
La labor encomiable de Juan Antonio Cebrián como divulgador de la historia no puedo más que admirarla y apoyarla desde aquí, pues muchas veces me ha inspirado para escribir sobre hechos pasados pero no por ello menos interesantes. Y fue escuchándole a él y su programa cómo supe por primera vez de la llamada "venganza catalana".
Hace unos días se cumplían 702 años de los dramáticos hechos que tuvieron lugar en el Imperio Bizantino y en el que participó un nutrido grupo de guerreros españoles, más concretamente de la corona de Aragón. Como dice Arturo Pérez Reverte en su cachondo artículo, aquellos soldados eran una panda de aventureros. Sin embargo, eran formidables en la batalla. Eran los temidos almogávares.
Los almogávares eran la tropa de élite de la Corona de Aragón, veteranos de las guerras de la Reconquista, fieros, indómitos, salvajes, una fuerza de choque que se lanzaba al ataque al grito de guerra de Desperta, ferro! Su espada estuvo también al servicio de nobles y gentes de Iglesia, pues eran también unos preciados mercenarios.
En el despertar del siglo XIV el emperador bizantino Andrónico II Paleólogo veía impotente como Asia Menor caía bajo el poder turco. Sus tropas eran incapaces de hacer frente al poderío de aquellas poderosas tropas. Así pues, el emperador dirigó su mirada a Europa, en busca de ayuda. Y la encontró en España, en el Reino de Aragón.
Al mando del mítico Roger de Flor, una expedición de algunos miles de almogávares partieron hacia el Imperio Bizantino. Aunque siempre inferiores en número, los almogávares se las compusieron para derrotar una vez tras otra a los turcos, quienes finalmente se retiraron lamiéndose sus heridas, quedando escarmentados durante un tiempo. El agradecido emperador concedió a Roger de Flor los rimbombantes títulos de megaduque y césar del Imperio, amén de algunas tierras en Asia Menor.
La estancia de los almogávares tal vez no fuera fácil en la Grecia bizantina, sobretodo para la población local. El caso es que Miguel IX, hijo del emperador bizantino, fuera por librarse de los duros almogávares, por envidia a Roger de Flor, o por ambas cosas, informó a su padre de que el ambicioso ex-templario planeaba hacerse con el trono. Sin dudarlo, Andrónico II invitó a un banquete a Roger y 100 de sus oficiales. Allí fueron todos asesinados.
Si el emperador y su hijo esperaban que los almogávares huyeran o que lograrían ser derrotados fácilmente sin su jefe, se equivocaron. Los enfurecidos soldados aragoneses se volvieron contra aquellos que los habían contratado, y durante semanas se dedicaron al pillaje, la masacre y la destrucción, arrasando gran parte de Grecia, hasta que saciada su sed de venganza, dejaron aquellas tierras para siempre.
El episodio de la conocida como "venganza catalana" fue largamente recordada por los griegos, y al parecer aún hoy amenazas y maldiciones recuerdan aquél trágico episodio. Si un niño no quiere comerse la sopa, su madre no apelará al coco, sino que tal vez le amenace diciendo: ¡Que vienen los catalanes!
Hace unos días se cumplían 702 años de los dramáticos hechos que tuvieron lugar en el Imperio Bizantino y en el que participó un nutrido grupo de guerreros españoles, más concretamente de la corona de Aragón. Como dice Arturo Pérez Reverte en su cachondo artículo, aquellos soldados eran una panda de aventureros. Sin embargo, eran formidables en la batalla. Eran los temidos almogávares.
Los almogávares eran la tropa de élite de la Corona de Aragón, veteranos de las guerras de la Reconquista, fieros, indómitos, salvajes, una fuerza de choque que se lanzaba al ataque al grito de guerra de Desperta, ferro! Su espada estuvo también al servicio de nobles y gentes de Iglesia, pues eran también unos preciados mercenarios.
En el despertar del siglo XIV el emperador bizantino Andrónico II Paleólogo veía impotente como Asia Menor caía bajo el poder turco. Sus tropas eran incapaces de hacer frente al poderío de aquellas poderosas tropas. Así pues, el emperador dirigó su mirada a Europa, en busca de ayuda. Y la encontró en España, en el Reino de Aragón.
Al mando del mítico Roger de Flor, una expedición de algunos miles de almogávares partieron hacia el Imperio Bizantino. Aunque siempre inferiores en número, los almogávares se las compusieron para derrotar una vez tras otra a los turcos, quienes finalmente se retiraron lamiéndose sus heridas, quedando escarmentados durante un tiempo. El agradecido emperador concedió a Roger de Flor los rimbombantes títulos de megaduque y césar del Imperio, amén de algunas tierras en Asia Menor.
La estancia de los almogávares tal vez no fuera fácil en la Grecia bizantina, sobretodo para la población local. El caso es que Miguel IX, hijo del emperador bizantino, fuera por librarse de los duros almogávares, por envidia a Roger de Flor, o por ambas cosas, informó a su padre de que el ambicioso ex-templario planeaba hacerse con el trono. Sin dudarlo, Andrónico II invitó a un banquete a Roger y 100 de sus oficiales. Allí fueron todos asesinados.
Si el emperador y su hijo esperaban que los almogávares huyeran o que lograrían ser derrotados fácilmente sin su jefe, se equivocaron. Los enfurecidos soldados aragoneses se volvieron contra aquellos que los habían contratado, y durante semanas se dedicaron al pillaje, la masacre y la destrucción, arrasando gran parte de Grecia, hasta que saciada su sed de venganza, dejaron aquellas tierras para siempre.
El episodio de la conocida como "venganza catalana" fue largamente recordada por los griegos, y al parecer aún hoy amenazas y maldiciones recuerdan aquél trágico episodio. Si un niño no quiere comerse la sopa, su madre no apelará al coco, sino que tal vez le amenace diciendo: ¡Que vienen los catalanes!




























