jueves, 2 de agosto de 2007

Chiune Sugihara, el otro Schlinder


En los terroríficos días de la Segunda Guerra Mundial las muestras de heroísmo y de crueldad sobrepasaron lo inimaginable. Miles de ciudadanos anónimos pusieron en peligro su vida para salvar a otros. Por toda Europa judíos, gitanos, comunistas y cualquier minoría enemiga del nazismo era perseguida sin descanso hasta su exterminación. En circunstancias como aquellas, cuando ayudar a un desconocido podía costarle a uno la vida, hubieron personas que dieron el paso y, dentro de sus posibilidades, se dedicaron a salvar vidas, fueran unas pocas o unos miles. Una de esas personas fue el japonés Chiune Sugihara.
Nacido en Yaotsu en una familia de clase media, cuando tuvo la edad apropiada su padre quiso que siguiera sus pasos y estudiara medicina, pero el joven decidió seguir su propio camino y acabó graduándose en Literatura Inglesa en la Universidad de Waseda. Poco después entró a trabajar en el Ministerio de Asuntos Exteriores japonés.
Sugihara fue destinado a China, donde aprendió alemán y ruso, deviniendo en experto de lo tocante a los asuntos soviéticos. Más tarde recibió el puesto de Vice Ministro de Exteriores en Manchuria, puesto que acabó dejando en protesta por el cruel trato de los japoneses a la población china.
Ya entonces Sugihara mostraba ser una excepción en el cuerpo diplomático imperial, y un japonés distinto en lo general. En aquél militarista Imperio Japonés donde el Emperador era un dios viviente muchos acataban cualquier tipo de orden aunque no creyeran en ella, pues sus superiores les decían que era por el bien de su país y su emperador. Chiune Sugihara prefería seguir a su conciencia y vivir según sus propias convicciones morales.
El comienzo de la guerra sorprende a Sugihara como vice-cónsul en Lituania. Algo más tarde, en 1940, la Unión Soviética toma el control del país. Comienza entonces una larga pesadilla para miles de judíos lituanos y otros tantos refugiados polacos. Perseguidos por los propios soviéticos,refugiados, huidos, familias enteras buscaban un visado con el que viajar de un modo más seguro y tener una esperanza de ser aceptados en algún país.
Inspirado por la labor del cónsul holandés, Sugihara contactó con el Ministro de Asuntos Exteriores esperando instrucciones al respecto. La respuesta tajante del Ministro siempre fue la misma: sólo se podían conceder visados mediante los procedimientos correctos a gente que se lo pudiera permitir, y siempre que dispusieran de un tercer destino al que dirigirse desde Japón. El confundido vice-cónsul comenzó entonces a debatirse entre seguir a su instinto o cumplir con su deber. Tras consultarlo con la almohada y con su mujer, Sugihara decidió actuar por su cuenta.
Durante el verano de 1940 Sugihara expendió miles de visados temporales para que otros tantos judíos (y sus familias) escaparan del horror de la guerra. También gracias a él los oficiales soviéticos permitieron que los refugiados usaran el Transiberiano para escapar, aunque siempre pagando un precio mucho mayor que el de un billete normal.
En los primeros días de septiembre la embajada japonesa en Lituania fue clausurada. Hasta el último momento Sugihara continuó firmando visados a un ritmo frenético, incluso dicen que los lanzaba desde el tren que le llevaba a su siguiente destino. Mientras dejaba Lituania, seguro que su pensamiento estaba con aquellos a quienes dejaba atrás, sin tener oportunidad de otorgarles un salvoconducto vital.
Tras servir en varios destinos durante el resto de la guerra, Sugihara y su esposa fueron recluidos por los soviéticos en un campo de prisioneros de guerra en Rumanía. No fueron liberados hasta 1946. A su regreso a Japón, Sugihara vio con sorpresa como el Ministerio de Asuntos Exteriores le obligaba a dimitir. Según varios testimonios, entre ellos la esposa de Sugihara, lo ocurrido en Lituania le había convertido en un hombre marcado para el gobierno japonés. Según el gobierno japonés (hasta fecha de 2006), no hay evidencias de que su resignación se debiera a un castigo.
Con su carrera como diplomático acabada, el japonés trabajó en una compañía de exportaciones. Más tarde sus ocupaciones laborales le llevaron ala Unión Soviética, donde vivió y trabajó durante muchos años, dejando a su familia en Japón.
No fue hasta 1968, cuando un agregado de la Embajada Israelí en Japón dio con él, que el mundo comenzó a saber lo que el japonés había hecho por sus semejantes. Aquél agregado, adolescente en 1940, había sido una de las personas salvadas en Lituania.
Sugihara viajó a Israel donde fue agasajado por las autoridades israelíes que más tarde le incluirían en el Monumento Conmemorativo de los Mártires y Héroes del Holocausto. En 1985 fue nombrado "Justo entre las naciones". También desde entonces, Sugihara y sus descendientes contarían con la nacionalidad israelí. Sin embargo, el valiente japonés estaba por entonces demasiado enfermo para viajar, por lo que su esposa fue en nombre suyo. Sugihara fallecía un año más tarde.
Preguntado sobre el por qué de arriesgar su vida, Sugihara simplemente dijo que aquellos a quienes asistió eran seres humanos que necesitaban ayuda. En la mejor tradición japonesa, afirmó en otra ocasión: "Incluso un cazador es incapaz de matar a un pájaro que vuela hacia él buscando refugio".

1 comentario:

Alí dijo...

Una historia digna de divulgarse. por cierto, sería un honor que visitaras mi blog

www.tigrero-literario.blogspot.com