jueves, 26 de febrero de 2015

El gran carnaval (1951)

Bad news sells best. Chuck Tatum

Podía, y de hecho fue, figura heroica o héroe trágico, o una fusión de ambas, pero, ¿hubo un canalla mejor en la gran pantalla que Kirk Douglas? No deja de ser curioso que su hijo Michael heredara un poco de ese aura predispuesta a encarnar al mal. Pero sí, no cabe duda de que cuando Kirk era bueno, era muy bueno, pero cuando era malo, era mejor. Y su cínico Charles Tatum de Ace in the Hole (aquí, El gran carnaval) si no se encuentra en el número uno de sus muchos hideputas, desde luego se le acerca mucho. Porque más que de un carnaval, de lo aquí se trata (según nuestra expresión idiomática española) es de un circo, el circo mediático llevado al extremo para servir intereses personales, más allá del mero hecho de informar. Un tipo atrapado en una cueva es más que una noticia; es una oportunidad. ¿Les suena? Quizás Tatum se equivocaba (en parte, pues también llevaba gran parte de razón) en aquello del elemento humano, que una víctima de la desdicha es mejor que veinte. No sé si unos pobres mineros atrapados allá en Chile desmentirían el axioma. Pero aquello del circo... Ahora les suena más, ¿verdad? No, no creo que estrictamente Billy Wilder se adelantara a su tiempo. Porque el periodismo escuálido (de escualo, o pez selacio, seguro que tienen en mente el mismo ejemplar que tengo yo) que ávidamente busca la siguiente carnaza ya existía desde que la noble tarea de informar de las cosas se convirtió en negocio. Pero respecto a la magnitud de la repercusión mediática, la amplitud del foco sobre ese elemento humano, sí podemos considerar a El gran carnaval como un film adelantado a su tiempo. Aunque por supuesto dudo que Wilder llegara siquiera a poder imaginar lo que habría de venir con el satélite, el cable, los mil y un canales y la feroz competencia por la audiencia y las ventas.En 1951 todo era más artesanal, y quizás todo lo que hacía falta para levantar el circo era un avispado Charles Tatum. Hoy no hace falta un talento especial; basta con seguir las órdenes de arriba.

Con El crepúsculo de los dioses la relación entre Billy Wilder y Charles Brackett había alcanzado su cénit, tanto en lo artístico como en lo personal. Realmente fue esto último lo que llevó a la disolución del combo creativo que había firmado los guiones de algunos de los mejores films que se habían rodado en los años 40. Wilder y Brackett eran demasiado diferentes, y su visión de lo que querían hacer y contar era cada vez más opuesta. Con el gran éxito comercial de El crepúsculo de los dioses Wilder decidió que el momento era el apropiado para pedir seguir adelante por su cuenta. Además, ese éxito le daba carta blanca para hacer prácticamente lo que quisiera. Y lo que hizo fue un film oscuro e hiriente que sorprendió a propios y extraños; a su lado El crepúsculo de los dioses podría parecer un episodio feliz de La casa de la pradera.

De todas maneras esta nueva aventura Wilder no estaría solo. Se alió con otros dos guionistas, Walter Newman (que poco después escribiría para Preminger en El hombre del brazo de oro) y Lesser Samuels, quien, como el propio Wilder, era un ex-periodista que conocía bastante bien lo que ocurría en el mundillo de los gacetilleros. De hecho la inspiración para el film fue un caso real (que el propio Tatum se encarga de mencionar), el de un tal Floyd Collins, que en 1925 pasó dieciocho días atrapado en una cueva, tragedia con toque humano que atrajo una enorme atención mediática y otorgó un premio Pulitzer al periodista que estuvo allí para apuntarse el tanto. Como ven, en estas cosas lo que ha cambiado es la intensidad, pero el fondo del concepto ha permanecido más o menos invariable a lo largo de las décadas. Cuando el joven Newman le ofreció a Wilder llevar de alguna forma esa historia a la gran pantalla, sobre la que ya tenía un guión preliminar, el avispado austriaco no se lo pensó dos veces. Era un diamante en bruto que sólo había que pulir.

Chuck Tatum, menudo personaje. Evidentemente en el film todo gira en torno a él. Un periodista vividor y sin escrúpulos a quien ningún gran periódico quiere ya. Atrapado en una modesta gaceta de Alburquerque, languideciendo en un pequeño lugar donde nunca pasa nada, de repente un día, dirigiéndose a cubrir otro evento rutinario, se entera de que un hombre ha quedado atrapado en una caverna mientras recogía reliquias indias que poder vender en su pequeño almacén. Por fin, he ahí la gran noticia, la tragedia que bien explotada puede sacarle de ese agujero tedioso que es Alburquerque. Un clavo saca a otro clavo. Un as en un agujero saca a otro as en un agujero. Tatum defiende el viejo axioma periodístico de que sólo informa, sólo ofrece lo que el público quiere. Pero como en tantas otras ocasiones veremos que la noticia es tan maleable como el oro en manos de un alquimista de la realidad, un reportero sin escrúpulos, para quien el drama es sólo un gran titular, y la agonía un día más de buenas ventas. Al fin y a la postre Tatum no es sino el octavo y rapaz catártido en la Colina de los Siete Buitres. Tan sólo resta saber si podrá seguir domando la fiera circense en que ha convertido la noticia del hombre atrapado a las afueras de Gallup.

En El gran carnaval las tintas no iban dirigidas sólo contra el periodismo sensacionalista. Wilder reconoció que también tenía en su mira al público que lo hacía posible. A la gente que conduce un coche y cuando pasa junto a un accidente reduce la velocidad, o cuando un suicida se sube a la cornisa alza la vista y espera acontecimientos. A aquellos que mientras un ser humano se debate entre la vida y la muerte atrapado en un oscuro agujero, se apelotonan frente al micrófono para poder afirmar "yo lo vi todo" o "yo fui el primero en llegar". A aquellos, en definitiva, que hacen posible que Tatum se convierta en el foco de atención, y no Leo Minosa, el infortunado buscador de reliquias indias. Retratar de forma tan cruda las miserias humanas, con personas morbosas acampando con sus caravanas a las afueras de la tragedia, comprando souvenirs o montando en tiovivo, era un paso arriesgado. La audiencia, en la oscuridad del cine, podía identificarse sin demasiado problema con cualquier detalle del esperpento humano en que se convierten los curiosos que poco a poco van abarrotando la colina. Tiempo después fueron muchos, Wilder entre ellos, quienes atribuyeron gran parte del fracaso de El gran carnaval al hecho de que al público no le gustó una historia tan oscura, ni contemplarse en un reflejo tan poco favorecedor. Como dijo el propio director, "Nadie quería gastarse cinco dólares para enterarse en el cine de que era un tipo miserable".

El gran carnaval tal vez no gustara al público de la época (ni a los críticos, que tampoco parece que encajaran muy bien el retrato que se hacía de la profesión periodística), pero hoy en día es un clásico indiscutible que no ha perdido ni un ápice de calidad, ni de vigencia, pues ofrece un relato realmente familiar que podríamos haber visto en una cobertura televisiva ayer mismo. Sin tiovivos ni caravanas, bien pudiera ser, pero con la ambición del dólar (o el euro) patentemente presente. El gran carnaval probablemente sea junto a Perdición el film más oscuro de su carrera, pero a diferencia de la cinta de cine negro, el realismo del "todo vale" periodístico y del ambicioso Tatum resulta más temible y oneroso. 


Billy Wilder reunió en El gran carnaval a varios secundarios poco conocidos o recordados hoy en día pero bastante efectivos, como Ray Teal (el corrupto sheriff del lugar), quien años más tarde se convertiría en un tipo popular gracias a Bonanza, o Jan Sterling, la esposa del pobre Leo, estupenda también como la reina de corazones en el agujero de Gallup, quien ve en Tatum su propio pasaporte hacia un sitio mejor. Pero evidentemente El gran carnaval es la película de Kirk Douglas, en uno de sus papeles definitivos. Contemplamos su auge y caída (ese desplome audazmente rodado por Wilder, casi à la Hitchock) y en el proceso Douglas no deja de maravillarnos de principio a fin. Primero es el periodista urbanita y descarado, irónico, borrachín y aprovechado, que casi cae simpático; luego le vemos como el terrible manipulador y el cínico inhumano, para acabar contemplándole como una sombra de sí mismo víctima de su propio juego. No creo que pueda describirse algo así, lo mejor es verle en acción.

Como casi siempre, el último párrafo lo reservo para conminarles a que vean esta maravilla. Pero esta vez cerraré el artículo con unas palabras de Wilder, por aquello de que quizás la realidad siempre supere a la ficción: "Justo frente a mí alguien fue atropellado por un auto. Un fotógrafo sale de repente de ninguna parte. Dije: 'Tenemos que ayudarlo'. Y el fotógrafo me respondió: 'Ayúdelo usted. Yo tengo que conseguir una foto'. Y el tipo se fue. Quizá no fui lo suficientemente cínico cuando hice Ace in the Hole".

domingo, 8 de febrero de 2015

Danielle Sharp

Mmm me gusta su estilo (o estilismo, no sé). ¿Será cosa de trabajo o de gustos? Si alguien tiene su teléfono que se lo pregunte. O mejor, si alguien lo tiene que me lo deje y ya le pregunto yo. Soy la de escuela de Woodward y Bernstein, me gusta acudirr a las fuentes. Es más profesional.


viernes, 6 de febrero de 2015

Corazones de acero (2014)

Diríase que siendo el nombre de un tanque, y como en ocasiones dejan en inglés títulos largos que a lo mejor no todo el mundo entiende, en esta ocasión habría tenido su lógica conservar el nombre original, pero no, Fury aquí ha sido renombrada con el originalísimo título de Corazones de acero, aunque busqué a Michael J. Fox y no lo encontré. Supongo que acabarán la trilogía con Corazones de adamantium o algo así. Bueno, disquisiciones sobre el lisérgico mundo de las traducciones fílmicas en nuestro país aparte, Fury ha sido la última sensación en cine bélico venida de Hollywood. Y la verdad es que como sensación es bastante buena. No es perfecta ni un clásico atemporal instantáneo, pero reconcilia al género con una calidad que los últimos grandes lanzamientos no siempre han tenido. Y porque Brad Pitt ha estado metido en el ajo, que si no creo que el film habría pasado mucho más desapercibido. Los fans del género pueden estar de enhorabuena; esto no es Pearl Harbor.

En Corazones de acero nos encontramos durante las postrimerías de la Segunda Guerra Mundial en suelo europeo con una unidad de tanques del ejército norteamericano comandada por "Wardaddy", un a todas luces fogueado sargento (por su edad y cantidad de cicatrices podría haber combatido en la Gran Guerra) y su tripulación de veteranos, que milagrosamente ha permanecido unida e intacta desde las primeras intervenciones aliadas en África. Tras otro sangriento y devastador combate la unidad y el tanque (apodado "Fury") han sido los últimos supervivientes de su batallón, pero esta vez han perdido a uno del grupo, el artillero auxiliar. Su sustituto es un recluta inexperto que de algún modo ha acabado destinado en primera línea de fuego y no parapetado tras una máquina de escribir, como debería haber sido según su formación. Evidentemente los duros veteranos del "Fury" no le ofrecen una cálida bienvenida. Corazones de acero relata la dura conversión del inocente recluta en soldado de combate, y la heroica resistencia del "Fury" en un último envite, sus particulares Termopilas, aunque aquí los 300 son parte de una compañía de infantería de las Waffen SS (las tropas más odiadas por los soldados aliados; pocos prisioneros se hacen de entre sus filas) que la dotación del tanque deberá frenar tanto tiempo como sea posible.

Corazones de acero ha sido escrita y dirigida por David Aye, cuyo trabajo desconozco (salvo el guión de Training Day), aunque hasta el momento parecía especializarse en historias urbanas y policiales. Lo primero que podríamos destacar del film es su afán de realismo (al parecer el equipo de producción se recorrió varios museos para sacar a la calle algunos Sherman e incluso un Tiger), quizás no hasta el mínimo detalle, pero dudo que nadie que sea un especialista note si esto o aquello es un anacronismo o no. Otra de sus grandes virtudes son los combates y las escenas de acción, algo para lo que sin duda Aye demuestra tener buenas aptitudes. Además la luminosidad de las balas trazadoras ayuda a dar colorido a todo el asunto; en algún momento no me habría extrañado ver a algún stormtrooper de Star Wars perdido por ahí (y esto no es una crítica al realismo del film, sino más bien una ligera impresión artística). La película no escatima en detalles escabrosos, sobretodo al principio del film, cuando el recluta Norman se encuentra con pedacitos de su antecesor en el puesto por todo el tanque. Curiosamente más tarde un compañero se comerá toda la deflagración de una granada alemana y saldrá bastante incólume del asunto. Claro que tampoco sé a ciencia cierta el efecto a quemarropa de las granadas de mano alemanas en un cuerpo humano; igual ésa la fabricó un judío de Schlinder. Bueno, bromas aparte, los combates de Corazones de acero molan bastante.

Si Salvar al soldado Ryan rescataba la épica de las grandes superproducciones bélicas de los 60 y 70, pero con más realismo, Corazones de acero rescata el cinismo de esa inexistente gloria que el poeta Horacio quiso inmortalizar hace ya mucho (el pro patria mori, ya saben), y que seguramente muy pocos veteranos de cualquier guerra que puedan tener en mente comparten. Salvando las muy perentorias distancias, esta película podría ser aquella La cruz de hierro de Peckinpah en el siglo XXI; ambas creo que tratan de ofrecer a su manera un mismo mensaje, bastante opuesto al del amigo Horacio, pero evidentemente Corazones de acero no tiene ni la mala leche ni el acabado del viejo clásico de los 70. Con todo, es muy de agradecer la intención de no convertir esta historia en una lucha de buenos y malos (quizás con la excepción de las Waffen SS, obviamente deshumanizados en comparación con el prisionero regular de la Wehrmacht, para mantener quizá el punto de vista de los personajes principales), sino simplemente en la unos hombres que algún día fueron como Norman, pero que en aras de la propia supervivencia se han convertido en máquinas de matar, y no sólo en el fragor del combate. Si la situación lo requería, por el motivo que fuera, seguro que más de un prisionero desarmado se habrán llevado por delante. Y si era de las SS la duda ofende.

En el retrato de los veteranos de la unidad nos encontramos ciertamente con tipos duros, pero como iremos viendo el miedo, el dolor, los sentimientos en general, siguen ahí, pero atrapados tras un obligado muro de insensibilidad (más o menos aparente) que probablemente todo soldado ha de levantar si quiere sobrevivir. La más que rápida evolución de Norman no sé como será de realista, pero en la primera línea de combate de una guerra dudo que puedas permanecer mucho tiempo con melindres y cuestiones éticas si quieres salvar tu pellejo. O matas o te matan; y es esa perversa y ancestral regla no escrita la que al fin y al cabo hace perdurar en el tiempo ese terrible aspecto de nuestra raza. Quizás en este sentido el personaje más "Rambo" de todos sea el Wardaddy de Pitt, seguramente porque ha vivido y matado más que el resto. Con todo veremos que conserva una cierta ética (algo distorsionada para civiles como nosotros, pero visos de ética tiene), como se comprobará en la secuencia con las mujeres alemanas. Y como cualquier buen líder de soldados, combinará una estricta dureza con una honesta preocupación por sus hombres.

Por lo demás, no profundizaré en anécdotas del rodaje, aunque hay unas cuantas porque Aye montó unas condiciones de rodaje rozando lo paramilitar, con los actores dándose sopapos antes de rodar "para entrar en calor" (y al parecer ellos encantados), y Shia LaBeouf se dedicó a hacerse cortes de verdad y quitarse un diente (?) para meterse más en el personaje, quizás por aquello de que la polémica cuarta entrega de Indiana Jones y la saga Transformers no ayuden a que la gente te tome en serio como actor. En fin no sé si será publicidad o no, pero la verdad es que por lo general todos los actores están bastante correctos, destacando en algunas ocasiones.

Así que Corazones de acero me parece recomendable, especialmente para fans del género bélico. No sé si el film ofrecerá bastantes alicientes para quien no guste de las pelis de guerras. De todas formas todo este asunto de unidades de tanques, Tigers contra Sherman y demás me resulta muy estupendo. Ojalá la HBO o alguna otra cadena nos contara los trasiegos de una unidad de tanques yanqui, desde las arenas de África hasta el suelo alemán. En plan Band of Brothers, ya saben. Porque los tanques molan, así como los dinosaurios. Por lo tanto cualquier historia sobre tanques o dinosaurios mola. Cualquier chaval de bien conoce esta gran verdad.

jueves, 5 de febrero de 2015

martes, 3 de febrero de 2015

El Dorado (1966)

Creo que para bien o para mal, Rio Bravo había marcado el cénit de Howard Hawks, el director todoterreno que había hecho de los diálogos una pista en Indianápolis. El Hollywood clásico estaba llegando a su fin y nuevas generaciones de directores e intérpretes iban desplazando a los anteriores. Los gustos del público ya no eran los mismos y muchos autores veteranos trataban de encontrar su sitio en aquel negocio cambiante. El Dorado habría de ser el penúltimo film de Hawks. Un director que como muchos otros veteranos trataba de seguir encajando en una industria donde vales tanto como lo que haya recaudado tu último film.

Los estudiosos de la obra de Hawks parecen coincidir en que fue esa idea del "tanto recaudas, tanto vales" lo que llevó al director a volver a terrenos comercial y artísticamente más seguros. Suele decirse que El Dorado no es sino un remedo de Rio Bravo, y desde luego similitudes en la trama y los personajes no faltan. Leigh Brackett, guionista con el que Hawks colaboró en más de una ocasión, y que había trabajado en Rio Bravo, parecía más que consciente de que volvía a pisar terreno ya hollado cuando el director le mostró el tratamiento de El Dorado. En realidad Hawks nunca negaría que había decidido retomar elementos de su gran éxito, aunque las razones no las llegó a exponer. Se suele señalar al fracaso en taquilla de sus producciones anteriores, Su juego favorito y Peligro línea... 7000, como la razón por la que se decidió a rescatar lo que tan bien le había funcionado en Rio Bravo. En un principio su nuevo western había de ser algo más crepuscular, quizás más en sintonía con la novela de Harry Brown que oficialmente adaptaba. Algo más en la línea de la única secuencia en el film que sigue más fielmente la novela, aquella en la que Thornton abate al hijo de los McDonald. La clara evolución del film a partir de ese momento hacia un western de acción mezclado con alta dosis de comedia parecería confirmar el hecho de que a mitad de camino decidió abandonar sus pretensiones artísticas y hacer una película más comercial. Según Hawks, esto no era sino una manera de no vender al público que estaba viendo una comedia.

Quizás El Dorado no pueda competir con Rio Bravo, pero se trata de un estupendo western en el que Hawks abría más la mano (tanto a la comedia como a la violencia) y en el que se dedicó a intercambiar roles entre los arquetipos de Rio Bravo; si en esta el sheriff había sido el que ayudaba a un alcóholico, ahora era él quien necesitaba dejar de beber; si antes había un joven pistolero, ahora había un joven que no sabía disparar, etc. En realidad poco importa: los buenos son buenos y los malos son malos, hay un secundario simpático, tiroteos y algunos buenos diálogos, que para eso se trata de un film de Howard Hawks.

Por supuesto uno de los mayores alicientes de El Dorado es disfrutar con el mano a mano que se trae el dúo protagonista, John Wayne y Robert Mitchum. Ambos hacen gala de esa camaredería masculina entre tipos duros pero con su orgullo que tantas veces hemos visto en esta clase de viejos westerns. Creo que en este aspecto al menos se respira más química que entre el dúo protagonista de Rio Bravo (aunque este film se presta más a ello, y Dean Martin estuvo fantástico, que conste). El joven protagonista fue en esta ocasión un James Caan que acababa de obtener su primer gran papel precisamente de la mano de Hawks. Todos sabemos (o al menos deberían saberlo) de la buena madera que está hecho Caan, y que saliera airoso de vérselas con dos colosos carismáticos como Wayne y Mitchum ya dice mucho de su buen hacer. En el apartado malvado hay que citar a un correcto Edward Asner (¡el inigualable Lou Grant!) y sobretodo a un Christopher George como el pistolero profesional de cara rasgada en uno de esos papeles que por desgracia para él no se iban a repetir mucho; no tuvo la suerte de Leslie Nielsen, con quien compartió escenas en la extraña peli de desastres El día de los animales, y el pobre acabó haciendo de villano en La justicia del ninja. Pero ésa es otra historia. Más bien sería interesante reseñar que pocas cosas hay en esta vida que sean más sexy que una cowgirl, y en ese aspecto Michele Carey está aquí estupenda, un personaje femenino echado para alante como es habitual encontrar en la filmografía de Hawks.

La verdad es que quien disfrute con Rio Bravo ha de disfrutar forzosamente con El Dorado creo yo, aunque ésta tenga un tono más ligero, a veces incluso afectado (eso que los anglosajones llaman "campy"). Con todo creo que el humor bonachón es por lo general disfrutable, así como los tiroteos. Además, pueden observar el constante cambio de muleta de una pierna a otra del bueno de Mitchum, que se confundió tantas veces a lo largo del rodaje que al final Wayne decidió incluir ese detalle en la trama para delicia de Hawks; para compensarlo Mitchum casi se fabricó una escena en una bañera donde dio rienda suelta a su vis cómica. No digo que ese tonillo desenfadado vaya a saciar a todos los paladares, pero los admiradores de todos los mencionados anteriormente deberían ver este film tarde o temprano. Yo hasta la pondría en programa doble, justo con La justicia del ninja, por si alguna vez lamentó haber acabado en el funcionariado o en una fábrica de cajas y fantaseó en su juventud con ser actor hollywoodiense.

domingo, 1 de febrero de 2015

2000

Con la de ayer ya son 2000 las entradas publicadas en este blog. Y aunque sea a trompicones, el viaje continúa...

sábado, 31 de enero de 2015

Drugstore Cowboy (1989)

¿Recordáis aquella época en que parecía que Gus Van Sant iba a dominar el mundo? Al menos el mundo indie. La verdad es que los 90 estaban llamados a ser su década, como lo iba a ser para los grupos de Seattle. A mí al menos me resulta difícil no relacionar a unos y otros, a aquella nueva hornada de directores cinematográficas y bandas, que tenían en común ese espíritu de mantenerse fieles a su propio concepto de las cosas, concepto que se alejaba irremediablemente de los más postizos 80. De haberla rodado cinco años antes no sé que hubiera pasado, pero en 1989 desde luego ya había un público demandando nuevas emociones, y Drugstore Cowboy sorprendió a todo el mundo (aunque quizás sin tanta repercusión como la otra gran sorpresa de aquel año, Sexo, mentiras y cintas de vídeo), no sé si por su calidad o por tratarse de una cinta independiente que sin traicionar su identidad indie podía satisfacer a un público bastante amplio. En la década que había de venir dicho género, el indie, iba a crecer y popularizarse tanto en cine como en música. Fueron los grandes años de Sundance, un Cannes más grunge de lo normal y tal, y Miramax, que no tardó en ser engullida por Disney. Para muchos ahora todo aquello ha seguido el camino de Miramax, y no faltan los que reprochan a Robert Redford y su festival ser tan independientes ahora como el león de la Metro.

Nick Weschler (productor ejecutivo de la cacareada Sexo, mentiras y cintas de vídeo) y Karen Murphy (This Is Spinal Tap) unieron fuerzas junto a Cary Brokaw, productor ejecutivo que no era ajeno al mundillo de los nuevos talentos (había financiado a nuevas promesas como Jim Jarmusch o Wayne Wang) para sacar adelante el proyecto de uno de los nombres que más fuerte venían sonando en la escena underground de Los Ángeles, el de Gus Van Sant. El vehículo en cuestión era Drugstore Cowboy, la autobiografía de un ratero drogadicto especializado en atracos a farmacias, y que andaba cumpliendo unos años a la sombra. El libro todavía no estaba publicado, pero había llegado a las manos de Van Sant y éste estaba dispuesto a rodarla fuese como fuese.

La verdad es que Drugstore Cowboy, cuya trama está ambientada en los 70, retomaba un poco las hechuras del cine de aquella época, aunque remozadas para los nuevos tiempos, con unas escenas oníricas que tenían más que ver con el videoclip musical (el buen videoclip musical se entiende, al que el propio Van Sant haría alguna contribución poco después) que con la psicodelia hippie. Sea como fuera no cabe duda de que en su día al menos la película resultó enormemente refrescante. Su historia destilaba el extraño encanto que encontramos en el realismo destilado por el connoisseur, y aunque tampoco se trate de un retrato documentalista de la vida de un adicto, se alejaba de los muchos manierismos que Hollywood había creado sobre el tema. Y seguramente gran parte de ese mérito, si no todo, se lo debemos a un Matt Dillon en estado de gracia.

Desde luego a Dillon este papel le cayó como llovido del cielo. Tras ser encumbrado como nuevo talento adolescente de la mano de Coppola a principios de los 80, su carrera transcurría algo erráticamente (dudo que mucha gente recuerde Kansas, dos hombres, dos caminos), y cuando fue elegido para interpretar al drogadicto Bob, no dudó en poner toda la carne en el asador. Reclutó a un amigo ex-yonqui y juntos recorrieron los peores barrios de Nueva York, en los que con su colega como guía le fue introduciendo a las distintas drogas y sus efectos, mientras le comentaba que aquel iba puesto de tal cosa y aquel otro de tal otra. Hasta William Burroughs, quien desde luego no necesitaba a ningún ex-yonqui para saber de lo que estaba hablando, alabó la interpretación de Dillon. Y ya que citamos al mítico escritor, recordar que Burroughs no dudó en interpretar un pequeño papel en el film, fabricándose muchas de sus propias frases. Desde luego yo de haber sido Van Sant dudo que me hubiera atrevido a negarle ese capricho al viejo gurú dopamínico. Pero hablando de Dillon, Drugstore Cowboy no sólo reflotó su carrera, enfilándolo para ser una de las grandes estrellas de los 90, nos recordó también lo excelente actor que era y es. Quizás por todo esto Drugstore Cowboy siga siendo el film favorito de su carrera.

Dillon fue estupendamente rodeado de otros intérpretes como Kelly Lynch, una de las bellezas definitivas de aquellos días, y que pasó de aparecer en De profesión: duro (impagable título, y todavía más impagable contenido) a convertirse en nueva reina indie, James Le Gros (gracias a esta cinta también tuvo su racha a principios de los 90, pero ahora hay que buscarle en Google) y la explosiva Heather Graham, deliciosamente encantadora con ese look tan 70s.

Buen guión, excelentes interpretaciones (con un Dillon implacable, claro) y las deliciosidades pictóricas de las que tanto gusta Van Sant, y que tan bien le iban a esta historia. Desde luego para mí decir Gus Van Sant es decir Drugstore Cowboy. Para mí la celebérrima El indomable Will Hunting, sin ser un mal film ni mucho menos, no está a la altura, y nunca acabé de entender los pasos de Last Days y especialmente, ese remake de Hitchcock que no he visto ni veré; hacerlo me parece tan innecesario como cualquier otra revisitación de films que a día de hoy siguen funcionando tan bien como en su día. Quizás cuando vea Mi nombre es Harvey Milk me olvide de que Gus necesitaba una piscina más grande, o algo así.

Descubrí Drugstore Cowboy gracias a un profesor de ética, uno de esos profes sustitutos que van y vienen, y que aquel curso también tuvo la genial idea de volarnos la cabeza con La naranja mecánica. Mucha ética no sé si aprendí, pero cinematográficamente hablando ya le debo dos buenas a ese hombre. Drugstore Cowboy amigos. No se la pierdan.

jueves, 22 de enero de 2015

Buscando a Debra Winger

O creces o te destrozan. Debra Winger

En 1980 Debra Winger dejó sin aliento a Hollywood con su papel en Cowboy de ciudad, y de la noche a la mañana pareció convertirse en la gran dama de Tinseltown. ¿Quién ganaría el próximo asalto, ella o Meryl Streep? Su carrera siguió al alza con el megaéxito Oficial y caballero, y otros títulos de renombre como La fuerza del cariño, La viuda negra o El cielo protector. Hasta la legendaria Bette Davis (que como todos sabemos no iba regalando parabienes en sus declaraciones públicas así como así) tuvo buenas palabras para ella. Sin embargo en 1995 decidió que el nivel de los papeles que le llegaban no era el adecuado y decidió dejar la profesión. Aunque luego ha ido volviendo poco a poco, su nombre pareció quedar como sinónimo de gran estrella que de la noche a la mañana desaparece y nadie parece ya recordarla. La también actriz Rosanna Arquette, intrigada por este hecho, y planteándose el papel de las actrices maduras en la industria actual de Hollywood, la tomó como punto de partida para elaborar un documental que recabara las opiniones de muchas estrellas enfrentadas a un mismo problema: la disminución de papeles o el encorsetamiento en un eterno papel llegadas a cierta edad.

Leí alguna vez (no me pregunten dónde que no me acuerdo) que existían pocos seres más inseguros que una estrella de Hollywood, por lo volátil (además de voraz) que puede ser el trabajo. Como si trabajadores eventuales en Walmart o jardineros mejicanos indocumentados vivieran, paradójicamente, más despreocupados, quizás por el simple hecho de que cuanto más alto llegas, más dura será la caida. El temor a perderlo todo, ser consciente de que en un día eres famoso y al siguiente nadie te recuerda, parece fluir en el subconsciente colectivo del fastuoso Hollywood. Parece haber sido así desde Clark Gable hasta Mel Gibson, y sólo las personalidades más fuertes sobreviven, independientemente de que logren mantener su estatus o no. Y si esto es así para ellos, aún peor es para ellas. Con 35 ya son maduras y a los 45 ya son vejestorios. No cabe duda de que los actores maduros lo tienen más fácil para seguir trabajando.

Ésta es la línea argumental del documental, pero las actrices también tratan otros temas como la conciliación laboral y familiar, las presiones de la industria para ser moldeadas a gusto de la industria (y su relación las operaciones estéticas), diferencia de salarios entre ellos y ellas, y en definitiva todo aquello que tiene más o menos que ver con el machismo imperante en Hollywood. Quizás el principal lastre del documental sea que trate tantos temas en un metraje tan constreñido (realmente el visionado se pasa volando); algo más de metraje y profundidad creo que habrían estado bien. Aun así se vierten muchas opiniones y anécdotas interesantes, y hacia el final de la cinta Jane Fonda nos ofrece una preciosa descripción de la emoción de la interpretación, que en sus propias palabras, es estupenda para el alma y fatal para los nervios.