jueves, 19 de abril de 2007

El motín del Caine


La novela de Herman Wouk ganó el premio Pulitzer y se convirtió en un best-seller. The Caine Mutiny, surgida de la experiencia de Wouk como marino en la guerra, vendió millones de ejemplares, y su trama era perfecta para ser llevada al cine. El problema, o uno de ellos, es que al parecer Wouk no guardaba un gran recuerdo de la U.S. Navy. El segundo problema era que los productores en Hollywood sabían que sin el apoyo del Departamento de Defensa, hacer la película realidad sin plegarse a los cambios de la Marina era imposible. Pero el Pulitzer lo cambió todo.
Gracias al tesón del productor, Stanley Kramer, y al citado premio, los estudios de Columbia lograron con esta película uno de sus mayores éxitos. Se llegó a un acuerdo con el Departamento de Defensa (razón del texto explicativo al principio del film sobre la ausencia de motines en la historia de la U.S. Navy) y éste prestó barcos, equipo y personal para el rodaje.
Quizás el éxito del film se debiera en gran parte a que la novela ya había sido un gran éxito. Lo cierto es que es un pequeño clásico, pero desde luego no es perfecta. Aunque creo que todos hemos visto más de una vez una película y nos ha gustado sin que sea una obra maestra (por desgracia eso hoy en día es la norma y no la excepción). La película tiene buenos momentos, mientras que en otros adolece de cierta falta de interés, demasiada formalidad y poca artesanía. No se si ello se debe a que el director acababa de salir de la cárcel tras haber pasado por las manos del Comité de Actividades Anti-Americanas, o simplemente era fiel a su estilo. Lo cierto es que en conjunto es algo irregular. Pero como ya he mencionado, los momentos destacables son de los que le vienen a la memoria a uno de vez en cuando.
Y bien, la razón principal para que hable de este film, y para que lo vuelva a visionar cada cierto tiempo, es Humphrey Bogart. Al desdichado o desdichada que no le interese Bogart, puede dejar de leer aquí, porque para mí la principal baza del film es su interpretación.
El problema con los iconos como Bogart es precisamente ese, que son iconos. Cuesta imaginarse a Marilyn Monroe sin glamurosos trajes y sonrisa picarona, y cuesta imaginarse a Bogart sin sombrero, gabardina y un cigarro en los labios. En esta película ni siquiera fuma, juega con unas bolas anti-estrés. Pero lo bueno es que Bogart, a pesar de lo que piensen muchos, era un grandísimo actor, y aquellas veces en que salió de su pecera con imagen de perdedor bajo la lluvia apestando a alcohol, demostró que era más versátil que el 99% de los actores de Hollywood actuales. Su primer tanto en este terreno lo dio con In A Lonely Place (sencillamente impresionante), luego vino La Reina de Africa, que le valió un Oscar (sin duda merecido, aunque creo que en la citada película o en la que comento se lo merecía aún más), y luego vino Sabrina, donde se desmarcó de su trayectoria totalmente, y donde se llevó mal con medio reparto, equipo técnico, y detestó estar rodando aquella cosa. Justo antes de esa película rodó El motín del Caine.
Y no me extenderé más. Quienes sean admiradores de Bogart disfrutarán del retrato que hace del paranoico capitán Queeg, y quienes no lo sean, que vean Casablanca o El sueño eterno y se conviertan a la fe.

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