miércoles, 8 de agosto de 2007

El bazar de las sorpresas



"¿Cómo lo haría Lubitsch?", rezaba el cartel que Billy Wilder tenía en el despacho en el que trabajó tantos años y donde escribió algunas de las mejores películas de la historia del cine. Y es que el germano Ernst Lubitsch, considerado más sofisticado e inteligente de su tiempo, hizo de la comedia un arte, del diálogo inteligente un don y de las convenciones sociales un objetivo para sus películas. Su perspicacia para saber qué era gracioso y su talento para rodar una escena desternillante le convirtieron en maestro de maestros. Como decía el propio Wilder, "a diferencia de otros directores que dicen que dos y dos son cuatro, Lubitsch dice dos y dos… y eso es todo. El público saca sus propias conclusiones". Decir Lubitsch es decir clase y humor inteligente.
Lubitsch había comenzado su carrera actuando en Alemania, pero muy pronto se pasó a la dirección. Moviéndose entre las comedias y los dramas épicos, el director llamó la atención de toda una Mary Pickford, la estrella más rutilante de Hollywood en los años 20, quién convenció al berlinés para viajar a Hollywood. Allí trabajó en comedias y, con el advenimiento del cine sonoro, también en musicales. El favor de crítica y público le permitió ejercer como productor, pudiendo supervisar sus proyectos y los de otros directores. En 1939 fichaba por los grandiosos estudios de la MGM, debutando allí con el inolvidable clásico Ninotchka, donde coincidió con su alumno aventajado Billy Wilder, quién escribió el guión.
Un año después Lubitsch se reunía con su fiel colaborador Samson Raphaelson, con quién ya había trabajado en formidables títulos como Trouble In Paradise (1932). De esta nueva unión surgiría una de las comedias románticas definitivas de Hollywood, llena de enredos y falsas apariencias, El bazar de las sorpresas.
La química que hubo entre los dos protagonistas, James Stewart y Margaret Sullavan, justificó la espera del director a trabajar con ellos. Lubitsch no rodó la historia hasta asegurarse de trabajar con ellos.
En un pequeño bazar lleno de artículos varios, y con una caja de música donde suena "Ochichornia" como producto estrella, un joven y ambicioso jefe de personal, Alfred, y una bonita dependienta, Klara, trabajan a las órdenes del gruñón Hugo Matuschek. Tanto Alfred como Klara no se tienen demasiado aprecio, pero ambos se hallan a la búsqueda del amor de su vida. De fondo, Lubitsch nos acerca al mundo del adulterio a través de la señora Matuschek.
Esta divertida historia de amor sirve como vehículo a la irónica visión de su director sobre la sociedad moderna y las relaciones entre los seres humanos, que no siempre son quienes dicen ser y hacen de la convención social una tapadera para esconder sus propias miserias. Pero por encima de todo, El bazar de las sorpresas es una suma de comedia inteligente, momentos entrañables y otros de fina ironía que la convierten por derecho propio en un clásico inmortal del cine. Del espantoso remake con Tom Hanks y Meg Ryan mejor no hablar.

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