sábado, 21 de abril de 2007

Ludwig Van Beethoven


17 de diciembre de 1770. En aquellos años convulsos el mundo se precipitaba hacia la Edad Contemporánea. Un nuevo y gigantesco país iba a surgir en poco tiempo, allá en las por entonces colonias británicas. Apenas un año antes había nacido un pequeño curso que cambiaría el rumbo de la historia para siempre. Cuando por aquél entonces Alemania sólo designaba una zona geográfica, en la ciudad de Bonn María Magdalena Kevelich daba a luz a un niño destinado a convulsionar el mundo de la música. Sus padres le bautizaron con el nombre de su abuelo, Ludwig. Aquél pequeño, con el tiempo, compondría más de 200 obras y se ganaría un lugar entre los nombres inmortales de la música clásica.
El abuelo del pequeño Ludwig era también músico, por lo que desde muy pronto su nieto mostró interés por la música. El padre del joven Ludwig, Johann, está dispuesto a hacer de él un niño prodigio, por lo que le obligó a estudiar música y piano. Hacía apenas diez años que un infantil Mozart había asombrado a las cortes europeas, y Johann no quería ser menos. Llevó a su hijo a la corte y llegó a mentir sobre la edad de Ludwig para causar una mayor impresión en su audiencia.
El primer maestro de Beethoven fue un organista de iglesia, al que Ludwig siempre reconoció como una gran influencia, y con sólo 11 años llegó a tocar en sustitución de su viejo maestro. A los 13 comenzó a trabajar como organista en aquella iglesia.
La fama de Beethoven comenzó a crecer, y se hablaba de él como el sucesor de Mozart. Éste, mordaz, replicó: "Dejad que fantasee; cuando madure, será otra cosa". Pero lo cierto es que el joven alemán maduró, aunque el ambiente familiar hacía mucho que distaba de ser feliz. Su madre, María Magdalena, había comenzado a trabajar, dada la decadencia de su padre, adicto al alcohol y enorme derrochador que llevaba cada vez menos dinero a la familia. Su primera tentativa de viajar a Viena es interrumpida por la muerte de su madre. Beethoven debe regresar y hacerse cargo de sus hermanos, puesto que su padre es incapaz de sacar a la familia adelante.
Será con 22 años cuando Beethoven por fin llegue a Viena, la ciudad donde todo músico que se preciara de ser tal debía ir a aprender y a trabajar, y, con suerte, a ganarse la fama. Beethoven nunca apreció a la ciudad y sus gentes, pero el mecenazgo de la ciudad imperial era imprescindible para su carrera.
En aquellos años Beethoven recibió clases de grandes maestros como Haydn, Salieri o el propio Mozart. Comienza a escribir sus primeras obras, entre ellas tríos para piano y unas sonatas, varias de ellas famosas, como la inmortal Claro de luna. También por entonces aparecen los primeros síntomas de sordera, lo último que un músico desearía. Se dice Beethoven que escribió: "Sólo ruego a Dios para que me deje completar mi obra".
Escribe su primera sinfonía a los 30. Tres años después llega la segunda. Por supuesto, todas sus obras están destinadas a aquellos que le pagan: acaudalados, hombres de Iglesia, príncipes y electores... Sin embargo, su tercera sinfonía, revolucionaria y rompedora, la tituló Bonaparte. Era Beethoven un entusiasta admirador del gran corso, aunque en pocos años su admiración se truncó. Napoleón se coronó emperador y Beethoven, decepcionado, rebautizó a la Tercera Sinfonía como la Heroica.
El solitario Beethoven no fue en realidad un hombre feliz. Vivía solo, no tenía éxito con las mujeres, el desamor era una constante en su vida. Él que tanto comunicaba con sus composiciones, parecía ser incapaz de expresar sus sentimientos con palabras. Sus composiciones se alejaban cada vez más de la moda y los estándares de la época, y aunque era cada estaba más solicitado en su trabajo, las damas de la sociedad parecían no entender lo que Beethoven hacía con su obra.
Trabajó siempre frenéticamente, con la presión de la incertidumbre de su sordera, que empeoraba lenta pero inexorablemente. Tuvo muchos problemas con su familia, y tras la muerte de su hermano, Beethoven acogió a su sobrino contra la voluntad de su madre, lo que originó unas constantes disputas que llegaron a los tribunales en varias ocasiones.
Con los años, las excentricidades de Beethoven fueron en aumento. Descuidaba su aspecto físico (las penurias económicas fueron constantes durante gran parte de su vida), se negaba a pagar alquileres y comidas, y su sordera le incomunicó aún más. Hablaba con sus pocos amigos por medio de unos cuadernos de notas, y siempre presentaba un curioso aspecto. Se cuenta que en una ocasión, acompañando a un amigo de visita a una de las grandes casas de Viena, la señora del lugar le confundió con el sirviente de su amigo, y dejó al gran compositor sentado en el jardín con una simple copa de vino.
Sus últimas obras fueron completadas cuando ya estaba totalmente sordo, entre ellas la grandiosa Novena Sinfonía. La prodigiosa mente de Beethoven le permitió componer esas obras a pesar de su sordera. La música estaba en su cabeza, sólo tenía que trasladarla al papel.
Aunque al parecer el estreno de su Novena Sinfonía no fue un éxito, en poco tiempo lo acabó siendo, sobretodo tras el estreno de la Sinfonía Coral. Y se cuenta que, en aquel primer estreno, donde el propio Beethoven dirigió a la orquesta, al finalizar la pieza, tuvieron que ser sus propios músicos los que le indicaran que se volviera hacía el público a saludar. Los admirados espectadores prorrumpían en aplausos, pero Beethoven no podía oírles.
Ludwig Van Beethoven falleció en Viena en 26 de marzo de 1827. Más de 20.000 personas acudieron a su entierro.

2 comentarios:

Fernando dijo...

Es increible imaginar cómo pudo componer algo tan grandioso y espectacular como la 9ª estando completamente sordo. Muy buena su entrada.

Möbius el Crononauta dijo...

Gracias, me alegro que te haya gustado. La 9ª y su composición es algo que difícilmente tiene parangón en la historia de la música.