martes, 7 de agosto de 2007

Irán, el enemigo creado

Durante el último año hemos asistido a una escalada de la tensión existente entre el bloque occidental y el bloque asiático y del Medio Oriente, incluso Rusia parece volver a anteriores estados antagónicos frente a Estados Unidos. Tras la invasión de Irak, todo parece apuntar a que Irán podría ser el próximo objetivo de la gran potencia mundial. La decisión iraní de reactivar un programa nuclear que comenzó en 1950 ha puesto en alerta al gran vigilante mundial. La rivalidad entre los Estados Unidos e Irán, que data de 1979, tiene en la actualidad un nuevo capítulo enmarcado en un período de desestabilización y amenazas terroristas que, en mi opinión, la invasión de Irak en poco ha ayudado a mejorar la situación. Lo que debería recordarse es que, en muchos casos, Estados Unidos ha creado a sus propios enemigos.

Petróleo. Durante más de un siglo la política internacional ha sido marcada por esa preciada materia prima. Desde que en la pequeña localidad de Titusville se comenzara a extraer petróleo con fines comerciales, se han levantado y caído regímenes, se han creado, ganado y perdido guerras, todo por, gracias a o a causa de el llamado oro negro.
El desarrollo del ferrocarril y de las fábricas requerían combustible y lubricante industrial, mientras que las lámparas de petróleo pronto se hicieron comunes, con millones de ciudadanos esperando a ser abastecidos. El petróleo se convirtió pues en un negocio seguro.
En los años en que el siglo XIX daba paso al siglo XX el petróleo necesitaba, sin embargo, un nuevo mercado con el que dar salida a sus productos. También por aquel entonces, la incipiente industria automovilística, cuya revolución inminente estaba a punto estallar gracias a Henry Ford, necesitaba un combustible barato y fiable para sus nuevos vehículos. Coches y gasolina, la combinación perfecta había nacido.
A principios del pasado siglo la Standard Oil de John D. Rockefeller dominaba el mercado norteamericano, mientras que una antigua empresa anglo-holandesa de exportación de conchas, la Royal Dutch Shell, era su homólogo europeo. Fue uno de los primeros ejemplos de empresa global.
Las grandes empresas petroleras anglo-norteamericanas pronto compitieron entre sí para hacerse con el mayor número de yacimientos petrolíferos posible. Rumanía, Azerbayán, Rumanía, Méjico... por todo el mundo una extraña mezcla de geólogos y aventureros buscaban nuevos terrenos para explotar. El mercado de países productores del Sur, formado principalmente por Sudamérica, África y Oriente Medio, se convirtieron en los puntales de las nuevas empresas globales que poco a poco veían como se expandían sus beneficios a la par que su poder.
El procedimiento a seguir en los países dónde se descubrían yacimientos era el siguiente: una delegación se entrevistaba con un dictador, rey o emir, que por lo general o no tenían muchas luces o desconocían qué era o para qué servía el petróleo, y conseguían una concesión. Dichas concesiones eran un permiso para extraer, tratar y transportar el crudo en el país del mandamás de turno, quién, cambió, recibía una cantidad determinada, normalmente en monedas de oro o plata, o un pequeño porcentaje de los beneficios de la empresa. Invariablemente, las empresas petrolíferas hacían enormes fortunas a cambio de pequeñas migajas.
La Gran Bretaña de principios de siglo que pugnaba con la Alemania Imperial con su flota tratando de mantener su hegemonía en el mar, pronto se dio cuenta de las ventajas del combustible diésel al de carbón. Lo que nos lleva a la cuestión iraní.
La compañía Anglo-Persian, la actual BP, tuvo sus comienzos en 1901 cuando se descubrió un campo petrolífero en Persia, la actual Irán. A cambio de una gran cantidad monetaria el sha de Persia otorgó una concesión a William Knox D'Arcy, el aventuraro empresario que dirigió la nueva empresa fundada en 1909. A pesar de comienzos difíciles, pronto la empresa se hizo con grandes yacimientos iniciando la explotación petrolera en Oriente Medio. Poco antes de la Primera Guerra Mundial, a instancia de Winston Churchill, el gobierno británico se hizo con parte de la empresa. Con la total modernización de la guerra desde 1917 se hizo obvio que controlar el petróleo era poseer la hegemonía mundial.
En el periodo de entreguerras, mientras las petroleras extendían sus explotaciones por todo Oriente Medio, la feroz competencia entre las siete grandes empresas de petróleo acabó por desplomar los precios. En 1928, las Siete Hermanas, como eran conocidas las hegemónicas petroleras de la época, se reunieron en Achnacarry, un castillo escocés, donde pactaron estabilizar precios y repartirse Oriente Medio.
Rebelarse contra las petroleras podía traer muchos problemas, como ya había sucedido en Méjico en la segunda década del siglo XX. Tras la Segunda Guerra Mundial el sentimiento nacionalista comenzó a extenderse como la espuma por colonias y países en vías de desarrollo. En Venezuela se logró un tanto contra la hegemonía extranjera cuando se consiguió un porcentaje de 50-50 en las concesiones con las petroleras. Inspirados por ese éxito, otros gobiernos decidieron también librarse de la explotación de las Siete Hermanas. En 1951 llegó el turno de Irán.
El sha Muhamad Reza Pahlevi era por entonces rey una de monarquía parlamentaria sostenida por la Anglo-Iraní Oil Company, la antigua Anglo-Persian. La llama de la revolución prendió cuando en marzo de aquel 1951 un grupo de trabajadores de la terminal petrolífera de Abadán se declararon en huelga. En poco tiempo las huelgas se multiplicaron por todo el país.
Uno de los líderes nacionalistas de la oposición, el doctor Mohamed Mosadeg, entró en escena cuando el gobierno iraní se vio obligado a dimitir ante el caos existente. La Asamblea Nacional le pidió entonces que formara gobierno.
Por entonces la popularidad de Mosadeg era enorme. Nacionalista, antibritánico y acreedor de una inflamada oratoria, el entonces nuevo Primer Ministro presentó una ley para acabar con las concesiones extranjeras, nacionalizar el negocio petrolífero iraní y embargar las posesiones de las grandes compañías extranjeras en Irán. En tres días la nueva ley era aprobada.
La reacción occidental no se hizo esperar. Petroleras y gobiernos occidentales, indignadas, veían como la nueva compañía iraní, la NIOC, se hacía con el control del preciado crudo, desbancando a la Anglo-Iranian. La tensión siguió creciendo cuando Mosadeg expulsó del país a los expertos británicos que habían trabajado para las grandes compañías durante décadas.
Mientras los países afectados recurrían al Tribunal de La Haya, que falló en su favor, el gobierno de Irán tan sólo era apoyado por la Unión Soviética, que veía en el conflicto una nueva oportunidad de erradicar la influencia occidental en puntos estratégicos clave. Entonces los Estados Unidos hicieron su aparición en la crisis como mediadores entre Londres y Teherán. Una delegación estadounidense intentó acercar posturas y se entrevistó con el Primer Ministro, pero Mosadeg, imperturbable, se negó a cualquier compromiso. El gobierno británico impuso entonces un bloqueo total al petróleo iraní. Irán se veía abocada a una crisis económica total.
A pesar de las dificultades Mosadeg gozaba todavía de un gran apoyo popular, y tras incurrir en desavenencias con el sha presentó su dimisión. La impopular política de consenso con los británicos de su sucesor puso a Mosadeg de nuevo al frente del gobierno iraní.
En verano de 1953 se convocaba un referéndum para conceder al doctor Mosadeg plenos poderes para actuar en la crisis, disolviéndose el parlamento. Pero los gobiernos occidentales trabajaban ya entonces en un plan para deshacerse del doctor. Entretanto, el sha Reza Pahlevi destituía a Mosadeg pero cuándo éste se negó a abandonar su puest, el sha se decidía a abandonar el país, partiendo hacia el exilio en Italia. Mientras, la conspiración internacional seguía su curso.
Gran Bretaña, que había perdido sus intereses en la zona, y los Estados Unidos, que veían también con buenos ojos participar de los recursos iraníes, mientras que por otro lado querían evitar un posible giro del gobierno iraní hacia el comunismo, llevaban preparando desde principios de año la operación Áyax con objetivo de derrocar al legítimo gobierno iraní.
La situación en Irán favoreció los planes occidentales. Con el bloqueo el país estaba casi en bancarrota, y las políticas progresistas agrarias de Mosadeg habían acabado fracasando. Los defensores del sha se enfrentaban en las calles a aquellos que aún apoyaban a un Mosadeg que poco a poco iba perdiendo apoyos.
La oposición monárquica iraní a Mosadeg, apoyada con dinero de la CIA y el MI6, vio entonces el momento propicio para actuar. Liderados por el general retirado Fazlolah Zahedi, el 19 de agosto de 1953 el ejército daba un golpe de estado y acababa con el gobierno de Mosadeg, quién escapó por poco del bombardeo de su residencia oficial. Poco después el sha regresaba a Teherán.
Las consecuencias del golpe de estado no se hicieron esperar. El doctor Mosadeg fue juzgado por alta traición, pero fue tratado con humanidad y condenado a un arresto domiciliario, permaneciendo encerrado hasta su muerte en 1967. Por otro lado el nuevo gobierno del general Zahedi trajo a las petroleras de nuevo a Irán formando un consorcio donde los Estados Unidos iban a tener un gran peso. El presidente Eisenhower no tardaría en visitar la nueva Irán, en manos de un sha controlado ahora por los norteamericanos.
Con los años el sha ganó en poder, aplastando cualquier oposición y lanzando en los 60 la llamada Revolución Blanca, que aunque modernizó el país extendió el descotento entre agricultores y las élites educadas que querían una democracia. Por otro lado, las élites religiosas veían en el occidentalizado gobierno del sha y su relación con los Estados Unidos un enemigo a batir.
El descontento fue creciendo hasta que en 1978 las protestas, huelgas y marchas estallaron por todo Irán paralizando el país. El sha, incapaz de detener la marea revolucionaria, pidió ayuda a su fiel aliado, los Estados Unidos. Sin embargo, un vacilante presidente Jimmy Carter, reacio a otra intervención militar, puso sus esperanzas en una transición pacífica que difícilmente iba a tener lugar. Los nacionalistas religiosos habían hecho su trabajo extendiendo sus ideas por todo el país. Ante una situación insostenible, el sha abandonaba Irán en enero de 1979.
Cualquier esperanza de transición o negociación se esfumó cuando el exiliado ayatolá Jomeini regrasaba del exilio a Teherán en febrero de aquél mismo año. Recibido por las masas como un salvador, finalmente la Revolución Islámica triunfaba en Irán, lo que finalmente llevaría a la caída del presidente Carter. Su sucesor, Ronald Reagan, declaró a la Irán de Jomeini enemiga acérrima de los Estados Unidos. El gobierno del ayatolá tampoco dudó en considerar al país de Reagan causa de todos los males, el "Gran Satán".
Se establecía así una confrontación perpetua que con la inclusión de Irán en el "Eje del mal" de George W. Bush abría un nuevo capítulo en la serie de movimientos ajedrecísticos que durante tres décadas han venido manteniendo estos dos países antagónicos. Y no fue sino el interés económico y geopolítico del petróleo iraní el que impulsó el camino hacia la actual situación de tensión entre Irán y Estados Unidos.

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