martes, 21 de abril de 2015

martes, 7 de abril de 2015

Entretenimiento completo

Si no quieres que un hombre se sienta políticamente desgraciado, no le enseñes dos aspectos de una misma cuestión, para preocuparle; enséñale sólo uno o, mejor aún, no le des ninguno. Fahrenheit 451, Ray Bradbury.

jueves, 26 de febrero de 2015

El gran carnaval (1951)

Bad news sells best. Chuck Tatum

Podía, y de hecho fue, figura heroica o héroe trágico, o una fusión de ambas, pero, ¿hubo un canalla mejor en la gran pantalla que Kirk Douglas? No deja de ser curioso que su hijo Michael heredara un poco de ese aura predispuesta a encarnar al mal. Pero sí, no cabe duda de que cuando Kirk era bueno, era muy bueno, pero cuando era malo, era mejor. Y su cínico Charles Tatum de Ace in the Hole (aquí, El gran carnaval) si no se encuentra en el número uno de sus muchos hideputas, desde luego se le acerca mucho. Porque más que de un carnaval, de lo aquí se trata (según nuestra expresión idiomática española) es de un circo, el circo mediático llevado al extremo para servir intereses personales, más allá del mero hecho de informar. Un tipo atrapado en una cueva es más que una noticia; es una oportunidad. ¿Les suena? Quizás Tatum se equivocaba (en parte, pues también llevaba gran parte de razón) en aquello del elemento humano, que una víctima de la desdicha es mejor que veinte. No sé si unos pobres mineros atrapados allá en Chile desmentirían el axioma. Pero aquello del circo... Ahora les suena más, ¿verdad? No, no creo que estrictamente Billy Wilder se adelantara a su tiempo. Porque el periodismo escuálido (de escualo, o pez selacio, seguro que tienen en mente el mismo ejemplar que tengo yo) que ávidamente busca la siguiente carnaza ya existía desde que la noble tarea de informar de las cosas se convirtió en negocio. Pero respecto a la magnitud de la repercusión mediática, la amplitud del foco sobre ese elemento humano, sí podemos considerar a El gran carnaval como un film adelantado a su tiempo. Aunque por supuesto dudo que Wilder llegara siquiera a poder imaginar lo que habría de venir con el satélite, el cable, los mil y un canales y la feroz competencia por la audiencia y las ventas.En 1951 todo era más artesanal, y quizás todo lo que hacía falta para levantar el circo era un avispado Charles Tatum. Hoy no hace falta un talento especial; basta con seguir las órdenes de arriba.

Con El crepúsculo de los dioses la relación entre Billy Wilder y Charles Brackett había alcanzado su cénit, tanto en lo artístico como en lo personal. Realmente fue esto último lo que llevó a la disolución del combo creativo que había firmado los guiones de algunos de los mejores films que se habían rodado en los años 40. Wilder y Brackett eran demasiado diferentes, y su visión de lo que querían hacer y contar era cada vez más opuesta. Con el gran éxito comercial de El crepúsculo de los dioses Wilder decidió que el momento era el apropiado para pedir seguir adelante por su cuenta. Además, ese éxito le daba carta blanca para hacer prácticamente lo que quisiera. Y lo que hizo fue un film oscuro e hiriente que sorprendió a propios y extraños; a su lado El crepúsculo de los dioses podría parecer un episodio feliz de La casa de la pradera.

De todas maneras esta nueva aventura Wilder no estaría solo. Se alió con otros dos guionistas, Walter Newman (que poco después escribiría para Preminger en El hombre del brazo de oro) y Lesser Samuels, quien, como el propio Wilder, era un ex-periodista que conocía bastante bien lo que ocurría en el mundillo de los gacetilleros. De hecho la inspiración para el film fue un caso real (que el propio Tatum se encarga de mencionar), el de un tal Floyd Collins, que en 1925 pasó dieciocho días atrapado en una cueva, tragedia con toque humano que atrajo una enorme atención mediática y otorgó un premio Pulitzer al periodista que estuvo allí para apuntarse el tanto. Como ven, en estas cosas lo que ha cambiado es la intensidad, pero el fondo del concepto ha permanecido más o menos invariable a lo largo de las décadas. Cuando el joven Newman le ofreció a Wilder llevar de alguna forma esa historia a la gran pantalla, sobre la que ya tenía un guión preliminar, el avispado austriaco no se lo pensó dos veces. Era un diamante en bruto que sólo había que pulir.

Chuck Tatum, menudo personaje. Evidentemente en el film todo gira en torno a él. Un periodista vividor y sin escrúpulos a quien ningún gran periódico quiere ya. Atrapado en una modesta gaceta de Alburquerque, languideciendo en un pequeño lugar donde nunca pasa nada, de repente un día, dirigiéndose a cubrir otro evento rutinario, se entera de que un hombre ha quedado atrapado en una caverna mientras recogía reliquias indias que poder vender en su pequeño almacén. Por fin, he ahí la gran noticia, la tragedia que bien explotada puede sacarle de ese agujero tedioso que es Alburquerque. Un clavo saca a otro clavo. Un as en un agujero saca a otro as en un agujero. Tatum defiende el viejo axioma periodístico de que sólo informa, sólo ofrece lo que el público quiere. Pero como en tantas otras ocasiones veremos que la noticia es tan maleable como el oro en manos de un alquimista de la realidad, un reportero sin escrúpulos, para quien el drama es sólo un gran titular, y la agonía un día más de buenas ventas. Al fin y a la postre Tatum no es sino el octavo y rapaz catártido en la Colina de los Siete Buitres. Tan sólo resta saber si podrá seguir domando la fiera circense en que ha convertido la noticia del hombre atrapado a las afueras de Gallup.

En El gran carnaval las tintas no iban dirigidas sólo contra el periodismo sensacionalista. Wilder reconoció que también tenía en su mira al público que lo hacía posible. A la gente que conduce un coche y cuando pasa junto a un accidente reduce la velocidad, o cuando un suicida se sube a la cornisa alza la vista y espera acontecimientos. A aquellos que mientras un ser humano se debate entre la vida y la muerte atrapado en un oscuro agujero, se apelotonan frente al micrófono para poder afirmar "yo lo vi todo" o "yo fui el primero en llegar". A aquellos, en definitiva, que hacen posible que Tatum se convierta en el foco de atención, y no Leo Minosa, el infortunado buscador de reliquias indias. Retratar de forma tan cruda las miserias humanas, con personas morbosas acampando con sus caravanas a las afueras de la tragedia, comprando souvenirs o montando en tiovivo, era un paso arriesgado. La audiencia, en la oscuridad del cine, podía identificarse sin demasiado problema con cualquier detalle del esperpento humano en que se convierten los curiosos que poco a poco van abarrotando la colina. Tiempo después fueron muchos, Wilder entre ellos, quienes atribuyeron gran parte del fracaso de El gran carnaval al hecho de que al público no le gustó una historia tan oscura, ni contemplarse en un reflejo tan poco favorecedor. Como dijo el propio director, "Nadie quería gastarse cinco dólares para enterarse en el cine de que era un tipo miserable".

El gran carnaval tal vez no gustara al público de la época (ni a los críticos, que tampoco parece que encajaran muy bien el retrato que se hacía de la profesión periodística), pero hoy en día es un clásico indiscutible que no ha perdido ni un ápice de calidad, ni de vigencia, pues ofrece un relato realmente familiar que podríamos haber visto en una cobertura televisiva ayer mismo. Sin tiovivos ni caravanas, bien pudiera ser, pero con la ambición del dólar (o el euro) patentemente presente. El gran carnaval probablemente sea junto a Perdición el film más oscuro de su carrera, pero a diferencia de la cinta de cine negro, el realismo del "todo vale" periodístico y del ambicioso Tatum resulta más temible y oneroso. 


Billy Wilder reunió en El gran carnaval a varios secundarios poco conocidos o recordados hoy en día pero bastante efectivos, como Ray Teal (el corrupto sheriff del lugar), quien años más tarde se convertiría en un tipo popular gracias a Bonanza, o Jan Sterling, la esposa del pobre Leo, estupenda también como la reina de corazones en el agujero de Gallup, quien ve en Tatum su propio pasaporte hacia un sitio mejor. Pero evidentemente El gran carnaval es la película de Kirk Douglas, en uno de sus papeles definitivos. Contemplamos su auge y caída (ese desplome audazmente rodado por Wilder, casi à la Hitchock) y en el proceso Douglas no deja de maravillarnos de principio a fin. Primero es el periodista urbanita y descarado, irónico, borrachín y aprovechado, que casi cae simpático; luego le vemos como el terrible manipulador y el cínico inhumano, para acabar contemplándole como una sombra de sí mismo víctima de su propio juego. No creo que pueda describirse algo así, lo mejor es verle en acción.

Como casi siempre, el último párrafo lo reservo para conminarles a que vean esta maravilla. Pero esta vez cerraré el artículo con unas palabras de Wilder, por aquello de que quizás la realidad siempre supere a la ficción: "Justo frente a mí alguien fue atropellado por un auto. Un fotógrafo sale de repente de ninguna parte. Dije: 'Tenemos que ayudarlo'. Y el fotógrafo me respondió: 'Ayúdelo usted. Yo tengo que conseguir una foto'. Y el tipo se fue. Quizá no fui lo suficientemente cínico cuando hice Ace in the Hole".

domingo, 8 de febrero de 2015

Danielle Sharp

Mmm me gusta su estilo (o estilismo, no sé). ¿Será cosa de trabajo o de gustos? Si alguien tiene su teléfono que se lo pregunte. O mejor, si alguien lo tiene que me lo deje y ya le pregunto yo. Soy la de escuela de Woodward y Bernstein, me gusta acudirr a las fuentes. Es más profesional.