sábado, 22 de diciembre de 2007

Yo acuso: el infame caso Dreyfus


22 de diciembre del año 1894. Prisión de Cherche-Midi. El capitán de artillería Alfred Dreyfus aguarda la decisión de los siete jueces que componen el tribunal militar encargado de juzgarle bajo el grave delito de traición. El juicio había comenzado cuatro días antes bajo la presidencia del coronel Maurel. A pesar de las protestas del abogado de Dreyfus, Edgar Demange, se acordó un juicio prácticamente clandestino.
La acusación se basaba en un sólo documento, el bordereau, una lista escrita a mano que entre otras cosas detallaba las características de un nuevo cañón francés. El documento había sido encontrado en la papelera por una señora de la limpieza (y espía del contraespionaje francés) del agregado alemán, comandante Max Von Schwartzkoppen. El bordereau llegó a las manos del mismísimo Ministro de la Guerra francés, el general Auguste Mercier. Se ordenó una investigación y muy pronto las sospechas recayeron sobre el capitán de artillería Dreyfus, que era de origen alsaciano y viajaba con regularidad a Alemania. La prueba de más peso contra el capitán judío era la escritura de la lista, que se asemejaba a la del propio Dreyfus.
El antisemitismo estaba tan extendido en Francia como pudiera estarlo en otros países europeos, aunque los ciudados semitas de la Tercera República tenían un nivel de vida mejor que el de los judíos del Este. Aunque muchos ojos no les tuvieran en buena consideración, un judío francés al menos no tenía que temer por su vida.
Aun así, los círculos antisemitas gozaban de mucha influencia en la vida política francesa. La Junta Militar temía que un nuevo escándalo hiciera zozobrar al inestable gobierno francés. Ya en 1892 un escándalo financiero relacionado con el canal de Panamá había azotado a un centenar políticos franceses, entre ellos el futuro Primer Ministro George Clemenceau, que perdió su escaño en 1895 a causa de la corruptela de Panamá. Era una época convulsa para Francia, y aquel mismo año de 1894 el presidente de la República Sadi Carnot había sido asesinado por un anarquista italiano. Ante tal situación los oficiales del alto mando, temiendo que los periódicos derechistas acusaran al ejército de encubrir a un traidor judío, optaron por organizar un juicio rápido y deshacerse de Dreyfus lo más pronto posible.


El capitán Dreyfus

Junto con el bordereau el tribunal dispuso de la acusación del comandante Hubert-Joseph Henry, quién aseguró que un informador le había mencionado el nombre de Dreyfus como el del espía al servicio de los alemanes. Cuando se le volvió a preguntar, el comandante Henry juró sobre un crucifijo.
El juicio no sólo se intentó ocultar a la opinión pública sino que fue altamente irregular. Se entregó al tribunal (que se encontraba deliberando) un dossier que la defensa desconocía por completo. Tal dossier contenía aparentemente una serie de documentos al parecer manipulados para hacer coincidir todas las pruebas contra Dreyfus, más un memorándum escrito por el comandante Du Paty en el que se había basado una maliciosa biografía del capitán de artillería.
Aquél 22 de noviembre el capitán Alfred Dreyfus era declarado culpable por el tribunal militar del coronel Maurel. Inicialmente enviado a la isla de Ré, el supuesto traidor sería llevado a pasar el resto de sus días en la prisión de la Isla del Diablo (retratada en la magnífica película Papillón), un agujero infecto situado en la costa de la Guyana Francesa. La siguiente humillación por la que tuvo que pasar Dreyfus fue su degradación pública en el Campo de Marte, donde el general Darras le arrancó sus galones y rompió su sable. El orgulloso capitán de artillería no dudó en gritarle al general: "¡Está usted degradando a un hombre inocente! ¡Viva Francia! ¡Viva el ejército!" La gallardía y sangre fría de Dreyfus impresionaron a algunos asistentes, aunque la mayoría pidió la ejecución a gritos mientras el prisionero fue conducido frente a la multitud. El nombre de Judas también fue invocado en repetidas ocasiones.

¿Fue el antisemitismo la única razón por la que Dreyfus se vio envuelto en una tapadera tan indigna? Obviamente no. La intrincada historia tras la acusación del capitán de artillería sigue siendo debatida e investigada a día de hoy por los historiadores. Ya he citado el miedo del Alto Mando a la prensa reaccionaria de derechas. Veamos otras causas.
Alfred Dreyfus era judío, algo que no era bien visto por una gran mayoría de la población. Alfred Dreyfus procedía de una familia rica. Otros militares se habían visto avocados al ejército para sobrevivir. El capitán Dreyfus se había graduado con honores en la École Polytechnique y la Escuela Superior de Guerra protagonizando una meteórica carrera que le llevó a formar parte del Estado Mayor de la Armada. El carácter distante de Dreyfus tampoco le ayudó a granjearse muchos amigos en el ejército. Sumando todos estos inconvenientes queda claro que el oficial no era un hombre popular entre sus colegas.
Otra de las teorías más recientes convierte al "caso Dreyfus" en una tapadera de la sección de contraespionaje (el Bureau de Statistique) que tuvo al capitán de artillería como cabeza de turco. El teniente coronel Sandherr, jefe del servicio de contraespionaje, en connivencia con el comandante Ferdinand Walsin Esterházy, miembro en el pasado del Bureau de Statistique, trataran de despistar al gobierno alemán sobre un proyecto secreto relativo al cañón de 75mm modelo 1897. Con el bordereau ofreciendo detalles al gobierno germano sobre un cañón distinto, el proyecto del cañón 75 habría pasado desapercibido. En tal caso, Dreyfus habría sido una pieza más del engaño urdido por el contraespionaje francés, una "baja necesaria", por decirlo así.

Tan pronto como estalló el caso el gobierno alemán envió sucesivas notas de protesta negando cualquier participación en el caso Dreyfus (aunque, si todo hubiera sido cierto, ¿qué gobierno confesaría haber realizado labores de espionaje?). Y desde el mismo momento en que Dreyfus partía hacia un terrible exilio, hubieron ojos lo bastante abiertos como para ver que allí había algo que olía mal.
¿Cómo era posible que ante la perspectiva de ser enviado a la Guyana Francesa aquél espía siguiera declarando su inocencia? ¿Cómo no se avenía a proporcionar información, nombres y fechas, o de sus contactos alemanes? ¿Tan alta era su lealtad hacia Alemania?
El 15 de marzo de 1895 Dreyfus llegaba a la Isla del Diablo. En Ré el capitán había recibido algunas visitas de su mujer, pero en la lejana isla tropical se encontró solo, acompañado únicamente de sus vigilantes. La petición de la señora Dreyfus de acompañarle a la Isla del Diablo le fue denegada. Aguantando la humedad, el calor, y meses de incesante lluvia, Dreyfus languideció en una pequeña cabaña rodeado de guardias que tenían prohibido hablar con el prisionero, el Judas francés. En los primeros momentos de su encierro el jefe de los guardias, llamado Lebars, se convirtió en el Javert particular de Dreyfus, haciéndole la vida imposible. Obligado a realizar todo tipo de trabajos y con una alimentación pésima, el ex-capitán de artillería acabó enfermando. La mediación del médico de la prisión fue crucial, y se aseguró de que a partir de entonces las condiciones del prisionero no fueran tan duras.
La estancia de Dreyfus en la terrible isla se convirtió en una historia de supervivencia como la que podemos ver en el mismo film Papillon o en otras películas carcelarias. Sabiéndose inocente, Dreyfus hizo todo lo que pudo para mantener su salud y no volverse loco. Algún día volvería a Francia y limpiaría su nombre. Su rutina diaria incluía ejercicio físico, leer libros, escribir, llevar un diario y cualquier cosa que le mantuviera ocupado. Escribía incesantemente, preparaba su defensa, se comunicaba por carta con su mujer, su abogado, y todo aquél que quisiera leer su historia. Mientras el terrible clima iba haciendo mella en la salud del soldado, Dreyfus seguía declarando su inocencia a un mundo que parecía haberle olvidado.
Los familiares y amigos de Alfred hicieron circular rumores de fugas y castigos, de reglas que el prisionero tenía que obedecer, sólo para mantener vivo su caso. Por contra, aquellos persistentes rumores llevaron al gobernador de la Guyana a redoblar las medidas de seguridad. Mientras, en Europa, su mujer trataba de reabrir el caso. El tiempo, inexorable, seguía pasando. El año 1895 pasó y Dreyfus seguía confinado en la Isla del Diablo con una salud cada vez más precaria. En septiembre de 1896 dejó de escribir en su diario. Afirmaba por entonces que no sabía cual sería el día en que perdería la cabeza por completo. Sin embargo la voluntad del prisionero se acabó imponiendo, y poco a poco fue saliendo de ese negro pozo depresivo. Poco a poco las cosas parecían que iban mejorando. Dreyfus fue trasladado a una cabaña mayor y mejor acondicionada, mientras que las cartas que le iba enviando su mujer parecían ser cada vez más esperanzadoras.
El hermano de Dreyfus, Mathieu, llevaba mucho tiempo luchando por la causa de su hermano, y había ganado un poderoso aliado en el periodista judío Bernard Lazare. Los escritos de Lazare, las peticiones de la mujer de Dreyfus y la campaña de Mathieu despertaron muchas conciencias y fueron avivando el fuego que llevaría a la exoneración del una vez capitán de artillería Alfred Dreyfus.
En aquel mismo año, 1896, fallecía el coronel Sandherr. El teniente coronel Marie-Georges Picquart fue nombrado su sucesor como jefe del servicio de contraespionaje. Tras tomar posesión del cargo Picquart investigó los papeles y documentos relativos al caso a pesar de las trabas que puso el comandante Henry. El militar comprobó con horror que Dreyfus era inocente, y que el autor de del famoso bordereau era el comandante Esterházy. Al comunicar sus averiguaciones Picquart se dio cuenta de que el Alto Mando sólo quería salvaguardar su imagen y su buen nombre. Dreyfus continuaría sufriendo su condena mientras que Picquart era destinado a Túnez. Entretanto, una junta militar absolvía a Esterházy.
Henry fue más allá en su lucha por mantener la culpabilidad de Dreyfus, y cuando la esposa de éste solicitó la reapertura del caso, Henry envió un documento escrito por él mismo (el "falso Henry") en el que reitera sus acusaciones de traición hacia Dreyfus y trata de demostrar que un embajador italiano había escrito a Von Schwartzkoppen hablándole de las actividades de Dreyfus.
Con todas las contradicciones, indicios y alegaciones sobre la inocencia de Alfred Dreyfus, el escándalo tan sólo requería de una pequeña chispa para hacerlo estallar. El 13 de enero de 1898 la chispa saltó en forma de un (nunca mejor dicho) incendiario artículo publicado en la primera página del periódico L'Aurore. Había llegado la hora de Émile Zola.


La carta de Zola en L'Aurore

Yo acuso
no sólo marcó el estallido del escándalo respecto al caso Dreyfus, sino que demostró la influencia y el poder que podía llegar a tener un periódico, un periodista o una línea editorial. Por entonces, un indignado Zola se decidió a usar su influencia como destacado escritor para denunciar la injusta situación en la que se hallaba Dreyfus. Para ello escribió una carta abierta al presidente francés Félix Faure, y contenía fragmentos que no dejaban lugar a dudas acerca del infame proceder de unos militares corruptos. Zola puso toda la carne en el asador, buscando ser acusado y encarcelado para definitivamente hacer arder a las masas respecto al caso del pobre militar judío. En Yo acuso Zola dejó algunas perlas como éstas:

Señor: ¿Me permitís que, agradecido por la bondadosa acogida que me dispensasteis, me preocupe de vuestra gloria y os diga que vuestra estrella, tan feliz hasta hoy, esta amenazada por la más vergonzosa e imborrable mancha?
Habéis salido sano y salvo de bajas calumnias, habéis conquistado los corazones. Aparecisteis radiante en la apoteosis de la fiesta patriótica que, para celebrar la alianza rusa, hizo Francia, y os preparáis a presidir el solemne triunfo de nuestra Exposición Universal, que coronará este gran siglo de trabajo, de verdad y de libertad. ¡Pero qué mancha de cieno sobre vuestro nombre -iba a decir sobre vuestro reino- puede imprimir este abominable proceso Dreyfus! (...)
Un hombre nefasto ha conducido la trama; el coronel Paty de Clam, entonces comandante. Él representa por sí solo el asunto Dreyfus; no se le conocerá bien hasta que una investigación leal determine claramente sus actos y sus responsabilidades. (...)
La nota sospechosa estaba ya, desde hace algún tiempo, entre las manos del coronel Sandherr, jefe del Negociado de Informaciones, (...). Hubo fugas, desaparecieron papeles (como siguen desapareciendo aún), y el autor de la nota sospechosa era buscado cuando se afirmó a priori que no podía ser más que un oficial del Estado mayor, y precisamente del cuerpo de artillería; doble error manifiesto que prueba el espíritu superficial con que se estudió la nota sospechosa, puesto que un detenido examen demuestra que no podía tratarse más que de un oficial de infantería.
(...)
Aparecen también el ministro de la Guerra, el general Mercier, cuya inteligencia debe ser muy mediana, el jefe de Estado Mayor, general Boisdeffre, que habrá cedido a su pasión clerical, y el general Gonse, cuya conciencia elástica pudo acomodarse a muchas cosas.
(...)
Dreyfus conoce varias lenguas: crimen. En su casa no hallan papeles comprometedores; crimen. Algunas veces visita su país natal; crimen. Es laborioso, tiene ansia de saber; crimen. Si no se turba; crimen. Todo crimen, siempre crimen...
(...) Hace un año que los generales Billot, Boisdeffre y Gonse, conociendo la inocencia de Dreyfus, guardan para sí esta espantosa verdad. ¡Y duermen tranquilos, y tienen mujer e hijos que los aman!
El coronel Picquart había cumplido sus deberes de hombre honrado. Insistió cerca de sus jefes, en nombre de la justicia, suplicándoles, diciéndoles que sus tardanzas eran evidentes ante la terrible tormenta que se les venía encima, para estallar, en cuanto la verdad se descubriera. (...) Por eso, el teniente coronel Picquart fue nombrado para una comisión que lo apartaba del ministerio, y poco a poco fueron alejándose hasta el ejército expedicionario de África, (...) donde el marqués de Mopres encontró la muerte.
(...)
Yo acuso al teniente coronel Paty de Clam como laborante -quiero suponer inconsciente- del error judicial, y por haber defendido su obra nefasta tres años después con maquinaciones descabelladas y culpables.
Acuso al general Mercier por haberse hecho cómplice, al menos por debilidad, de una de las mayores iniquidades del siglo.
Acuso al general Billot de haber tenido en sus manos las pruebas de la inocencia de Dreyfus (...).
Acuso al general Boisdeffre y al general Gonse por haberse hecho cómplices del mismo crimen (...).
Acuso al general Pellieux y al comandante Ravary por haber hecho una información infame, una información parcialmente monstruosa, en la cual el segundo ha labrado el imperecedero monumento de su torpe audacia.
Acuso a los tres peritos calígrafos, los señores Belhomme, Varinard y Couard por sus informes engañadores y fraudulentos, a menos que un examen facultativo los declare víctimas de ceguera de los ojos y del juicio.
Acuso a las oficinas de Guerra por haber hecho en la prensa, particularmente en L'Éclair y en L'Echo de París. una campaña abominable para cubrir su falta, extraviando a la opinión pública.
Y por último: acuso al primer Consejo de Guerra (...)
Sólo un sentimiento me mueve, sólo deseo que la luz se haga, y lo imploro en nombre de la humanidad, que ha sufrido tanto y que tiene derecho a ser feliz. Mi ardiente protesta no es más que un grito de mi alma. Que se atrevan a llevarme a los Tribunales y que me juzguen públicamente.
Así lo espero.

Émile Zola
Tras la demoledora carta de Zola el gobierno no podía seguir mirando hacia otro lado por más tiempo. El por entonces Ministro de la Guerra, Godefroy Cavaignac, se ocupa de investigar todo lo relacionado con el "falso Henry". Finalmente en julio obtiene una confesión del comandante Henry, quien es inmediatamente detenido y encarcelado. Al día siguiente muere en su celda. Una vez se conoce la verdad, las piezas van cayendo como fichas de dominó. El propio Cavaignac dimite mientras que Esterházy huye a Inglaterra.
El presidente Faure fallece en febrero de 1899. En junio de ese año, ante la evidencia de irregularidades en el juicio y con pruebas e indicios que exoneran al ex-capitán, se reabre el caso de Alfred Dreyfus. Se anula su sentencia y se ordena un nuevo consejo de guerra. A pesar de todas las evidencias, Dreyfus fue condenado de nuevo y sentenciado a 10 años de prisión. Sin embargo el nuevo presidente de la nación, Émile Loubet, le concede el perdón a Dreyfus, quien no vería su nombre limpio hasta el verano de 1906. Tan sólo entonces fue readmitido en el Cuerpo (con rango de comandante) y se le concedió la Legión de Honor y el mando de una unidad de artillería. Debido a los problemas de salud derivados de su estancia en la Isla del Diablo Dreyfus se retiró un año después, aunque más tarde serviría como voluntario en la Primera Guerra Mundial. Alfred Dreyfus fallecía en París el 12 de julio de 1935.

4 comentarios:

Raskolnikoff dijo...

Magnífico post

Möbius el Crononauta dijo...

Muchas gracias, con el tiempo que me lleva escribir este tipo de posts se agradece que haya gente ahi fuera que los disfrute.

Saludos, raskolnikoff

raskolnikoff dijo...

!!!Joder, muchas gracias a ti!!!. Con lo que me gusta la Historia y lo difícil que es contarla bien y sin ser partidista. Disfruté como un enano también con la guerra del opio.
Enhorabuena, es el mejor blog que he visto en mi vida.

Möbius el Crononauta dijo...

De nuevo, me alegro que te gusten mis particulares "pasajes" de la historia. Y gracias de nuevo, creo que sin duda es el elogio más contundente que he recibido. Intentaré seguir indagando en la historia de vez en cuando.