martes, 3 de julio de 2007

Carrera hacia la gloria


Durante siglos, desde que el ser humano ha sido lo que es hoy en día, la curiosidad, uno de sus rasgos característicos, le ha llevado siempre más y más lejos. Cuando indagamos en la historia y observamos con tristeza las guerras, las muertes, las crueldades infinitas, no podemos sino lamentar nuestra imperfección. Aún con los heroicos valores que en momentos extremos un hombre puede mostrar en mitad de la barbarie, toda guerra es muestra de lo peor que el ser humano es capaz de hacer. Pero como en las dos caras de una moneda, el espíritu humano es capaz también de acciones heroicas sin necesidad de derramar sangre, capaz de sacrificarse por alcanzar una nueva meta que beneficie, de uno u otro modo, a la humanidad.
Muchos de nosotros podríamos considerar que no vale la pena realizar ese esfuerzo, sobretodo cuando en el fondo lo que muchos de aquellos hombres perseguían era ese extraño concepto conocido como gloria.
Exploradores, científicos, aventureros, y personas de todo tipo y condición dejaron atrás hogares y posesiones para descubrir nuevos mundos, dándonos, poco a poco, un retrato completo de nuestro hogar, el planeta Tierra. Fuera buscando beneficio propio, gloria o el bien común, desde tiempos inmemoriales, el hombre exploró lo desconocido. Marineros chinos, egipcios, portugueses, españoles, británicos... A través de las épocas y los países los huecos se iban completando y los mapas se iban mejorando. Hasta que prácticamente toda la superficie de la Tierra había sido explorada.
A principios del siglo XX exploradores y marinos buscaban la última frontera, la última superficie terrestre por explorar y cartografiar. La última tierra ignota, África, ya había revelado sus misterios. El nuevo continente, Oceanía, había sido ya colonizado por europeos. Para los aventureros deseos de nuevos retos y glorias, los polos geográficos eran la última pieza del rompecabezas, la última frontera. Y sin embargo, los repetidos intentos por llegar hasta ellos habían fallado. El último secreto no sería revelado sin cobrarse antes muchas vidas humanas.
90 grados latitud sur. El punto más meridional del planeta. El objetivo del que sería una de las carreras más heroica, trágica y gloriosa de nuestra historia. La carrera por el Polo Sur.
Y sin embargo, muchos años antes, un pequeño niño noruego, Roald Amundsen, soñaba con conquistar el Polo Norte, desvelar sus secretos. Siempre tuvo claro que quería ser explorador, y para ello se preparó toda su vida. Dicen que ya a la tierna edad de 8 años Amundsen dormía con la ventana abierta en pleno invierno para acostumbrarse al frío. Ante la desaprobación de sus padres, el joven Amundsen soñaba con la gloria de ser el primero en llegar al centro del Polo Norte, y comprobar si allí había o no tierra. Desde la adolescencia se entrenó duramente para conseguir su objetivo. Practicó cualquier deporte que según él pudiera beneficiarle de cara a la exploración, desde la natación en las aguas heladas hasta el esquí o el ciclismo.
Decididos a acabar con sus pretensiones sus padres obligaron a Amundsen a completar sus estudios, con lo que éste comenzó a estudiar medicina. Sin embargo, al quedar huérfano algún tiempo después, el joven noruego se dispuso a cumplir su ansiado sueño. Se enroló en la marina para descubrir todo lo necesario sobre la navegación y de esa manera manejarse en el camino al Ártico.
En 1897 parte junto a una expedición belga al Polo Sur que acabará en desastre. El barco donde viajaba quedó encallado en el hielo, y durante meses la tripulación se vio obligada a permanecer allí, presa del escorbuto y el hambre. En momentos tan críticos el tesón de Amundsen logra inflamar de ánimos a sus compañeros. El noruego caza, fabrica abrigos con piel de foca, manteniéndose vivo junto con otros marinos hasta que llega el rescate.
El metódico Amundsen sacará sus propias conclusiones de esta experiencia, y preparó concienzudamente una expedición para buscar el largamente ansiado Paso del Noroeste, un paso que ahorraría camino a los buques para alcanzar el Pacífico y las tierras asiáticas. Como un nuevo Colón, Amundsen zarpa con su propio barco en busca de dicho paso. El éxito será completo, y el Paso del Noroeste es abierto por el valiente noruego.
El viaje fue de gran provecho para Amundsen, quién convivió con los Inuit y aprendió mucho de ellos, desde el mejor uso de perros y trineos hasta la correcta confección de abrigos de piel de foca. Conocimientos que serán cruciales para él en el futuro.
Sin embargo, su largamente esperado sueño de infancia, su objetivo final, se volatirizará en 1909, cuando el comandante norteamericano Peary anuncia que ha alcanzado el Polo Norte. Desilusionado pero no vencido, Roald Amundsen se apresta a conquistar la Antártida.
Es en este punto donde una de las gestas más espectaculares de la historia de la exploración tiene lugar cuando convergen las vidas de Amundsen y del británico Robert Falcon Scott. La carrera que enfrentará a ambos por llegar primero al Polo Sur se convertiría en un ejemplo de lo que el espíritu humano es capaz, y mostrará a dos personalidades muy distintas con diferentes conceptos de la exploración.
Robert Scott era el típico caballero inglés, capitán de la Armada inglesa. En 1901 había liderado una expedición de tres años de la Royal Geographical Society en la Antártida que supuso un gran avance en el conocimiento de la zona. Deseoso de ser el primero en alcanzar el Polo Sur, Scott encontró dificultades en financiar una nueva expedición, pero en 1910 ya lo tenía todo listo para partir. Se despidió de su mujer y su hijo recién nacido y partió en el barco Terra Nova.
Desde el concepto mismo de la expedición y su preparación se ponía de manifiesto la manera de ver la vida de Amundsen y Scott. El británico creía que la gloria y el éxito conseguidas sin esfuerzo no merecían la pena; como buen caballero inglés creía en el esfuerzo personal y en la voluntad como principal medio para alcanzar su objetivo. En cambio el pragmático Amundsen se aseguró de pertrecharse adecuadamente y no dejar nada al azar para evitarse en lo posible cualquier problema.
Scott confió en la incipiente tecnología mecánica y embarcó tres orugas mecánicas además de un grupo de ponis. Pretendía llegar con las orugas tan lejos como fuera posible y luego usar los ponis. Por otro lado los miembros de la expedición eran básicamente científicos experimentados que se encargarían de hacer todo tipo de mediciones y de recoger muestras durante el camino.
Amundsen seleccionó personalmente a 116 perros husky para que tiraran de los tradicionales trineos. Le acompañaban un experto en el cuidado de perros y un conductor de trineos, además de un arponero y un campeón de esquí.
La experiencia y capacidad de organización del noruego fueron a la postre su gran ventaja. Amundsen eligió un mejor punto para instalar su campamento base que Scott, obligado en parte por sus objetivos científicos a establecerse en un punto algo más lejano. Por otro lado Amundsen estableció sus puntos de aprovisionamiento para el camino con unas distancias entre sí más razonables que las que estableció Scott. Además en los pequeños campamentos británicos se hizo hueco para un combustible que finalmente no sería necesario, cuando hubiera podido llenarse con más comida.
Aunque Amundsen había mandado un telegrama a Scott sobre su cambio de planes, el británico no se enteró de que tenía un rival hasta llegar a la Antártida. El capitán lo consideró poco deportivo y desleal.
Ambos equipos partieron en octubre de 1911. Aunque en un principio las máquinas de Scott funcionaron bien (aunque una de ellas se había hundido al ser descargada y transportada desde el barco) el frío y el mal tiempo acabaron por dañar los motores irremediablemente. Los británicos se vieron obligados a seguir con los ponis.
El uso de ponis ya fracasado en expediciones anteriores, pero aun así Scott había preferido usarlos antes que llevar perros. Sin embargo los ponis se hundían en la nieve blanda y sucumbían fácilmente a la congelación, ya que transpiraban por todo el cuerpo. El británico se verá finalmente obligado a sacrificarlos. En enero de 1912 elige a los cuatro hombres que le acompañarán en la segunda parte de su viaje: el teniente Henry Bowers, el doctor Edward Wilson, el oficial Edgar Evans y el capitán Lawrence Oates.
La presencia de Oates marcaba de nuevo la diferencia entre la mentalidad de Scott y la de los noruegos. Oates había sido aceptado en la expedición por su conocimiento sobre caballos y una contribución económica, además de como representante del glorioso ejército imperial británico. Sin embargo, Oates no tenía tanta experiencia como sus compañeros y sufría intermitentes dolores de una herida de guerra en la pierna. Mientras Amundsen llevaba sólo a los mejor preparados, el concepto del honor inglés acabó dando a Scott muchos quebraderos de cabeza.
Por su parte la expedición noruega avanzaba sin demasiados problemas. Los perros husky se adaptaban perfectamente a las gélidas temperaturas antárticas y avanzaban con relativa rapidez tirando de los trineos. Además, los perros que se debilitaban eran sacrificados por Amundsen, una práctica que caballeros ingleses como Scott consideraban cruel y retrógrada (curioso punto de vista cuando el deporte nacional de los sires y demás nobles era la caza del zorro). Cruel o no, lo cierto es que el noruego no sufrió ningún retraso importante.
Scott y sus hombres, obligados a tirar ellos mismos de los trineos, sufrieron lo indecible para acercarse al Polo Sur. Escalaron montañas de hielo y soportaron tremendas tormentas de nieve. Aun así, su tesón y su deseo de llegar los primeros mantuvo al equipo con fuerzas para seguir.
Amundsen y los suyos, tras cuatro días de escalada, habían alcanzado la cima de la meseta polar el 25 de noviembre. Les esperaban duras jornadas con un tiempo horrible, pero el 7 de diciembre ya habían llegado más lejos que nadie antes que ellos.
Día 14, tres de la tarde, viernes, 1911. Amundsen, sus hombres y cerca de 16 perros alcanzan el Polo Sur. Se había adelantado a Scott en 35 días. Tras realizar unas mediciones, los noruegos dejan atrás una bandera noruega, una tienda y una carta para Scott. El británico había perdido la partida. Para el día 25 Amundsen estaba de vuelta en su campamento base.
La carrera había terminado aunque Scott no lo supo hasta el día 17 de enero. Él y su desolado equipo comprobaron tristemente que el noruego había llegado antes. Me pregunto que pasaría por la cabeza del británico al ver las innumerables huellas de perros y la carta de Amundsen.
El regreso de Scott y los suyos se convirtió en un trágico periplo que impresionaría al mundo. Los por entonces ya agotados británicos habían logrado llegar al Polo Sur con esperanza de ser los primeros, lo que les había dado indudablemente energías suficientes para alcanzar los 90 grados de latitud sur. Ahora debían regresar sabiéndose perdedores y sin motivaciones gloriosas que les ayudaran. Tan sólo restaba la supervivencia.
Los errores de Robert Scott habían sido muchos, y no había dejado margen a inconvenientes o situaciones inesperadas. Con todo, la mala suerte parecía perseguirle. Regresando del Polo Sur se equivocaron de camino, internándose en masas de hielo escarpadas que les hizo dar una gran vuelta para volver en la dirección correcta. Wilson tuvo un percance y se lesionó, el resto tenían miembros a punto de la congelación. Avanzaban muy lentamente, unas pocas millas al día. Tras haberse perdido intentan buscar un puesto de víveres cercano, pero no consiguen dar con él, aunque pasarán más cerca de lo tal vez nunca pudieran imaginar.
El principio del fin llega cuando un día se dan cuenta de que Evans no les ha seguido, tras haberse parado un momento. Regresan a por él y le encuentran tumbado en la nieve. Muere esa misma noche. Oates tiene los pies congelados y es incapaz de continuar, pero sus compañeros se niegan a dejarle allí.
Corría por entonces el mes de marzo. El marcial Oates, que no quería ser un estorbo, salió un buen día de la tienda. Nunca regresó. Probablemente prefiriera pegarse un tiro y morir como un capitán que perecer lentamente en la nieve.
El 20 de marzo los tres supervivientes se hallan a tan sólo 18 kilómetros de un gran depósito de comida y combustible preparado con antelación. Pero una gigantesca tormenta les impide siquiera salir de la tienda. Scott sufre de congelación. Todos están agotados y hambrientos. El valiente capitán escribe varias cartas, una de ella a su mujer. El encabezamiento lo dice todo: A mi viuda.
La última entrada de Scott en su diario dice así: Ya toda esperanza debe ser abandonada. Esperaremos hasta el fin, pero nos debilitamos gradualmente; la muerte no puede estar lejos... No puedo escribir más. ¡Por el amor de Dios, cuiden de los nuestros!
En noviembre de 1912 una expedición encontró la tienda con los restos de la expedición británica. Scott, con medio cuerpo fuera del saco de dormir, parecía haber luchado y sufrido hasta el mismo momento de su muerte.

Eran tiempos distintos, cuando la tecnología avanzada aún daba sus primeros pasos y hombres con distintos valores a los nuestros se jugaban la vida tratando de llevar el pulso con la naturaleza aún más lejos. Aún había espacio para lo desconocido, y muchos hombres (y también algunas mujeres) estaban dispuestos a enfrentarse a lo que pudiera venir. Aquellas personas, como suele decirse, estaban hechas de otra pasta. Como pequeña curiosidad y a modo de prueba, acabaré citando las palabras de un anuncio que el también explorador polar Ernest Shackleton puso en un periódico.

Se buscan hombres para un viaje peligroso. Sueldo bajo. Mucho frío. No se asegura retorno con vida. Honor y reconocimiento en caso de éxito.

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