lunes, 12 de febrero de 2007

Corazón de oro

Un domingo por la tarde, tras una larga noche de sábado, me he acercado a la filmoteca para ver el concierto-documental del cantautor y excelente músico canadiense Neil Young, y a pesar de que debido al lleno absoluto he tenido que adaptarme a ver la película en primera fila (hay una extraña afluencia de gente mayor en las sesiones de las 18:00), han sido dos horas de quedas emociones y excelente música. Uno de esos momentos en uno da gracias por tener un par de orejas y poder disfrutar de algunas de las melodías más bellas jamás creadas.
Todo ocurrió en 2005. Al señor Young se le diagnosticó un aneurisma cerebral que bien podría habérnoslo arrebatado antes de tiempo. Con todo lo que ello podía suponer, la noticia le sirvió al cantante como motivo para la reflexión y/o la composición y grabación de un disco que no sólo era quizás más personal de su carrera, sino que era toda una declaración de principios; no diré un testamento (la palabra me resulta demasiado negativa, y al fin y al cabo el canadiense sigue felizmente entre nosotros) pero sí una expresión de su visión de la vida, y todo lo que la rodea: amigos, amor, política, muerte...
El álbum que vio la luz tras todo este proceso catártico, Prairie Wind, fue presentado mundialmente durante dos noches en un auditorio de Nashville. Neil Young se reunió de amigos, familiares y demás compañeros de correrías musicales, para llevar a cabo una celebración musical de la alegría del vivir, del poder del amor y los seres queridos. Esas dos noches es lo que podemos completar en el film "Neil Young: Heart of Gold".
Neil Young es uno de esos grandes contadores de historias que ha dado el mundo contemporáneo. A través de sus canciones nos relata experiencias vitales y nos expresa sus opiniones del mundo. Por eso, nada más acertado que la primera imagen del concierto sea un telón. Cuando comienza a sonar la música, el telón se abre. Ha llegado la hora de perderse en el mundo de una leyenda viva.
Las canciones del disco son relajadas, fluyen poco a poco, flotando en la música tradicional norteamericana: es un pequeño guiño a Harvest, una de las obras cumbre del canadiense. Durante el concierto hay lugar para todo: desde canciones con una banda llena de vientos, cuerdas, coristas y guitarras, hasta el intimismo de un Neil Young con el sombrero calado acompañado de una guitarra y una armónica. También hay momentos felices, recuerdos de la infancia en una granja, recuerdos de amigos, y también recuerdos tristes, sobretodo debido al fallecimiento del padre de Young dos meses antes de la filmación. Cuando el cantante habla sobre los últimos momentos de su padre uno puede emocionarse fácilmente, pero luego sonríe cuando habla de como su padre le animó a tocar cantándole una canción tradicional que acabó con Young ordeñando vacas. La dedicatoria final de la película no deja lugar a dudas: For daddy. Sin duda fueron meses difíciles para el cantante.
No quiero dejar de señalar lo simple y bella que me ha parecido la canción This Old Guitar, sin duda la mejor canción dedicada a una guitarra que jamás haya escuchado. Sencillamente genial. De hecho, todas sus nuevas canciones son pequeñas joyas que uno puede llevar orgullosamente consigo. Hacia la parte final del concierto Young se dedica a revisar parte de su carrera (impresionante Heart of Gold) y dejarnos un par de versiones que han significado algo en la vida de cantante.
La conclusión a la que he llegado viendo la película es que Neil Young no es sólo una leyenda de la música contemporánea, es uno de esos artistas que afronta una madurez lúcida, y a quien los problemas de la vida avivan el ingenio y ayudan a afilar su escritura. Es uno de los grandes, y cuando nos ofrece una versión de uno de sus ídolos de juventud, uno diría que está oyendo una canción del propio Young. Es en momentos así cuando puede darse cuenta de que lo ha logrado: el canadiense se codea con aquellos que una vez le inspiraron a tocar y componer. Está en comunión con los más grandes.
No es algo que siempre ocurra. Aunque tampoco es raro. Quiero decir, no es la primera vez que escuchaba aplausos en la filmoteca al finalizar un film. Pero ésta vez fue diferente. Una vez acabaron de pasar unos bellísimos títulos de crédito, todos o casi todos los que estábamos en aquella sala oscura comenzamos a dar una gran ovación a aquel hombre que nos había acompañado durante cerca de dos horas con su música. No creo recordar otra ocasión en que el público aplaudiera tan fuerte. Sin duda se lo merece. No puedo dejar de acabar este texto parafraseando con un espontáneo grito de una chica de la sala, perdida en la oscuridad, al acabar el film. Sin duda me uno a ella: ¡BRAVO, MAESTRO!

4 comentarios:

Laia dijo...

ummmmm q interesante! (al igual m lo leo to!)

Manola Carabola dijo...

ACTUALIZAAAAAAA!!

Anónimo dijo...

es verdad, era manola..

Anónimo dijo...

pero manola tiene razón... ACTUALIZAAAAAAAA!!