miércoles, 17 de diciembre de 2014

Mi Tintín Dream Team

Al final Tintín volvió al cine y lo hizo en animación y no en acción real, lo cual seguramente fuera un acierto. Aquellas viejas películas que parecían hechas expreso para inesperados tiempos muertos en el colegio o para el bús que te llevaba de excursión escolar dejaban bastante desear. Con todo, ¿cómo habría sido el reparto de una película de Tintín con actores de renombre? Bueno, ahí va mi pequeño juego mental, aunque, lo reconozco, he hecho algo de trampas con mi fiel máquina del tiempo. Lean si quieren y, si se sienten juguetones, propongan su propio reparto.

Tintín: Sin duda el más difícil. ¿Se habría prestado el hermano de Hergé a meterse en el papel? En fin, quizás el Peter O'Toole de Lawrence de Arabia a lo mejor habría servido. No tiene un toque muy adolescente que digamos, pero bueno, ¡mejor que el polainas de Las naranjas azules seguro que es!
Capitán Haddock: Este lo tenía bastante claro. Tanto por personalidad, talento, carisma, y aficiones en el tiempo libre, mi candidato ideal para interpretar a Haddock sería el gran Oliver Reed, con su barba, sus arranques temperamentales y su whiskey.
Tornasol: Puf, este ha sido todo un quebradero de cabeza. ¿Qué actor podría encajar en el papel del despistado y teniente Tornasol, y que tuviera bastante vis cómica para proporcionar esos momentos de disensión que da el amigo Mariposa en los cómics? Por ejemplo Peter Sellers sería un perfecto ausente y despistado, pero cierto es que también he pensado que Sellers podría en realidad encarnar a él sólo a todos los personajes que aparecen por aquí, así que en cierto modo Sellers está propuesto en todas y cada una de las categorías. Finalmente he decidido tirar por otro camino y pensar en actores que hayan hecho de Trotsky, por eso del parecido entre el científico duro de oído y el temible comunista, y bueno, ya para cerrar el círculo Sellers, ¿por qué no elegir a Geoffrey Rush? ¡Sería curioso verle haciendo de Tornasol!

Hernández y Fernández: ¿Qué tal Sacha Baron Cohen y aquel gendarme de Allo Allo?



Néstor: Éste personaje ha sido un verdadero quebradero de cabeza. He intentado recorrer mentalmente mayordomos famosos en el cine o la televisión pero ninguno me acababa de encajar. Luego quise decidirme por aquel actor español que solía hacer de mayordomo pero no recordaba su nombre. Así que como al fin y éste sería un reparto imposible en el espacio-tiempo al final he recurrido al Charles Laughton de Nobleza obliga. Creo que encaja bastante bien con el tipo de Néstor.
Bianca Castafiore: Con su eterno aire de despiste, glamour y porte aristocrático, Margaret Dumont, la actriz fetiche de las películas de los hermanos Marx, sería una estupenda Castafiore, la cantante de ópera que Haddock no puede soportar, aunque sería más cercana a la cantante de los primeros álbumes que a la insoportable y tiránica diva de Las joyas de la Castafiore.

Rastapopoulos: En un principio me había venido a la cabeza Mariano Peña, no sé muy bien por qué, pero bueno, por aquello de mantener el tono hollywoodiense, ¿quién mejor que Sydney Greenstreet, el villano de El halcón maltés, para meterse en la piel del malvado potentado griego?



Capitán Allan: Para dar vida al gran enemigo de Haddock y mano derecha de Rastapopoulos, el capitán Allan, siempre pienso en Robert Mitchum, al que el malvado Allan me recuerda bastante. Por otro lado también creo que Michael Madsen también podría encajar muy bien en el papel, así que como no acabo de decidirme propongo a los dos, y el que menos caché pida, ¡pues a ése se lo doy!

Profesor Ciclón: La verdad es que si me imagino a Mariano Rajoy con chistera siempre creo ver al profesor Ciclón, el excéntrico y locuelo arqueólogo de Los cigarros del faraón. Aunque como no sé si el político estaría por la labor de hacer payasadas y posar en gayumbos, creo que sería mejor decantarme por John Cleese, quien a parte de llevar ligueros de hombre con mucha dignidad, su vis cómica le iría muy bien al personaje.
Tchang: para interpretar al joven amigo de Tintín en El loto azul y Tintín en el Tíbet, y como no soy muy ducho en actores juveniles asiáticos, sólo me viene a la cabeza Ke Huy Quan, al que todos recordamos por El templo maldito y Los Goonies.
J.W. Dawson: Para interpretar a el corrupto jefe de la policía de la Concesión Internacional en El Loto azul, que luego reaparecería en Stock de Coque, he imaginado que le iría bien un británico elegante que no haya tenido problemas en meterse en el papel del villano de la historia. Así que he pensado que Alan Rickman podría ser un buen candidato para el puesto.
Mitsuhirato: para el gran villano japonés de El loto azul, que en manos de Hergé se convirtió en el arquetipo del nipón malvado y cruel, había pensado que el mejor actor para el papel sería cualquiera de aquellos actores asiáticos (o mejor aún, occidentales maquilaldos) que poblaron las películas patrióticas de Hollywood durante la Segunda Guerra Mundial. Pero como por desgracia no estoy muy versado en villanos estrambóticos de la época, recurro al joven Ryuichi Sakamoto de El último emperador para dar vida al agente secreto de Japón en la convulsa china de El loto azul.

Alonso y Ramón: Como Ramón, el alto de la pareja de villanos de La oreja rota, siempre me recuerda al cómico italiano Ciccio Ingrassia, pues se me antoja que el duo cómico italiano formado por él y Franco Franchi podrían ser unos Alonso y Ramón interesantes.

General Alcázar: Quizás Danny Trejo sería un buen duro general Alcázar, pero cuando pienso en el divertido general calzonazos de Tintín y los pícaros sólo me viene a la cabeza el nombre de Dan Hedaya.


General Tapioca: Apenas terciario en La oreja rota, el gran rival del general Alcázar cobraba más protagonismo en Los pícaros. Y observándole atentamente, no sé, creo que añadiéndole un buen bigote el mítico Telly Savalas podría haber sido un buen General Tapioca.
Ridgewell: Para el papel del explorador inglés perdido que vive entre los Arumbayas en La oreja rota, nadie mejor que un Sean Connery mayor con barba y melenita, al estilo de Medicine Man.
Doctor Müller: Este barbudo enemigo de Tintín se le enfrentaba en La isla negra y En el país del oro negro, y necesita por ejemplo de un secundario carismático y de corte duro, como por ejemplo el pétreo Michael Ironside, quien se ha fraguado en mil pelis y series.

Coronel Boris/Jorgen: Esta especie de filonazi que participó en el intento de golpe de estado en El cetro de Ottokar y que regresó en Aterrizaje en la Luna es el típico villano germánico de fino bigotito y poca conciencia. Ya que parece que le encanta hacer de villano en cualquier cosa que no tenga que ver con elfos, he pensado en Hugo Weaving. Quizás le falte ese toque de Clint Eastwood filonazi que se gasta el amigo Jorgen, pero creo que podría servir. Pero vaya, quizás habría necesitado al tipo actor encasillado de malvado nazi de los años 40...


Coronel Sponsz: Con Sponsz, el villano de El asunto Tornasol, lo tenía bastante claro, el temible Erich Von Stroheim habría sido el candidato ideal para darle vida, hasta parece que Hergé se hubiera basado en la fisonomía del famoso actor y director para dar rostro al jefe de la policía secreta de Borduria. Vamos, que lo tenía en bandeja.
Profesor Calys: ¿Un profesor de pelo blanco algo locuelo y despistadillo? Sí, seguro que esa escena nos puede resultar familiar a muchos... Evidentemente hablo de Doc Brown, el inventor del DeLorean del tiempo, a quien dio vida Christopher Lloyd, y lo hizo tan bien que seguro que también sería un magnífico Calys, descubridor del calysteno y amante de los caramelos blandos.

Philippulus: ¿Quién podría interpretar al chiflado visionario de La estrella misteriosa? Calvo, larga barba blanca, una toga... Bien, me dije que si le quitamos el pelo a Saruman la cosa podría funcionar; además el contrapunto cómico al oscuro carisma de Christopher Lee podría ser interesante. Así que este papel iría para él.
Oliveira de Figueira: Si reducimos la talla del señor Oliviera, ese comerciante capaz de venderte una estufa en el desierto, ¿a quién tenemos? Claro que sí, a Danny de Vito, un actor a quien se le da muy bien interpretar a tipos con labia que te convencerían de lo útiles que son unos esquíes en la cubierta de un barco.
Hnos. Pájaro: La verdad es que uno de los villanos de El secreto del Unicornio me recuerda muy levemente a un Roman Polanski entrado en carnes, y puesto que los Pájaro son hermanos, mejor es buscar a otro que se le de aires al director polaco, como por ejemplo, Dustin Hoffman. Y voilá, ya tenemos a los hermanos Pájaro.
Rackham el Rojo: El temido pirata al que se enfrentaba el caballero de Hadoque en El secreto del unicornio y cuyo tesoro luego buscarían Tintín y Haddock podría ser interpretado por Gary Oldman, actor camaleónico que ya ha demostrado en el pasado que los villanos no se le dan nada mal.


Chiquito
: Ayudante del destronado general Alcázar en Las siete bolas de cristal, e importante miembro de la corte perdida de los incas en El templo del sol, Chiquito ciertamente habría de ser un actor peruano o ecuatoriano con mucha sangre india en sus venas. Pero como no conozco a ninguno, y total en Hollywood esto de las nacionalidades y las etnias nunca ha importado demasiado, pues yo le daría el papel al Edward James Olmos de la época de American Me, que es latino y puede ser lo bastante malote como para recrear el frío aire siniestro del Chiquito de los cómics.

Emir Ben Kalish Ezab: Buf, éste ha sido difícil. Al final he optado por Jon Lovitz, pero no sé, tengo la sensación de que seguro hay alguien mejor para el puesto...

Abdallah: éste era complicado tambiénl, pero, ¿qué tal estaría el chaval de Slumdog Millionarie en ese papel?
Bab-El-Ehr: El poderoso sheik golpista de Tintín en el oro negro, aunque no tiene la prestancia del príncipe Feisal de Lawrence de Arabia, podría ser una buena oportunidad para que Alec Guinness hubiera retomado su faceta más oriental.
Frank Wolff: Éste ha sido una locura. Al final producto de la desesperación opto por Peter Sellers en Teléfono rojo.

Baxter: El director del centro de investigaciones atómicas de Sbrodj en el periplo lunar de Tintín era Baxter, un tipo elegante de mandíbula cuadrada, serio y formal, un contrapunto a la figura de científico de despistado. ¿Qué tal si cogemos a Jon Hamm, protagonista de Mad Men, le ponemos bigote y unas gafas? Creo que el resultado podría ser un Baxter bastante decente.

Serafín Latón: ¿Un tipo desagradable vendemotos que no para callado ni debajo del agua? Vaya, ése podría ser el Joe Pesci de la saga de Arma letal.



Pst: También conocido como Szut, el piloto eslavo de Stock de coque y Vuelo 714 para Sidney me recuerda a un jovencito Richard Widmark, así que yo creo que añadiéndole un parche estaría perfecto en el papel de piloto a sueldo.

Laszlo Carreidas: Creo que para hacer del excéntrico y susceptible millonario de Vuelo 714 para Sidney nadie mejor que el bueno de Melvyn Douglas, quien en el otoño de su carrera se especializó en papeles de millonario enfurruñado.

Y esto ha sido todo. Había muchos otros personajes pero creo que aquí están casi todos los básicos de los varios números que nos dejó Hergé. Y vaya, sí, ¡sería realmente complicado reunir a un elenco así! De modo que será mejor que Tintín permanezca en las hojas de los cómics, que es donde mejor está. Y si a alguien le ha faltado algún personaje, pues ése podría ser interpretado por, no sé... por Moe, por ejemplo.

sábado, 13 de diciembre de 2014

A dos metros bajo tierra

When I was thirteen years old my sister died in a car accident. It was her twenty-second birthday. She was driving me to a music lesson; I was in the car with her. That brought me face to face with tremendous loss, and the impermanence of things. I struggled for years and years with how to cope with that—and, ultimately, I started developing an innate sense of detachment. Alan Ball 

Deal with death, America. Rainn Wilson

Supongo que afirmar que las series televisivas de ficción tratan sobre la vida sería una perogrullada, porque sea cual fuere el género o su misma intención sobre entretener, hacer reflexionar, o ambas, lo cierto es que cualquier ficción es creada por y para humanos, y por tanto en ella se trata sobre la vida de algún modo. Sólo que, por así decirlo, en algunas series hay más vida que en otras. No creo que nadie considere El coche fantástico como un agudo análisis de la sociedad norteamericana de los 80, aunque, mediante su propuesta y la aceptación de la misma, podrían sacarse interesantes conclusiones. Sí, desde Te quiero Lucy a Expediente X o Los Soprano, el reflejo de nuestra sociedad siempre está ahí de algún modo. Todas las series tratan la vida de una u otra forma. Pero, paradójicamente, fue una que hacía de la muerte su eje fundamental, la que probablemente mejor ha reflejado ese devenir de circunstancias y emociones que nosotros llamamos vida.

Como toda buena historia que se precie para disfrutar o entender A dos metros bajo tierra no es necesario haber perdido a un ser querido, pero quienes hayan pasado por ese trance seguro que pueden enjuiciar la serie desde una perspectiva más personal, constantando en este televisivo reflejo de la realidad que las reacciones a una muerte cercana son tan variopintas como lo son las propias personas, y durante el corto o largo proceso de aceptación pueden dominar la ira, la pena, la incredulidad, el sarcasmo... lo que viene siendo un sinfín de emociones, servidas en muchas ocasiones en un caótico cóctel a flor de piel. A dos metros bajo tierra nos hace enfrentarnos a la levedad de nuestra condición, reflexionar sobre lo inevitable de nuestro destino, lo delicadamente imprevisible que puede ser nuestra continuidad física en este mundo, la complejidad del amor y la amistad, lo horrible y noble que podemos hallar en nuestra familia, y, claro está, también nos permite asomarnos a esa curiosa actividad empresarial dedicada a hacer dinero a costa de la muerte, y lo mucho o poco humano que pueda haber en ella. Todo aderezado con personajes tan perfectamente imperfectos como puede destilar una pluma o un teclado, y algunos de los diálogos más reflexivos y brillantes que se hayan podido escuchar en la ficción televisiva de las últimas décadas. Todo esto y más podrán encontrar (o revisitar, según sea el caso) quienes estén dispuesto a ensuciarse las manos y coger la pala, pues el corazón de todo está enterrado, obviamente, A dos metros bajo tierra.

 El negocio lúgubre

Tras el aclamado estreno de American Beauty Alan Ball era el nuevo chico de moda en Hollywood. Su camino hacia el éxito había engordado su cuenta bancaria pero no le había hecho especialmente feliz: escribir para Grace al rojo vivo y especialmente para Cybill, experiencia que comparó (la notoria y temible reputación de Cybill Shepherd la precede; ¿recordáis esa escena en Padre de familia?) con ser miembro de la corte de una reina loca, le habían frustrado tanto que el resultado fue precisamente, por suerte para todos nosotros, esa maravilla dirigida por Sam Mendes. Como sucede con cada éxito en Tinseltwon, especialmente si es inesperado, el canto de las sirenas pronto se dejó oir en los oídos del que sería oscarizado guionista. Pero precisamente lo último que quería Ball era trabajar para las majors y para estrellas insufribles; por eso la llamada de la HBO, que desde hacía poco estaba en boca de todos gracias a Los Soprano, fue la que le interesó lo bastante como para acudir a una reunión y discutir una posible colaboración. 

Existen varias versiones sobre la idea original de A dos metros bajo tierra  (aparte de una demanda judicial de una guionista que un juez desestimó); Ball afirma que en aquella reunión presentó su idea de una madre y una hija cuya vida cambia cuando pierden al padre de familia en un trágico accidente; la presidenta de HBO, Carolyn Strauss, dice haberse inspirado en el film The Loved One para imaginar una serie sobre una familia que regenta una funeraria; quizás simplemente la serie emergiera de ambos planteamientos. Lo realmente importante es que Ball encontró en la HBO un lugar con total libertad artística para desarrollarse como escritor, y en A dos metros bajo tierra el vehículo perfecto para crear una exorcizante serie sobre la vida y la muerte.

De hecho Ball ya había creado a la familia Fisher (o los hijos de la misma, al menos) en su comedia para la ABC A ver si maduras, otra serie de corta vida que al parecer no funcionó por las intromisiones de los ejecutivos. Otra señal divina más que le exortaba a irse a la HBO en cuanto sus lazos contractuales se lo permitieran.

Al igual que ocurriera con Cybill y American Beauty, el guión de A dos metros bajo tierra fue en parte producto de la cancelación de A ver si maduras. Nuevamente decepcionado, Ball se autoexilió durante un tiempo en el hogar familiar, sombrío todavía por la ausencia de su padre, fallecido pocos años antes. Allí el escritor recordó cómo la trágica muerte de su hermana había destrozado a su familia, potenciando problemas que con aquella pérdida no hicieron sino explotar con toda su virulencia: un padre cada vez más aislado de todos, una madre depresiva, hermanos mayores abrumados por la responsabilidad, y un joven Ball que se sentía invisible. Quizás filtrando a los fenecidos protagonistas de A ver si maduras por los tristes recuerdos familiares el resultado sería algo parecido a la familia Fisher, protagonista de lo que sería A dos metros bajo tierra. Eso y un libro, The American Way of Death and The Undertaking: Life Studies from the Dismal Trade.

Así fue como el piloto para la serie estuvo acabado en unas pocas semanas, sin haber firmado un contrato o siquiera tener la seguridad de que en la HBO seguían interesados en su trabajo. Tras leer el piloto la HBO confirmó su interés haciendo una oferta por el mismo; Ball usó su nuevo estatus para obtener control sobre toda la serie. En cualquiera de los canales en abierto esa contraoferta probablemente no habría llegado muy lejos, pero en la HBO pensaban y actuaban de forma diferente; además, con dos exitazos en el bolsillo como Los Soprano y Sexo en Nueva York, podían correr el riesgo. Ball se convertía así en el siguiente David Chase, y cuenta la leyenda que la única enmienda o recomendación que la cadena tenía para el piloto era la siguiente: Can it be more fucked up?

Los Ángeles: La capital de la negación de la muerte

Ésa es la razón que adujo Ball para situar la funeraria de los Fisher en la gran urbe californiana. Y en su Georgia natal el escritor creció al parecer en una sucursal de esa contínua sensación de negación; la represión de los sentimientos era una norma dolorosamente patente en su familia tras la pérdida de su hermana. Cuando años después, viajando por Europa, vio junto a su primo la expresión del dolor a la italiana (ya sabéis, mujeres vestidas de negro llorando, golpéandose el pecho y abrazando desesperadas un ataúd), el contraste y el golpe psicológico derivados de todo lo que había conocido al respecto hasta entonces no pudieron ser mayores. Una experiencia que no dudaría en incorporar a la serie.

Como también incorporó parte de sí mismo en los tres hijos de la familia: Nate, un hippie de los 90 que bajo su personalidad y su inquietud espiritual esconde a un egoísta irresponsable; David, heredero del negocio funerario, un gay reprimido (como lo fue Ball gran parte de su vida) dentro de su particular armario, y Claire, una adolescente rebelde y, abiertamente al menos, el personaje más egoísta de la serie, que se siente dejada de todos a su alrededor. ¿Los espíritus de A ver si maduras encarnados en miembros de una familia desestructurada que pierde al cabeza de familia en Nochebuena? ¿Sombras de un guionista purgando dolorosos recuerdos? ¿Arquetipos del extremo opuesto a la concepción de la muerte en el Tibet, por ejemplo? Lo que es seguro, algunos de los grandes personajes que nos ha dado la televisión en los últimos tiempos.


Una burla cruel 


Creo que suele atribuérsele a Gandhi aquella frase de "si la muerte no fuera el preludio a otra vida, la vida presente sería una burla cruel". Desde luego A dos metros bajo tierra está bien cargada de humor negro, más o menos sutil, pero que suele venir en ayuda del espectador para rescatarnos del oneroso peso del drama. Pero el mensaje que encierra la serie va más allá, y entronca más con la broma cruel de la que hablaba el Mahatma. El show, en su quijotesco combate contra la negación y las vendas emocionales aplicadas como momificación, abre su episodio piloto con un directo en el rostro: la muerte del patriarca Nathaniel Fisher en un accidente de tráfico. De hecho cada episodio abrirá con un fallecimiento, por las causas más diversas. Unas dramáticas, otras divertidas, y aún con las muertes más increíbles (siendo todas posibles, ya que muchas las sacaban directamente de los periódicos), no hay glamour alguno, ni maquillajes cinematográficos. No hay sitio para una pareja muriendo abrazada bajo el sol, tan sólo el espíritu del final de Lupe Vélez bañando cada obituario. Alrededor de cada fallecido (que acabará siendo cliente de la funeraria Fisher) los acontecimientos giran: el amor, el odio, parejas que se crean y se rompen, bebés que nacen, ancianos que mueren, y sí, también bebés que nacen y mueren. Cada obertura no hace sino recordarnos que estamos aquí de prestado, y que en cualquier momento podemos dejar de existir. Podría ser tras una larga una enfermedad, o podría ser en un abrir y cerrar de ojos, en un chasquido de dedos del destino.

De hecho el episodio piloto descarna cualquier envoltura metafísica que podamos tener del concepto de la muerte de una forma realmente efectiva, elegante pero directa: a lo largo del mismo se van intercalando anuncios comerciales de distintos productos funerarios, una idea que se barajó mantener para toda la serie, pero quizás acertadamente finalmente no fue más allá del primer episodio. Y es que, ¿qué puede haber menos espiritual que un maldito anuncio de un producto? O un embalsamamiento donde se taponan orificios para evitar derrames de fluidos, se drena esto y se maquilla aquello, todo dentro de una cotidianeidad industrial bastante alejada de cualquier liturgia religiosa. Ciertamente el sótano de Fisher & Sons está bastante alejado del Antiguo Egipto. Y, con todo, dentro de esa desnuda realidad, la serie deja paso también que, de vez en cuando la fantasía campe a sus anchas, cuando los personajes dejan volar su imaginación o ven reflejados el eco de las personalidades de los muertos en sus procesos mentales.

A dos metros bajo tierra trata sobre la vida y la muerte, y sobre una familia que posee un negocio funerario y donde sus hijos crecieron entre cadáveres, en un paradójico código de silencio dado el lugar y el negocio; los sentimientos y las personalidades embalsamados en un sótano emocional tan lóbrego como el propio sotano del hogar Fisher. La muerte del cabeza de familia no será sino el catalizador para que finalmente la familia y los personajes más cercanos a la misma lidien consigo mismos, sus anhelos y frustraciones, tratando de aceptar la noción y la patente y dolorosa realidad de la muerte así como la patenta y dolorosa realidad de sus propias vidas.

"La muerte sólo será triste para los que no han pensado en ella".

Evidentemente todo esto no habría funcionado sin un gran reparto, y como en muchas otras cosas, este producto de la HBO destaca por haber reunido a un gran elenco de intérpretes. Al que podríamos designar protagonista de la serie, el hijo mayor Nate, es interpretado por un gran Peter Krause que se acercó a la serie interesado por David Fisher, pero Ball consideraba a Nate un papel difícil de asignar; así cuando vio la prueba de Krause no dudó en ofrecerle al mayor de los Fisher. Su pareja ficticia Brenda, la pequeña genio lastrada por unos padres psiquiatras que eran la antítesis del matrimonio Fisher (si estos lo ocultaban todo, aquellos no ponían barrera de ningún tipo entre ellos y sus hijos) y que prácticamente hicieron de su hija un experimento humano, fue encarnada por Rachel Griffiths, una australiana que tuvo que convencer a los productores de que podía ser una perfecta americana. El papel de David, que dio mucho que hablar por el realismo con que según muchos se había tratado su homosexualidad, fue para un Michael C. Hall en su primer papel televisivo que hasta entonces había preferido centrarse en su carrera en Broadway. Por supuesto reveló como un grandísimo actor y de ahí a Dexter hubo solo un paso, en una evolución con dos papeles tan diferentes por la que matarían muchos actores. Lauren Ambrose no tuvo muchos problemas para ser elegida como la adolescente Claire, y tras presentarse a los castings Freddy Rodriguez descubrió asombrado que su papel había sido escrito especifícamente para él por Ball. Aunque creo que la labor de Frances Conroy como la reprimida Ruth realmente hace de A dos metros bajo tierra un matriarcado. No creo que sea nada fácil eclipsar a todo un James Cromwell, cosa que en algunos momentos diría que llega a conseguir la buena de Frances.

"You can't take a picture of this. It's already gone".



Lo normal sería que quien esté leyendo esto ya haya visto la serie, pero bueno nunca es tarde para entrar a formar parte de la familia Fisher. A dos metros bajo tierra nos ofreció grandes diálogos, interesantes reflexiones sobre la vida y la muerte, que en general diría que nos exhortan al viejo concepto del carpe diem, a tratar de ser felices aquí y ahora, como bien resumía Nate en el penúltimo episodio de la serie. Aceptar en lo posible la certeza de nuestro final y actuar en consecuencia. Además hay por supuesto episodios en los que todo parecía conjuntarse para hacer historia televisiva. Cada uno tendrá el suyo, pero creo que el más indeleble en mi memoria es el episodio del secuestro de David, "That's My Dog", dirigido por el propio Alan Poul (uno de los productores ejecutivos de la serie), y cuyo perfecto ritmo narrativo realmente hacía crecer en tu interior un desasosiego como no he conocido visionando películas de terror en el último gritón de años. A todo esto hemos de añadir su memorable final, un final de temporada realmente excelente, más allá del destino de cada personaje. Quién lo haya visto sabrá a lo que me refiero. Simplemente una guinda bellamente facturada al leitmotiv de la serie, ¡pero vaya guinda! Delicado, estremecedor, y poético.

A dos metros bajo tierra, una de esas series que merece ser vivida.

sábado, 6 de diciembre de 2014

Superfly 1990

Es increíble lo que podía hacer la voz del inmortal Curtis Mayfield incluso en un tema de mierda como éste, con Ice-T rapeando como si hubiera pasado por el estudio en plan Krusty y un videoclip que habría sido chungo incluso para los estándares de MC Hammer.

jueves, 4 de diciembre de 2014

Mean Tweets #8

Ya ha llegado una nueva ronda de tweets malvados por cortesía de Jimmy Kimmel Live y algunos tuiteros ofensivos. Creo que me quedo con la naturalidad de Gerrard Butler.

domingo, 30 de noviembre de 2014

El monstruo de tiempos remotos (1953)

Entre las ruinas del muelle de Venice, donde Ray Bradbury vivía con su esposa, emergía lo que otrora fue una orgullosa montaña rusa. "Me pregunto que hace ese dinosaurio ahí tumbado", dijo Bradbury, quien se encontraba paseando por la playa con su mujer. Mrs. Bradbury prefirió no contestar, quizás tratando de mantener la atmósfera romántica de la velada. Aquella noche, Ray se despertó en mitad de aquella noche neblinosa. La sirena que servía de aviso para los barcos con baja visibilidad cumplía su función a la perfección. Y entonces todo cobró sentido: el escritor imaginó a un dinosaurio que acudía a la llamada de la sirena, confundiéndola con alguna compañera de especie, tan sólo para encontrar, desolado, que sé trataba de alguna misteriosa construcción parlante. Fue así como nació The Beast from 20,000 Fathoms, el relato corto que daría pie a este pequeño clásico de la ciencia ficción.

El relato llamó la atención de una pequeña productora donde decidieron que la historia del dinosaurio y el faro daría para una película. Dicen que Bradbury llegó al plato para ayudar con un guión que no sabía había sido inspirado por su relato. Cuando señaló las más que aparentes coincidencias entre el guión y su relato, los productores no tardaron en ofrecerse a comprar los derechos, quizás más por lo atractivo de su renombre que por hacer lo justo. El caso es que para dar vida a la criatura el hombre indicado parecía ser Ray Harryhausen, cuyo trabajo junto al maestro de la animación Willis O'Brien en Mighty Joe Young había merecido un premio de la Academia. Bradbury estuvo encantado de reecontrarse con Harryhausen; ambos eran viejos amigos unidos entre otras cosas por su pasión por los dinosaurios y King Kong.

El monstruo de tiempos remotos fue el primer gran trabajo de Harryhausen, el punto de partida de una prolífica carrera en la que no tuvo rivales en cuanto al stop motion se refiere. Con este film introdujo su técnica del "sandwich"; para explicarlo de forma resumida, se trababa de una animación del muñeco interpuesta entre dos grabaciones reales, integrando así a su muñeco animado en imágenes filmadas. Con los años iría perfeccionando sus criaturas y su técnica hasta límites insospechados, pero la base de todo lo que habría de venir estaba aquí.

El film no deja de ser otra producción de serie B de la época, aunque su guión es más consistente que el de otras cintas similares. Con todo lo que realmente importa aquí es ver a la criatura en acción, un viejo dinosaurio despertado por una explosión nuclear que acaba sembrando el pánico en las calles de Nueva York. La verdad es que aparte de su aparente predisposición natural a destrozar cosas más que a buscar comida, no me extraña que estos bichos gigantes, confusos y perdidos en un ambiente extraño, reaccionen mal cuando nada más llegar ya tienen a la policía y al ejército disparándole a mansalva. Sorprende también la profesionalidad y calma con la que la policía apunta sus rifles a la criatura. Me pregunto si en Nueva York tenían un protocolo antidinosaurios, o simplemente aplicaban el de hombre negro escapado de Harlem. Y, efectivamente, con la mandanga nuclear de por medio, parece que el film inspiró un año después la mítica Godzilla.

En fin, El monstruo de tiempos remotos es otro entretenido film con bicho destructor de por medio que destaca por tener a Harryhausen en las labores de efectos especiales y a Lee Van Cleef con todo su pelo en un pequeñito papel. Entretenimiento sin ínfulas para toda la familia y stop motion hecho arte. No hace falta más para un domingo lluvioso como éste.

domingo, 23 de noviembre de 2014

La comisión

Como suele decirse en estos casos, si no existieran Les Luthiers habría que inventarlos.