domingo, 24 de junio de 2007

Waterloo


En uno de los giros más inesperados e increíbles de la historia, Napoleón realizó un espectacular comeback de la isla de Elba que no sería igualado hasta que Elvis se enfundó en un traje de cuero negro en 1969. Recuperó el trono de Francia sin disparar un tiro, y se jugó su destino a una carta en las llanuras belgas. Desde entonces, Waterloo quedó grabado en la historia como símbolo de la derrota definitiva.
Respecto a ciertos géneros, si algo tiene que envidiar Europa a Hollywood son los grandes presupuestos. Por eso, los films europeos más grandilocuentes han surgido siempre de las coproducciones entre varios países. En 1970 Italia y la Unión Soviética unieron sus fuerzas para sacar adelante Waterloo, una superproducción de dos horas sobre la famosa batalla napoleónica.
El ucraniano Sergei Bondarchuk, que acababa de rodar la saga de Guerra y paz, fue el elegido para hacerse cargo de la cinta. El brillante Rod Steiger se metió en la piel de Napoleón para hacer frente a Wellington, interpretado por Christopher Plummer. Orson Welles aparece brevemente en el film como el rey Luis XVIII.
Toda la complejidad de una batalla como Waterloo no puede caber en una cinta de dos horas, aunque el escritor H.A.L. Craig fue bastante concienzudo al presentar tanto los antecedentes como los momentos más cruciales del combate.
Las maneras clásicas de Bondarchuk sin duda favorecieron la película, y se intuyen tras sus planos una especie de afán documentalista bastante interesante. Por medio de planos generales y aéreos nos situamos en la batalla, vemos las formaciones y movimientos de tropas, mientras planos más cortos nos introducen de lleno en mitad de los disparos y los cuerpos que caen. Las voces en off relatan qué están pensando los generales, mientras algunas escenas sirven para mostrar algunos momentos de la tropa.
Todo parece cuidado al detalle, desde el movimiento de la multitud de extras (en su mayoría soldados soviéticos) hasta los uniformes. Mención especial para la caracterización de la Guardia Imperial francesa. La por momentos poética narrativa del director ucraniano nos deja momentos de lirismo, como la carga a cámara lenta de la caballería escocesa, y emocionantes escenas como el instante en que la vieja guardia de la Grand Armée se retira, marcando así el canto del cisne para el viejo emperador.
A pesar del buen hacer del ucraniano y la cuidada puesta en escena, el film fracasó en las taquillas, y lo que es peor, ello provocó que Stanley Kubrick abandonara para siempre su proyecto sobre un biopic de Napoleón. Una lástima.
El tiempo de las viejas superproducciones históricas tal y como se hacían en los 60 y 70 ha pasado, ya no hay extras pues los ordenadores abaratan costes, y el intento de verosimilitud histórica no siempre da buenos resultados. Hay algunos buenos títulos, pero ese "toque" especial ya no esta ahí. Por ello es gratificante contemplar películas artesanales a la vieja usanza, con buenos actores, buenos guiones y batallas que son todo menos confusas.

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