sábado, 11 de agosto de 2007

Lionel Atwill


Todas las mujeres aman al hombre que temen. Todas las mujeres besan la mano que las somete... Yo no soy de los que tratan a las mujeres con dulzura. Las mujeres son como gatos. Lo que desean es un sillón mullido junto al fuego, delicadas fuentes de nata, ocio perfumado... ¡y un Amo!

Años ha pasé un mes en la localidad inglesa de Croydon, y aunque por entonces sabía que de allí había salido un avión que llevó a un ambicioso general de las Islas Canarias al Marruecos español, desde donde se iba a liderar un levantamiento militar. Lo que no supe entonces es que Croydon era la cuna del singular Lionel Atwill.
Nacido en marzo de 1885 en una adinerada familia de Croydon, y aunque su familia hubiera querido que fuera arquitecto el joven se dedicó al mundo del teatro. Se hizo un nombre en Inglaterra actuando en todo tipo de obras, incluyendo clásicos de Ibsen, Shakespeare y George Bernard Shaw. En 1915 prueba suerte en los Estados Unidos, donde hará el papel principal de la obra The Lodger, más tarde llevada al cine por Alfred Hitchcock. En 1928, tras descubrir una infidelidad de su esposa, se divorcia y se casa con una rica heredera que a su vez se había divorciado del futuro general McArthur.
En 1931 debuta en el cine encarnando un papel de perjuro que ya había protagonizado en su versión teatral. Su siguiente trabajo será Drácula y Frankestein, un nuevo film de terror de la Universal. Su consagración llega un año después de manos de la Warner, que le otorga el papel principal en la película Dr. X, de 1932. Su profunda voz de barítono, su perfecto acento inglés y una exquisita educación junto con sus malvados ojos y su porte elegante pero maléfico hicieron de Lionel Atwill uno de los mejores villanos de los años 30.
Tras la retorcida Dr. X llega otro aclamado trabajo del actor, Los crímenes del museo de cera, junto a la denominada Gran Aulladora de Hollywood en aquella época, Fay Wray. Atwill se especializó así en papeles de psicóticos científicos y locos doctores, de los que en muchos casos escribía él sus propios diálogos. Su voz y su presencia dotaban a las líneas del guión de una maldad atávica que volvía loco al público. En los siguientes años Atwill trabajó duro encarnando al mal. Aun así, tuvo ocasión de probar papeles menos encasillados, como el del Coronel Bishop en Capitán Blood (1935) o en su papel de actor en la comedia Ser o no ser (1942).
Atwill, hombre peculiar, gustaba de presenciar juicios de asesinato, y su matrimonio entró en crisis cuando su mujer le prohibió la entrada a una nueva amiga del actor, una pitón de cinco metros. El divorcio llegaría en 1939. A la pitón había que añadir seis doberman y un guacamayo llamado Cópula. Pero entre toda esa compañía había algo que el actor echaba en falta.
La mansión de estilo español de Atwill se convirtió tras su separación en un lugar donde las orgías eran frecuentes, e invitados como Joseph Von Steinberg eran asiduos. Todo invitado a la casa del actor debía estar sano, tener un buen cuerpo y un refinado gusto por los caprichos sexuales más variopintos. El actor británico era un hombre de gran imaginación.
En la Navidad de 1940 Lionel Atwill había organizado una fiesta navideña algo peculiar, basada en los ritos pre-cristianos que se celebraban por el solsticio de invierno. Tras una abundante cena, los compases de "El Danubio Azul" de Strauss marcaron el inicio de una serie de actos que conforman lo que ha venido a llamarse orgía.
Las consecuencias derivadas de aquella fiesta significaron el comienzo del fin para Atwill. Virgina López, diseñadora y chantajista, tenía a su cargo a una rubia adolescente de Minnesota que pronto quedó embarazada, y dada su ajetreada vida era imposible saber quién era el padre. Cuando la preocupada joven llamó a casa para pedir dinero, su padre viajó a Los Ángeles y se puso en contacto con la policía. El juicio no tardó en llegar.
En la sala Virginia declaró que en aquella fiesta navideña la joven Sylvia, tumbada sobre una piel de tigre, había recibido las atenciones de Atwill mientras se proyectaban películas porno. La dudosa reputación de Virginia no jugó en su favor, y mientras ella acababa en la cárcel, el actor era absuelto.
Pero el destino acabó jugando en contra de Atwill. Un tal Carpenter, vividor y conocido de del actor, había dado con sus huesos en la cárcel. Sintiéndose abandonado por sus amigos, decidió dar parte a la policía de todo lo que sabía, facilitando a las autoridades listas de invitados que habían acudido a las fiestas de Atwill. El actor, que había negado poseer films pornográficos o celebrar orgías, no podía ser acusado de nuevo de un delito contra una menor, pero sí de perjurio. El mecanismo de la justicia se puso de nuevo en marcha, y en 1943 el brazo de la ley alcanza a Lionel Atwill.
Aunque se libró de la cárcel por poco, Atwill fue condenado a cinco años de libertad vigilada. Pero sin duda lo peor es que había quedado marcado para siempre en la industria cinematográfica, sujeta por aquél entonces al férreo código moral Hays.
El actor malvivió con pequeñísimos papeles y breves apariciones en películas de los grandes estudios y acabó relegado en una mísera productora, la Producers Releasing Corporation. Allí trabajó lo que le quedó de vida, dejándose la dignidad en películas rápidas de cinco días de calidad ínfima. El 22 de abril de 1946 una neumonía se llevaba a Lionel Atwill para siempre.

Uno de los lados de mi rostro es suave y amable., incapaz de cualquier otra cosa que no sea el amor al prójimo. El otro lado, el otro perfil, es cruel, destructivo y malvado, capaz sólo de lascivia y oscuras pasiones. Todo depende del lado de mi rostro que mire usted, o la cámara. Todo depende de cuál de los dos mira la luna cuando sube la marea.

1 comentario:

Tío Marvin dijo...

El Hollywood de antes sí que era divertido, no como el de ahora