martes, 20 de septiembre de 2016

Una secuencia eliminada de Alien

Una interesante secuencia que aparecía en el guión final de Alien el octavo pasajero, pero que se eliminó finalmente para aligerar el presupuesto. La idea reaparecería en ese subproducto titulado Alien vs. Predator.

"En la versión final, el grupo del Nostromo que sale de reconocimiento descubre la nave abandonada y los restos del piloto. Pero esto no es todo, porque el piloto del espacio ha logrado trazar un triángulo en su tablero de abordo, acto que posiblemente sería el último de su vida. Los exploradores vuelven al vehículo totalmente desconcertados. Pronto la tormenta de polvo permanente del planetoide se calma por unos instantes, y la tripulación ve surgir en el horizonte una inmensa pirámide. Sale un nuevo grupo de exploradores, los cuales escalan la pirámide y encuentran en la cima una abertura, por la que desciende un voluntario. Este descubre una sala gigantesca parecida a una tumba o lugar de culto. Hay extrañas estatuas y una especie de jeroglíficos (más tarde se verá que representan el ciclo de reproducción de los Alien). Es allí donde las esporas del Alien esperan tranquilamente al primero que llegue".




sábado, 6 de agosto de 2016

martes, 2 de agosto de 2016

Llorad


Llorad. Las tinieblas se ciernen sobre este país. Dios ha apartado su vista de él, un río de sangre y lágrimas corre por las calles de todas su ciudades.

Llorad. Este país ha sido contaminado, y nadie sabe cuándo podrá purificarse. ¿Cuántas penitencias y ayudas a la felicidad de la Humanidad serán precisas para expiar tan terrible vergüenza? La sangre y las lágrimas se mezclan con el fango en todas sus calles, en todas sus ciudades. Lo que había sido bello fue manchado, lo que había sido cierto fue arrasado por la mentira.

En este país la sucia mentira usurpa el poder. Vocifera en las salas de junta, desde los micrófonos, desde las columnas de los periódicos, desde la pantalla del cine. Abre la boca, y su aliento apesta como a pus y podredumbre: este aliento expulsa a muchos hombres, pero para aquellos que se ven obligados a quedarse, el país se ha convertido en una cárcel, en una mazmorra pestilente.

Llorad. Los jinetes del Apocalipsis están en camino, aquí se han establecido y formado un atroz regimiento. Desde aquí quieren conquistar el mundo: pues esa es su intención. Quieren dominar tierras y mares. Su monstruosidad ha de ser honrada y adorada en todas partes. Su fealdad tendrá que ser admirada como una nueva belleza. Donde hoy aún se ríen de ellos, mañana yacerán boca abajo ante ellos. Están dispuestos a asaltar el mundo con sus guerras para después poderlo humillar y corromper, como hoy humillan y corrompen el país que ya dominan: nuestra patria, sobre la que se han cernido las tinieblas, de la que Dios, encolerizado, ha apartado su rostro. En nuestra patria es noche. Los malvados señores viajan a través de sus comarcas en grandes coches, en aviones o en trenes extraordinarios. Viajan diligentes de un lado a otro. En todas las plazas de mercado sueltan sus mentiras. En todo lugar en que aparecen ellos o sus esbirros se apaga la luz de la razón, triunfan las tinieblas.
Klaus Mann, Mefisto.

miércoles, 27 de julio de 2016

The Beatles en Hamburgo, o Historia de una ida y una vuelta



Hamburg changed us enormously. Paul McCartney

Mucho se ha escrito sobre The Beatles, tanto que quizás resulte arriesgado ponerse a hacer un artículo sobre su historia, que aunque sea en términos generales, es bien conocida por todos. Sin embargo, salvo para quien haya decidido leerse alguna concienzuda biografía del grupo, o haya decidido buscar información por su cuenta (y tratándose de un mito de su calibre, obviamente hay páginas y más páginas en Internet dedicadas a ellos), hay un periodo de su historia sobre el que suele pasarse más de puntillas. Hablo, como habrán deducido por el título de este artículo, de su estancia (o más concretamente, estancias) en la ciudad alemana de Hamburgo. The Beatles hicieron mucho en muy poco tiempo, disco tras disco su evolución musical fue cada vez más rápida y prodigiosa, pero como ellos mismos reconocieron a lo largo de los años, la universidad donde aprendieron casi todo lo que debían saber fue Hamburgo y sus oscuros clubs, donde noche tras noche tocaban durante interminables horas para una audiencia cuya principal preocupación no fuera probablemente lo que estuviera pasando sobre el escenario. «Mach Schau», les decían propietarios y público. Es decir, ofreced un buen espectáculo. «Ahí es donde descubrimos nuestro estilo», diría George Harrison. Si la banda de Liverpool logró liderar la serie incesante de cambios que caracterizaron la escena rock británica durante los 60, se debió en parte a haber hecho los deberes en una ciudad inicialmente hostil donde el público no estaba dispuesto a dar segundas oportunidades. Para ellos fueron días agotadores, pero también increíblemente gratificantes, cinco jóvenes viviendo lo que no dejaba de ser un sueño, ganando aunque fuera un puñado de billetes haciendo lo que más les gustaba, alejados de la monotonía de Liverpool y de la supervisión parental. Ciertamente si hemos de comprender cómo aquellos chavales lograron cambiar el rumbo de la música no deberíamos obviar las intensas experiencias que vivieron entre 1960 y 1962. 

  
Algunos años antes, en una Gran Bretaña donde los efectos de la guerra todavía coleaban, la juventud vibraba con el skiffle, una mezcla de jazz, blues y folk casi olvidada que vivía un gran revival en la patria de Shakespeare gracias a artistas como Lonnie Donegan, su máximo exponente. Sin nada mejor que hacer, muchos jóvenes compraban o improvisaban algunos instrumentos y formaban grupos con los que tocar aquí y allá. Sin embargo los días del skiffle estaban contados. Los Cometas de Bill Haley habían señalado el camino, y Elvis Presley había hecho el resto. Su música alteró la vida de muchos jóvenes británicos, entre ellos las de John Lennon y Paul McCartney. El rumbo de lo que hoy conocemos como rock and roll comenzó a cambiar el día en que se conocieron, un día de verano de 1957.

Lennon, nacido entre bombardeos un 9 de octubre de 1940, se había criado con su tía ya que el matrimonio de sus padres no había tardado en derrumbarse. Su padre salió de su vida en 1946, pero su madre Julia le visitaba de vez en cuando. Fue ella quien le descubrió la música de Elvis y le enseñó a tocar el banjo. Dibujar a los personajes de Alicia en el país de las maravillas, escribir, la música, la ocasional visita al cine fueron los pasatiempos favoritos de un joven John que pronto se convirtió en el gamberro del barrio.

En 1952 ingresó en el Quarry Bank High School. Pronto se ganó una aparentemente merecida fama de alumno imposible. Como era de esperar, las matemáticas no se le dieron nada bien, pero sobresalía en arte. Tras la muerte de su tío, John comenzó a estrechar su relación con su madre, a quien veía más como una hermana mayor. Fue por entonces cuando el rock entró en su vida, así como el skiffle, y una guitarra de segunda mano que le regaló su madre. No tardaría mucho en formar The Quarrymen con los amigos del instituto. Para cuando ingresó en el Liverpool College of Art ya era todo un Teddy Boy: tupés, trajes de corte eduardiano y rock and roll eran su santo y seña.

Paul McCartney había venido al mundo en junio de 1942, en un hogar de más clase trabajadora de lo que a John le habría gustado admitir posteriormente. Al contrario que Lennon siempre fue un buen estudiante, además de desarrollar una intuición especial para escabullirse de los problemas y evitar castigos. También se diferenciaba de John en que nunca había mostrado particular interés por la música, al menos de forma activa, pero al parecer había heredado de su padre un talento autodidacta para tocar instrumentos, como quedó demostrado cuando un tío le regaló al joven McCartney una trompeta, quien no tardó en lograr extraer tonos correctos y melodías. Sin embargo a los 14 años le pidió a su padre una guitarra, que comenzó a dominar tras alterarla convenientemente para adaptarla a su zurdera. Su proceso fue similar al de John y tantos otros jóvenes de su generación: skiffle, Bill Haley, y la explosión al escuchar a Elvis por primera vez, sin olvidar a Little Richard, el gran ídolo de Paul. En lo que se adelantó al resto de los futuros Beatles fue en las artes amatorias, que conoció por primera vez a los 15 años. En esto la futura propaganda beatle no andó demasiado desencaminada.

The Quarrymen, 1957.
El nexo que unió a John y Paul fue Ivan Vaughan, amigo de la infancia del primero y compañero de instituto del segundo. Aquel 6 de julio de 1957 fue Ivan quien habló a Paul acerca del concierto que los Quarrymen iban a dar en Woolton. Paul decidió acudir, una decisión que cambiaría el mundo para siempre, aunque en realidad en aquel primer encuentro no flotara el polvo de hadas precisamente. El grupo no impresionó a Paul, aunque reconoció que su líder, John, era carismático y el mejor músico con diferencia. Tras el concierto comenzó a hablar con los chicos de la banda y a enseñarles cómo se tocaba tal o cual éxito del momento, cosas como “Be Bop A Lula” o “Twenty Flight Rock”. Un Lennon ya borracho reconoció esta última, lo que llamó la atención del joven McCartney. Ahí acabó todo, pero John se quedó discurriendo (algo que atribuyó a estar bebido) sobre aquel chaval que tocaba tan bien. Cuando una semana después Paul se encontró con Pete Shotton, mano derecha de John en el grupo, le ofreció unirse a The Quarrymen. En otra versión de los hechos, Lennon declararía que le ofreció el puesto el mismo día en que se conocieron. Sea como fuere, Paul aceptó, y al poco tiempo debutó junto a John y el resto de la banda en un baile en Broadway... Worcestershire.

Uno de los rasgos distintivos que caracterizó a The Quarrymen fue que al contrario de otras bandas de chavales de la época demostraron un temprano interés por componer su propio material. Sin duda una de las características de la relación compositiva entre John y Paul fue la competitividad. Curiosamente si John comenzó a componer fue porque Paul le enseñó unas tonadillas que había creado, y no queriendo ser menos, él comenzó también a trabajar en sus propios temas. Pronto descubrieron que se compenetraban bien, y que cada uno podía ejercer de Musa, o quizás fuera más acertado decir combustible, del otro. Una de sus reglas de oro fue desechar toda composición que no pudieran recordar o tararear al día siguiente de haber sido compuesta. La llegada de las grabadoras caseras un tiempo después comenzó a diluir esa norma, pero ciertamente no parece una mala manera de cribar las melodías que funcionaban de las que no.

Al poco tiempo ambos pasaban las tardes en casa de Paul, aprendiendo, componiendo, tocando, comiendo huevos fritos. Pete e Ivan quedaron relegados a un segundo plano. Aparte del incontestable feeling musical que había entre ambos, quizás el hecho de que tanto Paul como John hubieran perdido a sus madres demasiado pronto (Paul en 1956 en una operación oncológica, y John dos años después, cuando Julia fue atropellada por un conductor borracho) ayudara a unirles. El hecho es que Pete acabó excluido del grupo, lo que llevó a Paul a pensar en su amigo George Harrison como sustituto.

George, nacido en 1943, era bastante joven, y al contrario que John y Paul, había tenido una infancia sin grandes momentos traumáticos. Acudió al mismo colegio que John, aunque por su edad nunca coincidió con él. A los seis años se mudó con su familia a Speke, donde en 1954 comenzó a acudir al Liverpool Institute, donde conoció a McCartney. Aunque no iban al mismo curso ambos cogía el mismo autobús para ir al colegio. Cuando descubrieron que tenían intereses musicales comunes su relación se estrechó. George era callado, terriblemente individualista y al igual que John odiaba la autoridad y la disciplina, pero no la combatía directamente. Su forma de rebelión era ser un dandy y llevar el pelo largo. Entonces llegó la música de Lonnie Donegan y su único deseo era tener una guitarra, que su madre le compró. Su madre apoyó de forma entusiasta aquel nuevo hobby de su hijo. Quizás por eso aprendió rápido y bien.

Cuando Paul le invitó a unirse a los Quarrymen, George había dado algunos conciertos pero carecía de banda fija. Dada su juventud Harrison mostró un gran talento cuando impresionó a John tocando “Raunchy” de Bill Justis, lo que le valió entrar en la banda. No era raro el que cuando se juntaban en el autobús con sus guitarras John le pidiera que la tocara de nuevo. Curiosamente se había opuesto a la idea de tener a alguien tan joven en la banda, pero sencillamente George sabía más acordes que Paul y John juntos. No podían desperdiciar un talento así.

De modo que John, Paul y George siguieron juntos, tocando con baterías que nunca duraban demasiado. Quizás el sarcasmo y la lengua afilada de Lennon no eran fáciles de soportar, pero Paul era su mano derecha y George permanecía impávido y perdido en su mundo interior. Entretanto, el estilo de The Quarrymen comenzó a dejar atrás el skiffle para abrazar el musculoso rock and roll. A la casa de Paul se añadió la de George como lugar de ensayo. La tía de John era demasiado estricta para tener a “teddy boys” pululando por su hogar.

Uno de los lugares donde los nuevos Quarrymen comenzaron a tocar fue la Escuela de Arte a la que asistía John. Allí se ganaron al que quizás fue su primer gran fan, un nuevo compañero de Lennon llamado Stuart Sutcliffe. Sutcliffe no era un músico, pero a diferencia del académicamente desastroso John tenía aptitudes para la carrera de arte. Ambos se admiraban mutuamente. Stuart deseaba el carisma de John, y John deseaba el talento artístico de Stuart. Ambos congeniaron inmediatamente, algo que hizo sentirse algo desplazados a Paul y George. Aquel mismo año, 1957, y en aquel mismo lugar, John conoció a la que sería su futura esposa, Cynthia Powell. Todo lo que ella sabía de él es que era un gamberro de pelo engominado, y para él Cynthia era una snob que se creía superior. Y como sucede muchas veces, los polos opuestos se atrajeron. Sin embargo no comenzaron a salir hasta la Navidad de 1958.

El nombre de The Quarrymen, que ya nada decía a nadie del grupo, comenzó a transformarse en una retahila de otros nombres que nunca acababan de gustar. La banda no parecía más cerca del éxito que un año antes, pero en el verano de 1959 George decidió dejar los estudios para trabajar en unos grandes almacenes. Curiosamente uno de los primeros en notar la mejoría musical de los chicos fue Jim McCartney, el padre de Paul. En sus días había sido músico amateur, y trató de aconsejarles y guiarles sin mucho éxito. Pero como viudo padre de dos hijos se alegró al menos de que por fin alguien se entusiasmara con su forma de cocinar: los glotones John y George devoraban todo lo que les servía.

Cuando por fin comenzaron a conseguir conciertos que eran pagados con algo más que cocacolas, té y bollos, el grupo pudo hacerse con unos amplificadores antediluvianos. La primera gran oportunidad para darse a conocer llegó con un concurso de talentos organizado por un empresario canadiense. Tras pasar las pruebas preliminares en Liverpool los antiguos Quarrymen (ahora Johnny & The Moondogs) viajaron a Manchester para tocar en el concurso. Su actuación no fue mal recibida pero al tener que coger el último tren a Liverpool no pudieron quedarse hasta el final. Regresaron cariacontecidos y tan anónimos como antes.

El cuarto miembro estable de los futuros Beatles fue el propio Stuart Stucliffe, admirador que acudía a sus conciertos y ensayos. Cuando ganó un buen puñado de libras tras exponer algunos de sus cuadros John le animó a comprarse un bajo (un Hofner President) y entrar en la banda. No importaba que no supiera tocar, ya aprendería. Casi un sueño hecho realidad para él, Stuart aceptó inmediatamente. Corría el año 1960, y para entonces el sonido de la banda había derivado hacia el emergente estilo juvenil de Liverpool, el futuro Merseybeat, una mezcla de doo woop, rock and roll, rhythm & blues y trazas de skiffle.

Fue por entonces cuando surgió el nombre de The Beatles. Conseguir un nombre definitivo comenzó a ser algo necesario. Paul escribió a un periodista que había conocido para presentarle a su banda, y todo lo que pudo decir en cuanto a su nombre fue escribir unos puntos suspensivos. No está del todo claro quién fue el autor del hallazgo, o cómo surgió; algunos citan a Stuart, y otros apuntan a John, quien como el resto de la banda era fan de Buddy Holly and the Crickets (“Buddy Holly y los Grillos”). La idea de autodenominarse con el nombre de un insecto era atractiva, y de ahí surgió el juego de palabras entre “beetle” (escarabajo) y la música beat. Sin embargo para su siguiente gran oportunidad se acreditaron como Silver Beatles, alargando el nombre por consejo de un amigo.

Con aquel nuevo nombre se presentaron a las audiciones que Larry Parnes, un famoso mánager y empresario, estaba llevando a cabo para encontrar una banda de acompañamiento para uno de sus protegidos, Billy Fury. Los pobres Silver Beatles llegaron a la audición sin batería, que les había dejado colgados en el último momento. Johnny Hutch, un reputado baterista de otra banda se ofreció a sustituirle. Parnes decidió seguir buscando, pero ofreció a los Silver Beatles una gira de dos semanas por Escocia junto a una joven promesa, Johnny Gentle. No era mucho, pero era su primer contrato profesional. George pidió sus dos semanas de vacaciones para poder realizar la gira, mientras Paul convenció a su padre de que tenían vacaciones escolares. Los estudios podían esperar. Aquel verano tan sólo aprobaría una asignatura.

La gira por Escocia fue una experiencia interesante, los chicos se divirtieron (a costa de Stu principalmente, como tenían por norma) y ganaron algo de dinero, pero cuando todo acabó volvieron a la rutina de tocar en salas de baile y pequeños pubs. Durante un tiempo tocaron en un club de stripers, acompañando la sinuosa “performance” de una tal Janice.

Fue por entonces cuando comenzaron a tocar regularmente en un par de clubs, el Jacaranda, cuyo dueño respondía al nombre de Allan Williams, y el Casbah Club, regentado por Mona Best con la ayuda de su hijo Pete, aficionado a la batería con perspectivas de acabar trabajando en el mundo del espectáculo. Aparte de las exiguas ganancias (que podían ser de 15 chelines por persona) y seguir dándose a conocer en la escena de Liverpool, tocar en aquellas salas trajo al grupo interesantes contactos. Tras acogerles unas cuantas veces en su local, Williams comenzó a buscarles conciertos en otros clubs de la ciudad, lo que acabó llevándole a convertirse en el primer mánager de The Beatles (el nombre definitivo del grupo  acabó por definirse alrededor de agosto). Y tocar en el Casbah les llevó a conocer a Pete, a quien ofrecieron el puesto de batería después de que, una vez más, el encargado de las baquetas decidiera dejar la formación. 

The Cavern
Cuando McCartney llamó a la casa de Pete Best no lo hizo sólo con una oferta para unirse al grupo. Había en el horizonte una serie de conciertos en Hamburgo, ciudad portuaria de la por entonces República Federal Alemana. Williams había pensado en ellos para seguir los pasos de Derry and the Seniors, principales tutelados del promotor, quienes habían tenido una gran acogida en la ciudad germana. Bruno Koschmeider, otrora payaso de circo y comefuegos y ahora regente de un club llamado Kaiserkeller, solicitó otra banda de Liverpool. Williams pensó en The Beatles, pero necesitaban un batería. Cuando Pete aceptó el puesto, todo estaba listo. O casi. Restaban todavía conseguir el permiso de sus respectivas familias.

Curiosamente George Harrison, quien todavía era menor de edad, fue quien tuvo menos problemas para dejar Liverpool. Era el único que tenía un trabajo y su comprensiva madre, aún con la preocupación habitual en estos casos, no se interpuso en aquel viaje. En el caso de McCartney y Lennon el asunto fue distinto. Paul estaba pendiente de saber si sus notas le permitirían ingresar en una escuela de magisterio, y para suavizar las cosas llevó a Alan Williams a su casa para que hablara con su padre. A pesar de que al parecer el promotor no dejaba de confundir a Paul con John, Williams logró convencer a Jim McCartney para que dejara a su hijo viajar a Hamburgo, un sitio que no dejó de describir como encantador. Por supuesto el mánager decidió omitir el dato de que la ciudad tenía fama de ser una especie de versión alemana de Dodge City.

La estricta tía de John fue quien puso más problemas. Con todo, seguramente nada habría podido interponerse entre él y Hamburgo. Lennon decidió exagerar la paga y, al fin y al cabo, su carrera académica era un desastre. No tenía nada que perder. Quizás en el futuro algunos le recordaran como working class hero, pero en el fondo tanto él como su tía sabían que John no era carne de fábrica, si podía evitarlo. Bien, adelante. John podría viajar, y con suerte todo iría bien.

Era el verano de 1960, y tenían el camino despejado hacia Hamburgo. Hasta el gobierno británico parecía haberse puesto de su parte, comenzando el proceso para derogar el servicio militar obligatorio que culminaría aquel mismo año. Como afirmó el mismo McCartney, de haber estado en vigor The Beatles tal vez nunca habrían existido.

Hamburgo, cueva de ladrones y prostitutas, moderna Babilonia y puerto franco para el comercio ilegal de armas. En algunos aspectos parecida a Liverpool, pero el doble de grande y amenazadora. La presencia de tropas norteamericanas había popularizado enormemente el rock and roll y el jazz entre la juventud alemana de la ciudad, de ahí que los dueños de los clubs buscaran nuevas bandas que pudieran entretener al público que llenaba sus locales. Evidentemente llevar a bandas estadounidenses hasta Alemania habría resultado demasiado costoso, pero ahí estaban los grupos británicos para remediarlo.

The Beatles llegaron a Hamburgo desde Harwich el 17 de agosto de aquel año, con el sol atisbando todavía por el horizonte. Habían estado a punto de no pasar del lugar de desembarco, ya que no tenían permisos de trabajo, pero Williams convenció a las autoridades de que tan sólo se trataba de un grupo de estudiantes haciento turismo. Ya en Hamburgo no tardaron en dar con el rastro de alcohol barato y pachulí que habría de llevarles al distrito de St. Pauli, el Soho particular de la ciudad. Su destino era la Reeperbahn, el red-light district, zona roja, barrio chino, o, en definitiva, la zona de clubs de striptease y prostitución encubierta de la ciudad. Die sündigste Meile, como gustan de llamarlo los hamburgueses. Más concretamente arribaron al número 64 de Grosse Freiheit, dirección del Indra Club, sede social donde desnudos y música en vivo iban de la mano. La banda necesitaba descansar ya que aquella misma noche tendría lugar su debut, con lo que las butacas de cuero rojo del Indra supusieron el primer hospedaje de los chicos de Liverpool. La primera actuación de The Beatles en Hamburgo fue tan poco glamurosa como la sala que les acogía: tocaron sus versiones de rock and roll ante un puñado de parroquianos distantes sumidos en sus propios pensamientos, cuando no ahogados en sus jarras de cerveza. Tras el concierto los chicos cambiaron la incuestionable incomodidad de los asientos de cuero por la cuestionable comodidad de unos viejos almacenes acondicionados como dormitorios en el cine Bambi, situados tras la pantalla y demasiado próximos, como recordaría John tiempo después, al servicio de señoras, y sus correspondientes fragancias. Aunque parece que el cine ya no tenía tal función y los únicos que usaban aquellos baños eran ellos. Con todo, ciertamente aquellos aposentos no eran el Palacio de Versalles.

La rutina sobre el escenario pronto quedó definida: sets de 20 minutos entre actuación y actuación de las señoritas del lugar. The Beatles no eran el único grupo en la ciudad, y el Indra no era el club más popular, por lo que la banda tuvo que apañárselas para atraer a la gente, o, al menos, para que quienes entraban buscando el precio de la cerveza decidieran quedarse a ver el espectáculo. En palabras de McCartney: «Realmente tienes que aprender eso, y por Dios que lo aprendimos». Cuando comenzaron a ganar popularidad cada set se alargó hasta los 60 minutos, cuatro veces al día, con descansos de media hora entre cada uno. Desde las ocho y media de la tarde a las 2 de la madrugada, siete días a la semana. Una dura rutina diaria pero que daría sus frutos, forjando al grupo noche a noche, haciéndoles mejorar como músicos, intérpretes y entertainers, aprendiendo tal o cual truco escénico, las posturas que funcionaban y las que no, las canciones que gustaban y las que no, los pequeños detalles que podían ayudar a mejorar la acústica feroz de aquellos viejos clubs. Si The Beatles tuvieron algo parecido a una universidad musical, ésa fue sin duda Hamburgo.

Tras 48 noches The Beatles fueron recompensados con un “ascenso” trasladándose a un club más grande y comparativamente más lujoso, el Keiserkeller, aunque la verdadera razón del cambio fue la venerable señora que vivía sobre el Indra, y que no dudaba en llamar casi cada noche a la policía para quejarse del ruido que armaban los chicos de Liverpool, quienes compensaban la mala acústica del local con un volumen rugiente. Ante la amenaza de ver su local de striptease cerrado para siempre, Koschmeider decidió trasladar al grupo al nuevo club. Allí alternarían sets con Rory Storm and the Hurricanes, paisanos de los Beatles y uno de los grupos más populares la escena de Hamburgo.


Por supuesto en todo ese tiempo la banda aprendió alguna que otra cosa, lecciones vitales más allá de la música. El joven George Harrison, por ejemplo, que al llegar a Alemania seguía siendo al parecer un chico virginal que no había tenido novia, se encontró de pronto, como el resto, en el corazón de la depravación de la ciudad. La sexualidad en las calles de la Reeperbahn era tan rebosante como la espuma en las jarras de cerveza de los parroquianos. Allí marineros, prostitutas y gángsters campaban a sus anchas. Las resabiadas meretrices del lugar ampliaron los horizontes sexuales de aquellos músicos ingleses aunque si hemos de creerles, sus preferencias siempre se decantaron hacia sus jóvenes fans, cuando las tuvieron. En palabras de Pete Best: «Pronto nos dimos cuenta de que eran fáciles de conseguir». Casi tanto como el alcohol, que no cesaba de llegar al escenario. En cuanto a las drogas, al parecer las anfetaminas no hicieron su aparición en las vidas de los Beatles hasta un año después (aunque a este respecto los relatos varían, por supuesto). Entretanto, su rutina nocturna siguió componiéndose de agotadoras noches de rock and roll, alcohol, chicas fáciles, y las habituales peleas entre los borrachos del público, mientras el grupo atacaba su número más popular por entonces, el “What I'd Say” de Ray Charles, para amansar a las fieras. Los combates pugilísticos solían darse entre alcoholizados marineros de tal o cual país y alcoholizados nativos germanos que no gustaban de la actitud prepotente de los primeros. Los camareros, que eran contratados al parecer no por su servicialidad sino por el tamaño de sus espaldas, iban armados con un silbato, que tocaban cuando había bronca para llamar al resto de de empleados y calmar los ánimos con su imponente presencia, que gusto de imaginarme al estilo de Eric Campbell en El inmigrante de Chaplin. Con tanto jaleo no es de extrañar que John, Paul e incluso George desarrollaran puntapiés efectivos para marcar su territorio sobre el escenario. Stu, sujeto más espiritual, prefería dejar hacer a sus compañeros.

Por supuesto, el tópico de sexo, drogas y rock and roll no fue lo único que los Beatles conocieron en Hamburgo. También desarrollaron sólidas amistades, como la de Klaus Voorman, un estudiante de arte que se contó entre los primeros fans germanos de la banda, así como su novia, la fotógrafa Astrid Kirchherr. El que dos personalidades tan 'jazzy' y de buena familia fueran atraidos a aquellos tugurios sólo para ver tocar a The Beatles dice bastante del potencial musical que la banda desplegaba sobre el escenario por entonces. Por otra parte, de la mano de Klaus y Astrid los chicos de Liverpool comenzaron a conocer la otra cara de Hamburgo, su faceta más cultural y artística, aparejadas a calles y clubes aseados que distaban bastante de los antros de perversión de St. Pauli. Además, Astrid comenzó a hacer fotos del grupo, poniendo especial atención en Stu y John, que al parecer eran los más fotogénicos. Ciertamente todos se sentían atraidos hacia la bella Astrid, pero la tensión sexual solo apareció entre ella y Stu, para rabia de los demás, especialmente de Lennon. Quizás el hecho de que su acento le resultara inextricable a Astrid no ayudó a su causa, aunque en realidad el único que hablaba razonablemente bien alemán era Pete.

La otra amistad que comenzaron a cultivar en Hamburgo, y que como es bien sabido jugaría un papel crucial en el futuro de la banda, fue la de Richard Starkey, conocido para la posteridad como Ringo Starr. Resulta llamativo que hoy en día Ringo sea considerado por algunos como el último Beatle de la lista, cuando en los días de Hamburgo era el flamante batería de la estrella de Liverpool Rory Storm, con quien como hemos visto compartían cartel en el Kaiserkeller. Como músico, Ringo era bastante superior a Pete Best, los Beatles lo sabían y seguramente se habrían hecho con sus servicios inmediatamente de haber podido, pero curiosidades de la vida, por entonces eran ellos quien no estaban a la altura de Ringo.

Sin embargo la banda se había vuelto lo bastante popular como para que a finales de octubre les concedieran una audición en el Top Ten Club, una sala mejor, con mejor paga, y una residencia algo más decente, situada sobre el mismo club. El grupo pasó la prueba y se trasladó al Top Ten, aunque tuvieran contrato en vigor con Koschmeider. Un error que habrían de pagar caro.

Koschmeider, quien evidentemente estaba molesto por el incumplimiento del contrato que tenía con The Beatles, decidió vengarse denunciando a George a las autoridades por estar trabajando siendo menor de edad y no tener permiso de trabajo ni de residencia. No tuvo más remedio que abandonar el país.

El sueño alemán comenzaba a deshacerse. Paul y Pete fueron también deportados acusados de iniciar un pequeño incendio en el cine Bambi mientras trataban de recoger sus cosas (semanas después Pete y su madre aun seguían pegados al teléfono tratando de recuperar equipo del grupo que había quedado en manos de Koschmeider). El siguiento en marcharse fue John, a quien también le fue retirado el permiso de trabajo. Por último, incluso Stu hubo de regresar a Liverpool.

The Beatles regresaron a Inglaterra desilusionados, incrédulos, sin un penique en los bolsillos, preguntándose si todo habría sido un sueño. Aunque derrotados, no estaban, sin embargo, vencidos. Habían regresado con más experiencia, más energía en el escenario, un toque diferenciador al fin y al cabo.

La estancia en Hamburgo debió parecerles increíblemente lejana cuando se enfrentaron a la realidad del empobrecido Liverpool. George habría de volver a su antiguo puesto, si podía, y el padre de Paul insistió en que también buscara una ocupación, ya que había decidido dejar los estudios. Tras algunas semanas de reajuste el grupo volvió a los ensayos, y a las actuaciones en vivo. Regresaron a un lugar familiar, el club Casbah que regentaba la madre de Pete. Pero fue el 27 de diciembre, en un lugar menos familiar, Litherland (a 8km del centro de Liverpool) donde les tomaron por un grupo alemán (así les anunciaron en el programa: Direct from Hamburg. The Beatles!), cuando quizás sintieron por primera vez que su experiencia alemana había servido para algo después de todo. Tras unos momentos de contenido asombro, el público estalló lleno de excitación a un nivel que la banda no había conocido hasta entonces. Para algunos, quizás para quienes estuvieron allí, aquella fue la noche en que la “beatlemanía” comenzó a gestarse.

Lo cierto es que a partir de entonces sus fans en Liverpool y alrededores comenzaron a crecer en número. No tardaron en ser uno de los grupos más populares del condado de Merseyside. 16 conciertos en enero y 9 fechas consecutivas en febrero así lo atestiguan. Fue por esa época cuando les ofrecieron ser el grupo residente del hoy mítico club The Cavern, con el que su cada vez más nutrido grupo de fans comenzaron a asociarles. Pero aun así todos estaban decididos a regresar a Hamburgo. El 25 de febrero George alcanzó por fin la mayoría de edad, y tras conseguir nuevos permisos de trabajo el 1 de abril The Beatles se encontraban actuando de nuevo en el Top Ten como si nunca se hubieran ido de allí.

La programación en el Top Ten era agotadora, donde tocaban cada noche entre las siete de la tarde y las dos de la mañana, con descansos de quince minutos cada hora. Para mantenerse en pie la banda se automedicaba con anfetaminas (Benzedrina y Preludin, las por entonces famosas prellies); esta estimulante farmacopea no parece haberse llegado a convertir en algo recreacional para ellos, era tan sólo una manera de afrontar el día a día sobre el escenario.

Estéticamente hablando, su retorno a Hamburgo se caracterizó por la desaparición del peinado engrasado de Teddy Boy. Astrid, cansada de tanto tupé, convenció a Stu para que se peinara como algunos de sus amigos, con el flequillo peinado hacia abajo y las puntas recortadas. A pesar de las burlas iniciales, el resto de la banda acabaría adoptando aquel nuevo look. El famoso peinado “beatle” o mop-top había nacido.

También fue durante su segunda estancia en Alemania que The Beatles realizaron su grabación más importante hasta la fecha. Anteriormente habían realizado algunas maquetas y grabaciones caseras, y una sesión en su primera visita a Hamburgo como grupo de apoyo del bajista de los Hurricanes, en lo que habría de ser su primera sesión de grabación con Ringo Starr. Pero obviamente ninguna de aquellas grabaciones había llegado al gran público. En esta ocasión la cosa era muy distinta; iban a realizar una grabación profesional como grupo de apoyo para una gran estrella del momento, Tony Sheridan. Entre los estándares que grabaron se encontraba un tema original de la banda, “Cry for a Shadow”, un instrumental en la línea de The Shadows, quizás el grupo más popular en Gran Bretaña por entonces, aunque no parece que los chicos sintieran un gran respeto por ellos, como puede deducirse del título. Acabadas las sesiones, la banda recibió 300 marcos y poca popularidad; aparecerían en el álbum como The Beat Brothers; el extraño juego de palabras que era The Beatles seguía chocando a muchos.

The Beatles con Pete Best.
Poco tiempo después Stu Sutcliffe anunció que dejaba la banda para proseguir sus estudios en Hamburgo, donde pensaba residir tras haberse comprometido con Astrid, con quien llevaba un tiempo saliendo. La banda encajó bien la noticia (Paul quizás hasta se alegrara, ya que nunca había acabado de congeniar con él), salvo John, su viejo amigo. Todos sabían que Stu no era el mejor de los músicos, pero como dice la canción, algo muere en el alma cuando un amigo se va.

A partir de entonces The Beatles se transformaron en un cuarteto. Paul pasó a tocar el bajo, sin mucho entusiasmo. Seguro que hasta pensó que sería algo temporal. Pero dada la interminable lista de baterías que habían tenido no es de extrañar que decidieran no arriesgarse a comenzar otra de bajistas.

Tras algo más de dos meses machándose cada noche en el Top Ten, la banda regresó a Liverpool con nuevos peinados, nuevas ropas de cuero y nuevos instrumentos: Paul y John habían adquirido los que serían sus icónicos instrumentos durante bastante tiempo: el famoso bajo con forma de violín Höfner 500/1 y una guitarra Rickenbaker del 58 modelo 325. Para celebrar su regreso la banda dio un concierto junto a Gerry & The Peacemakers, otro de los nuevos grupos punteros de Liverpool, aunque el cartel tan sólo anunciaba a unos tales The Beatmakers; durante la actuación los dos grupos se dedicaron a cambiar instrumentos y formaciones ofreciendo un bolo de lo más desenfadado.

Según ellos mismos recordarían más tarde, una de las razones por las que empezaron a causar sensación en Liverpool fue por marcar la diferencia en un momento en que la mayor parte de las bandas locales trataban de imitar a The Shadows, mientras que ellos habían desarrollado un estilo más personal, eran más salvajes e imprevisibles en directo y su nuevo look de cuero negro contrastaba enormemente con los trajes de la competencia. Y por supuesto sería The Cavern donde comenzaron a convertirse realmente en un culto para sus fans, que atestaban la sala cada vez que actuaban allí. Para muchos el jazz, el skiffle e incluso un grupo tan en auge como The Shadows ya eran el pasado; el futuro pasaba sin duda por los intrumentos de los Beatles. Había llegado la era de la música beat, que ya tenía su propio periódico, el Mersey Beat, donde la banda comenzó a reinar en las encuestas de popularidad por encima de rivales como Gerry and the Peacemakers o el grupo done militaba Ringo, Rory Storm and the Hurricanes.

A pesar de haberse convertido en una celebridad local, de que algunas noches llegaban a ganar hasta 15 libras, y de tener un periódico rendido a sus pies, las ambiciones del grupo eran demasiado grandes para no sentirse frustrados. La industria discográfica británica seguía fabricando estrellas, pero todas ellas procedían  de Londres, o de quienes se habían afincado en la capital. Fuera de Liverpool el nombre de The Beatles no parecía decirle nada a nadie. Por ello no es de extrañar que en abril de 1962 la banda decidiera regresar a Hamburgo.

Aquella tercera visita a la ciudad alemana estuvo marcada sobretodo por tres factores. Primero, tuvo lugar como parte de un acuerdo para rescindir el contrato que todavía les unía al productor del disco de Tony Sheridan. Segundo, esa negociación fue llevada a cabo por quien era ya su nuevo mánager, Brian Epstein. Y tercero, por el impacto de encontrarse al llegar con la noticia de la muerte de Stu Sutcliffe, quien tras haber estado sufriendo jaquecas y desvanecimientos fallecía por una hemorragia cerebral. Fue un golpe duro, especialmente para Astrid, en cuyos brazos murió Stu, de camino al hospital. Por supuesto el grupo lamentó su pérdida, especialmente John, pero toda la vorágine de su carrera musical estaba sucediendo demasiado rápido como para no seguir adelante con sus vidas. Como resumen de su relación con el grupo y breve epitafio, sirvan estas palabras de Lennon: «Yo admiraba a Stu. Dependía de él para decirme la verdad. Stu me decía si algo era bueno y yo le creía. Éramos terribles con él a veces. Especialmente Paul, siempre metiéndose con él. Después yo solía aclarar que en verdad no nos desagradaba».

El 31 de mayo la banda ya se encontraba de regreso en Liverpool. Epstein había estado moviendo los hilos, buscando audiciones con discográficas. Decca ya les había dicho que no. Tenían todavía otra opción, Parlophone, una subsidiaria de la todopoderosa EMI. Allí un productor especializado en trabajar con cómicos buscaba algo nuevo y rompedor, un buen grupo de rock and roll, género en pleno auge con el que sabía que podía hacer dinero. Su nombre era George Martin.

The Beatles aun habrían de regresar a Hamburgo en noviembre y diciembre de aquel año, pero esa parte de su historia ya tiene más que ver con el grupo de Liverpool que todos conocemos, con Ringo Starr a la batería, cosechando éxitos en las listas (“Love Me Do”, su primer single, era publicado en octubre) y dando comienzo a la Beatlemanía. Pero ésa, amigos, es otra historia...

sábado, 25 de junio de 2016

American Crime Story: The People v. O. J. Simpson

If it don't fit you must acquit.

Recuerdo un gag en Los Simpson donde se mostraba un mundo imaginario sin abogados, en el que la humanidad en pleno se cogía de la mano y celebraba una vida feliz y plena. Ciertamente la tarea del abogado es en muchas ocasiones ingrata, y a fin de cuentas probablemente sean un mal necesario en un sistema imperfecto. Pero bueno fue lo que nos dejaron los romanos y como en cualquier colectivo habrá de todo. Pero en una profesión como esa, la ambición puede llevar a dejarse por el camino la ética y la moral, aunque claro, en muchas ocasiones si los abogados antepusieran ambas cosas a su obligación como defensores, muchos acusados se quederían sin nadie que les defendiera. Además, como toda creación humana nuestras leyes y sistemas judiciales son imperfectos, y siempre cabe preguntarse si realmente disfrutamos de igualdad ante la ley, especialmente cuando el acusado es un famoso multimillonario que puede pagarse a los mejores abogados del ramo. Si a todas estas cuestiones le añadimos el elemento racial, obtendremos un bonito cóctel sociológico que fue servido en máxima audiencia televisiva a mediados de los 90 frente a millones de espectadores en lo que se denominó, una vez más, "el juicio del siglo". Ese caso fue, claro que sí, el de O.J. Simpson.

Supongo que los lectores más veteranos recordarán el mediático caso, que nos llegó incluso a esta remota España, donde Simpson era como mucho conocido por ser el simpático Nordberg de la saga Agárralo como puedas. Sin embargo, en Estados Unidos Simpson no sólo era considerado uno de los mejores jugadores de fútbol americano de la historia; aparte de su popularidad como deportista y actor, había logrado la difícil hazaña de ser igualmente popular entre blancos y negros, a pesar de que nunca había destacado por interesarse en la defensa de los derechos de los negros, y de que su modo de vida era más próximo al de cualquier millonario blanco (golf incluido) que el de otros compañeros de generación más comprometidos. Sin embargo, el encanto de su fama y su leyenda deportiva serían puestos a prueba cuando fuera acusado de un sangriento doble asesinato, el de su ex-esposa Nicole Brown y un camarero llamado Ron Goldman, amigo de la misma. El juicio, retransmitido en directo por la CNN y otros canales de cable, iba a convertirse en un fenómeno mediático sin precedentes, durante el cual se produjeron situaciones que rozaron el esperpento, y que sirvió para demostrar que en Estados Unidos tanto la raza como el dinero seguían compartimentando a la sociedad. Probablemente la nación no había estado tan pendiente de un caso criminal desde el secuestro del hijo de Charles Lindbergh. Pero este juicio en particular estaba destinado a sentar muchos precedentes, especialmente en cuanto a los medios de comunicación se refiere. American Crime Story, la nueva serie del canal FX, ha retratado en su primera temporada los por momentos realmente increíbles acontecimientos que tuvieron lugar en el proceso, y todo el circo mediático que lo rodeó.

Si el título os recuerda a algo, no os equivocáis, ya que efectivamente los creadores de American Horror Story se encuentran tras esta nueva serie, centrada en esta ocasión en el mundo criminal. El punto de partida para la misma ha sido un libro The Run of His Life: The People v. O.J. Simpson, que al parecer recoge de forma exhaustiva todo lo acontecido durante el famoso juicio. Si no sabéis demasiado sobre el mismo, y estáis interesados en ver la serie, os aconsejaría que no indaguéis mucho al respecto y os dejéis sorprender a cada episodio, porque realmente la trama tiene unos giros argumentales realmente insospechados, y si como cabe suponer, todo lo relatado sucedió realmente, bien, como se suele decir, ni el mejor guionista de Hollywood habría podido escribir una historia así. Por supuesto, la historia ha tenido que rellenar muchos huecos allá donde acababa el juicio o comenzaba la legalidad vigente, pero aun así si sólo nos quedamos con delirantes momentos como el numerito del Simpson suicida dentro de un coche perseguido por la policía, la guerra entre acusación y defensa respecto a los jurados, ciertas grabaciones con implicaciones insospechadas, errores de juicio, caos mediático, etc., bueno, uno no puede sino preguntarse cómo los Estados Unidos no han implosionado todavía.

Entre las muchas cuestiones que American Crime Story pone sobre la mesa de forma brillante destaca obviamente la radiografía de ese extraño mundo legal donde las pruebas y los testimonios pueden retorcerse, estirarse y moldearse hasta que de los hechos no queda más que un mejunje líquido que pueda ser fácilmente ingerido por un jurado. Como se dice en la propia serie, la gente no quiere datos ni pruebas, tan sólo una historia que encaje en su forma de pensar. El bando que venda la mejor historia será el vencedor. Por otra parte algunos de los momentos más divertidos tienen lugar cuando vemos el choque de egos que se produce dentro del Dream Team legal del cual se rodeó Simpson a base de talonario, en el que por cierto se lleva la peor parte Robert Shapiro, el primero de los varios abogados de fama que el ex-jugador contrató para llevar su defensa. La presencia de Robert Kardashian, amigo de O.J. y padre de unas muy afamadas hijas (aunque entonces nadie había escuchado ese apellido), sirve también para dejar alguna pincelada de reflexión sobre la conexión entre el reality show televisivo actual y lo que pudiera haber sido el polvo del que han venido estos lodos. Johnnie Cochran, otra de las estrellas del equipo legal del acusado, servirá para introducir el trasfondo racial que rodeó al juicio, y para mostrar que en la lucha por los derechos civiles no faltan los Mefistófeles.


Si los abogados defensores, con sus intrigas, ambiciones y egos, pueden ser considerados como los villanos de la historia, en el lado de los buenos tenemos a los represenantes de la fiscalía. Por un lado tenemos al joven Christopher Darden, un reflejo en positivo de Cochran, un afroamericano concienciado y cabal, quizás un retrato de lo que en su día pudiera haber sido Cochran, quien comenzó su carrera defendiendo a víctimas de abuso policial. Por el otro tenemos a una de las protagonistas de la serie, Marcia Clark, fiel retrato de una mujer ambiciosa pero con principios; dura, como suelen ser las mujeres que triunfan en un mundo de hombres. En otro de los apuntes (y es que esta serie no da puntada sin hilo) que nos deja American Crime Story tenemos el asunto del sexismo, y de como en la prensa sensacionalista se valora a la fiscal más por su vestimenta y sus peinados que por su labor en el juzgado, y cómo todo ello va haciendo mella en la persona, una persona que, como afirma su personaje en cierto momento de la serie, no es una abogado estrella como lo puedan ser Shapiro o Cochran.

Y por supuesto y como decía antes la serie muestra el eterno problema racial de la sociedad estadounidense y cuya división quedó patente a raíz del juicio, un juicio que no cabe olvidar se celebró cuando la resaca del vergonzoso juicio de Rodney King y los posteriores disturbios en Los Ángeles aún no se había disipado. Realmente sintomáticas son las imágenes reales que se muestran en el último episodio, en el que tras conocerse el fallo del jurado vemos grupos de blancos cariacontecidos y grupos de negros celebrándolo por todo lo alto. 

Como véis, la serie da para mucho, y realmente es un excelente retrato de un momento en la sociedad estadounidense, momento que como hemos podido comprobar últimamente, no es tan distinto de la actualidad, con sus casos mediáticos, su violencia policial, y su, imagino, abogados dispuestos a todo con tal de ganar un caso. No, esos no desaparecerán.

Bien, disquisiciones sociológicas aparte, ¿qué hay de la serie en sí? Pues bien, yo la tacharía de impecable. Quizás no sea tan patentemente emocionante como un Juego de tronos, o tan impactante como otras series más grande que la vida (ya pondrán ustedes el título que convenga), pero es realmente impecable tanto en su guión, como en las interpretaciones, como en una dirección por lo general sutil, aunque deja su impronta cuando se ha estimado necesario. Realmente hacía tiempo que la temporada de una serie no me convencía tanto. Por ejemplo, por compararla con la temporada inicial de American Horror Story, (que es realmente la única con la que puedo hacer una baremación), si aquella me dejó frío, esta me ha parecido deliciosa, con multitud de detalles para la reflexión y con unas tramas que sólo un hecho real podía fabricar. Ya lo decía anteriormente, algunos de los momentos que se producen dentro y fuera del juicio son realmente chocantes, por no decir asombrosos. De esos que uno sólo podría imaginar en una sociedad tan loca como la estadounidense.

Y bien, en cuanto a las interpretaciones, tenemos a un Cuba Gooding Jr. cuya carrera iba a la deriva y para la que con suerte para él quizás esta serie sea un punto de inflexión. Y si bien físicamente quizás no encaje del todo con el verdadero O.J., no cabe duda de que vuelve a demostrar que es un actor excelente, y que merece mucho más que participar en producciones olvidables de esas que se estrenan directamente en el videoclub. Junto a él, lo mejor de la serie es Sarah Paulson, cuya interpretación de la fiscal ha sido alabada por la misma Marcia Clark y ante la que realmente sólo cabe quitarse el sombrero. Excelente. 

También excelente resulta la labor de Courtney B. Vance como el maquiavélico Johnnie Cochran (esa escena donde cita el maná del cielo, por ejemplo, o esa frase con rima de la que se hicieron camisetas...), y es que el personaje desde luego daba para mucho. Cabde destacar además a John Travolta, que vuelve al medio que le dio fama (sí, Welcome Back, Kotter ya queda muy lejana) y quien tras el maquillaje y sus retoques estéticos realiza toda la buena labor que puede metiéndose en la piel del egocéntrico Shapiro, que por cierto no es poca. Realmente por lo general todas las intepretaciones son buenas en mayor o menor medida; incluso David Schwimmer, actor que nunca fue de mi devoción y que se hizo famoso por una serie que nunca fue de mi devoción, destaca metido en el papel del torturado Robert Kardashian.

Así que, en resumen, sí, American Crime Story es una serie altamente recomendable, con una primera temporada que promete mucho. La segunda estará centrada en los sucesos posteriores al huracán Katrina; veremos si se mantiene el nivel. Desde luego va a ser un reto: con una historia tan alocada como la del juicio de Simpson, la verdad es que casi media serie ya estaba hecha. Bien, les dejo y les conmino a que vean la serie, una serie de esas por las que merece la pena volver a poner las manos sobre el teclado.

viernes, 15 de enero de 2016

Retrato de un político

Hace unos meses comentaba la delgada línea que separa en ocasiones al ciudadano medio del fanático capaz de matar en nombre de su causa. Para ello recurrí a unos párrafos de esa fascinante novela que es Chacal, de Frederick Forsythe. Por supuesto un libro de esas características da para mucho más, y esta entrada es un nuevo ejemplo de ello. En estos tiempos de política hasta en la sopa, de empujones entre bastidores y cuchillos tras el telón, de medianías ocupando altos cargos y demás, no está de más revisar el retrato que alguien como Forsythe realizó de un político al uso, un alto cargo, y especialmente, de cómo había llegado allí.

Era el jefe de Francia, no en el sentido literal de poseer ninguna especie de jurisdicción sobre el país del otro lado del Canal, hacia el cual tanta amistad había manifestado de boquilla y tan poco afecto había sentido toda su vida, sino jefe de la oficina del Foreign Office cuya misión consistía en estudiar los asuntos, ambiciones, actividades, y, a menudo, conspiraciones de aquel maldito país e informar luego de todo ello al subsecretario permanente, y, en última instancia, al Secretario de Estado de Asuntos Exteriores de Su Majestad.

Sir Jasper poseía —pues de lo contrario no hubiese conseguido el cargo— todas las condiciones necesarias: una larga y distinguida hoja de servicios en la diplomacia de varios países, excepto Francia, un historial excepcional en sus juicios políticos que, aunque a menudo equivocados, se hallaban inevitablemente de acuerdo con los de sus superiores del momento; un curriculum vitae, en fin, del cual podía sentirse ciertamente orgulloso. Nunca había sido atrapado en error, públicamente; nunca había tenido demasiada razón hasta llegar a la inconveniencia; jamás había expresado una opinión que no estuviera dentro de la línea de las que prevalecían en las altas esferas del Cuerpo.

Su matrimonio con la poca agraciada hija del jefe de la Cancillería en Berlín, quien más tarde había ascendido a subsecretario delegado ayudante de Estado, no le había, ciertamente, perjudicado. Le había permitido enviar en 1937 un infortunado memorándum desde Berlín manifestando su opinión de que el rearme alemán no tendría, en términos políticos, efectos reales en el futuro de la Europa Occidental.

Durante la guerra, de vuelta en Londres, pasó una temporada en la Oficina para los Balcanes, y había aconsejado encarecidamente que Inglaterra apoyara al guerrillero yugoslavo Mijailovich y a sus cetniks. Cuando el Primer Ministro de entonces, inexplicablemente, había preferido hacer caso de los consejos de un oscuro joven capitán llamado Fitzroy MacLean, que se había lanzado en paracaídas en aquella zona y aconsejaba que se apoyara a un despreciable comunista llamado Tito, el joven Quigley había sido trasladado a la Oficina para Francia.

En ella se distinguió como principal defensor del apoyo británico al general Giraud en Argelia. Era, o hubiese sido, una excelente política, de no haber sido anulada por aquel otro general francés, menos veterano, que había vivido en Londres y no había cesado de luchar para poner en pie una fuerza llamada Franceses Libres. Por qué razón Winston no hizo ningún caso a aquel hombre, era algo que los profesionales nunca alcanzaron a comprender.

Por supuesto, nada de lo que hiciera referencia a Francia podía resultar muy útil. Nadie pudo decir nunca que a Sir Jasper (nombrado caballero en 1961 por sus servicios a la diplomacia) le faltara la calificación esencial para ser un buen jefe para Francia. Sentía una antipatía congénita por Francia y por todo lo francés. Tales sentimientos habían quedado reducidos a la nada en comparación con los que profesaba hacia la persona del presidente francés a partir de la conferencia de Prensa del general De Gaulle del 14 de enero de 1963, en la que cerró las puertas del Mercado Común a Inglaterra, y que obligó a Sir Jasper a pasar los veinte peores minutos de su vida con el ministro.