martes, 6 de marzo de 2007

No vivió rápido... ni dejó un bonito cadáver.


Guillermo El Bastardo, más conocido como Guillermo El Conquistador (ventajas de ser el vencedor y escribir la historia) fue durante veinte años el todopoderoso rey de Inglaterra a la par que Duque de Normandía. Gobernó con mano de hierro, sus súbditos le temían y su palabra era ley. Formidable guerrero y estratega, llevó a sus tropas a través del Canal de la Mancha y derrotó a los sajones en la famosa batalla de Hastings.
En sus últimos años, sin embargo, la decadencia física llamó a la puerta. Alto como era, engordó hasta límites insospechados, convirtiéndose en una mole de carne que fue objeto de las burlas de los cortesanos.
En al año 1087 Guillermo se encontraba en Normandía, dilucidando una disputa fronteriza. Mientras sus tropas arrasaban un poblado, cerca de Rouén, el rey normando cabalgaba entre las llamas supervisando la acción. Repentinamente, su caballo frenó en seco. Guillermo recibió un fuerte golpe en el estómago al chocar con la perilla de la silla, lo que finalmente le provocó una peritonitis.
En las siguientes semanas el pus fue extendiéndose por todo el cuerpo, lo que convirtió los últimos días del normando en una lenta agonía. Finalmente falleció el 9 de septiembre de aquel mismo año.
El otrora temido rey fue desvalijado de sus posesiones (anillos, joyas, monedas... cualquier cosa de valor) por sus servidores y abandonado semi desnudo en el suelo. No fue hasta que un caballero se apiadó de su antiguo señor que fue llevado a la catedral de Caen para su funeral.
Allí fue introducido en un gran sarcófago de piedra, ya que su voluminoso cuerpo hinchado todavía más por el pus no cabía en un ataúd de dimensiones normales.
Al parecer, mientras se celebraba la misa, la catedral se incendió. El pánico cundió entre oficiantes y asistentes. El calor fue creciendo, hasta que el hinchado cuerpo de Guillermo El Conquistador, metido en su sarcófago de piedra, sencillamente reventó. Sus restos se esparcieron por todas partes, y el pus cubrió paredes y suelo. Dicen las crónicas que el hedor duró meses.
Cruel burla del destino la que sufrió el rey normando.

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