sábado, 23 de mayo de 2015

Tazones de mierda


A los bienaventurados y gentes de buena voluntad...

Let me tell you a story, Tommy. The first day I became mayor, they set me down at the desk, big chair and dark wood, lots of beautiful things. I'm thinking, "how much better can it get?" There's a knock at the door in the corner of the room, and Pete comes walking in carrying this gorgeous sieve silver bowl, hand chased. It was this big. "It's from the unions," he says. So I think it's a present, something to commemorate my first day as mayor. And he walks over, puts it on a desk. I look down at it. It's disgusting. I say, "what the hell is this?" He said, "what the hell's it look like?" I said, "it looks like shit. Well, what do you want me to do with it?" He says, "eat it. " "Eat it?" He says, "yeah. You're the mayor. You gotta eat it. " So, OK. It was my first day, and Pete knows more than I do. So I go at it. And just when I finish, there's a knock on the door. And in walks Pete carrying another silver bowl, and this one's from the blacks. "This, too?" And he nods. I start eating. And when I'm finished, there's another knock and another bowl. This one's from the pollacks. Then after that, one from the ministers. And you know what, Tommy? That's what it is. You're sitting eating shit all day long, day after day, Year after year. When I realized that, I decided being a downtown lawyer and seeing my family every night made for a fine life. Just a fine life.

jueves, 21 de mayo de 2015

Mad Max: Furia en la carretera (2015)

Llega un momento, ladrones, en que las joyas dejan de brillar, en que el oro pierde su brillo, el salón del trono se convierte en prisión, y en que todo lo que queda es el amor de un fan por una vieja saga...

Casi me veo obligado a salir de mi semiretiro ante la avalancha de entusiasmo y general aceptación que ha tenido la nueva entrega de la apocalíptica Mad Max, una saga que me marcó como a muchos otros de mi generación. No sé, en los últimos tiempos uno se despierta y oye que hablar de El caballero oscuro como una obra maestra (y que conste que disfruté con el film), Interstellar como la nueva 2001, o de Mad Max: Fury Road como la polla en vinagre. Y a uno no le queda sino ir al espejo, buscar nuevas arrugas y sentirse como Norma Desmond. O Abe Simpson... ¿Ha cambiado el mundo, o el que ha cambiado he sido yo? No voy a negar la evidencia: George Miller sigue teniendo un gran pulso y como film de acción Mad Max: Fury Road da sopas con ondas a muchos otros títulos del género. Las persecuciones, accidentes, explosiones, choques, coches rotos y demás, son por lo general como antaño. Mi pregunta es, ¿se puede realizar una película de dos horas con una premisa que en Mad Max 2, por ejemplo, apenas ocupaba treinta minutos? ¿Es posible contentar a un público nuevo ajeno a la saga y a los viejos fans? ¿Debería Tom Hardy tener el dedo sobre el botón?

Respecto a la primera pregunta, se puede, porque Miller lo ha hecho. En esta ocasión es el propio Max quien cuenta su historia, y a los pocos minutos de metraje (¿tres tal vez?) ya le vemos sin su coche y prisionero de los nuevos malutos de turno, los War Boys, la guardia de corps del villano Immortan Joe, quien recuerda a una fusión del viejo Lord Humungus y la Auntie Entity de Más allá de la cúpula del trueno. En este caso, el bien preciado que Immortan Joe se encarga de defender y administrar es el agua (un pequeño toque de actualización), que derrama de vez en cuando sobre una caterva de seres sedientos y deformes, víctimas de la radiación, cuyas consecuencias en esta nueva entrega quedan más patentes que nunca. Por ello Immortan Joe dispone también de un pequeño harén de mujeres físicamente sanas (y no sólo eso, son todas unos auténticos bellezones) con las que tener hijos sanos que puedan seguir nutriendo a su pequeña élite. Sin embargo, una de sus transportistas y guerreras, Imperator Furiosa, tiene un plan distinto y se da a la fuga con ellas. En su huída hacia un futuro mejor, acabará uniendo fuerzas, cómo no, con nuestro amigo Max. Y yo si dedico un párrafo a este planteamiento, en el film no se le da mucho más espacio; la premisa es que Furiosa salga con su camión cuanto antes y empiece la persecución.

Lo cual me lleva a la siguiente cuestión: ¿cómo de satisfecho quedará un viejo fan de la saga con esta película? Porque obviamente los 80 quedaron atrás, y el cine de acción moderno busca un perfil más joven. Hollywood tiene sus reglas, como las tuvo siempre, salvo que se van adaptando a lo que los estudios creen que funcionará. Por ello la duración idónea son dos horas (no deja de ser curioso, ¡cuántos directores en el pasado vieron sus films cortados y remontados porque sus metrajes llegaban a ese minutaje!), y aun así casi no hay cabida para crescendos, ni finas estrategias. Los generales no van a planear un movimiento en pinza; se optará por la saturación, en plan operación Rolling Thunder. Eso sí, George Miller muestra un mayor talento para saber dónde desplegar a sus bombarderos que muchos otros directores más jóvenes y con mayor renombre. Aun así, su montaje también ha hecho concesiones al estilo imperante, donde prima más la sucesión de planos cortos para inyectar adrenalina que, por ejemplo, las referencias al espacio-tiempo de la escena en cuestión. Con todo, la firma de Miller sigue ahí, en mi opinión. 

Sin embargo, uno recuerda al vagabundo Max encontrándose con un tal Gyro Captain, o un tal Jedediah, lo cual le llevaba al siguiente paso en la historia, encontrándose con los supervivientes de la refinería, o los tratantes de Negociudad. Escena a escena, uno se familiarizaba con los nuevos personajes y los nuevos lugares y retos. Y ahora simplemente ya no hay tiempo para nada de eso. El prológo y el nudo (al menos tal como yo los entiendo) se condensan todo lo posible para dar paso a un elongado desenlace. Quizás brillante, no lo sé, pero también es cierto aquello de quien sólo haya comido mortadela, cuando pruebe un jamón serrano, aunque sea de cebo con pocos meses de curación, jurará haber hallado una obra maestra. Bien, qué puedo decir; a Miller le he visto mejores jamones, curados el tiempo necesario.

Y claro, el reto más difícil en estos casos es el nuevo rostro. Uno habría deseado que a principios de este siglo Miller y Gibson hubieran podido volver a unir fuerzas, pero no pudo ser. Entre los aciertos de Miller se cuentan no haber echado mano del típico 'reboot' o reinicio de la saga, contando lo mismo otra vez (Furia en la carretera tiene lugar años después de que Max pierda a su familia, como en las otras secuelas), y haber usado casi en su totalidad efectos especiales de toda la vida, con vehículos de verdad, etc., lo que le ha ocasionado no pocos problemas en un rodaje realmente complicado. Hay efectos de ordenador, por supuesto, pero en ese detalle hay que agradecerle a un tipo de setentaypico años que se meta en esos fregados.

Respecto al nuevo Max, como sucede siempre cuando un personaje de una saga famosa adquiere un nuevo rostro, muchas veces el que funcione o no está en los pequeños detalles. Para los viejos fans sentir algo de rechazo en un principio creo que será casi inevitable. Aparte de una cara distinta, el nuevo Max narra su historia (lo que en mi opinión le resta algo de ese aura de mito del mundo postapocalíptico que tenía en los films anteriores) y se acentúa su carácter de superviviente; llevarse una lagartija a la boca ya es el primer síntoma. Poco después iremos viendo que casi es como cualquier otro humano perdido en ese mundo desértico y sin reglas. Y no es que Max, el héroe, no hubiera tenido nunca antes el otro yo del Max superviviente (pues por definición, todos en esa Australia devastada buscar sobrevivir, cada cual a su modo), pero en el fondo Rockatansky era el viejo cowboy, el pistolero que llega y se va, mientras que aquí, de alguna forma que no sabría definir, Max parece formar más parte de la masa que trata de llegar a ver otro nuevo día. Rasgo que me da que Miller ha acentuado deliberadamente.

Porque entre otras cosas si por algo está dando que hablar Furia en la carretera es por el aparente giro femenino que ha dado la saga, donde ahora las mujeres tienen más que decir que antaño (y hemos visto mujeres fuertes en el mundo de Max anteriormente, pero cierto es que nunca habían cobrado tanto protagonismo, salvo aquella Tina Turner, aunque más que una guerrera era una madre que usaba la diplomacia y la inteligencia como armas). No creo que la saga se haya tornado feminista, aunque quizás sí es algo menos masculina. De todas formas mi principal problema al respecto es el hecho de que Furiosa (estupenda Charlize Theron, por cierto) sea más Mad Max que el propio Max Rockatansky. Los silencios, las miradas, la actitud... No sé, por momentos me costaba reconocer al viejo héroe en el Max más dicharachero de Hardy, y según avanzaba el metraje, no dejaba de llegar a la conclusión de que ella era él. Y no hay nada peor para un protagonista que sea el coprotagonista quien acabe acaparando la atención del espectador.

¿Te trae buenos recuerdos y te inspira esta imagen familiar? Bien, pues olvídalo.
No estoy familiarizado con la filmografía de Tom Hardy, aunque me aseguran que es un gran actor, y no tengo razones para afirmar lo contrario. Ciertamente el guión no ha ayudado, pero para este tipo de personaje con diálogos parcos (y aun así por momentos me parecía más hablador que de costumbre) un gran carisma lo puede ser todo, y en ese aspecto Hardy no puede competir con Mel Gibson. Sí, ya sé, ninguna de estas metamorfosis entran fácil cuando en tu mente Max es Mel y nadie más. Quizás sea cuestión de tiempo, pero algo me da que deben de haber candidatos más idóneos por ahí.

En fin, no sé, a veces uno sabe que son detalles tontos, pero no me gustan las visiones del pasado acechando a Max (recurso que en la saga se usó de forma muy puntual) tan evidentes y tan abundantes. Son una explicación para los neófitos, ¡pero yo no las necesito! Y la creatividad de Miller y su equipo para las sociedades, personajes, vestimentas, vehículos y demás sigue ahí, pero las buenas ideas y planteamientos se acaban diluyendo en la persecución del más todavía. ¿O acaso el detalle del tipo de la guitarra no es ya demasiado over the top?

No sé, Furia en la carretera es un poco como reencontrarte con una antigua amante; entre las sábanas reconoces ese lunar en lugar curioso, el tacto de los labios, el color de los ojos... Pero al mismo tiempo todo parece distinto, más fofo y lento (o en este caso, más rápido, ¡demasiado!). De nuevo, te acabas sintiendo fuera de lugar.

No, nunca diría que Furia en la carretera es un truño (y menos aún si las comparamos con otros titulitos de acción de que nos ha dejado caer Hollywood encima en estos años), tiene sus buenos momentos y me alegro por quienes la hayan disfrutado tanto. Yo, por mi parte, me enfundaré las pantuflas, me iré a la mecedora con la mantita de cuadros, y revisionaré algún film de la vieja saga, derramando alguna lágrima nostálgica recordando que, no hace tanto tiempo, tanto en el amor como en el cine, existían unas cosas llamadas preámbulos.

PD- Una lástima que Hugh Keays-Byrne, nuestro querido Cortauñas, haya tenido que llevar una máscara  por aquello de evitar confusiones supongo. En el mundo de los villanos actuales no abundan tipos carismáticos como él.

martes, 21 de abril de 2015

martes, 7 de abril de 2015

Entretenimiento completo

Si no quieres que un hombre se sienta políticamente desgraciado, no le enseñes dos aspectos de una misma cuestión, para preocuparle; enséñale sólo uno o, mejor aún, no le des ninguno. Fahrenheit 451, Ray Bradbury.

jueves, 26 de febrero de 2015

El gran carnaval (1951)

Bad news sells best. Chuck Tatum

Podía, y de hecho fue, figura heroica o héroe trágico, o una fusión de ambas, pero, ¿hubo un canalla mejor en la gran pantalla que Kirk Douglas? No deja de ser curioso que su hijo Michael heredara un poco de ese aura predispuesta a encarnar al mal. Pero sí, no cabe duda de que cuando Kirk era bueno, era muy bueno, pero cuando era malo, era mejor. Y su cínico Charles Tatum de Ace in the Hole (aquí, El gran carnaval) si no se encuentra en el número uno de sus muchos hideputas, desde luego se le acerca mucho. Porque más que de un carnaval, de lo aquí se trata (según nuestra expresión idiomática española) es de un circo, el circo mediático llevado al extremo para servir intereses personales, más allá del mero hecho de informar. Un tipo atrapado en una cueva es más que una noticia; es una oportunidad. ¿Les suena? Quizás Tatum se equivocaba (en parte, pues también llevaba gran parte de razón) en aquello del elemento humano, que una víctima de la desdicha es mejor que veinte. No sé si unos pobres mineros atrapados allá en Chile desmentirían el axioma. Pero aquello del circo... Ahora les suena más, ¿verdad? No, no creo que estrictamente Billy Wilder se adelantara a su tiempo. Porque el periodismo escuálido (de escualo, o pez selacio, seguro que tienen en mente el mismo ejemplar que tengo yo) que ávidamente busca la siguiente carnaza ya existía desde que la noble tarea de informar de las cosas se convirtió en negocio. Pero respecto a la magnitud de la repercusión mediática, la amplitud del foco sobre ese elemento humano, sí podemos considerar a El gran carnaval como un film adelantado a su tiempo. Aunque por supuesto dudo que Wilder llegara siquiera a poder imaginar lo que habría de venir con el satélite, el cable, los mil y un canales y la feroz competencia por la audiencia y las ventas.En 1951 todo era más artesanal, y quizás todo lo que hacía falta para levantar el circo era un avispado Charles Tatum. Hoy no hace falta un talento especial; basta con seguir las órdenes de arriba.

Con El crepúsculo de los dioses la relación entre Billy Wilder y Charles Brackett había alcanzado su cénit, tanto en lo artístico como en lo personal. Realmente fue esto último lo que llevó a la disolución del combo creativo que había firmado los guiones de algunos de los mejores films que se habían rodado en los años 40. Wilder y Brackett eran demasiado diferentes, y su visión de lo que querían hacer y contar era cada vez más opuesta. Con el gran éxito comercial de El crepúsculo de los dioses Wilder decidió que el momento era el apropiado para pedir seguir adelante por su cuenta. Además, ese éxito le daba carta blanca para hacer prácticamente lo que quisiera. Y lo que hizo fue un film oscuro e hiriente que sorprendió a propios y extraños; a su lado El crepúsculo de los dioses podría parecer un episodio feliz de La casa de la pradera.

De todas maneras esta nueva aventura Wilder no estaría solo. Se alió con otros dos guionistas, Walter Newman (que poco después escribiría para Preminger en El hombre del brazo de oro) y Lesser Samuels, quien, como el propio Wilder, era un ex-periodista que conocía bastante bien lo que ocurría en el mundillo de los gacetilleros. De hecho la inspiración para el film fue un caso real (que el propio Tatum se encarga de mencionar), el de un tal Floyd Collins, que en 1925 pasó dieciocho días atrapado en una cueva, tragedia con toque humano que atrajo una enorme atención mediática y otorgó un premio Pulitzer al periodista que estuvo allí para apuntarse el tanto. Como ven, en estas cosas lo que ha cambiado es la intensidad, pero el fondo del concepto ha permanecido más o menos invariable a lo largo de las décadas. Cuando el joven Newman le ofreció a Wilder llevar de alguna forma esa historia a la gran pantalla, sobre la que ya tenía un guión preliminar, el avispado austriaco no se lo pensó dos veces. Era un diamante en bruto que sólo había que pulir.

Chuck Tatum, menudo personaje. Evidentemente en el film todo gira en torno a él. Un periodista vividor y sin escrúpulos a quien ningún gran periódico quiere ya. Atrapado en una modesta gaceta de Alburquerque, languideciendo en un pequeño lugar donde nunca pasa nada, de repente un día, dirigiéndose a cubrir otro evento rutinario, se entera de que un hombre ha quedado atrapado en una caverna mientras recogía reliquias indias que poder vender en su pequeño almacén. Por fin, he ahí la gran noticia, la tragedia que bien explotada puede sacarle de ese agujero tedioso que es Alburquerque. Un clavo saca a otro clavo. Un as en un agujero saca a otro as en un agujero. Tatum defiende el viejo axioma periodístico de que sólo informa, sólo ofrece lo que el público quiere. Pero como en tantas otras ocasiones veremos que la noticia es tan maleable como el oro en manos de un alquimista de la realidad, un reportero sin escrúpulos, para quien el drama es sólo un gran titular, y la agonía un día más de buenas ventas. Al fin y a la postre Tatum no es sino el octavo y rapaz catártido en la Colina de los Siete Buitres. Tan sólo resta saber si podrá seguir domando la fiera circense en que ha convertido la noticia del hombre atrapado a las afueras de Gallup.

En El gran carnaval las tintas no iban dirigidas sólo contra el periodismo sensacionalista. Wilder reconoció que también tenía en su mira al público que lo hacía posible. A la gente que conduce un coche y cuando pasa junto a un accidente reduce la velocidad, o cuando un suicida se sube a la cornisa alza la vista y espera acontecimientos. A aquellos que mientras un ser humano se debate entre la vida y la muerte atrapado en un oscuro agujero, se apelotonan frente al micrófono para poder afirmar "yo lo vi todo" o "yo fui el primero en llegar". A aquellos, en definitiva, que hacen posible que Tatum se convierta en el foco de atención, y no Leo Minosa, el infortunado buscador de reliquias indias. Retratar de forma tan cruda las miserias humanas, con personas morbosas acampando con sus caravanas a las afueras de la tragedia, comprando souvenirs o montando en tiovivo, era un paso arriesgado. La audiencia, en la oscuridad del cine, podía identificarse sin demasiado problema con cualquier detalle del esperpento humano en que se convierten los curiosos que poco a poco van abarrotando la colina. Tiempo después fueron muchos, Wilder entre ellos, quienes atribuyeron gran parte del fracaso de El gran carnaval al hecho de que al público no le gustó una historia tan oscura, ni contemplarse en un reflejo tan poco favorecedor. Como dijo el propio director, "Nadie quería gastarse cinco dólares para enterarse en el cine de que era un tipo miserable".

El gran carnaval tal vez no gustara al público de la época (ni a los críticos, que tampoco parece que encajaran muy bien el retrato que se hacía de la profesión periodística), pero hoy en día es un clásico indiscutible que no ha perdido ni un ápice de calidad, ni de vigencia, pues ofrece un relato realmente familiar que podríamos haber visto en una cobertura televisiva ayer mismo. Sin tiovivos ni caravanas, bien pudiera ser, pero con la ambición del dólar (o el euro) patentemente presente. El gran carnaval probablemente sea junto a Perdición el film más oscuro de su carrera, pero a diferencia de la cinta de cine negro, el realismo del "todo vale" periodístico y del ambicioso Tatum resulta más temible y oneroso. 


Billy Wilder reunió en El gran carnaval a varios secundarios poco conocidos o recordados hoy en día pero bastante efectivos, como Ray Teal (el corrupto sheriff del lugar), quien años más tarde se convertiría en un tipo popular gracias a Bonanza, o Jan Sterling, la esposa del pobre Leo, estupenda también como la reina de corazones en el agujero de Gallup, quien ve en Tatum su propio pasaporte hacia un sitio mejor. Pero evidentemente El gran carnaval es la película de Kirk Douglas, en uno de sus papeles definitivos. Contemplamos su auge y caída (ese desplome audazmente rodado por Wilder, casi à la Hitchock) y en el proceso Douglas no deja de maravillarnos de principio a fin. Primero es el periodista urbanita y descarado, irónico, borrachín y aprovechado, que casi cae simpático; luego le vemos como el terrible manipulador y el cínico inhumano, para acabar contemplándole como una sombra de sí mismo víctima de su propio juego. No creo que pueda describirse algo así, lo mejor es verle en acción.

Como casi siempre, el último párrafo lo reservo para conminarles a que vean esta maravilla. Pero esta vez cerraré el artículo con unas palabras de Wilder, por aquello de que quizás la realidad siempre supere a la ficción: "Justo frente a mí alguien fue atropellado por un auto. Un fotógrafo sale de repente de ninguna parte. Dije: 'Tenemos que ayudarlo'. Y el fotógrafo me respondió: 'Ayúdelo usted. Yo tengo que conseguir una foto'. Y el tipo se fue. Quizá no fui lo suficientemente cínico cuando hice Ace in the Hole".