miércoles, 23 de abril de 2014

Paint it scarlet

Scarlett Johansson y Under the Skin. ¿El acontecimiento del siglo? Sí, aparte de las fotos aquellas. Aun así los hay de morro fino. Dios, ¿es el que photoshop nos va a volver a todos gilipollas? Y sí, los gustos son como los culos, me refiero a quien fuera fan y ahora la niegue tres veces antes del canto del gallo. ¡Disidentes!
 



Trinity e Bambino in città

¿Leonard Cohen tiene un Nobel y los hermanos De Angelis no? Ah, la mano negra...

lunes, 21 de abril de 2014

Ben-Hur (1959)

Es inevitable. Cada Semana Santa algún canal televisivo incluirá Ben-Hur en su programación. Otras producciones bíblicas van y vienen, pero la cinta de William Wyler siempre está ahí. Por razones obvias: pocos como él supieron dotar a una cinta épica y espectacular, a un film bíblico como es el caso, de una historia de personajes, de un conflicto humano que va más allá de lo sagrado. Amén, claro está, de unas espectaculares secuencias que han hecho historia, y que siguen impresionando a día de hoy, en la era del CGI.


Ben-Hur, la novela, nació de un encuentro casual en un tren entre el general Lew Wallace y el coronel Robert G. Ingersoll, un conocido agnóstico. Discutiendo la Biblia y la figura de Jesucristo, Wallace pareció quedarse sin argumentos ante Ingersoll, dándose cuenta de lo poco que sabía del cristianismo y del Evangelio. De su decisión de empaparse de los escritos de la Biblia y todo lo que tuviera que ver con ellos, surgieron dos cosas: un nuevo Wallace, más fervorosamente creyente que nunca, y Ben-Hur: A Tale of the Christ, una novela cristiana destinada a convertirse durante décadas (se publicó en 1880) en el mayor best-seller estadounidense de la historia, hasta la publicación de Lo que el viento se llevó. Es un detalle a tener cuenta y que muestra el tremendo impacto que la obra tuvo en su época.

El dinero llama al dinero, y tras años de prolongado éxito, un en principio reticiente Wallace no tardó en recibir una oferta de dos avispados productores teatrales para llevar la novela a los escenarios. Le aseguraron que vencerían todos los obstáculos para realizar una fiel representación de su obra sobre los escenarios, carrera de cuádrigas incluida. Convertida en superproducción ya desde su estreno en Broadway el 29 de noviembre de 1899, Ben-Hur cosechó en los teatros los mismos éxitos que había logrado la novela. Baste para ello el siguiente dat: la obra se continuó representado durante 21 años más. 

La conocida cinta muda de 1925 no fue la primera adaptación de la obra. En 1907 algún avispado productor había aprovechado una filmación de una carrera de cuádrigas para, añadiendo algunas escenas más, estrenar un corto de 20 minutos sobre la obra. Tan avispada fue aquella persona que ni siquiera pensó en pedir permiso a los herederos de Wallace (el general había fallecido dos años antes). Su hijo Henry no tardó en demandar a la compañía, estableciendo así un precedente legal sobre derechos de autoría en el cine. A partir de entonces el heredero legal declinó cualquier oferta para llevar la novela al cine, convencido de que el cine era un entretenimiento burdo y nada idóneo para representar la obra de su padre como merecía. Tras asistir a un cine a ver El nacimiento de una nación de D.W. Griffith, Henry Wallace cambió de opinión, y en 1921 vendió los derechos cinematográficos de Ben-Hur por 600.000 dólares, derechos que acabarían en manos de la MGM. En 1925 se estrenó por fin la cinta, una de las más caras de la historia hasta entonces, aunque no tuvo dificultades en hacer caja. La revista Variety la calificó como "la película más grande jamás rodada".

Fue el éxito de las cintas épicas a principios de los 50 lo que llevó al productor Sam Zimbalist a considerar traer de vuelta a la gran pantalla la clásica historia del general Wallace. Para la dirección se consideró Sidney Franklin y como protagonista Zimbalist ya visualizaba a ¡Marlon Brando! Dudo mucho que el protegido del Actor's Studio hubiera aceptado un papel semejante, pero de todas formas a principios de 1956 la MGM suspendió la producción, inmersa, como muchos otros estudios, en una crisis existencial de leyes antimonopolio y paranoia ante el auge de la televisión. Había que reducir costes y la mayor parte de guiones destinados a convertirse en una superproducción se quedaron en un cajón. Pero el tanto que la Paramount se anotó con el regreso de Los diez mandamientos a cargo de Cecil B. De Mille, quien ya llevara la historia al cine en la época muda, dio la luz verde para el remake de Ben-Hur. Se escogió a varios guionistas y escritores para que adaptaran la farragosa novela de Wallace, entre los que se encontraban nombres como el de Gore Vidal o Karl Tunberg, un veterano guionista que había firmado éxitos recientes como Beau Brummell o El valle de los reyes, un vehículo para el brusco galán Robert Taylor, y cuyo guión fue el elegido como punto de partida para la producción.

Como muchas otras grandes producciones de la época, Ben-Hur sería rodada en Italia, donde se podían combinar multitud de exteriores con gigantescos decorados levantados en Cinecittà. Pero lo más importante era dar con el director adecuado; Zimbalist no podía permitirse un fracaso. Por ello pensó en uno de los directores más reputados de su tiempo, William Wyler; éxitos recientes como Vacaciones en Roma u Horizontes de grandeza le avalaban. Sin embargo Wyler se mostró reticente ante una producción tan colosal; con un film así la gloria podía ser suprema, pero el fracaso podía ser estrepitoso. Había aspectos técnicos que también le tentaban, como la carrera de cuádrigas, de la que ya había visto un storyboard, ofreciéndose a rodar sólo esa secuencia. Al parecer fue Billy Wilder quien le convenció para que aceptara el encargo, porque con ello dejaría a su familia "una pensión para toda la eternidad". Curiosamente al final fueron los directores de la segunda unidad quienes rodaron la famosa secuencia en el circo, aunque siguiendo unas pautas estrictas de Wyler respecto a los planos.

Lo primero que hizo Wyler fue ordenar una reescritura del guión de Tunberg, cuyos personajes le parecían demasiado planos, especialmente en lo tocante a Ben-Hur y su amigo y posterior enemigo Messala. El director quería algo más que simple espectáculo, así que además de dar más profundidad a los personajes contrató al especialista en diálogos Christopher Fry para enriquecer el texto. Gore Vidal (quien siempre se atribuyó el mérito de la mitad del guión, aunque muchos otros, Charlton Heston especialmente, afirmaron que sus contribuciones fueron mucho más modestas) propuso describir una relación homosexual latente entre los dos amigos, idea ante la que Wyler casi espantó. Aun así muchos creen ver en la enemistad que surge entre los dos personajes algo más que una riña sobre política. Si Wyler decidió juguetear algo con la idea de Vidal, desde luego queda claro que la dejó a un nivel casi subconsciente, muy alejada de la escena de ostras y caracoles de Espartaco.

El actor que encarnaría a Judá Ben-Hur tardó en llegar. Aunque se consideraron a actores jóvenes como Brando o Rock Hudson, a quien primero se ofreció el papel fue a Burt Lancaster, quien lo rechazó, entre otras cosas, porque consideraba que el guión denigraba el cristianismo (!). Al no ser creyente quizás fuera demasiado precavido, ya que cuando se estrenó el film en el Vaticano no pensaron igual, y Ben-Hur se convirtió en la primera película hollywoodiense de tinte religioso recomendada por la Santa Sede. Muchas décadas antes, la novela había sido la primera obra de ficción en recibir la bendición de un Papa. Paul Newman, que con El cáliz de plata ya había tenido bastantes sandalias para toda una vida, también rechazó el papel. Se consideró también a Leslie Nielsen como protagonista (¿imagináis al bueno de Leslie con su máquina de pedos en un rodaje así?), y Kirk Douglas, quien se ofreció para encarnar a Ben-Hur, tuvo que montarse su propia película épica para encarnar a un personaje del estilo. Su candidatura fue rechazada en favor de Charlton Heston, a quien se consideró en un principio para interpretar a Messala. Stewart Granger fue entonces considerado como antagonista de Heston, pero su agente le disuadió de hacer de comparsa para la estrella mandibulada. Una suerte para todos, ya que el pétreo Stephen Boyd era mucho más adecuado para el papel. Boyd era, al igual que Heston, más limitado como actor que gente com Newman, pero su estilo se amoldaba al del protagonista y tenía el temple necesario para no ser engullido por el carisma de Charlton.

Marie Ney y Martha Scott fueron elegidas como las protagonistas femeninas, junto a la actriz israelí Haya Harareet, cuyo toque exótico del lugar le vino muy bien al film. Siguiendo su patrón de dar los papeles de romanos a actores británicos, Wyler fichó al gran Jack Hawkins para hacer del duro Quinto Arrio, el enemigo, y más tarde protector, de Ben-Hur. El reparto se completó con otros secundarios de renombre como Sam Jaffe y Finlay Currie, que en los 50 pareció especializarse en venerables personajes bíblicos. Consciente de que el general Wallace siempre había expresado su preferencia de que Jesús nunca apareciera representado en las adaptaciones de su obra, Wyler decidió no mostrar en ningún momento el rostro del Mesías, lo que ayuda en realidad a realzar su figura sacrosanta, envuelta en una suerte de misterio mesiánico (y quizás fuera esto lo que buscaba el viejo general).

Wyler elegió todo el reparto con sumo cuidado, y prueba de ello es la anécdota que tuvo lugar cuando uno de sus ayudantes decidió reemplazar al actor que hacía de centurión en la escena del pozo cuando éste pidió un aumento de salario. El director no dudó en paralizar el rodaje hasta que su centurión fuera traido de vuelta.

La producción se antojaba complicada, y, al contrario que De Mille, alguien como Wyler no se movía como pez en el agua entre los números que una película así exigía: 25.000 extras, quince millones de presupuesto (aunque el presupuesto inicial era de siete, hubo de ser doblado; uno de los millones sería gastado solamente en la famosa secuencia de las cuádrigas), representaciones de Roma y Jerusalén, un circo romano, dos galeras a tamaño real, etc. Por ello decidió concentrarse en las secuencias más íntimas y simples, dejando las escenas con muchos extras o con cuádrigas para la segunda unidad. La famosa carrera se rodó en cinco semanas; Heston rodó una parte importante de la misma, aunque por supuesto se echó mano de un doble, que en cierta escena salió volando hacia adelante, aunque pudo asirse y evitar un accidente fatal; la toma quedó tan espectacular que fue incluida en el film. Al contrario de lo que se suele decir, no murió ningún doble; es un rumor que se confunde con la producción de 1925, donde sí hubieron varios heridos durante el rodaje con cuádrigas, pero ningún fallecimiento confirmado. El trabajo de la segunda unidad fue tan refinado que incluso alguien tan perfeccionista como Wyler no ordenó ningún cambio tras ver los dailies.

El 4 de noviembre de 1958, con la producción todavía en marcha, Sam Zimbalist fallecía de un ataque al corazón. El vicepresidente de la MGM J.J.Cohn acudió a Roma para supervisar el rodaje; sin Zimbalist, gran parte de las responsabilidades de producción recayeron sobre Wyler, quien aceptó añadir más horas de trabajo a cambio de un mayor porcentaje de la taquilla. Como tributo Zimbalist recibió unos créditos inusualmente grandes al inicio del film.

Hubo sin embargo un problema a la hora de acreditar el guión. Wyler quería añadir a Fry, que había reescrito los diálogos, junto al de Karl Tunberg, pero éste se negó. El contencioso (que llegó a la prensa) acabó en manos del Sindicato de Escritores, cuyo presidente era, casualmente, Tunberg. Según las normas del mismo, al parecer Fry no merecía acreditación alguna. Tunberg cambió entonces de opinión, pero el sindicato permaneció inflexible. Sólo el nombre de su presidente aparecería en los créditos. Con todo, Wyler dijo a todo periodista que le preguntar por ello que habría deseado que Fry hubiera aparecido junto a Tunberg, y cuando Heston recogió su Oscar al mejor actor por su papel en el film, dio las gracias públicamente al especialista en diálogos.

Hate keeps a man alive. It gives him strength.

Como muchas producciones épicas de aquellos años, determinadas escenas o diálogos (especialmente si se visiona el film con el ampuloso e hiperteatral, aunque en mi opinión siempre entrañable y a su manera, humorístico, doblaje español de la época) en Ben-Hur pueden parecer hoy en día algo anquilosadas, y su representación de la fe cristiana algo naïf, pero con todo el film destaca por encima de otras producciones del estilo (como Los diez mandamientos de De Mille) precisamente por unos personajes menos planos de lo habitual y unos diálogos ágiles, inteligentes y más modernos que los que podamos hallar en otros "peplums". Fueron estos aspectos precisamente los que más cuidó Wyler, para diferenciar su película del resto. Quizás en el aspecto religioso no se decidiera arriesgar, pero escenas como la de Quinto Arrio interrogando a Ben-Hur, o los enfrentamientos dialécticos que tiene éste con Messala, reflejan contundentes actitudes sobre la política, el perdón y la venganza, es decir, sobre la vida misma. A finales de los 50 el conflicto árabe-israelí iba en aumento, y muchos han querido ver en la hostilidad entre los dos personajes principales una métafora de dicho conflicto. Nada más alejado de la realidad, ya que aunque las palabras de Messala defendiendo a Roma pudieran representar la opresión israelí, hay que recordad que Hollywood es judío, y lo era aun más entonces. En realidad la suerte de "destino manifiesto" que expresa Mesala encajaría más con una visión de Estados Unidos como potencia global, aunque probablemente tampoco sea ése el mensaje oculto tras las palabras del tribuno. Sin embargo, es más fácil ver la mano de Wyler tras la frase de Ben-Hur preguntando a Messala si seguiría confiando en él si se convirtiera en un informador, como le demanda su viejo amigo. Un más que aparente guiño a la pesadilla de la Caza de Brujas anticomunista que había asolado Hollywood en los últimos años.

La primera vez que vi Ben-Hur, siendo un crío, dudo que entendiera de qué iba todo aquello, pero mi resumen del film sin duda habrían sido estas tres palabras: ¡carrera de cuádrigas! Creo que la secuencia en el Circo Máximo es al cine épico lo que la persecución de Bullitt al de acción: dudo que se pueda superar algo así. Con todo, cuando volví a verla muchos años después, me impresionó todavía más, y sigue siendo mi secuencia favorita de la película, el momento en que Quinto Arrio pone a prueba a sus galeotes, incrementando el ritmo hasta la extenuación. Rodada en distintas fases y con varias cámaras, al estilo de Wyler, la secuencia es (o debería serlo al menos) una referencia de edición cinematográfica, de esas que yo sin duda enseñaría a los alumnos en una escuela de cine. Al parecer fue uno de los montadores, John Dunning, quien dirigió durante días gran parte de la secuencia, aunque el sello de Wyler está ahí. Si como afirmaba, Dunning fue el responsable, seguramente siguió unas directrices claras del director. Sea como fuere, entre los dos lograron una edición impecable, cuya sucesión de planos cada vez más rápida se va convirtiendo en una espiral paroxística que deja al espectador literalmente sin aliento, exhausto como uno de los condenados, bajo la sádica mirada de Jack Hawkins. Monumental.

Como es bien sabido, Ben-Hur fue un éxito enorme e instantáneo (aunque aun así la MGM no pudo evitar su progresiva decadencia) y marcó un récord de premios en los Oscar, que ningún otro film igualó hasta Titanic. Un film con sus virtudes, seguro, pero no tiene carreras de cuádrigas, y lo que es peor, va de un barco a vapor, sin galeotes de por medio. ¿Quién quiere contemplar una aburrida sala de calderas con tipos paleando carbón? ¡Dadme remadas al ritmo de un tambor y el chasquido de un látigo! Ben-Hur, cine épico en su máxima expresión.

sábado, 19 de abril de 2014

viernes, 18 de abril de 2014

Soledad

Muchos años después, frente al pelotón de fusilamiento, el coronel Aureliano Buendía había de recordar aquella tarde remota en que su padre lo llevó a conocer el hielo.

domingo, 13 de abril de 2014

Diana Rigg


Actualmente muchos la conocéis como Olenna Tyrell, y no es para menos, porque Diana Rigg está magnífica en ese papel. Pero hace ya unas cuantas décadas la actriz hizo historia protagonizando Los vengadores y apareciendo junto a James Bond en 007 al servicio secreto de su majestad, además de ser todo un clásico sobre las tablas de los teatros londinenses.




domingo, 6 de abril de 2014