domingo, 15 de julio de 2007

Oliver Reed, llegó un actor libre y salvaje

Principios de los años 60. La gente bebe y se divierte en un famoso pub londinense. Como puede suceder en cualquier pub sobre la faz de la tierra, una conversación sube de tono, unas cuantas palabras desafiantes, y estalla la pelea. Varios tipos rompen unas botellas y se lanzan sobre un hombre corpulento y apuesto, de profundos ojos azules. Superiores en número, el bravucón cliente lleva las de perder y su rostro queda marcado por las botellas. Necesitará más de treinta puntos de sutura. Para alguien de su profesión una profunda cicatriz podría ser la ruina., dado que el joven es actor. El joven actor es Oliver Reed, y estaba a punto de saltar al estrellato.
Por suerte para él su carrera no acabó en aquél pub. Actor casi por casualidad, su perfilado rostro y anchas espaldas hicieron de él un actor que solía interpretar papeles muy masculinos, rudos, machistas y fieros. Y sin embargo en uno de sus primeros papeles con diálogo interpretó al típico homosexual "con pluma". Y es que tras sus celebrados personajes de tipo duro y su escandalosa vida privada había un muy buen actor dotado de un gran carisma.
Sin tener preparación alguna como actor en escuelas o teatros, Oliver Reed comenzó su carrera como extra en unas cuantas películas, hasta que un director le dio oportunidad de dar sus primeros pasos como actor en The league of the gentlemen. Más tarde trabajó en papeles de cine de terror para la productora inglesa Hammer, hasta que se cruzó en su camino el director Michael Winner. Winner vio en Reed el prototipo de lo que andaba buscando para su película The system: un actor apuesto y masculino, muy sexual, y con un aúrea de peligro en su mirada. Tras su incidente en el pub, el director Ken Russell le dio el papel protagonista del film para la BBC Debussy. La sólida y energética interpretación de Reed le valió el reconocimiento general y el estatus de nueva promesa en la Gran Bretaña de 1965.
Su carrera fue progresando y a finales de esa misma década le llegaron dos de sus papeles más recordados: el de Bill Sikes en el musical Oliver (dirigida por su tío Carol Reed) y el de Gerald en la adaptación de la escandalosa novela de D.H. Lawrence Women in love. En una escena determinada donde Reed y otro actor debían pelear desnudos, ambos se mostraron incomódos a la hora de rodarla, preocupados por el respectivo tamaño de sus penes. Como más tarde diría Reed, fue un viejo amigo suyo quién le ayudó a rodar la escena: una botella de vodka.
Definitivamente Reed era mucho más del pueblo que compatriotas como Lawrence Olivier. Cuando su fama comenzó a crecer el actor de Winbledon gustaba de rodearse de sus hermanos David y Simon y amigos y compañeros de juergas como Bill Dobson. A principios de los 70 Oliver Reed era una gran estrella, y se compró una lujosa mansión en la campiña inglesa. Como acabó echando de menos a sus viejos amigos, contrató a Dobson como jardinero, para tenerle cerca cuando le entrara la sed. Para Oliver Reed el alcohol y las mujeres eran un modo de vida, y una gran fiesta que montó con algunos amigos y un equipo de rugby acabó en los titulares de prensa cuando consumieron en una noche cerca de 200 litros de cerveza, 32 botellas de whisky, 17 de ginebra, cuatro cajas de vinno y una botella de perry, una especie de sidra hecha con peras. No está mal para 36 personas.
Su fructífera colaboración con el lisérgico Russell continuó a lo largo de varias películas, destacando The Devils y la psicodélica Tommy, basada en la ópera rock de The Who. Fue rodando Tommy cuando Oliver Reed conoció a una especie de alter-ego, el alocado batería de los Who Keith Moon. Ambos se hicieron muy amigos y participaron juntos en centenares de juergas.
También por aquél entonces Reed participó en las magníficas películas de Richard Lester sobre Los Tres Mosqueteros, aportando un toque de oscuridad e introspección a unas historias llenas de aventuras y un pronunciado humor inglés. A mediados de los 70 Oliver Reed había alcanzado la cima de su carrera, y extrañamente se había resistido al influjo de Hollywood y había permanecido en Gran Bretaña. Gente que le conoció afirma que no se sentía preparado para dar el gran salto.



Al finalizar los 70 Reed había pasado por un matrimonio y una larga relación fallidos; el primero se acabó por las infidelidades del actor, mientras que su segunda relación llegó a su fin cuando una Nochevieja descargó su rifle de caza sobre el reloj de cuco. Cuando su vida personal pasaba por dificultades y su carrera como actor comenzó a declinar, el periodo alcohólico más oscuro del actor entró por la puerta. Aunque Oliver Reed siempre había sido una fuente de anécdotas, durante aquellos años protagonizó muchas anécdotas delirantes, dispuesto siempre a bajarse los pantalones a la minima excusa, o hacer con sus amigos concursos de ver quién tenía el pene más grande, y cosas así.
Durante los 80 su carrera pasó por muchos altibajos. En 1981 hizo un interesante papel como el general Graziani en El león del desierto, y en 1986 su interpretación en Castaway fue aclamada como la mejor en años. Aunque por supuesto Reed no iba a cambiar, y mientras hacía una gira de promoción de Castaway apareció en un programa de la televisión inglesa con una gran jarra de algo que desde luego no creo que fuera zumo de naranja. Al parecer el actor llegó a los estudios directamente de algún pub.
Para entonces Reed había sorprendido al mundo casándose con una estudiante de dieciséis años y se había mudado a un paraíso fiscal tras soportar años de la rígida política impositiva británica. Después se mudaría al sur de Irlanda con su familia para llevar una vida tranquila.
Gran actor como era, su actitud salvaje y su pasion por la bebida hicieron que la prensa comenzase a interesarse más por su faceta alcohólica que por su carrera. Sus aparaciones en la televisión borracho como una una cuba desde luego no le ayudaron. En un programa de sesudos debates Oliver Reed fue invitado para departir sobre la violencia masculina con profesores de universidad, escritores. No se muy bien por qué había en el estudio una mesita con bebidas, con lo que el actor se sirvió copas y más copas, mientras su discurso era cada vez más incoherente y sus maneras más agresivas. Tras besar a una activista lesbiana que también participaba en el debate, Reed fue echado del estudio. En una entrevista puso en apuros a todo un David Letterman, gurú de los night-shows estadounidenses. Parecía que por cada plató que pasara no volviera a crecer la hierba. Así, muchos presentadores deseosos de conseguir audiencia invitaban a Reed y le preguntaban sobre el alcohol y cuánto bebía, olvidándose de que era un actor. Si había suerte saldría borracho del camerino y protagonizaría más momentos bizarros.
Aun así la vida siguió para el actor inglés. Combinando adaptaciones de clásicos literarios con infumables películas de serie B, a finales de los 80 Reed tuvo un pequeño papel en El barón de Munchausen de Terry Gilliam y volvió a ponerse en la piel de Atos para El regreso de los tres mosqueteros. Siguió trabajando de vez en cuando durante los 90, hasta que en el año 1999 el director Ridley Scott le llamó para participar en su nuevo proyecto.
Prácticamente olvidado por la gran industria, fue una sorpresa que un director de la talla de Scott llamara a Oliver Reed para participar en un proyecto tran grande. Quizás alguno de vosotros no esté familiarizado con la carrera de Reed, pero seguro que habréis visto Gladiator. Oliver Reed interpretaba al viejo ex-gladiador reconvertido en entrenador de gladiadores.
De la noche a la mañana Reed resurgía del olvido y por un momento los medios parecieron olvidarse de su afición a la botella. Mientras, el actor se trasladó a la isla de Malta para rodar sus escenas allí. Nada más llegar buscó el pub más británico que pudo encontrar. En un sitio llamado simplemente "The pub" Reed instaló su cuartel general.
Una noche de juerga el viejo bribón de Oliver, tras haber bebido ingentes cantidades de alcohol y haber retado a pulsos a unos cuantos marineros, sufrió un ataque al corazón y falleció allí mismo. Tras tantos años de excesos su cuerpo no pudo aguantar más.



Oliver Reed dijo una vez que sus dos ambiciones era beber en todos los pubs y acostarse con todas las mujeres del mundo. Para él la vida aburrida no tenía sentido, y por lo tanto estar sobrio tampoco. Vivió siempre según sus reglas y pocas veces se preocupó de lo que pensaran los demás. En definitiva, el viejo Oliver era puro rock and roll.
La primera vez que le vi fue en la saga de Los tres mosqueteros, y en seguida supe que aquél era un actor hecho a mi medida. También le recuerdo en el irascible y simpático papel de El principe y el mendigo, y por supuesto no podría concibir otro padrastro para el pequeño Tommy que él. El descubrir que fue amigo de juergas de Keith Moon sólo hace que me caiga todavía mejor. Aunque nunca tuvo una técnica interpretativa muy depurada, tenía un gran carisma que hacía de él alguien especial. Era un actor de personalidad y un entrañable borrachín, amigo de la gente sencilla y de ese tipo de estrellas cinematográficas que ya no quedan. Un brindis por ti, viejo amigo.

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