos importaban mil barriles de opio al año.

En un país sin libertades y con valores muy distintos a los europeos, el comercio y consumo de opio no sólo era ilegal, sino severamente reprobable desde el punto de vista moral. Más que las leyes, la moral confucionista era la que regía a la sociedad china. Obligación y deber era lo más importante para un individuo chino. El respeto y sumisión dentro de la familia se extendía fuera de ésta, en una suerte de pirámide social en la que el emperador, más que un rey o dirigente político, era un gran padre al que todos debían obediencia. En un país sin un sistema democrático las dinastías se alzaban o caían mediante revoluciones. Desde mediados del XVII la dinastía manchú ocupaba el trono de China. Y no conviene olvidar que, a fin de cuentas, los manchúes eran para los chinos un pueblo extranjero.

Sin embargo, a comienzos del XIX, la dinastía extranjera se hallaba inmersa en el comienzo de una crisis de poder. A un emperador débil seguía otro más débil aún, mientras los mandarines de la corte luchaban entre sí por conseguir un poder mayor y mayores riquezas. Desde toda China los gobernadores y mandarines enviaban informes al emperador para informarle de la situación de las diferentes regiones de China. Supuestamente el emperador debía leerlos y dictar las órdenes oportunas. Pero cada vez más aquellos informes eran filtrados por la corte, al tiempo que los propios gobernadores falseaban cada vez más sus informes. Así, la figura del emperador chino se aisló cada vez más de la situación del país al que regía.
Tal vez si la amenaza hubiera sido una revuelta, una invasión bárbara desde el otro lado de la Gran Muralla o un ataque pirata (problemas a los que tradicionalmente el gobierno imperial había tenido que hacer frente) esa situación interna no hubiera importado tanto. Quizás simplemente habría provocado la caída de la dinastía Qing para que una nueva tomara su lugar. Pero ésta vez el gobierno chino se enfrentaba a unas potencias extranjeras con valores y modos de actuar muy distintos de los que poco o nada sabían el emperador y sus servidores. Ese desconocimiento iba a mostrarse fatal para la supervivencia de una China independiente.

En 1799 un edicto imperial había prohibido el comercio de opio. Hasta entonces, la Compañía de las Indias Orientales había subastado el opio entre los traficantes locales. Después la droga era descargada en Cantón de forma ilegal, a modo de contrabando. Muchos funcionarios chinos de la ciudad hicieron su fortuna con los sobornos que pagaban los traficantes. El Cohong, una asociación de empresas chinas designadas por el emperador, actuaba de intermediario con los occidentales. Dicho órgano era supervisado por un miembro de la familia imperial manchú, al que se denominaba Hoppo. A pesar de la prohibición, la compañía británica de las Indias Orientales se las arregló para mantener el comercio ilegal de opio durante casi veinte años, muchas veces en connivencia con el Hoppo, quién, tras haber comprado su puesto a un precio muy elevado, no dudaba en beneficiarse de hacer la vista gorda para recuperar, o incluso doblar, lo perdido. Así, mientras los impuestos (pagados en arroz) iban río arriba por el Pe-Ho hacía Pekín, y los funcionarios se enriquecían, por otro lado la Compañía de las Indias Orientales facturaba un millón de libras al año con su monopolio. Gran Bretaña, por su parte, seguía llenando sus arcas con los impuestos del té que arribaba a sus puertos cada año. En la sombra, los traficantes se embolsaban buenas sumas vendiendo opio en Cantón, mientras que la India comenzaba a obtener grandes ingresos gracias a la exportación del opio tipo Patna.

En los primeros 20 años del siglo XIX el consumo de opio en China se vio estabilizado entorno a los 5.000 barriles anuales. Aunque los occidentales tenían prohibida la entrada en Cantón, durante la cosecha del té les era permitido permanecer en un área llena de factorías y almacenes conocida como “La Fábrica”, situada entre el río y las murallas de la ciudad. Una vez se hubiera embarcado todo el té, los europeos y americanos debían abandonar el lugar. La mayoría volvían a sus hogares en Macao.
La India jugó también un papel importante en los hechos que iban a acontecer. El gobierno británico se veía cada vez más presionado por los industriales del Norte, que clamaban por una salida a todas sus manufacturas. Aunque la India había sido un mercado lucrativo, hacía tiempo que la exportación de manufacturas se había estancado. Sin embargo, si la exportación de opio aumentaba, los beneficios para la colonia serían mayores, con lo que la cantidad de manufacturas adquiridas se incrementaría. Para los potentados británicos aquello estaba tan claro como sumar dos y dos.

En su excelente libro La guerra del opio, Jack Beeching nos ofrece un esquema muy útil para comprender la cadena comercial que iba a desencadenar las susodichas guerras: la décima parte de la renta pública británica provenía del impuesto del té. Ese té estaba financiado con la plata que se obtenía de la venta de opio. Los plantadores de opio eran los que adquirían las manufacturas inglesas. Y para hacer el comercio de opio posible, la Compañía de las Indias Orientales era imprescindible, y dicha compañía estaba apoyada directamente por el gobierno británico, cuya estabilidad económica dependía en gran medida de los impuestos del té.
Así que cuando americanos, franceses y otras naciones comenzaron a llevar opio a China, el monopolio británico se vio obligado a barrer a sus competidores de mapa. Para ello, incrementó la producción de la droga, con lo que el precio del opio descendió. Gran Bretaña conservaría su monopolio, pero para ello se había visto obligada a llenar sus almacenes de aquella preciada droga. Con un precio más bajo y unos ingresos menores las importaciones de té a la metrópoli se podrían resentir, y aquello debía ser evitado a toda costa. Era necesario, pues, que el número de toxicómanos chinos (aunque cabría puntualizar que para entonces también los había en Gran Bretaña) doblara su número. Para entonces una nueva técnica de consumir opio mediante el uso de pipas iba a jugar a favor de los británicos. Antiguamente el opio se consumía siendo ingerido, pero debido a su sabor amargo y a su lenta asimilación por el cuerpo no era un método muy popular entre los toxicómanos. Si se fumaba, los efectos eran inmediatos y el desagradable sabor era eliminado. Como contrapartida, la adicción era mucho más fuerte.

Puesto que el edicto de 1799 de poco había servido, el gobierno imperial decidió usar la fuerza. En 1821 se interrumpió el comercio de té durante dos meses y los contrabandistas fueron detenidos y exiliados a los fríos desiertos del norte de China. Tres barcos británicos fueron apresados y sus cargamentos confiscados. Durante dos años China les puso las cosas difíciles a los occidentales.
Sin embargo, la tecnología iba a jugar a favor de las potencias extranjeras. China apenas contaba con una armada digna de llamarse así. Disponía de pequeñas flotas de juncos armadas con cañones fijos que se usaban para disuadir o apresar a los piratas que surcaban las costas del país. Frente a los modernos buques occidentales, aquellos pequeños barcos no suponían ningún peligro. Pero eso era algo que el gobierno imperial no sabía aún.

Cerca de Macao había una pequeña isla llamada Lintín. Los comerciantes de opio la ocuparon y comenzaron a desembarcar allí su opio, que posteriormente era introducido a escondidas en el continente. El bloque en Cantón era, así, burlado.

Hacia 1830 el monopolio de la compañía británica de las Indias Orientales comenzaba a derrumbarse. Las firmas privadas comenzaron a incrementar su capacidad de maniobra. La compañía Jardine, Matheson & co. disponía en 1831 de más opio que todo el consumo chino de la droga diez años antes. China importaba ya casi veinte mil barriles de opio anuales.
Los famosos clípers, los barcos más modernos y rápidos de su tiempo, aumentaron la efectividad del transporte no sólo de productos legales, sino también del opio. Las cantidades de opio y dinero que se manejaban por entonces eran tan grandes que Cantón sucumbió a sobornos y pagos. La pequeña flota de juncos vigilaba a los clípers que arribaban a la ciudad, y una vez éstos habían descargado sus mercancías, y se alejaban en el horizonte, salían simbólicamente tras ellos, disparando sus cañones a sabiendas de que ya no podían alcanzar a los barcos europeos. Pero ello servía de excusa a los dirigentes cantoneses para demostrar al emperador que no estaban de brazos cruzados. En la corte los informes relatarían como los juncos del mandarín habían puesto en fuga a los barcos de los nuevos “bárbaros rojos”.

En 1833 el parlamento británico abolía oficialmente el monopolio de la Compañía de las Indias Orientales. Iba a llegar entonces la etapa de esplendor para “comerciantes” como William Jardine y James Matheson, que con el tiempo amasarían grandes fortunas gracias al tráfico de opio, regresando a Gran Bretaña como grandes potentados, llegando incluso a ser miembros respetables del parlamento.

En Pekín cundía el temor de que si seguían las cosas así la China que habían conocido y regido hasta entonces desaparecería por completo. Con el aumento del opio importado desde la India crecían los toxicómanos. Las familias se destruían, los adictos enfermaban y morían, y muchos campesinos, adictos a la droga, descuidaban sus campos y malvivían en la indolencia. Por otra parte, la plata china con la que se pagaba el opio comenzaba a ser una preocupación para la tesorería china.
Para sustituir el vacío de la vieja compañía Gran Bretaña comenzó a enviar a embajadores que con el cargo de “Superintendentes del Comerio” vigilarían por los intereses del gobierno en la zona. El primer superintendente fue Lord Napier de Meristoun. Sus órdenes eran seguir las normas chinas impuestas por el emperador y ponerse en contacto con las autoridades. Debía obtener un acuerdo sin usar nunca la fuerza. Por último, aunque nominalmente estaba encargado de regular el comercio, se le prohibió taxativamente interferir en el tráfico de opio.

Su tarea no iba a ser fácil, más aún teniendo en cuenta que a su llegada la política imperial era la de mantener alejados a los extranjeros lo más lejos posible de Pekín. Si Lord Napier pretendía entablar negociaciones con los chinos, había llegado en el peor momento posible. Sin embargo, el británico estaba decidido a desempeñar su cometido. Existía en Cantón un medio de elevar peticiones al gobernador, mediante cartas que eran dejadas en la llamada Puerta de las Peticiones, en la muralla de la ciudad. Lord Napier envió a su secretario con una carta para ser entregada al gobernador. Al no ser considerada una petición, los chinos se negaron a aceptarla. Durante varias horas el secretario se iba entrevistando con mandarines de un rango cada vez más alto, para acabar obteniendo siempre una negativa. Después, al saber que el superintendente no disponía de los permisos necesarios, se le comunicó que debía trasladarse a Macao hasta que tuviera sus papeles en regla. Por consejo de Jardine, Lord Napier se negó a marchar. Envió una petición de ayuda al gobierno británico. Debido a la lentitud de las comunicaciones, el superintendente no podía saber que para entonces el gobierno que le había enviado había perdido el poder. El afamado Duque de Wellington era el nuevo Primer Ministro.
Cuando el virrey Lu-Kun interrumpió parcialmente el comercio en Cantón, Lord Napier pidió al gobierno que empleara la fuerza. Los traficantes de opio siempre apoyaban semejante medida, mientras que aquellos que comerciaban legalmente con el té temían siempre que tales provocaciones dieran al traste con sus negocios.
El siguiente movimiento del británico fue distribuir en la ciudad carteles, escritos en chino, en el que pedía el apoyo de la población china. Ante tal artimaña, Lu-Kun interrumpió todo comercio, la táctica habitual china en estos casos. Lord Napier, que desconocía la manera de obrar de los chinos, y cuya carrera se había forjado entre armas, ordenó a dos buques británicos que navegaran río arriba hasta Wampoa. Si en el estuario del Bogue los fuertes abrían fuego, los barcos británicos debían responder con toda su fuerza. Los dos primeros fuertes lanzaron salvas para avisar a los buques de que debían detenerse. Al hacer caso omiso, los inmóviles cañones chinos abrieron fuego. Armados con unos cañones más modernos, los barcos bombardearon los fuertes hasta reducirlos a cenizas. Tras algunas escaramuzas más, los buques llegaron a Wampoa. La crítica situación finalmente se vio solucionada debido a la malaria. Lord Napier cayó enfermo y su médico le recomendó que se trasladara a Macao. El superintendente fallecería allí poco tiempo después.

Mientras los traficantes de opio clamaban por un plenipotenciario apoyado por una fuerza militar, las autoridades chinas querían tratar con un hombre de negocios y no un militar. El sustituto de Napier fue John Francis Davis, un estudioso de la cultura china y antiguo colaborador de la Compañía de las Indias Orientales. Davis no aguantó mucho allí y fue sustituido a su vez por Sir George Robinson. Al poco tiempo en Londres había nuevos cambios, y Lord Henry Temple, vizconde de Palmerston, uno de los artífices del Imperio Británico bajo el reinado de Su Majestad la reina Victoria, se hacía de nuevo con la cartera de Asuntos Exteriores. Lord Palmerston no tardó en destituir a Robinson y poner en su lugar a alguien con una visión del problema chino más afín a la suya, Charles Elliott, miembro de la Royal Navy e informador del Ministro de Exteriores.
El fracaso de Lord Napier había engañado a los chinos respecto al potencial de los ingleses. Los mandarines siguieron confiando en los métodos tradicionales, sin saber que en un mundo tan cambiante semejantes tretas poco podían hacer frente a la fuerza de los cañones y mosquetes. El primer signo que debería haber puesto en alerta a los dirigentes chinos fue el avistamiento, por primera vez, de un barco de vapor. Ocurrió en 1835, y se trataba del Jardine, el flamante nuevo buque de la compañía de traficantes más importante en aquellos momentos.
En un principio, Elliott tampoco fue recibido por ningún mandarín. El nuevo superintendente decidió seguir una política de contención a largo plazo, para labrarse una buena reputación entre los dirigentes locales. Durante algún tiempo, el británico les seguiría el juego a los chinos.

En 1838 ya eran 40.000 los barriles de opio que entraban en el país. La cifra de toxicómanos se estimaba ya en varios millones, y Lintín seguía siendo un paraíso para los traficantes. El virrey de Cantón intentó dar un golpe en la zona, y se dedicó a destruir todas las galeras chinas que operaban en la costa de Cantón ayudando al comercio de opio. Más tarde los juncos imperiales llegaron a atacar a un buque que transportaba la droga. El precio del opio descendió en picado. La presión china continuó, y en Cantón miles de chinos considerados traidores por ayudar a los extranjeros fueron detenidos y deportados.
Como lección para los traficantes, el virrey Teng ordenó que se ajusticiara en la cruz a un chino que poseía un fumadero de opio frente a las fábricas de los occidentales, en las afueras de la ciudad. La cruz fue colocada cerca de dónde ondeaba la bandera norteamericana. Ésta fue arriada en seguida, ya que se consideraba un ultraje hacia la nación norteamericana. Unos marineros occidentales que presenciaron la escena decidieron intervenir y la emprendieron a golpes con los funcionarios chinos, destrozando de paso la cruz. Una multitud de chinos airados no tardó en comenzar a lanzar piedras a los marineros. En un abrir y cerrar de ojos había estallado una revuelta a las puertas de Cantón. Finalmente el comercio de se interrumpió de nuevo, y a finales de año el emperador nombró a un Alto Comisario para que acabara de una vez por todas con el comercio de opio. El hombre designado era un astuto y experimentado mandarín, de trato afable y aficionado a la poesía, llamado Lin-Tse-Hsu.
A su llegada Lin publicó varios edictos y escribió una carta a la reina Victoria, exhortándola a que ayudara al pueblo chino a librarse de la penosa lacra del opio. La carta fue traducida a un inglés bastante pobre, y, puesto que no había conductos diplomáticos oficiales, el comisario se la entregó a un inglés simpatizante de la causa china.



El comisario Lin

En su cruzada contra la droga, Lin confiscó cargamentos, detuvo a colaboradores chinos, obligó a los toxicómanos a entregar sus pipas, prohibió a los occidentales residentes en Cantón viajar hasta Macao, y en esa misma ciudad quemó todos los almacenes repletos de opio que pudo encontrar. También obligó a los mercaderes a entregar todas las existencias de opio en la isla de Lintín. Un satisfecho Lin creyó haber asestado un golpe tan grande a los traficantes que éstos tendrían que dejar sus negocios ilegales. Lo que el chino no sabía es que en la India toneladas y más toneladas de opio esperaban a ser embarcadas. Para empresas como Jardine, Matheson & co. Aquello no fue sino un simple contratiempo.

Más tarde Lin pensó en dar una lección a los occidentales. Ordenó que un afamado traficante de opio, Lancelot Dent, fuera trasladado a Cantón, dónde seguramente sería ajusticiado. Entonces Charles Elliott entró en acción: burló el bloqueo del Río de las Perlas y trasladó a Dent a su cuartel general. Durante los dos meses siguientes, Lin y Elliott usaron todas las argucias posibles para contrarrestar las medidas del otro, en lo que constituyó una peculiar partida de ajedrez diplomática.
Lin quería hacer firmar a los extranjeros un documento por el cual prometerían cesar en el comercio del opio, pero, ¿cómo garantizar la efectividad de tal acuerdo? Como bien apuntaban los rivales chinos de Lin, con el total control marítimo de los británicos nada les impediría ingeniárselas para llevar la droga de un modo u otro.
La situación en aquellos días era parecida a una guerra fría. Al igual que los Estados Unidos y la Unión Soviética, China y Gran Bretaña se vigilaban, mostraban sus fuerzas militares y urdían distintos planes en la sombra. Cualquier pequeño incidente podía encender la chispa del conflicto armado.
La tensión creció de nuevo cuando 30 marineros que desembarcaron en un pequeño pueblo de la bahía de Hong Kong durante un descanso del viaje se descontrolaron y comenzaron una acción vandálica que acabó con la destrucción de un templo. Y lo que fue peor uno, apalearon a un pobre chino que fallecería al día siguiente. Según las leyes chinas el asesinato se castigaba con la muerte. El capitán Elliott se trasladó en seguida a la zona y trató de repartir dinero entre los familiares y lugareños para aplacar su indignación. También llevó a juicio a los seis principales sospechosos y les condenó a diversas multas y temporadas de prisión que obviamente no iban a satisfacer a las autoridades chinas. Lin exigió que se le entregara al asesino. La atmósfera política se estaba enrareciendo rápidamente, y los ciudadanos británicos comenzaron a abandonar Macao.
Aquellos mismos ciudadanos, que se veían obligados a malvivir en barcos anclados en Hong Kong, celebraron la llegada a las costas chinas de dos nuevas fragatas británicas armadas con poderosos cañones. Mientras tanto, Lin hacía la vida difícil a los extranjeros de Macao, y para recordar a los portugueses que aquella no era una colonia y que estaban allí por permiso chino, el comisario chino realizó una ostentosa visita a la ciudad.
En los días siguientes, mientras Lin contestaba a un memorial del emperador repleto de preguntas sobre aquellos extranjeros (¿era cierto que los extranjeros comían niñas chinas? ¿Acaso era verdad que mezclaban el opio con carne humana?), Elliott y sus compatriotas, negándose a dejar Hong Kong, seguían suponiendo un problema. Y con el comercio interrumpido, no sólo eran los occidentales quienes se resentían de ello. China se embolsaba grandes cantidades gracias a la venta del té, y el comisario estaba deseando que los británicos pudieran volver a comerciar en Cantón, pero por otro lado no podía dejarles retornar a sus negocios con sólo una mera disculpa. Cuando Elliott se negó a entregar al asesino, los chinos cortaron todos los suministros a la comunidad flotante británica.
El superintendente respondió ordenando a tres embarcaciones (su guardacostas, una chalupa y una goleta) que partieran con un intérprete hacia Koulún, la ciudad más importante en la bahía de Hong Kong. Cuando se acercaban a la costa tres grandes juncos chinos se acercaron a los buques ingleses. Desde tierra, un gran cañón vigilaba los movimientos de los extranjeros. El intérprete bajó y entregó dos cartas de Elliott. Los mandarines del lugar dijeron que no tenían autoridad para aceptar dichas cartas. Elliott respondió con un ultimátum: o reanudaban los suministros o hundiría los juncos.

A ojos de los mandarines aquellos pequeños barcos extranjeros no podían rivalizar con los grandes juncos chinos, de tal modo que dejaron expirar el plazo. Con puntualidad británica, la chalupa se encargó de disparar el primer cañonazo. La primera guerra del opio había comenzado.

Según testigos británicos, si el fuego chino hubiera sido más concienzudo podría haber acabado con todos los que allí se encontraban. El intercambio de fuego fue terrible, y el guardacostas tuvo que abandonar el lugar al quedarse sin munición. A pesar de su moderna tecnología, los británicos se encontraban en una franca inferioridad y se vieron incapaces de forzar a los chinos a reanudar los suministros, con lo que abandonaron el lugar.
Aunque la victoria china no había sido ni mucho menos total, los informes enviados al emperador hablaban de una “gran victoria”. Y lo que es peor, la batalla de Koulún convenció a los chinos de que los extranjeros occidentales no diferían demasiado de otros pueblos bárbaros. El propio Lin comenzó a creer que los juncos chinos podían enfrentarse sin problemas a la flota británica. Pero lo cierto es que China no estaba preparada para una verdadera guerra, sobretodo de corte moderno. Las rebeliones e invasiones de tártaros implicaban pequeñas y breves operaciones militares. ¿Cómo comparar esas batallas a las terribles guerras napoleónicas? Sin embargo, en aquellos momentos en que China se iba a enfrentar a su primera guerra con una potencia occidental, todo les hacía creer que la victoria iba a estar de su parte. ¿Cómo perder, si su causa era justa?

Cuando las noticias llegaron a Londres, Lord Palmerston se puso en seguida manos a la obra. Reclutar hombres y fletar barcos no era problema, pero debía convencer al parlamento de la necesidad de costear una guerra contra china. Por supuesto, los cultivadores y traficantes de opio estaban con él, así como los industriales del Norte. Pero no todos consideraban que una política violenta fuera la solución para el problema chino. Aun así, el animal político que era Palmerston logró su objetivo. En un despacho secreto al capitán Elliott le prometió refuerzos para marzo de 1840.
Paulatinamente, la política exterior británica respecto a China coincidía cada vez más con las teorías defendidas por traficantes como Jardine. El propio traficante enviaba informes a Lord Palmerston ofreciéndole su ayuda y punto de vista. Las teorías del pragmático Jardine respecto a China solían ser de lo más acertadas. Aquellos informes acabarían siendo remitidos por Lord Palmerston al Almirantazgo.

A finales de 1839 dieciséis buques de guerra, cuatro vapores armados y varios transportes cargados con 4.000 soldados británicos y cipayos indios partían hacia China. Mientras, Lin se dedicaba no sólo a reclutar soldados mediante las levas, sino que literalmente le dio armas al pueblo, organizando milicias locales para proteger lugares clave como Cantón. En Fatshan, el gran centro metalúrgico chino, se fundieron cañones de cinco toneladas para fabricar modernos cañones europeos bajo la supervisión de algún extranjero dispuesto a colaborar con los chinos. Lin también compró un buque moderno, el Chesapeake, y lo ancló en la bahía del Río de las Perlas.
Por entonces la autoridad de Elliott comenzaba a mostrar fisuras. El capitán sabía las consecuencias que podía traer para el gobierno inglés la firma de las exigencias de Lin. Pero muchos mercaderes honrados que nada tenían que ver con el tráfico de opio estaban cansados de esperar en los barcos anclados en Hong Kong. Uno de esos mercaderes, un tal capitán Warren, permitió que su consignatario firmara aquél documento y llevó su buque hacia Wampoa. Lin, viendo en aquél marino a un inglés honrado, le entregó la carta que tiempo atrás había escrito a la reina Victoria.
La situación para Elliott se tornó muy difícil. Si otros comerciantes seguían el ejemplo de Warren, su autoridad, y la unidad del frente británico, se harían añicos. La desesperación del superintendente era comprensible. Más que nunca, Lin estaba a punto de lograr todos sus objetivos.
Pero un fatídico 20 de octubre de 1839 Elliott recibió un despacho secreto de Lord Palmerston que le informaba de todos los refuerzos que se hallaban en camino a China. A partir de entonces el superintendente tendría mucho más margen para maniobrar.

En noviembre otro incidente encendió los ánimos de todos. Aunque las versiones sobre lo ocurrido son varias, lo cierto es que un barco británico que transportaba arroz, el Royal Saxon, estaba dispuesto a firmar también el documento de Lin. Una flota china al mando del anciano almirante Kuan estaba encargada de proteger a los barcos británicos que llevaran cargas legales. Según algunos relatos, un buque de guerra británico abrió fuego contra el Royal Saxon, y Kuan intervino con sus juncos. Poco antes Lin había dado un ultimátum a la flota anclada en Hong Kong para que abandonaran china. Tal vez Kuan aprovechara la excusa del Royal Saxon para dar una lección a los británicos, o tal vez intentara apresar al culpable de los desmanes que Elliott no había querido entregar.

Aunque Elliott se mostraba conciliador, el capitán Smith, al mando de las dos fragatas inglesas Volage y Hyacinth, estaba cansado de negociar. Viendo que Kuan no retiraba sus barcos, Smith ordenó a las dos fragatas que abrieran fuego. Los cañones fijos de los juncos no lograron hacer blanco en los buques británicos. En una breve lucha de tres cuartos de hora conocida como la batalla de Chuenpi Smith hundió algunos juncos y dañó algunos otros, mientras que el resuelto Kuan, cuya entereza provocó la admiración de los británicos, se retiró con su junco medio hundido a las costas chinas. A principios de diciembre Lin decidió cerrar todo comercio con los británicos.

En los meses de espera que se sucedieron hasta que llegaron los refuerzos, la población británica anclada en Hong Kong se vio obligada a comprar víveres a precios casi de extorsión, mientras que los americanos hacían su agosto comprando toda la seda y té que podían. Gran Bretaña se vio obligada a comprar té a los norteamericanos a cambio de grandísimas sumas de dinero.

Para entonces Elliott se veía impelido a comprender y a ayudar a los chinos. Por su sentido del deber debía seguir la política oficial británica, pero en cartas privadas mostraba arrepentimiento por el modo en que se estaba tratando a los chinos. Siempre que podía evitaba cualquier gesto de fuerza y ayudaba a la población local en lo que podía. Las buenas intenciones del superintendente confundieron de nuevo a los chinos, que creyeron que los británicos no estaban realmente dispuestos a enfrascarse en un conflicto armado con China.

Mientras, los gastos del gobierno británico crecían hasta los dos millones de libras, y además Elliott había prometido a los traficantes de opio que se les compensaría por los cargamentos destruidos o confiscados. A los ojos de cada vez más personas la guerra con China se antojaba inevitable.

Pero cabe también señalar que había muchas opiniones críticas respecto a la política británica en China. Por supuesto, la oposición de los tories descargó en los debates parlamentarios toda su artillería contra Lord Palmerston. Destacados personajes de fuertes convicciones religiosas y morales clamaban contra el comercio del opio que era claramente respaldado por el gobierno de Su Majestad. De modo que no fue extraño que se elevara una moción de censura contra Palmerston. Pero éste era perro viejo, y con su inflamada oratoria logró salvar la peliaguda situación.

Cuando en 1840 llegaron los buques británicos de refuerzo el negocio del opio fue el primero en volver a la normalidad. Se volvió a ocupar la isla de Lintín, y los barcos mercantes que trasportaban la droga iban allá donde fuera la armada británica. Al mando de la flota se encontraba el contralmirante George Elliott, primo del superintendente, y que debido a su cargo se convertía desde entonces en la máxima autoridad británica en la zona. George Elliott, veterano que había servido a las órdenes de Nelson, ciertamente no tendría duda alguna en emplear toda la fuerza que fuese necesaria contra los chinos, a diferencia de su arrepentido primo.

Lin impuso una serie de premios monetarios para inflamar el espíritu combativo de sus tropas. Por ejemplo, la cabeza del capitán Elliott se valoró en 50.000 dólares. Mientras tanto, la armada extranjera se dirigió al norte para poner sitio a la isla de Chusán, situada frente a la desembocadura del Yang-Tsé. Si se establecía una base en Chusán podría amenazarse la ruta del Gran Canal por la que cada año se llevaban los impuestos de grano a la sede imperial.

Tin-Hai, el puerto que constituía la capital de la isla, fue tomada sin demasiadas complicaciones. En Chusán se elaboraba vino de arroz, y Tin-Hai estaba abarrotada con garrafas de aquél licor. Cuando los marineros y soldados las descubrieron, lo que sucedió a continuación fue inevitable. Los ebrios extranjeros saquearon la ciudad. Tras las tropas británicas llegaron a Chusán los traficantes de opio, y tras ellos los misioneros.

Los chinos tal vez estuvieran atrasados tecnológicamente pero no eran tontos. Ya hemos visto cómo llegaron a fabricar sus propios cañones modernos, y lo que no podían adquirir lo copiaban. Cuando vieron los primeros vapores británicas impulsados por una paleta, los chinos fabricaron juncos a imitación de aquellos modernos barcos. Puesto que carecían de una industria para impulsarlos con vapor, las paletas se movieron a base del gran combustible chino, la fuerza humana.

El siguiente destino de la armada fue la desembocadura del Pe-Ho, protegida por los poderosos fuertes de Takú. El Pe-Ho era la salida al mar de la capital, Pekín. Y en aquellos fuertes se podían divisar viejos cañones británicos. Fueron parte del regalo que en su día llevara Lord Macartney al emperador chino.

Con la flota amenazando la salida del Pe-Ho los dirigentes de la zona aceptaron entrevistarse con el capitán Elliott. Un noble manchú llamado Chi San acudió a la cita con el único propósito de alejar a los extranjeros de allí como fuera. Hacía tiempo que la dinastía manchú no era popular en China, y cualquier movimiento en falso podía hacer caer a la centenaria dinastía Qing.

El superintendente se veía entonces presionado por todas partes para que hiciera cumplir todas las exigencias británicas. Sin embargo, su actitud afable hizo pensar a Chi San que podría aplacar a los extranjeros mediante la simpatía y pequeñas concesiones. Para colmo, el primo del superintendente, el almirante Elliott, preocupado por el peligro que pudieran correr sus barcos en el Pe-Ho, alejó a la flota, llevándose toda posible forma de disuasión.

Las evasivas de Chi San continuaron hasta principios de 1841. Por entonces las recompensas ofrecidas por Lin estaban surtiendo efecto y varios ciudadanos y marinos británicos fueron apresados y encarcelados en la ciudad de Ningpo. Las dilatorias de Chi San le valieron el favor de la corte y se le envió a Cantón para que sustituyera al comisario Lin. No sería el único cambio. Se nombró a un nuevo gobernador para la provincia, el sádico Yu Chien.

La flota británica se dirigió entonces a la desembocadura del Río de las Perlas. Los “bárbaros rojos” planeaban destruir los fuertes del Bogue, y convencer así a los chinos de que cesara toda resistencia. Tras un fuerte bombardeo de los buques británicos dos divisiones fueron desembarcadas en Chuenpi, y su fuerte fue tomado. Otro fuerte fue destruido a base de cañonazos. Las tropas de élite imperiales, los selectos guerreros manchúes, fueron incapaces de frenar a las fuerzas británicas. El anciano almirante Kuan se vio obligado a capitular.

El llamado Tratado de Chuenpi fue la consecuencia directa de la derrota china en el Bogue. Los británicos devolvieron Chusán, pero a cambio se hicieron con la colonia de Hong Kong. Se estableció que las relaciones entre Gran Bretaña y China serían a partir de entonces directas y oficiales. Gran Bretaña recibiría también una compensación de seis millones de libras. Por supuesto, todo el comercio sería reanudado en Cantón.

El tratado no resultó demasiado perjudicial para los chinos, pero en realidad no dejó contenta a ninguna de las partes. El emperador no podía aceptar un tratado así, y Lord Palmerston consideró lo arrancado a los chinos como insuficiente. Poco tiempo después Chi San fue arrestado y el capitán Elliott destituido. Por su parte, los esfuerzos denodados del comisario Lin fueron premiados con un destierro a las frías tierras del norte de China.

Todo indicaba que el Tratado de Chuenpi iba a resultar papel mojado. El emperador ya había mandado un ejército al mando de un viejo general, Yang Fang, a Cantón. Por su parte, los británicos intentaban organizarse en su nueva colonia de Hong Kong. Ante la renuencia de Chi San a cumplir el tratado, el por entonces todavía superintendente Elliott hizo otra demostración de fuerza y ocupó la siguiente línea de fuertes de Takú. El propio almirante Kuan se contó entre las víctimas chinas.

Los cambios de nombres en el lado británico llegaron algún tiempo después, en 1842. Las fuerzas militares fueron puestas b ajo el mando de Lord Auckland, gobernador de la India, y el capitán Elliott fue sustituido por Sir Henry Pottinger. La flota se puso al mando de otro veterano de Nelson, el almirante William Parker. Su objetivo era hacer lo necesario para que Lord Palmerston consiguiera para Gran Bretaña mayores ventajas y beneficios que los conseguidos hasta entonces.

La flota viajó de nuevo hacia el norte, a las costas de Fukién, donde tomaron el puerto de Amoy. Allí descubrieron una gran batería de cañones modernos. Los chinos seguían avanzando en su progreso tecnológico, pero las fuerzas extranjeras seguían teniendo una gran ventaja a ese respecto. Más tarde la isla de Chusán fue tomada de nuevo.

La nueva estrategia británica era llevar la guerra al centro de China. Mientras los conflictos habían tenido lugar en Cantón y las costas chinas, la corte imperial nunca se había visto realmente amenazada. Sin embargo, una guerra en el interior del país era algo muy distinto. Los ingleses lo sabían, pero con sus barcos no podían llegar tan lejos. Sin embargo, atacando la ciudad de Nanking, podían amenazar la ruta que los impuestos anuales seguían a través del Gran Canal y del Pe-Ho.

Como base para el ataque los británicos eligieron Ningpo, dónde habían sido encerrados y maltratados los ciudadanos británicos. Pottinger propuso que en represalia por el trato a los prisioneros Ningpo fuera saqueada. Al resto de mandatarios británicos no les pareció buena idea, pero de todas formas el tesoro local fue puesto bajo control británico. Para evitar un saqueo los ciudadanos de Ningpo pagaron un rescate para evitar que su ciudad fuera destruida. Sin embargo, miles de mendigos chinos que seguían a las tropas trataron de hacerse con todas las riquezas que pudieron.

El general Pei Ching Chiao fue nombrado por el emperador para que recuperar Ningpo. Por un momento sus tropas estuvieron a punto de conseguirlo, y llegaron a penetrar en la ciudad, pero la poderosa artillería británica diezmó a las tropas chinas, sembrando de cadáveres las calles de la ciudad. Los británicos no sufrieron baja alguna. Las reservas de tropas chinas, lideradas por el general Chang, un adicto al opio, nunca llegaron a actuar. Pei había sido puesto al mando de Chang, y vio impotente como éste era reducido por la tensión y la falta de droga a un guiñapo incapaz de tomar decisión alguna.

El fracaso de los chinos se pagó caro. Una tras otra las fuerzas expedicionarias fueron tomando poblaciones chinas hasta llegar a Shangai. Allí, unos valerosos 300 guerreros manchúes resistieron durante horas los embates británicos, pero aquélla fue una resistencia fútil. Shangai cayó en manos británicas. Como en otras ocasiones, oficialmente no se saqueó la ciudad, pero mendigos chinos y soldados británicos se llevaron lo que pudieron.

Los fuertes y las ciudades que siguieron encontrando los británicos a su paso no fueron obstáculo para las fuerzas extranjeras y la poderosa artillería naval. Finalmente, la fuerza expedicionaria se situó frente a Nanking. Ante tal amenaza los chinos pidieron una tregua. El emperador envió a tres emisarios para cerrar un nuevo tratado.

En el Tratado de Nanking se ratificó la entrega de Hong Kong a Gran Bretaña, se estableció una nueva compensación de 21 millones de dólares, y Chusán y Amoy quedarían en poder británico hasta que se satisficiera dicha suma. Se abrieron nuevas ciudades al comercio libre, y se estableció que los británicos serían tratados en términos de igualdad con los chinos, y no como salvajes bárbaros. Los chinos que hubieran cooperado con los demonios extranjeros serían amnistiados. La plata que se hallaba en Nanking fue enviada a la metrópoli.

Por supuesto, los chinos se resistieron de la mejor forma que pudieron a cumplir el tratado. Mientras, muy lejos, en Gran Bretaña, las presiones de los industriales seguían pidiendo una apertura total para el comercio en China. Lord Palmerston seguiría siendo el adalid del imperialismo británico en la zona, mientras unas pocas voces clamaban contra el descarado apoyo que el gobierno británico otorgaba al tráfico de opio.

La presión británica sobre el gobierno chino siguió creciendo en los años siguientes, mientras los traficantes de opio aumentaban sus beneficios. El emperador y su gobierno siempre se negaron a legalizar o siquiera aceptar el comercio de opio. Pusieron todas las trabas posibles y utilizaron todo el ingenio imaginable, pero lo cierto es que nunca pudieron parar dicha lacra, hasta el punto que comenzó a cultivarse la flor de la amapola en remotas regiones chinas. Tras más pugnas diplomáticas, incidentes y escaramuzas, llegaría una segunda guerra del opio, en la que ésta vez Gran Bretaña tuvo como aliado a la Francia imperial de Napoleón III. El símbolo final de la caída de China fue el incendio deliberado del flamante Palacio de Verano del emperador, que comprendía amplios jardines y varios edificios y contenía gran parte de las riquezas y obras artísticas enviadas como tributo o regalo por el pueblo y por las naciones bárbaras. Todo lo que no había sido saqueado por oficiales y soldados fue pasto de las llamas. Debió ser como si el palacio de Versalles hubiera sido reducido a cenizas con todo el Louvre dentro.

Tras la segunda guerra del opio el orgullo nacional chino fue prácticamente aplastado. Nuevas y onerosas indemnizaciones tuvieron que ser pagadas por el gobierno imperial. Los extranjeros llegaron a Pekín y abrieron sus embajadas. Gran Bretaña y Francia podrían comerciar libremente en el país. Rusia consiguió abrir las rutas comerciales fluviales y poder olvidarse así de las caravanas del Gobi, además de conseguir ventajas territoriales, otra vieja aspiración rusa. Los Estados Unidos, aunque no participaron en las guerras del opio, no dudaron en aprovechar la situación.


Entrada triunfal de Lord Elgin en Beijing

Para 1864 las exportaciones desde Inglaterra a China alcanzaban más de 20 millones de libras esterlinas. Por supuesto hoy en día el equivalente sería mucho mayor. Apenas veinte años después, a finales de la década de 1870, el comercio del opio se había doblado, alcanzando la cantidad de 105.804 barriles en 1880. 448 millones de metros productos de algodón llegaban a China por aquellas fechas. Gran Bretaña había logrado su objetivo.

Años más tarde, a finales del siglo XIX, la Rebelión de los Boxer marcaría el canto del cisne de la resistencia nacional china. Tras ser aplastada la dinastía de los manchúes finalmente cayó, siendo el emperador niño Pu Yi el último vestigio de la china imperial. Se proclamó la República China y tras varios periodos de crisis y guerras internas en 1948 Mao Tsé Tung instauraba el comunismo y la República Popular China.